No sé bien qué pensar

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La primera reacción no es una idea: es un ruido. Un murmullo en el pecho, como cuando en Venezuela la radio anuncia que “algo pasó en Caracas” y la gente en la panadería queda con la bandeja de dulces suspendida en el aire. Los anuncios de la mesa —esa mesa sin linaje ni estirpe que ya es casi un personaje nacional, con sus silencios, sus gestos, sus torpezas— caen como las lluvias de agosto: sin pedir permiso, sin preguntar si estamos listos.

Hay un instante en que uno no sabe si alegrarse, molestarse o simplemente encogerse de hombros. Ese instante es este.

Los anuncios de hoy tienen textura de cosa incompleta, de vestido apenas basteado. Como cuando en el pueblo alguien dice “parece que van a arreglar la carretera” y nadie sabe si eso significa máquinas trabajando o apenas un papel que dormirá en un cajón.

La mesa habla, pero no dice gran cosa. La mesa promete, pero no le pone fecha, hora ni menú a las promesas. La mesa anuncia, pero los anuncios no mueven la aguja.

Y uno queda en ese limbo: ¿es un avance?, ¿es un acomodo?, ¿es un gesto para la foto?, ¿es un movimiento real o apenas un reacomodo de sillas?

En Venezuela, la política huele a cocina. A conversación en la acera. A mi vecina que dice “yo no creo nada hasta que lo vea”. Los anuncios de hoy se reciben así: con el cansancio acumulado de tantos anuncios que se vuelven humo.

La mesa es ya parte del paisaje, como los perros callejeros que conocen todas las esquinas. Uno la mira, la escucha, pero no sabe qué hacer con lo que dice.

Lo del TSJ importa, sí. Pero no basta. Es apenas una pieza suelta.

Lo del oro es maniobra. Y lo de ocuparse de los perjudicados por el terremoto es una distracción, casi un gesto de utilería. Eso no le toca a la mesa. Eso le toca al gobierno. La mesa no está para repartir agua ni para tomarse fotos con damnificados: está para destrabar lo que está trabado.

En lo que sí le toca, en lo que es su razón de ser, hoy no hubo nada.

Del CNE y de un cronograma electoral: cero. Ni una línea, ni una fecha, ni una intención.

Y a los presos políticos los tiraron al pajón. Los dejaron fuera del encuadre, como si fueran un tema incómodo que es mejor no tocar para no arruinar la foto.

Tres posibilidades se asoman: Desconfianza cansada — porque ya hemos visto demasiados anuncios que se diluyen. Esperanza tímida — porque, aunque duela admitirlo, uno siempre quiere creer que algo puede cambiar. Indiferencia protectora — porque a veces es más sano no apostar el corazón en cada comunicado.

Quizá estoy en una mezcla de las tres. Quizá en ninguna. Quizá en un cuarto lugar: ese territorio donde uno observa, espera y deja que la noticia se decante sola.

Hubo, sí, demasiado intercambio de sonrisas y palmoteos. Eso no es diplomacia. Eso es teatro, puro teatro. Y del barato.

Soledad Morillo Belloso
Soledadmorillobelloso@gmail.com

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