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El eslabón perdido de la transición: La sociedad civil frente a la tutela política, por Daniel García

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El panorama político venezolano ha entrado en una fase de reconfiguración profunda. Los acontecimientos que sacudieron el tablero institucional a principios de enero no solo evidenciaron las fracturas de la dirigencia tradicional, sino que pusieron de manifiesto una realidad incómoda pero innegable: la persistencia de una estructura de conducción política fuertemente vinculada, monitoreada y coordinada bajo la influencia directa del gobierno de los Estados Unidos.

Ante este escenario de reajustes institucionales, surge una pregunta incómoda pero obligatoria: ¿Dónde queda el ciudadano común en el diseño de la Venezuela que viene?

Durante años, los procesos de negociación, las estrategias de presión y los mapas de ruta hacia una transición democrática se han debatido en despachos cerrados, cancillerías extranjeras y cúpulas partidistas. Se ha operado bajo una suerte de tutela geopolítica que, si bien ha sido un salvavidas internacional, también ha terminado por desplazar el músculo más importante de cualquier cambio sostenible: la sociedad civil organizada.

El pánico de la mayoría independiente

Fundamentamos este llamado urgente en nombre de una Venezuela que pocas veces es consultada o escuchada: la de la inmensa mayoría de ciudadanos independientes. Es una población que hoy entra en un estado de justificado pánico al presenciar los intentos desesperados de la clase política tradicional —corresponsable del desgaste y la fragmentación— por reciclarse y volver a protagonizar el cambio y la transformación del país.

Tras años de saqueo institucional y económico, el país no resiste más de lo mismo. La ciudadanía no espera un simple relevo de nombres en los cargos públicos; espera, exige y tiene el derecho de ver cumplida la promesa de un liderazgo alternativo. La reconstrucción nacional debe estar protagonizada por figuras relevantes de reconocida solvencia moral y ética, dirigentes y profesionales probos con las cualidades técnicas y humanas necesarias para asumir las responsabilidades de un poder en ascenso que debe nacer de la pulcritud y la honestidad, no de las componendas.

Una transición democrática diseñada exclusivamente desde arriba, y con los mismos actores cuestionados del pasado, no es más que un acuerdo de élites con fecha de caducidad. La comunidad internacional, y de manera muy particular el gobierno estadounidense a través de sus oficinas diplomáticas para Venezuela, debe comprender que el éxito de una transición no se mide únicamente por el cambio de firmas en el poder, sino por la solidez moral de quienes asumen las riendas.

Es imperativo abrir de forma inmediata mecanismos reales y vinculantes de conexión e integración para la sociedad civil. Esto no se trata de pedir «un asiento de oyente» en las mesas de diálogo, sino de exigir canales estructurales:

Auditoría y Contraloría Ciudadana: Los factores políticos que aspiran a conducir la transición deben rendir cuentas no solo a sus aliados externos, sino a la mayoría independiente a la que pretenden representar. La transparencia debe ser la primera regla del juego.

Ventanillas de Postulación y Filtros Éticos: Crear espacios donde la academia, los gremios y la sociedad civil puedan proponer y validar a esos perfiles de solvencia moral intachable para los cargos clave del gobierno en ascenso, cerrándole el paso al clientelismo de la vieja política.

Consulta Directa frente al Tutelaje: Si la política exterior aliada busca de verdad una salida democrática, sus canales de escucha activa deben diversificarse. La diplomacia no puede limitarse a validar agendas de partidos desgastados; debe conectar con las demandas de la sociedad civil que sufre la crisis en el día a día.

La historia reciente demuestra que los esquemas políticos basados en el aislamiento ciudadano y el reciclaje de liderazgos desgastados tienden al fracaso. Los hechos de enero nos recuerdan que las fórmulas institucionales impuestas se agotan, pero el tejido social permanece.

El llamado a la comunidad internacional —y a la Embajada de los Estados Unidos como actor clave en este proceso— no es a que retiren su apoyo, sino a que cambien radicalmente el enfoque.

Es hora de entender que la soberanía y el futuro de Venezuela no se deciden tutelando a las viejas cúpulas, sino empoderando a sus ciudadanos más calificados y honestos. La transición no puede seguir siendo un negocio de pocos, debe convertirse en un punto de encuentro y entendimiento de las mayorías.

El Modelo moribundo, ineficaz y corrupto que ha sustentado a la partidocracia existente es antagónico a la transformación del estado que plantean cientos de movimientos e individualidades que obviamente por su carácter renovador buscan ser invisibilizados reiteradamente en favor del continuismo perverso y lacerante, cuyos resultados cada uno de los venezolanos conoce, siente, padece y lucha por superarlo.

La embajada norteamericana debe relacionarse y responsabilizarse con la sociedad venezolana y no exclusivamente con la clase política -la cual también combate- por conocer de sus acciones, contradicciones y nulos resultados. Le podemos garantizar que se llevaran una gran sorpresa al descubrir el potencial represado que existe y no se le permite presentarse como elementos fundamentales para cubrir las demandas medulares de la nación.

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