Por Elizabeth Sánchez Vegas
Una conversación que, más allá de la coyuntura política, dejó al descubierto la dimensión moral, humana y espiritual de su liderazgo.
La derrota que el régimen nunca vio venir
María Corina Machado habló del mandato del 28 de julio, de la transición, de su regreso y de la negociación que comienza. Sin embargo, la idea más poderosa de la entrevista fue otra: después de veintisiete años de hambre, miedo y despojo, Venezuela no es una sociedad moralmente destruida.
Por Elizabeth Sánchez Vegas
Hay entrevistas que se recuerdan por una denuncia, una primicia o una frase destinada a ocupar titulares; esta, en cambio, termina quedándose en la memoria por una promesa hecha a una madre ante la tumba de su hijo.
María Corina Machado habló del 28 de julio como un acto de soberanía y de renacimiento nacional, evocando a quienes guardaron las actas dentro de la ropa o debajo de los colchones, como si aquellos papeles contuvieran algo más delicado que un resultado electoral: la prueba material de que Venezuela todavía podía reconocerse a sí misma. Dijo que ese mandato sigue pendiente de cumplimiento y explicó cómo sabremos que finalmente ha sido cobrado: cuando los presos políticos regresen a sus casas, los exiliados puedan volver, los periodistas hablen sin miedo, los centros de tortura hayan sido desmontados y exista una fecha cierta para que la voluntad ciudadana vuelva a expresarse.
No habló de una transición reducida a fotografías, ceremonias diplomáticas o documentos redactados con esa ambigüedad que permite a cada parte regresar a casa proclamándose vencedora. Su medida es menos decorativa y bastante más severa: la vida concreta de los venezolanos. Mientras alguien continúe encarcelado por pensar, mientras una madre conserve intacta la habitación del hijo que partió y mientras un periodista deba elegir entre callar o marcharse, la transición seguirá siendo apenas una palabra esperando cuerpo.
También confirmó que no fue consultada sobre el proceso de conversaciones que ahora comienza, aunque aseguró que no lo obstaculizará y que lo respaldará en la medida en que conduzca al cumplimiento del mandato popular. Su límite quedó formulado sin recovecos: puede discutirse lo accesorio, pero no aquello que los venezolanos decidieron el 28 de julio. “Si lo que buscan es que yo ceda en lo esencial, en los valores o en el mandato, eso no va a pasar jamás”, afirmó.
Sin embargo, la verdadera revelación de la entrevista aparece cuando María Corina deja de hablar de poder y comienza a hablar del carácter de un país.
Durante años se ha repetido que Venezuela sufrió un “daño antropológico”, como si el hambre, el miedo, la corrupción y el exilio hubieran deformado para siempre la sustancia moral de los venezolanos. Ella sostuvo exactamente lo contrario: “Los años de hambre nos hicieron más generosos que nunca. Los años de terror, más valientes que nunca”. No niega la devastación ni le concede al sufrimiento una nobleza que jamás tuvo; afirma algo mucho más incómodo para quienes quisieron domesticar a la sociedad mediante la penuria: junto a las heridas aparecieron anticuerpos cívicos, una conciencia más aguda de la libertad y una capacidad de reconocernos en el dolor ajeno que el régimen nunca consiguió extirpar.
Ese planteamiento cambia la lectura de estos veintisiete años. Las instituciones fueron demolidas, millones de familias quedaron dispersas y el país fue empobrecido hasta extremos inconcebibles, pero el proyecto de envilecer a la sociedad fracasó. Quizá esa sea la derrota que el régimen nunca vio venir: haber conseguido arruinar casi todo sin lograr arruinar por completo a los venezolanos.
El terremoto le dio cuerpo visible a esa tesis. Allí donde el Estado desapareció, aparecieron ciudadanos excavando con sus propias manos, vecinos rescatando vecinos, desconocidos compartiendo agua, comida y refugio sin preguntar nombres ni filiaciones. María Corina lo resumió en una frase que contiene un programa entero de reconstrucción: frente a la ausencia del Estado surgió el ciudadano. Mientras unas instituciones se desmoronaban, la comunidad demostraba que seguía en pie.
El régimen pudo vaciar ministerios, hospitales y tribunales; no consiguió vaciar la conciencia de quienes corrieron a salvar a otro.
La entrevista adquiere todavía más hondura cuando entra en el territorio de las pérdidas personales. María Corina habla de personas queridas de las que no pudo despedirse, de momentos irrepetibles en la vida de sus hijos, de amistades que creyó irreductibles y terminaron rindiéndose. Habla también de su distancia física de Venezuela con una frase extraordinaria: “El país sabía dónde yo estaba, aunque no sabía dónde yo estaba”. No es una pirueta verbal, sino una definición del liderazgo: hay presencias que no dependen de la geografía, sino del vínculo que una persona ha construido con quienes la reconocen como propia.
Entonces recuerda una enseñanza de su padre: “Lo que tú tienes es tu palabra, María Corina”. Allí se entiende por qué define esta causa como “una lucha ética por la verdad, existencial por la vida y espiritual por el bien”. Todo lo demás, el reconocimiento, la influencia, incluso la victoria, puede desvanecerse; la palabra dada es la única propiedad que acompaña a una persona cuando ya no quedan aplausos ni cargos capaces de protegerla.
Un país puede perder sus instituciones y conservar todavía una reserva moral: la palabra de quienes se niegan a traicionarlo.
Esa idea reaparece al final, lejos de los grandes salones y mucho más cerca del dolor ordinario de Venezuela. Una madre de Nueva Bolivia, en Mérida, perdió a su hijo Anderson como consecuencia del terremoto. Logró enterrarlo allí y le pidió a María Corina que, apenas regresara, la acompañara al cementerio. Ella le respondió: “Te lo prometo, allá estaré. Es una promesa. Yo cumplo mi palabra”.
Tal vez esa escena explique mejor su concepto del regreso que cualquier cronograma. Volver no consiste únicamente en pisar de nuevo el territorio, aparecer ante una multitud o pronunciar un discurso desde una tarima. Volver será saldar las deudas íntimas que deja una nación herida: abrazar a quienes arriesgaron la vida, agradecer a los héroes anónimos, mirar de frente a los deudos y caminar junto a una madre hasta el lugar donde descansa su hijo.
La conversación comenzó con millones de votos y terminó frente a una sepultura. Entre ambos extremos quedó dibujada una concepción exigente del liderazgo: representar a una nación entera sin perder la capacidad de responder por una sola persona.
Venezuela todavía conserva su palabra.


