La alquimia de nuestras lágrimas, por @jgerbasi

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Por José Ignacio Gerbasi

Las lágrimas no son simplemente agua y sales minerales segregadas por nuestros ojos; son la arquitectura invisible de nuestra memoria y el lenguaje más honesto que poseemos. En estos días, tras la sacudida violenta que fracturó nuestra tierra y nuestras certezas, hemos descubierto que el llanto tiene estratos, una geología del alma donde cada capa cuenta una historia distinta de nuestra supervivencia.

Las primeras lágrimas, las que brotaron entre el polvo y el eco de los escombros, tienen un sabor atrozmente amargo. Es un amargor que se adhiere al paladar y se instala en la base de la lengua. Desde la psicología, este es el llanto del trauma agudo, la respuesta biológica ante una pérdida que el cerebro apenas puede procesar. Este sabor es la firma química del dolor puro. Es el sabor de la ausencia, de los nombres que ya no responderán y de las vidas truncadas bajo el concreto. Este llanto no busca alivio, busca justicia. Es un sabor que se nos quedará adherido por mucho tiempo, como una cicatriz interna, recordándonos que lo que se ha roto no se reemplaza, solo se integra a una nueva y dolorosa narrativa de nuestra historia.

Luego, cuando el impacto inicial dio paso a la observación, nuestras lágrimas mutaron en un veneno corrosivo: un sabor picante, metálico, con un regusto a ceniza, a escombros y a abandono absoluto. Es el sabor de la arrechera, una indignación visceral que quema la garganta. Filosóficamente, aquí no estamos ante una simple reacción emocional, sino ante la brutal transmutación de la impotencia en una conciencia de combate. No son lágrimas de debilidad, son lágrimas de insurgencia. Es el llanto que brota al confrontar la desidia calculada, la indolencia criminal y la vileza abyecta de un régimen, el de Nicolás Maduro, que, en medio de los gritos bajo los escombros, prefirió preservar su mezquindad y proteger su cúpula antes que salvar una sola vida. Ese sabor a hiel es ahora el combustible puro de nuestra lucidez. La psicología nos confirma que este llanto de ira es una forma de protesta radical, el último grito de un organismo social que se niega a morir mientras este sistema totalitario lo asfixia deliberadamente. Ese sabor a desprecio por la maldad sistémica de este régimen es el que finalmente nos ha arrancado la venda: ya no lloramos solo por el duelo de lo que perdimos, lloramos porque hemos visto, sin filtros ni anestesia, a los arquitectos de nuestra miseria, a los verdugos que celebran la tragedia mientras el país se desangra bajo su bota.

Hoy, tras dos semanas, el perfil de nuestras lágrimas ha vuelto a mutar en medio de esa indignación, brotó una respuesta que dignifica nuestra esencia. Es el reconocimiento a quienes, por encima de colores políticos, activaron «Todos con Venezuela»: una misión humanitaria de Vente Venezuela que, ante el abandono oficial, coordinó más de 250 centros de acopio y gestionó mas de  3.000 toneladas de insumos gracias a cientos de voluntarios. Ahora tienen un sabor que nos llena el pecho: una mezcla de orgullo vibrante y una nostalgia dulce por el país que siempre debimos ser. Mientras nuestros héroes de a pie se unían a la generosidad de salvadoreños, mexicanos, italianos, suizos y americanos, nuestro llanto se transformó en mar abierto y tierra mojada tras la tormenta. Es el sabor de la esperanza activa, que purifica el cansancio y nos confirma que todo es posible cuando el amor vence al miedo. Esta esperanza no es ingenuidad; es la certeza absoluta de que cada gota de nuestro esfuerzo tiene un sentido profundo, un sabor a victoria anticipada que nos recuerda que, a pesar de las sombras, ya estamos reconstruyendo nuestro futuro.

Nuestras lágrimas hoy tienen un propósito porque hemos visto, a pesar del régimen, que la sociedad civil es capaz de articularse y sostenerse. Bajo el liderazgo de María Corina Machado, el sabor de este llanto ya no es solo desahogo, es compromiso. Es el sabor a miel y denso de la dignidad recuperada. Estamos construyendo, lágrima a lágrima, el mapa de nuestra reconstrucción. Sabemos que el sabor de la libertad será el más complejo de todos, tendrá notas de esfuerzo, de reconstrucción y de paz, pero sobre todo, tendrá el sabor de la victoria sobre la desidia. No olvidaremos el sabor amargo de la pérdida, ni el sabor metálico de la rabia que nos hizo reaccionar, pero que nuestras lágrimas hoy sirvan para regar los cimientos del país que nos merecemos. Estamos transitando de la catástrofe a la catarsis, y al final del camino, cuando volvamos a mirar nuestra bandera sin el peso de los escombros, nuestras lágrimas tendrán, finalmente, el sabor inconfundible de la libertad.

Vamos por más….

@jgerbasi

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