Por Juan Pablo García
Un terremoto siempre es una tragedia. Sin embargo, cuando golpea a un país devastado por años de corrupción, saqueo y destrucción institucional, el desastre se multiplica. Hoy no solo se derrumban los edificios; también queda al descubierto el colapso de un Estado que fue despojado de sus recursos por una cúpula criminal que arrasó con hospitales, servicios públicos, infraestructura y fondos nacionales.
En una nación donde los centros de salud apenas funcionan, donde la electricidad y el agua son un lujo para millones, y donde las arcas públicas fueron vaciadas, la capacidad de respuesta ante una emergencia de esta magnitud es prácticamente inexistente. Se lo robaron todo y hoy no tenemos nada. Miles de familias enfrentan ahora el dolor de perder a sus seres queridos, sus hogares y los pocos bienes que lograron conseguir con enorme sacrificio. Lo que en cualquier otro lugar sería una emergencia difícil, aquí se convierte en una catástrofe humanitaria de proporciones devastadoras.
Ante estas circunstancias, la ayuda internacional urgente es totalmente necesaria. Hay que actuar ya, sin mirar atrás, porque en este momento lo único que nos queda es salvar vidas. Las tragedias naturales no distinguen ideologías, pero sus consecuencias sí se agravan cuando quienes gobiernan han destruido deliberadamente la capacidad del país para proteger a su gente.
Por eso, hoy más que nunca, se requiere oración, solidaridad y un despliegue humanitario inmediato para las víctimas, así como justicia y rendición de cuentas para quienes llevaron a la nación a esta situación.


