Venezuela, la oportunidad que no se repite, por Rafael Egáñez Anderson

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Hay momentos en la historia que no anuncian su llegada, que no vienen precedidos de señales inequívocas ni de consensos universales sobre su importancia, sino que simplemente ocurren, y solo con el tiempo y la perspectiva necesaria se vuelven visibles como lo que siempre fueron, una confluencia de circunstancias que difícilmente volvería a producirse en las mismas condiciones, y Venezuela está viviendo uno de esos momentos, aunque conviene decirlo sin alarma y sin exageración, con la serenidad de quien observa algo que merece ser comprendido antes de ser celebrado o descartado.

La administración Trump ha tomado una decisión que no tiene antecedente claro en la historia reciente de América Latina, comprometer la atención directa, sostenida y al más alto nivel de la primera potencia del mundo con el proceso de transición venezolano, y eso no es un gesto diplomático ordinario ni una declaración de principios sin consecuencias, es una postura que se traduce en presión real, en sanciones negociadas, en acuerdos concretos y en una señal inequívoca al mundo de que lo que ocurra en Venezuela importa y de que Washington tiene una posición definida al respecto.

Lo que hace a esta decisión particularmente densa es el equipo que la ejecuta, porque el Departamento de Estado que conduce esa política no está compuesto por tecnócratas que aprendieron sobre Venezuela en cables diplomáticos y sesiones de briefing, sino por personas que llevan la historia del fracaso autoritario latinoamericano inscrita en su propia experiencia, que entienden desde adentro lo que significa que una transición no ocurra cuando debe ocurrir, y que por eso traen a su posición sobre Venezuela una urgencia que va más allá de los intereses geopolíticos convencionales.

Trump, por su parte, observa el hemisferio occidental no desde las obligaciones históricas sino desde los intereses concretos, no construye política exterior desde los valores abstractos sino desde la lógica de los acuerdos que producen resultados verificables, y cuando decide que algo vale la pena lo hace con una determinación que no depende de los ciclos electorales ni de los consensos heredados, sino de su propia lectura de que hay un trato posible y de que ese trato le conviene a los Estados Unidos, lo cual, en cierta manera, es exactamente lo que Venezuela necesita, no un protector generoso sino un socio con intereses propios, porque los socios con intereses propios son los que sostienen su compromiso cuando las cosas se complican.

Esta conjunción, una administración con la determinación de Trump y un equipo con la densidad histórica del que lo rodea, en el momento exacto en que Venezuela tiene sobre la mesa una negociación con actores que por primera vez están cediendo posiciones que parecían inamovibles, es una ventana que la geopolítica abre con poca frecuencia y que cierra sin demasiado aviso, porque los gobiernos cambian, las prioridades se reorganizan y la probabilidad de que vuelva a existir en Washington, en este nivel de poder y con esta combinación de motivaciones, un equipo tan directamente comprometido con el destino de Venezuela es, para decirlo con honestidad, muy baja.

No estoy sugiriendo que los Estados Unidos son los salvadores de Venezuela, eso sería una simplificación que nuestra propia historia desmiente con claridad, y lo he argumentado antes en estos artículos, una cosa es contar con el respaldo internacional para construir una transición y otra muy distinta es delegar en ese respaldo la responsabilidad de dirigir nuestro propio destino, porque Venezuela tiene que ser construida por los venezolanos, con sus propias decisiones, sus propias instituciones y su propia voluntad colectiva, y ninguna potencia exterior, por bien dispuesta que esté, puede sustituir ese trabajo.

Pero sí vale la pena reconocer que la diferencia entre tener este acompañamiento y no tenerlo es significativa, porque las transiciones no ocurren en el vacío sino dentro de un contexto internacional que las facilita o las dificulta, y el contexto internacional que Venezuela tiene ahora mismo es el más favorable que ha tenido en su historia reciente, y dejarlo pasar por las razones que históricamente hemos dado para dejar pasar las oportunidades, la desconfianza entre sus actores, la costumbre de postergar lo difícil, la tendencia a tratar cada apertura con más suspicacia que interés, sería un error cuyo costo seguiríamos contando por mucho tiempo.

Lo que está ocurriendo en Venezuela no es un regalo ni un accidente, es la consecuencia de décadas de resistencia, de un precio pagado en libertad, en exilio y en vida que fue demasiado alto para ser ignorado indefinidamente, y ese resultado se encuentra ahora con una administración en Washington que tiene la determinación y la capacidad institucional para acompañarlo de manera concreta, y esa conjunción, resistencia venezolana más voluntad política norteamericana en el nivel más alto, es lo que distingue este momento de los anteriores.

He escrito sobre la libertad como principio de la reconciliación, sobre el peso de la esperanza que trae el regreso de María Corina Machado, sobre la diferencia entre ganar elecciones y construir instituciones, sobre Venezuela y el poder después del poder, y en cada uno de esos textos hay una pregunta que ahora regresa con mayor urgencia, ¿tiene Venezuela la disposición para reconocer una oportunidad histórica cuando la tiene enfrente, o seguirá esperando condiciones que la historia nunca ofrece en su forma perfecta?

La respuesta que propongo es esta, Venezuela no puede permitirse otra postergación, no porque alguien desde afuera lo determine sino porque el país mismo, después de todo lo que costó llegar hasta aquí, ha llegado a un punto en que las condiciones para otro ciclo de destrucción institucional sencillamente ya no existen, y eso, sumado a la presencia en Washington de una administración que ha convertido a Venezuela en una prioridad real de su política exterior, convierte este momento en lo que es, una oportunidad que no se va a repetir con estas mismas condiciones.

Aprovecharla no significa entregarle el futuro a nadie, significa construir con la seriedad y la urgencia que el momento merece las instituciones que garanticen que lo que se acuerde ahora dure más que quienes lo acuerden, porque esa es la única forma en que las transiciones se vuelven irreversibles, y esa irreversibilidad, después de todo lo que costó llegar hasta aquí, es lo único que Venezuela realmente no puede negociar.

Rafael Egáñez Anderson

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