La reconstrucción de Venezuela comienza por un imperativo ineludible: la plena reinstitucionalización de la República. Antes de levantar puentes, carreteras, industrias o escuelas, debemos reconstruir los cimientos que sostienen toda democracia auténtica: el Estado de Derecho, la independencia de los poderes públicos, el respeto a la Constitución y la vigencia de las libertades ciudadanas. Sin esas columnas maestras, cualquier intento de recuperación será apenas un edificio levantado sobre arena.
Durante años, en innumerables seminarios, foros y encuentros celebrados dentro y fuera de Venezuela, hemos debatido cómo será el país que aspiramos a reconstruir. Han sido espacios donde las ideas se han confrontado con pasión, donde los proyectos han competido no por vanidad intelectual, sino por el legítimo deseo de encontrar el mejor camino para rescatar una nación devastada por el autoritarismo, la corrupción y un populismo que dejó tras de sí una economía destruida, una emergencia humanitaria sin precedentes y profundas fracturas sociales y morales.
De esos debates emerge una conclusión que no admite dilaciones: Venezuela debe reencontrarse con la descentralización. No se trata únicamente de rescatar las históricas elecciones directas de gobernadores y alcaldes iniciadas en 1989. Aquella fue apenas la puerta de entrada a una transformación mucho más profunda. La descentralización significó acercar el poder al ciudadano, liberar las capacidades creadoras de las regiones y comenzar a romper con un centralismo que durante décadas había convertido a Caracas en el único centro de decisiones, recursos y oportunidades.
Quienes vivieron aquellos años recuerdan que descentralizar también significó dignificar la vida cotidiana de millones de venezolanos. Atrás comenzaban a quedar tiempos en los que maestros, médicos, enfermeras o empleados públicos debían viajar hasta Caracas para resolver asuntos administrativos tan elementales como hacer efectivo el pago de sus salarios. Era el inicio de un proceso destinado a devolverles autonomía y capacidad de decisión a los estados y municipios. Ese camino fue deliberadamente destruido. El modelo hipercentralizado impuesto durante los últimos años convirtió a gobernadores y alcaldes en simples administradores de escasos recursos, subordinados políticamente al poder central, privados de competencias, asfixiados financieramente y sometidos mediante mecanismos de chantaje presupuestario incompatibles con cualquier sistema democrático.
La Venezuela que viene no puede repetir ese error. Recuperar la descentralización significa devolver competencias reales a las regiones, garantizar una distribución justa de los recursos públicos y establecer una política tributaria que fortalezca las haciendas estadales y municipales. Los impuestos que generan los ciudadanos deben traducirse en mejores autopistas, carreteras, hospitales, universidades, escuelas, sistemas de agua potable, transporte, espacios culturales y deportivos. Los recursos producidos por cada región deben convertirse en bienestar para quienes allí viven.
Pero la descentralización va mucho más allá de transferir atribuciones administrativas. Su verdadero motor es el capital humano que existe en cada rincón del país. Ninguna región debe ser vista únicamente a través de la figura de su gobernador o de su alcalde. Su mayor riqueza está representada por sus empresarios, comerciantes, productores agropecuarios, pescadores, industriales, universidades, centros de investigación, gremios profesionales, organizaciones civiles, estudiantes, emprendedores y trabajadores. Allí reside la inteligencia colectiva capaz de impulsar el renacimiento nacional.
La Venezuela del futuro no puede diseñarse desde un escritorio en Caracas. Debe construirse escuchando a quienes conocen el potencial y las necesidades de cada región. Oriente posee condiciones extraordinarias para consolidarse como un gran polo pesquero, turístico y agroindustrial. El cacao del estado Sucre y la Península de Paria, su salida al Atlántico, sus yacimientos gasíferos, su biodiversidad y su rica herencia cultural, le dan atractivos a proyectos ecoturísticos; además el cacao carupanero continúa siendo uno de los mejores del mundo. Anzoátegui reúne enormes oportunidades para desarrollar el turismo, fortalecer su infraestructura portuaria y convertirse en un centro estratégico de servicios vinculados a la industria energética. Nueva Esparta merece recuperar su condición de vitrina comercial y turística del Caribe. Los proyectos para reactivar la zona franca, desarrollar el muelle internacional de cruceros y potenciar el turismo llevan años esperando voluntad política para hacerse realidad. Lo mismo ocurre con Puerto La Cruz y otras ciudades con enorme vocación marítima. ¡Claro, hay que concretar los esperados proyectos conectados con el Turimiquire para abastecer de agua potables a esas regiones orientales!
