Geopolítica de servilleta y otras ficciones petroleras, por José Ignacio Gerbasi

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La cartografía escolar nos enseñó a querer a Venezuela como una simpática tetera verde y amarilla en el mapa de Sudamérica. Hoy, esa tetera amanece con una etiqueta de liquidación judicial firmada en algún despacho alfombrado del norte: «Property of Uncle Sam. All rights reserved». Asistimos a una subasta de saldo donde se prometen 65.000 millones de barriles para duplicar las reservas de la superpotencia, pactados al calor de un interinato de opereta y una ley de hidrocarburos redactada, sin duda, sobre el mantel de papel de un restaurante italiano en Florida.

No soy experto petrolero —lejos estoy de ser ese ingeniero con casco brillante que huele a crudo liviano a las siete de la mañana—, pero por ahí andan algunos optimistas profesionales jurando que este engendro contractual es una jugada magistral de ganar-ganar. Nos venden la idea de que comprometer el subsuelo al vecino del norte es poco menos que una filántropa sociedad cooperativa donde todos salimos ganando.

Como bien advierten las voces sensatas en el debate público, un asunto de trascendencia vital para el porvenir republicano no puede decidirse a espaldas de los ciudadanos, y mucho menos por una funcionaria que carece por completo de legitimidad democrática y de la competencia técnica elemental para empeñar la patria. Nos narran una transición edulcorada bajo directrices imperiales, apelando a un vago «imperativo histórico» y a una supuesta libertad americana para todos los americanos. Pero en la práctica, entregar el patrimonio nacional a cambio de buenas intenciones geopolíticas es un ejercicio de soberanía disminuida que raya en el sainete.

Lo que los entusiastas de la geopolítica de sobremesa parecen olvidar es un detallito menor: para que un negocio de esta magnitud sea remotamente legal, blindado y capaz de tentar a los inversionistas internacionales con sus chequeras multimillonarias, el dichoso contrato debería firmarse después de unas elecciones libres y con un gobierno que no haya salido de una rifa de kermés. Pretender que los grandes capitales corporativos van a cruzar el Caribe a invertir miles de millones en pozos oxidados basados en la palabra de una funcionaria de dudosa procedencia y con un marco jurídico que cambia al ritmo de un merengue acelerado es, como mínimo, de una ingenuidad enternecedora. Del resto, todo lo demás es pura literatura fantástica y cuentos de camino.

La gran coartada de este sainete petrolero es la economía doméstica del ciudadano del norte. Desde el atril presidencial se prometió con bombos y platillos que este pacto providencial derrumbaría el precio de la gasolina en las estaciones de servicio estadounidenses. La realidad, fría y terca como un gráfico de mercado, demuestra otra cosa: las estadísticas del promedio mensual del galón de combustible se mofan de los decretos y se aferran impertérritas por encima de los 2,80 dólares. Frente a la fantasía de que un plumazo en el Caribe bajará el costo de vida en Ohio, la única respuesta honesta es la cándida promesa del «creer para ver» de Santo Tomás, aunque aquí la fe se intente aplicar sobre un milagro de ingeniería jurídica que ni el propio Creador se atrevería a certificar ante notario.

¿Es jurídicamente viable comprometerlo todo? Desde luego que no. La Constitución de la República —ese viejo adorno de biblioteca que aún habita en los anaqueles del Tribunal Supremo— establece candados estrictos que exigen la aprobación de la Asamblea Nacional para enajenar los recursos públicos. Pero en este multiverso de la diplomacia por redes sociales, las leyes orgánicas funcionan como post-its: se pegan, se descartan y se cambian según sople el viento de la conveniencia coyuntural.

Por supuesto que habrá que esperar unos cuantos años —y soportar unas cuantas crisis más de manual— para que esta entelequia legal termine de estrellarse contra la pared de la realidad. Mientras tanto, al venezolano de a pie solo le queda el consuelo estético del humor negro: observar desde la fila de la gasolina subsidiada cómo subastan los restos de su subsuelo en un mercado de futuros donde los únicos barriles que realmente se llenan son los de las ilusiones perdidas.

Vamos por más…
José Ignacio Gerbasi
@jgerbasi

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