Todo indica que a Maduro lo agarró la “Dieta de Maduro” en la cárcel: el eufemismo cruel de una crisis humanitaria autoinfligida

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En la tercera audiencia de su proceso por narcoterrorismo y narcotráfico celebrada este miércoles en un tribunal federal de Manhattan, Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores reaparecieron visiblemente más delgados. Testigos presentes en la sala, incluyendo venezolanos que han asistido a las comparecencias anteriores, coincidieron en describir a Maduro con brazos delgados, torso flojo, cabello más canoso y un aspecto “notablemente más flaco” y demacrado, pese a que se mostró sonriente y caminando sin la cojera anterior.

Por: Víctor Tazo

La ironía es tan contundente como cruel. El hombre que presidió la mayor crisis alimentaria de la historia contemporánea de Venezuela parece estar experimentando en carne propia el término que millones de sus compatriotas acuñaron con sarcasmo entre 2016 y 2017: la “dieta de Maduro.

Ese eufemismo nunca fue una recomendación nutricional. Surgió como denuncia popular ante la pérdida masiva e involuntaria de peso provocada por la escasez crónica de alimentos, la hiperinflación y el colapso económico. Según la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (ENCOVI), en 2016 el 74,3% de los adultos perdió en promedio 8,7 kilos; en 2017 la cifra siguió siendo alarmante, con un promedio de 11 kilos por persona. Más de 21 millones de venezolanos quedaron atrapados en una “dieta” de subsistencia basada en carbohidratos baratos, mangos o, en los casos más extremos, comida rescatada de la basura.

Maduro, lejos de asumir responsabilidad, convirtió el drama en chiste. En 2016, ante un colaborador visiblemente flaco, soltó: “La dieta de Maduro te pone duro, sin necesidad de Viagra”. La frase, emitida en cadena nacional, fue vista por la oposición y por millones de familias que reducían raciones o se acostaban con hambre como una muestra de insensibilidad intolerable.

Ahora, en el Metropolitan Detention Center de Brooklyn, donde comparte el menú estandarizado de la prisión federal (porciones controladas, alrededor de 2.000-2.500 calorías diarias, proteínas económicas y carbohidratos), el exmandatario muestra los efectos visibles de una alimentación distinta a la que disfrutaba en Miraflores. Los testigos de la audiencia de ayer no dudaron: Maduro luce más delgado, con brazos notorios por su delgadez y un físico menos robusto. Cilia Flores también apareció considerablemente más delgada.

La “dieta de Maduro” fue siempre el resultado previsible de años de controles de precios, expropiaciones, corrupción en la importación de alimentos y destrucción de la producción nacional en un país con las mayores reservas de petróleo del mundo. Mientras el gobierno repartía cajas CLAP como paliativo y negaba la crisis humanitaria, la desnutrición golpeaba especialmente a niños, ancianos y embarazadas.

Hoy, con el juicio fijado preliminarmente para junio de 2027 y la defensa apostando por argumentos de inmunidad, Maduro enfrenta en una cárcel estadounidense parte de lo que impuso a su pueblo durante años: restricciones, racionamiento y pérdida de peso. La diferencia es que él cuenta con atención médica, uniformes caqui y un proceso judicial con todas las garantías. Millones de venezolanos, en cambio, solo tuvieron hambre, migración forzada y secuelas permanentes.

El sarcasmo popular regresa con fuerza: la “dieta de Maduro” finalmente alcanzó al principal responsable. Solo que esta vez, ni chistes ni CLAP pueden ocultarlo. Los bocetos de la corte y los testimonios de quienes lo vieron ayer en Nueva York son la prueba más reciente de una realidad que Venezuela vivió —y aún arrastra— en carne propia.

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