Monagas dispone de capacidades productivas-no solo petroleras y gasíferas-suficientes para incorporarse plenamente al relanzamiento económico que acompañará el retorno de la democracia. Guayana representa uno de los mayores activos industriales de América Latina. Sus empresas básicas, hoy prácticamente paralizadas, pueden volver a convertirse en motores de empleo, exportaciones e innovación, siempre que se abran espacios para la participación de sus trabajadores, ingenieros, universidades y sectores productivos privados. Nuestro Amazonas, las corrientes que bañan Delta Amacuro, son espejo promisorio del desarrollo ambiental. En esos enclaves están las fuentes originales de nuestra electricidad blanca.
Los estados llaneros poseen una de las mayores reservas de riqueza agropecuaria del continente. Cojedes cuenta con iniciativas empresariales de gran envergadura que apuntan a crear en su territorio la Ciudad Metrópolis. Guárico. Apure, Portuguesa, Barinas y Yaracuy disponen de importantes cuencas hidrográficas, centrales azucareros que debemos recuperar, de tierras fértiles y condiciones excepcionales para producir alimentos, fortalecer la ganadería intensiva dando origen a razas criollas y contribuir decisivamente a la seguridad alimentaria del país. Carabobo y Aragua deben recuperar su histórica fortaleza industrial, mientras que los Andes venezolanos —Táchira, Mérida y Trujillo— pueden convertirse nuevamente en referentes de agricultura, turismo, conocimiento e innovación, con esas fuentes de energía hidrométrica, termoeléctrica e iniciativas para producir energía solar, apoyándose en el enorme plataforma de sus universidades y centros académicos.
Y esa realidad se replica prácticamente en todo el territorio nacional. En cada estado existen embalses que pueden recuperarse, sistemas de riego que pueden rehabilitarse, silos abandonados que pueden volver a operar, termoeléctricas que pueden modernizarse, acueductos que requieren inversión, zonas industriales esperando ser reactivadas y proyectos largamente estudiados que solo necesitan decisiones acertadas para ponerse en marcha. Las regiones no necesitan tutelaje; necesitan confianza. No requieren un poder central que monopolice las decisiones, sino un Estado que coordine, acompañe y facilite. Cuando el talento regional encuentra espacio para actuar, las comunidades prosperan; cuando las decisiones se acercan al ciudadano, la democracia se fortalece; cuando los recursos permanecen donde se producen, el desarrollo deja de ser una promesa para convertirse en una realidad tangible. La descentralización no es una concesión política ni un simple modelo administrativo. Es una filosofía de un auténtico gobierno modernizador, un compromiso con la libertad y un reconocimiento de que Venezuela es mucho más grande que su capital.
La Venezuela democrática que aspiramos recuperar no será el resultado exclusivo de un cambio de régimen. Será la consecuencia de liberar las inmensas energías creadoras que hoy permanecen contenidas en nuestras regiones. Porque el futuro de Venezuela no se edificará desde un solo centro de poder. Se levantará, simultáneamente, desde los llanos, los Andes, Guayana, Oriente. Desde el Zulia con sus reservas petroleras, su epicentro agropecuario en el sur del lago, su relámpago y su fe en la Chinita. Falcon con su complejo refinador de hidrocarburos, sus medanos, sus santuarios de aves, sus paraísos turísticos en Morrocoy y Chichiriviche. Desde Lara, encrucijada logística y comercial del occidente venezolano, con sus crepúsculos y su Divina Pastora; y desde el centro Mirandino, con su expansión tuyera, las costas, sus diablos de Yare y tambores de Barlovento. Urgente recomenzar en La Guaira, con la aflicción del dolor de la gente, levantándose una y otra vez.
Desde cada municipio, cada universidad, cada empresa, cada finca, cada puerto y cada comunidad. Solo entonces volveremos a tener un país donde el poder deje de concentrarse en una sola mano y comience, por fin, a florecer en las manos de todos los venezolanos.
Antonio Ledezma
Antonioledezma.net


