El silencio del cielo y el nacimiento de los gigantes

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El silencio no es ausencia; es el espacio donde el alma se templa. Cuando miramos el horizonte de nuestra Venezuela, envuelto en la bruma de la incertidumbre y el peso de los días difíciles, es inevitable preguntarse por qué el camino se ha vuelto tan empinado. Le pedimos a Dios certezas, victorias inmediatas y un alivio al cansancio colectivo, y a cambio, muchas veces nos devuelve un desierto denso, un silencio prolongado que se siente como olvido. Pero el desierto jamás ha sido un castigo; es la antesala de la promesa, el único territorio capaz de forjar el carácter de un pueblo que está destinado a Grandes cosas. Dios no improvisa con nuestro dolor, ni con el de quienes nos lideran, ni con el de cada ciudadano que resiste dentro o fuera de nuestras fronteras. Él escoge a sus mejores guerreros para las batallas más complejas, no para destruirlos, sino para demostrar de qué está hecha la verdadera fe cuando todo lo demás parece derrumbarse.

En la psicología profunda del ser humano, el crecimiento nunca ocurre en la comodidad, sino en la tensión de lo inacabado. Esa aparente distancia divina es, en realidad, el respeto de un Padre que nos ve tropezar y nos deja experimentar el peso del suelo, no por crueldad, sino porque sabe que solo aprendiendo a levantarnos una y otra vez descubriremos la fuerza descomunal que llevamos por dentro. Nos despojaron de las certezas materiales para enseñarnos a nadar en la tormenta, transformando la soledad en arte, la escasez en solidaridad y el llanto en una resistencia inquebrantable. El milagro que tanto le hemos pedido al cielo para nuestra tierra no va a descender como un rayo mágico; el milagro ya está ocurriendo en el tejido invisible de nuestra propia transformación, en la convicción de que somos capaces de sostenernos el uno al otro con un abrazo cuando el viento sopla en contra.

Estamos mucho más cerca de lo que los ojos físicos pueden ver. La madurez de una nación se mide por la altura de sus crisis, y hoy estamos en el umbral de una Venezuela decente, un hogar en paz donde la justicia y la igualdad de oportunidades dejen de ser una utopía para convertirse en el aire que respiramos. Confiar en lo que Dios está haciendo significa abrazar su silencio como la partitura de una sinfonía que aún no termina de sonar, entendiendo que el vacío que hoy sentimos es el molde donde se está vaciando nuestra libertad. No es momento de bajar los brazos ni de entregar la esperanza al optimismo barato; es el momento de la certeza profunda. Cuando la noche es más oscura es porque el amanecer ya no puede contenerse, y nosotros, los sobrevivientes del desierto, seremos quienes habitemos la promesa con la dignidad de los que supieron creer cuando no había motivos para hacerlo, agradeciendo incluso el silencio que nos enseñó a ser gigantes.

Vamos por más…

José Ignacio Gerbasi (@jgerbasi)

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