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Es lo que es

Enrique Egaña Wallis, el Walter White del café venezolano

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Por Lizandro Samuel en Gatopardo

Petare es conocido mundialmente por ser uno de los sitios más peligrosos del área metropolitana de Caracas… pero, ¿podría cambiar? Enrique Egaña Wallis tiene la ambición de llenar Petare con el café más caro y gourmet. Por eso regala decenas de miles de matas entre sus pobladores, quienes las hacen crecer en esa zona marginada. “Caficultura urbana, no de finca”, le llama Egaña Wallis, quien sueña con más: si por él fuera, toda Caracas se poblaría de la mejor semilla de café. ¿Caracas está realmente ante un boom cafetalero o hay en ello algo de quijotesco?

—Petare tiene una vaina de pinga, que es cambiar peligro por café. Es el reto más arrecho que hay, porque es el barrio más peligroso del mundo —dice Enrique Egaña.

Es jueves 13 de octubre de 2022. Vamos desde Alto Prado, una urbanización otrora famosa por la gran cantidad de personal diplomático que la ocupaba, hacia Petare. Son varias las estadísticas que se han esparcido con la misma efectividad con la que se ha exportado la arepa o el tequeño. Desde 2015 han corrido dos variaciones de una misma frase, tan imponentes como una lápida de mármol, que definen a Caracas y, por extensión a Venezuela: “Es la capital más peligrosa de América”, “Es el país, sin guerra, más violento”. En el medio, como el núcleo brillante de una idea que irradia hacia la denuncia y la estigmatización, está Petare: donde se cometen aproximadamente un cuarto de los homicidios de la capital.

El carro lo maneja Kike Sierra, de copiloto va Enrique Egaña, de 62 años. Son socios en lo que decidieron llamar Petare Blue: una marca de café que se produce en ese poblado de alrededor de quinientos mil habitantes, compuesto por diferentes barrios y dividido por un puente (el de La Urbina) que es como una línea imaginaria en los prejuicios citadinos.

Nos estacionamos en el centro comercial El Marqués. Allí nos espera una camioneta privada que nos va a llevar hacia la Fundación Bigott en Petare. Enrique y yo vamos en la parte de atrás. Baja la voz:

—Adonde vamos ahorita es de pinga, tranquilo. Coño, pero en la zona donde están sembradas las matas, que es en el barrio José Félix Ribas, el más peligroso del mundo, hay que tener permiso de Wilexis. Puedes ver carajos armados y vainas así.

Y el permiso no lo consiguen Enrique ni Kike, dos señores antagónicos en estatura y similares en todo lo demás: canas, panza, vocabulario. Lo consiguen los Morochos, fundadores de la ONG Zona de Descarga y socios, junto con ellos, en el emprendimiento de café. También, claro, quien hoy maneja la camioneta: hay lugares a los que solo entran rostros conocidos.

Dice Wikipedia: “Wilexis es un criminal, narcotraficante y pran venezolano, máximo líder de la delincuencia en Petare”.

Dice El Pitazo: “Wilexis tiene el mando de todo en los barrios que controla: la repartición de las bolsas de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (Clap), la venta de drogas, el resguardo de los vehículos que su banda roba en la ciudad”. Además actúa, de facto, como si fuera “presidente de una junta vecinal o alcalde”.

Continúa El Pitazo: “La banda está conformada por ciento cincuenta o doscientos hombres. La mayoría no pasa de los treinta años, y los más jóvenes todavía están en la escuela o entrando al liceo; a estos últimos, de acuerdo con información aportada por moradores, se les da el cargo de gariteros (custodios de territorio), están armados con escopetas y pistolas […]. Wilexis también dirige la extorsión a los bodegueros de su zona, a quienes amenaza si no cumplen con la cuota asignada. Pone en la lista negra a las mujeres que llaman su atención, la que le corresponde sigue con vida, y vive con todos los privilegios; pero la que no, huye o tiene una bala en la frente”.

Dirán varios de los habitantes que más tarde hablarán en la reunión a la que vamos:

—Petare es mucho más que violencia.

Este 2022 Enrique Egaña empezó a regalar, a través de Zona de Descarga, matas de café que varios habitantes, en su mayoría mujeres, han sembrado. Seis mil o siete mil matas hasta ahora, según él mismo. La altura en Petare, de novecientos metros, no es la mejor pero funciona. La idea es que de aquí a diciembre haya entre quince mil y veinte mil matas.

