Hace casi un siglo, cuando Venezuela comenzaba apenas a comprender la magnitud de aquello que dormía bajo su tierra, Juan Vicente Gómez enfrentó una pregunta que, de una manera inesperada, vuelve a presentársenos hoy, Qué vale una riqueza que no somos capaces de desarrollar?
Su respuesta fue extraordinariamente pragmática ya que si Venezuela cerraba las puertas al capital extranjero, decía Gómez, la alternativa era dejar el petróleo en las entrañas de la tierra, sin utilidad para nadie, lo que genero que cien años después, Venezuela posee una de las mayores reservas petroleras del planeta y vuelve a encontrarse frente a una versión mucho más compleja de aquella misma pregunta.
No se trata de entregar el petróleo, como tampoco de regresar al país concesionario del siglo pasado mas bien se trata de entender algo bastante más elemental: los recursos naturales, por inmensos que sean, no constituyen por sí solos una economía, necesitan capital, tecnología, infraestructura, seguridad jurídica, conocimiento y acceso a los mercados.
Y quizá allí comienza la conversación verdaderamente interesante sobre Venezuela, no en cuánto petróleo tenemos sino en qué estamos dispuestos a hacer para que vuelva a tener valor.
Durante demasiado tiempo hemos hablado de Venezuela desde aquello que perdió. Perdió empresas, producción, infraestructura, inversión y confianza, también millones de ciudadanos que construyeron sus vidas en otro lugar, perdió profesionales, empresarios, técnicos, profesores, médicos e ingenieros y quizás lo más grave es que fue perdiendo, año tras año, la capacidad de imaginarse funcionando otra vez. Hemos construido alrededor de Venezuela una narrativa de la pérdida que, aunque justa en muchos sentidos, también nos ha costado algo, y es la capacidad de reconocer una oportunidad cuando aparece.
Hay momentos en la historia de los países en los que la pregunta debe cambiar, ya que la pregunta hoy no debería ser solamente cuánto perdió Venezuela sino más bien qué puede ocurrir si Venezuela vuelve a funcionar.
Y mi posición es clara, ya que creo que estamos frente a una oportunidad extraordinaria, no porque nuestros problemas hayan desaparecido, ni porque exista un acuerdo capaz de resolverlos de golpe, ni mucho menos porque el petróleo vaya a producir por sí solo una prosperidad nuevo, sino que mas bien creo que existe una oportunidad precisamente porque después de décadas de deterioro, comienza a aparecer algo que durante mucho tiempo estuvo ausente y no es mas que la posibilidad de que intereses venezolanos e internacionales, vuelvan a coincidir alrededor de la reconstrucción económica del país y eso cambia completamente la conversación.
Los análisis recientes sobre una eventual arquitectura energética entre Venezuela, capital privado e intereses estratégicos estadounidenses deben leerse con prudencia. Todavía existen interrogantes importantes sobre contratos, operadores, estructura económica, financiamiento y ejecución. Les recomiendo echar un vistazo al trabajo de mi amigo Leonardo Buniak a través de su empresa Global Map para que podamos entender y así distinguir correctamente entre un anuncio políticamente importante y una operación plenamente estructurada y ejecutable, pero detenerse únicamente en esas interrogantes sería perder de vista algo mayor, donde lo verdaderamente relevante no es un acuerdo, sino más bien que Venezuela vuelve a ser considerada una posibilidad.
No es la primera vez que un país con reservas colosales y producción paralizada encuentra en la convergencia entre su capital privado, el capital extranjero y el interés estratégico de una potencia el detonante de su reconstrucción. Kazajistán lo vivió en 1993, recién salido del colapso soviético, con campos petroleros gigantescos como los de Tengiz, Karachaganak, Kashagan y sin tecnología ni financiamiento para explotarlos donde la solución fue una combinación de acuerdos de largo plazo con Chevron, ExxonMobil, Shell y Eni, respaldados por garantías jurídicas concretas que blindaron la inversión contra la reversión política y un fondo soberano que comenzó a separar la riqueza petrolera de los gastos corrientes del Estado. Colombia recorrió un camino distinto pero igualmente revelador en los primeros años de este siglo, con la economía asediada por la inseguridad y la fuga de capital, la creación de un regulador independiente la Agencia Nacional de Hidrocarburos y el respaldo estratégico de Washington a través del Plan Colombia fueron suficientes para reconstruir la confianza inversora y casi duplicar la producción en una década. En ambos casos, la variable decisiva no fue el recurso en sí que ya existía sino la arquitectura institucional que lo hizo creíble para el capital que debía activarlo.
