Hay momentos en la historia de un país en los que los acontecimientos avanzan más rápido que nuestra capacidad para entenderlos.
Creo que eso es exactamente lo que está ocurriendo en Venezuela.
Por: Nestor Olleros
Este año el país ha vivido transformaciones profundas, casi todas sobrevenidas tras la salida de Nicolás Maduro. Cambios en las posiciones políticas, movimientos dentro del estamento militar, una tímida apertura para algunos medios de comunicación, el regreso de ciertos espacios para la expresión pública, una presencia política y operativa mucho más visible de los Estados Unidos y, por supuesto, la terrible tragedia de La Guaira.
Todo está ocurriendo al mismo tiempo.
Pero Venezuela no llega a este momento siendo un país normal. Llega siendo una sociedad profundamente fragmentada.
La supervivencia al que considero el peor sistema político de la Venezuela moderna produjo una cantidad inmensa de reacciones humanas que algún día serán objeto de estudio. Algunos desarrollaron una enorme capacidad de adaptación. Otros aprendieron a desconfiar de todo. Muchos decidieron marcharse. Y otros, simplemente, encontraron en la neutralidad una forma de sobrevivir.
Sí, la neutralidad.
No porque dejaran de sentir, sino porque proteger la salud mental también terminó convirtiéndose en una forma de resistencia. Muchas personas dejaron de prestar atención a la política, a las noticias y, en algunos casos, hasta al propio país.
Y nadie puede juzgarlos por eso.
Sin embargo, hay algo que me preocupa profundamente.
La velocidad de los cambios que hoy vive Venezuela obligará a la sociedad a cambiar también.
Después del 3 de enero nació un contexto completamente distinto. Todavía es incierto, todavía tiene muchas preguntas abiertas, pero es evidente que el país comenzó una etapa diferente.
Y precisamente por eso me preocupa que mantengamos las mismas formas de pensar que desarrollamos para sobrevivir durante estos últimos años. Porque muchas de esas conductas fueron útiles para resistir. Pero quizá ya no lo sean para reconstruir.
Quiero que leas con atención la siguiente frase:
La gran oportunidad que hoy tiene Venezuela no es solamente política; también es mental y social.
El 2 de enero el horizonte era muy distinto. Lo único que teníamos delante era seguir observando cómo el país continuaba deteriorándose, cómo el aparato represivo seguía encarcelando cualquier forma de disidencia y cómo la crisis económica seguía destruyendo proyectos de vida sin descanso.
Hoy, en cambio, existe una oportunidad y las oportunidades también exigen preparación. Los cambios que vienen serán, en buena medida, los cambios que seamos capaces de construir.
Pero también debemos aceptar una realidad incómoda: algunos de esos cambios no dependerán de nosotros.
¿Es frustrante?
Por supuesto.
A nadie le gusta sentir que las decisiones importantes se toman sin consultarle. Pero también debemos preguntarnos, con honestidad, si realmente tendremos capacidad de intervenir en todas ellas.
Probablemente no.
Y aceptar eso también forma parte de la madurez de una sociedad.
Existe otro elemento que debemos comprender.
Los tiempos de estos cambios probablemente no coincidan con los tiempos que cada uno de nosotros desea.
Sé que esta afirmación puede incomodar.
Pero, después de tantos años esperando una oportunidad, no la rechacemos únicamente porque no llegó exactamente como la imaginábamos.
Si durante años esperaste una pizza con todos los ingredientes que soñabas, no la rechaces únicamente porque no te gustó la caja o porque el repartidor no era quien esperabas.
Lo importante sigue siendo la oportunidad de sentarse a comer.
Eso también aplica para un país.
Quiero centrar esta reflexión en una idea muy sencilla: las cosas buenas pueden llegar.
Y si podemos participar desde el principio en su construcción, hagámoslo.
Pero si, por las circunstancias, durante una primera etapa no podemos hacerlo, entonces quizá, por primera vez en nuestra historia reciente, debamos tener la paciencia colectiva para permitir que los procesos terminen de tomar forma.
Venezuela atraviesa uno de los momentos más extraños, complejos e impredecibles de su historia contemporánea.
Precisamente por eso debemos prepararnos para actuar cuando llegue el momento.
Porque el país va a necesitar de todos.
Habrá que volver a poner en marcha un automóvil que durante demasiados años fue golpeado, desmontado y abandonado.
Y para hacerlo no bastará con reconstruir instituciones.
También tendremos que reconstruir la manera en que pensamos como sociedad.
No dejemos que el exceso de análisis nos paralice.
No convirtamos la desconfianza en un obstáculo permanente.
Debemos estar preparados para volver a ejercer, cuando corresponda, la inmensa mayoría democrática que Venezuela demostró el 28 de julio de 2024 y ponerla al servicio de la recuperación nacional.
No nos quedemos observando únicamente el jardín que tenemos delante.
Levantemos la mirada.
Descubriremos que nunca existió una valla separándonos del bosque.
Después de tantos años de oscuridad, quizá haya llegado el momento de confiar, acompañar los procesos que todavía están desarrollándose y prepararnos para construir el país que siempre quisimos.
Porque, después de tanto resistir, también nos toca aprender a construir.