—Estamos hablando de caficultura urbana, no de caficultura de finca. Caficultura urbana de especialidad. El programa piloto es Caracas, pero esto se puede exportar a cualquier zona tropical del mundo.

Según él, Caracas tiene potencial para convertirse en el principal exportador de café. Pero no de cualquier tipo, sino de especialidad. O sea, del mejor posible, del más caro: del que se cosecha en las mejores haciendas.

—Cualquier persona en su casa, con una mata que cuide bien, que sepa tratar y manejar, podría sacar un café de ochenta puntos. No de 85, eso es otro nivel. Pero sí sobre ochenta puntos, con lo que Caracas podría convertirse en la ciudad del café de especialidad.

Varios medios internacionales lo han entrevistado con asombro. Es que su premisa es como pensar en caminar por una barriada en la que se cocina comida gourmet en cada casa, todos los días. Y quizá sí se puede, porque él, en su jardín, lo hizo: logró un producto de más de 85 puntos.

—Yo soy de otro nivel.

Pero ahora quiere que esto se replique en una población que vive entre el estrés de la delincuencia y otro mucho peor: el temor a los cuerpos policiales. Estos, según la plataforma de periodismo Monitor de Víctimas, cometen tres de cada diez homicidios en la ciudad y la mayoría de los asesinatos en Venezuela. Un porcentaje importante de víctimas, además, son personas sin ningún tipo de relación con el crimen. Lo que es igual a decir que muchas de las miles de mujeres que han recibido y recibirán matas son madres que deben cosecharlas en un país con tres cuartas partes de pobreza extrema, y con el temor de que a sus hijos los mate un criminal o un policía.

La camioneta empieza a saltar. El suelo tiene un relieve rocoso.
—Pana —le dice Enrique al conductor—, la mitad de París son puras piedras de esta.
—¿De esta? —responde el aludido—, no joda.
—Pasas tres meses dándole vuelticas a la ciudad y ya no tienes carro.
Ambos ríen. Pausa. Enrique alza la cabeza, me ve a los ojos:
—Este es un país muy pintoresco.


En 2015 recibió una llamada del profesor Roberto Brugera.
—¿Qué sabes tú de café?
—No tengo la menor idea —respondió Enrique.

Roberto Bruguera le explicó que fue jefe durante 32 años de la Facultad de Agronomía de la Universidad Central de Venezuela, donde terminó como jefe de posgrado y pregrado. Le contó que se estaba encargando de la estación experimental de El Laurel, a la que llaman la Vaquera, o la Invasión, porque la estaban invadiendo. Se trata de terrenos agrícolas, en los Altos Mirandinos, destinados a la investigación académica que fueron descuidados: decenas de personas los estaban ocupando con viviendas improvisadas.

Bruguera tenía en mente un proyecto sobre café. Su hermano, quien tiene un PhD en algo relacionado con ganado, le había hablado de Enrique, con quien había trabajado en cosas del campo: vacas, lechuga, composta.

—¿Nos reunimos?

Cara a cara, Bruguera empezó a darle a Enrique la información que cambiaría el tercer y último acto de su vida. Hay dos tipos de café: el comercial y el de especialidad. El comercial lo consume el 90% de las personas, puede ser muy malo o decente. El de especialidad es uno que se cuida y prepara con el máximo potencial. Para clasificar como tal debe superar una evaluación de los granos y luego sumar al menos ochenta puntos en una cata hecha con estándares internacionales del Coffee Quality Institute (CQI). Si suma más de 85 puntos ya se considera un “café taza de la excelencia”, y por encima de noventa puntos es un “café presidencial”. Pueden venderse hasta en miles de dólares el kilo.

—¿Tú quieres echarle bolas conmigo?
—Cómo no —lo atajó Enrique—, a mí me encanta un reto.

Cuatro años después, produjo el primer café de especialidad de Venezuela certificado por el CQI.

La cosa fue así: Bruguera le habló de una variedad de semilla que se llama gesha, aunque, de tanto (mal)pronunciarse en el mundo hispano, acabó conociéndose como geisha. Esa variedad, dijo Bruguera, costaba alrededor de trescientos dólares el kilo. La estaban cosechando en Panamá y era una suerte de secretito, parte de una fórmula —que incluye mucho marketing— que tienen algunos productores panameños para lograr lo que en efecto logran: producir los cafés más caros.

