La intemperancia política, por Ricardo Ciliberto Bustillos 

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Vivimos tiempos de incontinencia verbal, de propuestas  desproporcionadas y planteamientos ajenos a la  realidad. Esto es, sencillamente, intemperancia política. Entendemos que algunos de buena fe, debido a las  dolorosas consecuencias de los recientes eventos  sísmicos, hayan echado mano al expediente de señalar  individuales responsabilidades o de apuntar a cierta culpabilidad gubernamental. Es entonces cuando se  acude, erróneamente, a la tesis de la sustitución  inmediata del régimen, bien sea por vía de una junta de  gobierno o por medio de unas elecciones, asuntos estos que, a nuestro entender, no resuelven, ni momentánea y  menos satisfactoriamente, la grave situación que  atraviesa el país.

Preocupa, igualmente, la insistencia en ver a María  Corina Machado, no solo como una dirigente política de primer orden, con un inmenso apoyo popular, con  extraordinaria capacidad para dirigir una Venezuela  destrozada, además de tener excepcionales aptitudes que, por añadidura, resultan necesarias en esta crucial  coyuntura. En todo caso, suscita alarma que la miren – también- como una reedición de Eva Perón, (Santa Evita,  en palabras de Tomás Eloy Martínez) a la que el pueblo argentino invocaba, rendía culto, solicitaba su ubicua  presencia, aceptaba la más mínima dádiva y hasta le adosaba atributos divinos o celestiales. Ello sería cometer un error garrafal que, de paso, nos dejaría incontables y lamentables secuelas. 

Muchos, y no con plausibles intenciones, utilizan la  descollante figura de MCM para proponer cuanta  insensata iniciativa se les ocurre o para, utilizando empalagosos elogios o repugnantes lisonjas, “colearse”  en su círculo cotidiano. Pareciera que no aprendemos.  Dos ejemplos bastan para subrayar lo dicho: a Carlos  Andrés Pérez lo endiosaron de tal manera que,  posteriormente, cuando la situación se le puso adversa,  muchos de sus seguidores lo abandonaron al punto de  intentar arrojarlo a la “cuneta” de la historia. Y Hugo  Chávez que, salvando las inmensas distancias, algunos  “vivos” pretenden revivirlo en el imaginario popular, a  pesar de las calamidades que ocasionó. De ídolos,  elevados y luego caídos, está esculpido nuestro  accidentado pasado. 

Así las cosas, aquí cabrían algunas inquietudes, para  nada fuera de lugar: ¿Por qué no dedicar todos nuestros  esfuerzos a la liberación de los presos políticos? ¿Por qué no poner nuestro máximo empeño en reconstruir los partidos políticos, hoy en día hechos jirones, cuando no  inexistentes? Entendamos de una vez por todas: no hay  democracia sin la presencia de estos. ¿Por qué no exigir, de manera contundente y a la mayor brevedad posible, la restitución del carácter institucional del C.N.E., el T.S.J.  y la F.A.N.B.? y ¿Por qué no solicitar con extrema firmeza una hoja de ruta factible? Respecto a esto último, es  verdad que se han logrado avances gratificantes, pero todavía quedan fundamentales temas en el tintero que – inevitablemente – deberemos abordar.

Proponer soluciones sin posibilidad alguna o sin anclaje  realista es un contrasentido, por no decir una insensatez.  En nuestra opinión, aceptar más violaciones  constitucionales, promover salidas abruptas, integrar juntas de gobierno o realizar apremiantes elecciones no suponen una acertada respuesta a este intrincado  panorama. Hay elementos que anteceden, que son prioritarios y que resultan esenciales para la  democratización del país. En conclusión, debemos ser más cautelosos respecto a la intemperancia política,  sobre todo en estas difíciles horas y más aún, con estos nuevos discursos y posturas que, de alguna forma,  encierran inocultables ribetes de populismo.

Ricardo Ciliberto Bustillos

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