La historia también enseña lo que no debe repetirse. México aprobó en 2013 una reforma energética técnicamente sólida, abrió licitaciones competitivas y atrajo capital internacional; pero la ausencia de garantías suficientes contra la reversión política permitió que un cambio de gobierno deshiciera en años lo que había costado décadas construir. Angola y el Irak post-2003 elevaron su producción con capital extranjero, pero sin instituciones capaces de rendir cuentas la riqueza se convirtió en corrupción, no en desarrollo.
El denominador común de los fracasos es siempre el mismo, la convergencia de intereses llegó, el capital llegó, el petróleo fluyó, pero las instituciones no estaban allí para administrar lo que vino después. Venezuela tiene frente a sí exactamente esa bifurcación y la diferencia entre el camino de Kazajistán y el de Angola no está en el subsuelo, sino más bien está en lo que se construya por encima de él.
Pero hay algo que distingue al caso venezolano de todos esos precedentes y que conviene decir sin rodeos, Venezuela no enfrenta simplemente una reconversión de su modelo energético, enfrenta la reconstrucción de un aparato industrial que fue destruido, no por una guerra, no por un desastre natural, sino de manera sistemática y deliberada a lo largo de dos décadas, pozos abandonados, plantas que colapsaron sin mantenimiento, ingenieros que emigraron sin ser reemplazados, contratos que se rescindieron sin alternativa, equipos que se deterioraron sin repuestos y una organización industrial que perdió no solo su infraestructura física sino su memoria técnica y su cultura de gestión. PDVSA no es una empresa que necesita reformarse, es en muchos sentidos una institución que necesita rehacerse desde sus cimientos, por no decir de su clausura total.
Eso cambia radicalmente la escala del esfuerzo requerido, ya que reconvertir es difícil. Reconstruir desde la destrucción es de otro orden de complejidad porque exige no solo capital sino tiempo, exige no solo tecnología sino formación de las personas que la operarán, exige no solo contratos sino instituciones que los hagan cumplir, y exige, sobre todo, una honestidad sobre el punto de partida real que Venezuela todavía no se ha permitido con suficiente claridad. El país que vuelve a la mesa no es el que se fue en 1998, es un país con la misma riqueza en el subsuelo y con una capacidad instalada que tendrá que reconstruirse barril a barril, tubería a tubería, técnico a técnico. Quien no entienda eso sobreestimará la velocidad del proceso y subestimará lo que realmente se necesita para que funcione.
Y sin embargo, la reconstrucción del aparato industrial es quizás la parte más sencilla del problema porque la más difícil tiene nombre, política. Venezuela llega a este momento con una fractura social y política de una profundidad que no tiene precedente reciente en su historia donde hay venezolanos que creen que cualquier acuerdo económico bajo las condiciones actuales legitima a un régimen ilegítimo. Hay venezolanos que creen que sin estabilidad económica no habrá transición política posible como hay quienes desconfían del capital privado nacional tanto como del extranjero asi como tambien hay sectores que ven en cualquier acercamiento con Washington una amenaza a la soberanía, mientras otros ven en ese mismo acercamiento la única palanca real disponible. Todas esas posiciones tienen algo de razón y ninguna por sí sola tiene suficiente.
La pregunta que Venezuela no ha podido responder todavía es la más elemental de todas y es quién administra la reconstrucción y bajo qué legitimidad lo hace? No es una pregunta técnica, es una pregunta política en el sentido más profundo del término, porque de su respuesta depende no solo quién se sienta en las mesas de negociación sino qué tan duradero será lo que se construya en ellas. Un acuerdo económico firmado por actores que una parte significativa del país no reconoce como legítimos tiene el mismo problema estructural que cualquier pacto sin espada, puede ser papel mojado en el momento en que cambien las correlaciones de fuerza. La historia comparada es implacable en este punto ya que se ha demostrado que las reconstrucciones que duran son las que logran suficiente consenso interno para sobrevivir a los cambios de gobierno, miesntras que las que no lo logran como México es el caso más reciente, se revierten.
Por eso la invitación a converger no puede dirigirse únicamente al capital o a los operadores del sector energético, tambien tiene que dirigirse a los sectores políticos, a la sociedad civil, a la oposición, a quienes representan a los millones de venezolanos que viven dentro y fuera del país sin haber renunciado a tener voz sobre el futuro de Venezuela, no porque su participación sea un requisito burocrático de legitimidad, sino porque sin ella cualquier arquitectura económica que se construya estará expuesta a la misma inestabilidad que ha destruido todo lo que Venezuela intentó construir en los últimos veinte años. La reconstrucción económica y la reconstrucción política no son dos procesos separados que pueden secuenciarse cómodamente son mas bien, en el caso venezolano, dos caras del mismo problema que tendrán que resolverse en paralelo o no resolverse del todo.