A los meses, un amigo y vecino de Enrique fue a visitar a sus hijos a Panamá. Hizo un tour de ciento setenta dólares en una hacienda conocida y logró convencer al dueño de que le regalara unas semillas de geisha.

Enrique estaba recién mudado de nuevo con sus padres. Les preguntó si ellos tenían planes para el jardín, le dijeron que no y él decidió sembrar café. Allí empezó a cultivar y a experimentar. Allí cosechó sus primeras geishas.

Un Q Grader es un especialista en cata de café: los estudios y certificados son caros y exigentes. En Venezuela solo hay tres personas con esa certificación. Mientras que en Brasil, Colombia y México —los que lideran en Latinoamérica— hay 318, 286 y 110, respectivamente. Enrique habló con Óscar Chacón, un venezolano residenciado en Costa Rica y registrado allá como Q Grader, para enviarle una muestra de su cosecha.

Primero ocurrió la Taza de la Excelencia de Costa Rica, una competición en la que solo entran productores locales. A los dos meses se organizó una cata con diferentes productores de Monteclaro, una de las ciudades donde se producen algunos de los cafés de mayor calidad. Allí iban a participar los mismos Q Graders que habían estado en la Taza de la Excelencia, gente con mucho recorrido internacional.

—Logré que incluyeran la vainita esa que mandaste —le dijo, por teléfono, Óscar a Enrique.
Eso fue un viernes. El lunes lo llamó de nuevo.
—Enrique, ¿estás sentado?
—Sí. Cuéntame.
—Pana, te ganaste a toda esa gente aquí. Tu café dio 86.7 puntos. ¿Sabes cuál fue el mejor de la cata? El tuyo.

Había obtenido el mismo puntaje que alcanzan las mejores fincas, con la mejor tecnología y el personal más calificado. Pero a ojos de los productores, el suyo era un mérito anecdótico: ¿de qué sirve hacer un café tan bueno si no lo puedes vender? Así que muchos empezaron a preguntarse no solo cómo lo hizo, sino, sobre todo, ¿por qué?, ¿para qué?


En el evento en Petare pasa algo que suele ocurrir en cualquier parte de Venezuela: se va la luz. No hay cómo mostrar las diapositivas ni encender los ventiladores y tampoco se puede prender la consola de sonido. Se supone que la reunión es para que las personas que ya han recibido matas cuenten su experiencia. En realidad, y esto se menciona más bajo, es para que miembros de la FAO y de la ONU que están invitados se animen a financiar el proyecto. Por más que pregunto si las personas en cuestión asistieron, tanto los Morochos como Kike me responden con vaguedades. Se les nota el entusiasmo por dar la mejor impresión posible —a todos los que venimos de fuera, incluyendo a un realizador australiano que trabaja para la DW de Alemania— y también los nervios por la falla eléctrica.

Empieza Enrique, suelta un discurso que ya tiene preparado para todos los contextos. En algún punto uno de los Morochos lo interrumpe y le recuerda que la reunión no es para repasar sus logros, sino para escuchar a las beneficiarias. Toman la palabra diferentes mujeres. Hablan del café, de los prejuicios hacia la comunidad, de la violencia. Somos menos de treinta personas en la sala.

Por último, Mutombo, un rapero de La Dolorita, en Petare, habla de que creció en una comunidad en la que no se podía salir de noche por miedo a la muerte. También dice que tiene catorce años sin agua. Con el oportuno regreso de la energía eléctrica —aplausos incluidos—, canta un rap sobre el café. Pierde el hilo. No oye bien el beat, el sonido rebota. A media canción se excusa, le pide al DJ que retroceda la pista y él retoma donde lo había dejado. Repite el proceso dos veces. Se rinde. Al final, canta a capela el pedazo que faltó. Igual, la baja calidad del sonido y el fraseo tan veloz hicieron imposible entender cualquier fragmento de la letra.

Se me ocurre que ese momento, esa lucha con la electricidad, esa improvisación y hasta esa suerte de resignación en forma de sonrisa con la que se asumió todo son una metáfora de la actualidad de la producción de café —y de cualquier cosa— en Venezuela.

