La tiranía de la emergencia

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Hay mentes que se limitan a describir la realidad y hay inteligencias superiores que, con bisturí en mano, la desnudan, la sacuden y la trasforman en un grito de guerra intelectual. Eso fue exactamente lo que hizo el ingeniero David Morán el pasado miércoles 05 de agosto: una exhibición de brillo deslumbrante, de esas que escapan a las etiquetas convencionales porque rozaron la cumbre de una clase magistral y la contundencia de una conferencia histórica, regalándonos una pieza tan magnífica como demoledora, ejecutada con un dominio absoluto del rigor científico y el análisis histórico desde el mismo corazón de un desastre.

Lo verdaderamente extraordinario de la intervención de Morán —enfocada estrictamente en el análisis de los desastres y la tragedia— fue su capacidad magistral para desvelar la gran farsa nacional: en Venezuela, la palabra «emergencia» ha dejado de ser el auxilio ante lo imprevisto para convertirse en el cínico método de gobernanza de un poder sustentado en la más absoluta negligencia, la incompetencia y la conveniencia política. Con una lucidez brillante, nos demostró cómo nos han anestesiado con el cuento de la provisionalidad para que jamás exijamos soluciones definitivas, asegurándose de que cada crisis se convierta en un estado permanente del que nadie rinde cuentas.

Esa genialidad analítica quedó grabada a fuego al recordarnos que el deslave del Estado Vargas (1999) sigue vivo; han pasado más de veinticinco años desde aquel diciembre apocalíptico donde la montaña se desgajó y sepultó poblados enteros, y la tragedia continúa y continuará por mucho tiempo precisamente porque jamás se quiso cerrar el ciclo de la emergencia, manteniendo a toda una región atrapada en la improvisación estructural, la vulnerabilidad no resuelta y la precariedad urbana para gobernar cómodamente entre escombros morales y físicos. Con esa misma brillantez quirúrgica, Morán expuso cómo este molde perverso se replicó como metástasis nacional en la crisis eléctrica y de servicios básicos, donde un simple apagón o falla coyuntural de hace más de una década fue rebautizado artificialmente como «emergencia eléctrica» eterna para evadir la inversión y justificar el colapso, al igual que ocurre con la llamada emergencia humanitaria compleja, donde la destrucción deliberada del aparato económico y de salud se disfraza año tras año bajo la coartada de la excepcionalidad.

Si llevamos esta tesis magistral más allá del terreno estrictamente físico de los desastres que abordó Morán, y le sumamos nuestro propio análisis sobre cómo la lógica de la emergencia se emparenta de forma idéntica con la «experimentalidad», el panorama nacional termina de cobrar un rostro dantesco. La incompetencia hecha norma se perpetúa en el limbo crónico de nuestras universidades nacionales experimentales —como la Simón Rodríguez, la UNEXPO, la UNET, la UNEFM, la UNEG o la UNEFA—, instituciones que tras décadas de existencia siguen atrapadas bajo una etiqueta provisional que les niega la estabilidad jurídica, frena su desarrollo y las somete a la arbitrariedad del régimen.

La genial y lúcida sacudida que nos propinó David Morán desde Vargas, complementada con esta radiografía de nuestras estructuras académicas varadas en el tiempo, nos arranca la venda de los ojos y nos deja una exigencia ineludible: los venezolanos hemos sido domesticados para aceptar el caos como hábitat natural, tragándonos la mentira de que apagar incendios equivalga a gobernar. Es hora de romper la parálisis, demoler la mentira de la emergencia perpetua y asumir de una buena vez la responsabilidad histórica de reconstruir la nación.

Vamos por más…

José Ignacio Gerbasi
@jgerbasi

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