Compartíamos austeramente un café, aprovechando la bonanza del cobro del Bono de la Guerra Económica, cuando detrás mío oí gritar «ALACRAN!». Su cara se transformó y hasta sus canas enrojecieron de la indignación. «PENDEJO!», dijo con fuerza Enrique. El gritón de la ofensa, mucho más joven que nosotros, siguió como si nada y se sentó a unos metros. «PENDEJO!, te respondí, no lo oíste?», insistió EOA, pero el gritón, como todos los cobardes, se hizo el desentendido. A quien había querido ofender le podía, faltar juventud pero no le faltaba dignidad.
Conozco hace años a Enrique. Él desde el MAS, nacido del marxismo, yo desde COPEI, nacido de la Doctrina Social de la Iglesia, hemos soñado un país mejor, donde imperen la libertad, la justicia y la prosperidad. Sueños comunes y procedencias distintas nos llevaron a coincidir en la misma trinchera democrática cuando la hegemonía chavista mostraba sus rasgos iniciales. Y como esto ha sido tan largo, pierde uno la noción de en cuál lustro hubo más coincidencia y en cuál más lejanía, pero mi creencia es que siempre ha sido el mismo ser humano inspirado por unos mismos ideales y forjado bajo un cuadro de valores que nunca han dejado de guiar su conducta. Últimamente hemos coincidido en un espacio de encuentro, plural pero cargado hacia la izquierda, llamado Una Venezuela Democrática, surgido cuando ya la flota norteamericana se había instalado frente a nuestras costas caribeñas. Allí acercamos posiciones, procurando leer con realismo lo que pasaba, en el Caribe y también acá adentro, apelando a enseñanzas de la historia que la soberbia de tantas «nulidades engreídas» menosprecia. Y mientras allí cavilábamos sobre lo que pudo evitar el 11S chileno o la invasión de Irán, nos sorprendió el 3E, cuando la primera potencia militar del mundo perforó el principal cuartel militar de Venezuela y capturó al Comandante en Jefe de nuestra Fuerza Armada, todo ello porque, como lo dijo con un coraje civil extraordinario la Presidenta (E), «los extremismos habían destruído las bases políticas de la República».
Enrique es hijo de Santiago Ochoa Briceño, quien fue edecán de Eleazar López (para muchos, el verdadero Padre de la Democracia, pues es cuestionable que nuestra democracia sea hija de un golpe artero contra un demócrata de las cualidades de Isaías Medina Angarita), y fue también embajador de la democracia en varios países. Hombre estudioso de la historia y la política, con esa conexión tan íntima con la formidable transición venezolana posgomecista y en esta edad madura en que uno ve el mundo más allá de las ideologías que antes acotaban nuestra visión, EOA ha tenido una lectura de la realidad posterior al 3E que lo lleva a defender con pasión la posibilidad de éxito del gobierno surgido de los hechos de esa fecha (hechos que él condena sin ambages). Militante de la palabra, como se define, escribe y habla pidiendo que le demos una oportunidad a la reconciliación y al reencuentro, para que este proceso desemboque, como corresponde y cuando corresponda, en una convocatoria de la Soberania Popular, para que sea ella la que resuelva el destino nacional. Que resuelva es QUE RESUELVA, y no que nos retrotraiga a la misma fatídica confrontación del 28J.
En esa prédica, EOA escribió un formidable artículo titulado Calma y Cordura, que rememora el rol de López Contreras y hace un cierto símil con el actual de Delcy Rodríguez, que, digo yo, la tiene muchísimo más difícil hoy que «el ronquito» en 1937. Y estando en esa lucha, se postuló sin éxito por tercera vez para Defensor del Pueblo, por su larga trayectoria en defensa de los Derechos Humanos. De esa postulación fallida lo rescató la Presidenta (E) para designarlo embajador en Alemania.
Enrique tiene la edad, la formación, la honorabilidad, el patriotismo, la energía, la vocación para ser un gran embajador de Venezuela toda ante la primera economía europea, una nación culta, que incubó sin embargo el mal del nazismo y, aprendiendo de esa lección, adoptó a partir de allí un compromiso gigantesco con los valores de la democracia, del cual ha sido beneficiaria la democracia venezolana desde los 60.
Pero sin detenerse un momento en su trayectoria de vida limpia ni en sus condiciones para servir al país representándolo afuera, como dignamente lo hizo su padre, un dirigente opositor importante (que incluso podría ser proximamente un candidato presidencial competitivo) se ha lanzado a llamarlo «sinvergüenza», mofarse de su nombramiento y descalificarlo en medio de un coro de risas mayameras. Yo, que conozco a este dirigente opositor y que conozco a Enrique, me dije: éste no es el irrelevante grito del cobarde de la panadería; ésta es una figura muy importante de la oposición hablando a los venezolanos en Miami, «la ciudad latinoamericana» más cercana a los Estados Unidos. Entre el grito «alacrán» de la panadería y «sinvergüenza» de Miami, hay un hilo conductor. Es el hilo del rencor, de la rabia, del deseo de venganza y de revancha, que, con tantos años de polarización, confrontación y persecuciones, se ha anidado en muchos espíritus, y que, sólo sacándolo de nosotros mediante un gigantesco esfuerzo de SANACIÓN, Venezuela podrá lograr su recuperación plena.
Mientras tanto, Enrique Ochoa Antich, cuyo pecado es luchar porque esta formidable oportunidad de ESTABILIZACIÓN, RECUPERACIÓN Y TRANSICIÓN que tiene Venezuela bajo la conducción de Delcy Rodríguez, y en estrecha cooperación con los Estados Unidos, no se pierda, paga el precio de este tipo de ataques. Pero yo sé que eso no lo amilana, pues estoy absolutamente seguro, porque lo he vivido en carne propia, que uno es completamente inmune a ellos cuando al recibirlos tiene como protección esa «cúpula de hierro» de una conciencia limpia y un amor indoblegable por su Patria.