Más tarde, en su casa, Enrique me muestra las porciones de tierra en las que siembra las miles de semillas que, una vez que germinan, lleva a Petare. Allí en el porche tiene también un par de matas de cacao.

—Yo hice el banco genético más importante de Venezuela en cacao, en una finca que solo conocemos cuatro personas, porque podríamos ser interés del Gobierno: ahora te expropian como un wevón. La de genética de café sí la sabe el Estado, porque yo soy profesor del Diplomado de Café de la Central, donde llevé a todo el mundo para que vean cómo se hace una finca genética.

Durante su segundo periodo en la presidencia (1989-1993), Carlos Andrés Pérez, según Egaña, invirtió dinero en el Instituto de Investigaciones Agrícolas para que hiciera un centro de genética en el estado Táchira, donde el genetista José Bustamante desarrolló, en dieciséis años, tres semillas: monteclaro, ina01 y araguaney. Se supone que iban a ser el buque insigne de la caficultura venezolana, pero pasó lo que tanto se sabe: el chavismo acabó con la producción, expropió, dejó de invertir, etcétera. Así que Bustamante no dudó en darle estas semillas a su amigo Bruguera y a Enrique.

Este último empezó a sembrar en escuelas, en conjunto con una profesora de la dirección de Delito Ambiental, del Ministerio Público: Xiomara Cuevas. Ella le pedía más y más matas, y él respondía que no era un vivero: que tuviera paciencia. A un colegio de San Agustín del Sur volvió un año después de haberles regalado las primeras matas. Preguntó qué tal estaban y le respondieron que se las habían robado.

—Coño, ¿se robaron unas matas de café?, ¿por qué no las regalamos, mejor? —dijo en ese entonces.

Así empezó, por medio de su amigo Kike Sierra y de los Morochos, a regalar en Petare. Su idea, no obstante, es llenar toda Caracas. Le gusta contar la historia de Caracas Blue, una marca que a finales del siglo XIX, según él, tenía una plusvalía internacional del 15% frente a sus competidores. Caracas era un valle cafetalero y las semillas, por alguna razón, eran azules. De ahí el nombre. Después la ciudad se hizo Metro, autopistas, edificios. Enrique quiere poblar Petare de café e impulsar la marca Petare Blue, pero también quiere poblar la ciudad y, mediante estudios de suelo, demostrar de dónde viene el color azul de algunas semillas.

—Yo estoy regalando mis semillas certificadas, mi seriedad, mi honor.

Esa seriedad fue la que lo llevó, aparte de todo lo anterior, a ser la primera persona de Venezuela en clonar semillas geishas. Y, según dice con orgullo, si no la primera, una de las primeras en el mundo.


—¿Cuánto rial tienes? Todo el mundo quiere competir en la Fórmula 1, pero no todo el mundo tiene carros para competir en la Fórmula 1. Entonces, cuando yo voy a asesorar a una finca, lo primero es que me digan cuánto dinero tienen. Porque las fincas de café de alta cata son una inversión alta. Si tú quieres producir rial, tienes que meterle rial.

Enrique se arrellana sobre uno de los muebles que están en el jardín. Acaba de colgar una llamada con un finquero. José Gregorio Duque, con quien evalúa haciendas, se dispone a preparar café.

José Gregorio es el antónimo físico de Enrique: más bajito, flaco, en la treintena y con un hablar pausado. Es tercera generación de caficultores, criado en Táchira. Se ha dedicado a mercadear comestibles y a venderle a las grandes cadenas de supermercados.

—El café de especialidad no es solamente la taza, es el impacto que tiene en la finca, en la comunidad. Que con ese dinero el caficultor pueda mejorar su vida. El actor principal en esto es el caficultor, y es el que muchas veces no sale en los créditos. Además, no se trata de comercializar marcas, sino historias. El café de especialidad es eso: es mejorar la salud del consumidor, es mejorar la vida del caficultor —dice José Gregorio, gesticulando lento.

—Pero esa vaina sucede en todos lados del mundo. El español, por ejemplo, critica que le compran el aceite de oliva a un precio y después lo venden al triple. Al productor siempre, ¡siempre!, se lo van a coger —Enrique sube la voz, mientras se queja de que siempre se le extravían los filtros. A su teléfono siguen llegando notificaciones.

