A cualquier niño del mundo, leyendo con una linterna bajo las mantas o escondido en el desván, le hubiera decepcionado que el tesoro de La Isla del Tesoro consistiera en fajos de billetes, no digamos certificados de acciones de Indra.
La palabra tesoro parece exigir no solo que sea rico, sino estético, diverso, brillante. Algo, en fin, que solo pertenece a los cuentos y con lo que la realidad se muestra tan cruel que llama «bonos del Tesoro» a unos instrumentos financieros aburridísimos.
En esa realidad incluyo la zafiedad en la corrupción, que se les llame «chistorras» a los billetes de quinientos euros o que los servidores públicos comprometan su probidad por colocar a una pilingui llamada Jenny o Yenni, que tanto da.
Por eso debo decir que me ha animado considerablemente que en el registro a las cosas de Zapatero hayan salido joyas como de la Gran Duquesa Anastasia Fyodorovna. No sé, no pega, y le da cierto aire de rescate prerrevolucionario, de collares librados de las sucias garras bolcheviques en la caja de seguridad de un banco suizo, para cuando vuelvan los buenos tiempos.
Y esa puede ser su perdición entre los suyos. Recuerden el «casoplón» de los Iglesias-Montero. Para empezar, no era exactamente una mansión eduardiana en la campiña, sino un chalet «aspiracional» para una burguesía acomodada. Para seguir, era perfectamente legal. Lo compró con su dinero y nadie le ha acusado nunca de emplear fondos de origen cuestionable. Y, sin embargo, acabó con su carrera política.
Probablemente algo más audaz y delictivo —un atraco al Banco de España, un coche bomba en el Congreso— no hubiera afectado en absoluto a su popularidad entre la grey izquierdosa radical, que al fin no cree en la propiedad (la de los demás, se entiende) ni valora la vida humana en exceso si su eliminación hace avanzar la causa.
Se lo hubieran perdonado, pero no le perdonaron algo tan pequeñoburgués, con su caseta para que se cambien los invitados. Era la foto misma de todo lo que odian. Le podían haber gritado como Obi-Wan a Anakin: «¡Te has convertido en aquello que juraste destruir!».
Somos animales visuales, qué le vamos a hacer. Si Zapatero se lo lleva calentito en «chistorras» le podrían ver como a un Curro Jiménez cursi y sentencioso. Pero la visión de las joyas —«Cielos, mis joyas!»— es un no, no. No eres tú, José Luis, son ellos. El robo casa estupendamente con la izquierda, no han hecho otra cosa desde que nacieron, no es ese el problema. Uno puede robarle las joyas a la duquesa, faltaría más. Pero no para guardarlas. No para que un día veamos todos las fotos como de catálogo de Christie’s o Ansorena, sabiendo que las atesora el autor de esa frase inmortal: «Los socialistas somos gente que, por lo general, tiene muy poco pero da mucho».
Por lo demás y aunque me gustaría, no me puedo sumar al coro de honestísimos comentaristas que siguen echándose las manos a la cabeza, que no sé qué esperan encontrar ahí. De verdad que les admiro: yo no podría sorprenderme tanto y tan de seguido. «¿¿¿Qué me dice, que el jefe Mugumbo se ha comido a OTRO misionero???!. Vamos, que en nada uno pilla el patrón y lo que sale después, en goteo, le deja a uno frío. De un león no espero que se convierta en vegano mañana, ni de esta caterva que deje de meter la mano en el dinero de todos. No esperen de mí, les ruego, que pida las sales cada vez.
Pero es que, además, es tan nimio este atraco continuado, tan olvidable como una travesura infantil, comparado con sus delitos verdaderamente atroces y que, para nuestra desgracia y vergüenza, no figuran tipificados en el Código Penal: robo de identidad, naciocidio.
¿Quién va a disputar o sulfurarse por unos millones aquí y allá cuando están procurando activamente un crimen tan monstruoso que no cambia meramente nuestras vidas, sino las de todos los que vendrán, que está aniquilando concienzudamente España, una realidad política de quinientos años, una comunidad homogénea de cinco mil?
Denme ladrones, denme gobernantes enjoyados de pies a cabeza con su brillante botín, con chistorras colgándoles de todos los bolsillos. Porque lo otro, que no afecta sólo a España, sino a todos los nativos europeos, no hay manera de pagarlo; cualquier castigo parece demasiado misericordioso. Porque hay indígenas de todas partes, todos los pueblos tienen su patria ancestral. Pero los europeos vamos camino de no tener un lugar donde reposar la cabeza y al que llamar nuestro.
Por: Carlos Esteban – La Gaceta de la Iberosfera