Nuestro fracaso histórico ha sido no haber logrado convertir de manera sostenida esa riqueza extraordinaria en instituciones, infraestructura, productividad, educación y bienestar suficientemente sólidos para sobrevivir a los ciclos políticos, por eso sería un error gigantesco interpretar esta nueva oportunidad como el regreso de la Venezuela petrolera. Yo espero exactamente lo contrario, que el petróleo pueda convertirse esta vez en el instrumento que permita construir una Venezuela progresivamente menos dependiente del petróleo, porque un campo petrolero que vuelve a producir no termina en el campo petrolero, necesita electricidad, ingeniería, carreteras, puertos, transporte, telecomunicaciones, almacenamiento y mantenimiento asi como tambien seguros, banca, vivienda, alimentación, tecnología y servicios profesionales; Necesita empresas y esas empresas necesitan trabajadores. Cada campo que vuelva a operar es una cadena entera que se activa y quienes han analizado estos escenarios con seriedad lo saben, ya que mayor producción no significa automáticamente mayor bienestar. Esa condición debería estar escrita a la entrada de cualquier discusión seria sobre la reconstrucción venezolana porque ya tuvimos petróleo y lo que necesitamos ahora es economía.
Hay una diferencia enorme entre esperar un nuevo boom petrolero y comprender que Venezuela necesita atravesar un proceso de reconstrucción. Los booms producen euforia, las reconstrucciones producen trabajo. Un boom invita a preguntarse cuánto dinero entrará; una reconstrucción obliga a preguntarse qué debemos hacer con él y allí es donde empieza la Venezuela que me interesa, una recuperación energética que reactive cientos de proveedores privados, una reconstrucción del sistema eléctrico que se convierta en un proyecto de infraestructura de escala nacional, una industria de gas con dimensión propia, petroquímica, fertilizantes, construcción, logística, puertos, telecomunicaciones y tecnología.
Detrás de esas grandes inversiones aparecerá algo todavía más importante, miles de oportunidades pequeñas. Los países no se reconstruyen únicamente con grandes corporaciones sino tambien se reconstruyen con el empresario que abre una compañía de mantenimiento, con quien transporta trabajadores, con el ingeniero que crea una firma especializada, con emprendedores que dicho y sea de paso, Venezuela ha demostrado ser una mina de los mejores y de clase mundial, con el pequeño proveedor industrial, con quien desarrolla software, construye viviendas o presta servicios, allí estará, en mi opinión, el verdadero multiplicador venezolano.
Hay otra razón por la cual creo que esta oportunidad es diferente. Durante los años más difíciles Venezuela exportó algo infinitamente más valioso que el petróleo, venezolanos y una parte sustancial del talento que cualquier reconstrucción necesitará se encuentra hoy distribuida por el mundo, y recuperarla no exige que todos regresen físicamente. Necesitamos que regresen sus capacidades, un ingeniero venezolano puede permanecer en Houston y trabajar con Venezuela como tambien un empresario puede vivir en Madrid e invertir en Venezuela; un ejecutivo en Miami puede conectar una oportunidad venezolana con capital estadounidense y un académico puede enseñar desde Boston, como incluso los hijos de quienes emigraron pueden vincularse con un país en el que quizás nunca hayan vivido. Venezuela posee hoy algo que no tenía cuando comenzó esta crisis y es una extraordinaria red internacional de talento propio. Durante años la llamamos diáspora porque representaba nuestra pérdida, quizás algún día comencemos a llamarla red porque represente nuestra ventaja.
Tampoco podemos analizar esta posibilidad ignorando la geografía. Venezuela está donde está frente al Caribe, próxima al mercado estadounidense y a la infraestructura energética del Golfo de México, con recursos que pueden tener valor para un sistema de refinación construido durante décadas para procesar determinados tipos de crudo. Para Estados Unidos el valor potencial no sería únicamente comercial; también existirían consideraciones de seguridad energética, logística e influencia hemisférica, y eso importa, no porque Venezuela deba entregar su futuro a los intereses de otra nación, todo lo contrario, sino porque las relaciones económicas más duraderas son aquellas en las que ambos lados encuentran razones para que funcionen. Durante demasiado tiempo nuestra relación con Washington estuvo dominada por conflicto, sanciones, migración y diplomacia, por lo que sería profundamente transformador que comenzara a incluir nuevamente una palabra mucho más normal entre dos países: negocios.
Ser optimista no significa ser ingenuo, precisamente porque creo que esta oportunidad puede ser extraordinaria, creo también que Venezuela debe ser extraordinariamente exigente con ella, no cualquier inversión es buena inversión ni cualquier contrato es un buen contrato ni tampoco cualquier aumento de producción significa desarrollo. Los riesgos están identificados: estructuras opacas, debilidad institucional, cesión excesiva de renta, reversión política, falta de capacidad técnica, incluso una participación menor en un activo productivo puede ser preferible a poseer completamente un activo paralizado, pero solamente cuando la estructura sea transparente, equilibrada y fiscalmente inteligente. Venezuela debe abrirse al capital sin regalarse, atraer empresas sin regresar al capitalismo de privilegios, ofrecer seguridad jurídica sin renunciar a defender su interés nacional como tampoco necesitamos sustituir un modelo fallido por otro, mas bien necesitamos construir uno mejor.
Nada de esto ocurrirá rápidamente, y ese es probablemente el punto que más debemos comprender. La recuperación real exige contratos, licencias, auditorías, financiamiento y reglas claras antes de que lleguen las grandes inversiones, mesas de trabajo binacionales con equipos claramente definidos, con auditorías previas. Después vendrá la rehabilitación de activos existentes y solamente más adelante podrá producirse una expansión importante de infraestructura y capacidad. Estamos hablando de años, no de meses, y me parece sano que sea así ya que Venezuela necesita abandonar la fascinación por las soluciones instantáneas, reconstruir confianza tomará tiempo, y probablemente esa sea la inversión más importante de todas.
Porque antes de convencer al mundo de invertir nuevamente en Venezuela tendremos que convencer a los propios venezolanos, al empresario que necesita decidir si arriesga nuevamente su capital, al profesional que debe elegir si acepta una oportunidad, al joven que debe decidir si construye su futuro aquí o comienza a planificar su salida, al venezolano que vive afuera y tiene que decidir si vuelve a colocar una parte de su patrimonio, de su conocimiento o simplemente de su tiempo en el país del que salió. Cuando esas decisiones comiencen a cambiar, estaremos viendo la verdadera recuperación.
No sé cuál de las negociaciones que hoy se discuten terminará materializándose, ni cuáles actores permanecerán, ni qué acuerdos sobrevivirán al enorme desafío jurídico, financiero y político que implica volver a invertir a gran escala en Venezuela. Solo debo decir que hay que confiar en lo que se está haciendo y sería irresponsable presentar cualquiera de ellos como un hecho consumado. Pero tampoco quiero cometer el error contrario, el error de haber vivido tantos años esperando malas noticias que ya no sepamos reconocer una posibilidad cuando aparece.
Los países cambian antes de que las estadísticas lo registren, primero cambia la conversación, después cambia la percepción del riesgo, luego aparece alguien dispuesto a invertir, otro decide acompañarlo, un profesional considera regresar, un banco vuelve a prestar, una empresa vuelve a contratar y lentamente aquello que parecía imposible empieza simplemente a parecer difícil. Creo que Venezuela está acercándose a ese momento.
No estoy proponiendo regresar al país al que fuimos, ya que ese país tuvo oportunidades extraordinarias y también cometió errores extraordinarios. Aspiro a algo bastante más ambicioso, a que utilicemos el petróleo sin volver a depender de él, que utilicemos la diáspora sin exigirle que deshaga la vida que construyó, que recibamos capital extranjero sin entregar el interés nacional, que reconstruyamos el sector privado sin confundir empresa con privilegio, que recuperemos al Estado sin devolverle el derecho de controlar cada espacio de la sociedad y, sobre todo, que dejemos de pensar que Venezuela está condenada a escoger eternamente entre sus extremos.
Tenemos recursos, ubicación, empresarios, talento dentro y fuera del país; tenemos una enorme cantidad de infraestructura por reconstruir y necesidades capaces de convertirse en mercados. Nos falta lo más difícil, hacer que todas esas piezas vuelvan a confiar unas en otras y si logramos eso, el petróleo será apenas la chispa porque la verdadera riqueza será todo lo que podamos construir alrededor de él.
Gómez hizo su apuesta y acertó en lo económico y eró en lo humano, ahora nosotros tenemos la oportunidad de hacer las dos cosas bien.
Después de tantos años preguntándonos cómo pudo Venezuela perder tanto, quizás finalmente esté llegando el momento de formular una pregunta distinta Qué podría llegar a ser Venezuela si esta vez hacemos las cosas bien? Yo creo que vale la pena averiguarlo.