—Pero es que de eso se trata —insiste José Gregorio—, de que eliminemos esa desigualdad en el mercado. ¿Qué es lo que pasa? Que el caficultor se ladilla, porque si hace un trabajo de calidad se lo pagas y si hace un trabajo que sea una cagada se lo pagas igual, ¿cuál es el valor que se le da a su trabajo?, ¿para qué se va a esforzar? Te va a producir, entonces, un pedazo de vaina.

Me explica, mientras Enrique se resigna y se pone a enviar notas de voz, que él le compra a un productor que está en Aragua. Se llama Leopoldo Llánez Monteverde —sexta generación de caficultores— y, dice José Gregorio, es dueño de una hacienda que data de 1803. En esa época era un latifundio colonial que perteneció al conde Manuel Felipe de Tovar. Allí, sigue narrando José Gregorio, Simón Bolívar celebró su cumpleaños después de la batalla de Carabobo. Con el tiempo, se fraccionó y la porción que tiene Leopoldo es de cuatrocientas hectáreas. Debido a que en algún momento la inseguridad aumentó, él se fue; de inmediato, decenas de personas invadieron y construyeron viviendas tan endebles como su futuro. Leopoldo volvió y, en vez de correr a los invasores, decidió integrarlos en un proyecto comunitario.

Propuso a los invasores que cada quien siguiera cultivando lo que venía haciendo, pero que además él les iba a dar los insumos para sembrar café, sacar una buena cosecha entre todos y fraccionar la ganancia. El problema es que las técnicas de Leopoldo estaban en desuso y, al igual que en la mayor parte de Venezuela, producía un café defectuoso.

—Cada vez que voy con Enrique —continúa José Gregorio— mi intención es darles información nutritiva. Ellos quizá no tienen acceso a la ciudad, a cursos de quinientos dólares. Nosotros vamos para allá y es un aporte que hago como intermediario. Les digo qué están haciendo mal. Con eso podemos mejorar el café que están produciendo. Empezamos comprándoles el quintal de café en doscientos dólares. Ahorita en trescientos setenta, aproximadamente. Los normales. Hay café que se les ha comprado a diez el kilo, eso son cuatrocientos sesenta el quintal. Claro, a eso después yo le hago otros procesos. Y ¿en cuánto lo vendo? El kilo de café, para cafetería, ahora mismo está en catorce dólares. La realidad es que un café de este tipo, si viniera de Panamá, se podría vender en treinta el kilo.

La primera vez que fue a la hacienda, le avisaron que en esa montaña opera el Tren de Aragua, una banda criminal que se ha hecho famosa al expandir su radio de acción desde Venezuela hasta Colombia, Brasil, Perú, Ecuador y Chile. Le explicaron que en la parte de arriba de la montaña estaban ellos y en la de abajo, otras bandas más pequeñas. En 2018 los caficultores no pudieron cosechar: las balaceras los obligaron a permanecer encerrados. Ahorita, según me dice José, supuestamente ya el Tren de Aragua exterminó a sus competidores: es el amo y señor de la montaña, por lo que se dedica a sus operaciones criminales a gran escala y deja tranquilos a los habitantes.

Enrique consigue los filtros. José Gregorio comienza a preparar el café. También pone dentro de una suerte de tetera china unas cáscaras para hacer té.

—Es que esta vaina es muy difícil, porque los productores también son unos hijos de puta —Enrique suelta el teléfono e interviene.
—Pero depende, no todos —Duque saca la molienda.
—Sí, depende, pero…
—Mi abuelo fue productor y ¡te aseguro que mi abuelo no era así!
—Bueno, sí. Pero, mira, yo una vez compré…

Enrique narra una estafa que le quiso hacer un productor, llenándole un saco con algo que no era lo que él había pedido.

—Ese no es productor. Mira —cuela el café José Gregorio—, yo te voy a contar algo.

Habla de alguien que pretendía venderle granos de mala calidad y después le pidió que lo tostara para poder engañar a otro posible comprador. José Gregorio se negó.

—Es un tema muy complicado. El asunto es que el que está comprando sepa identificar la calidad de lo que está comprando —opina Enrique.
—Sí, pero el que está vendiendo también.
—Sí, pero es que es un tema muy complicado. Mira, yo compré ganado durante un poco de años y todos esos lo que son es una sarta de ratas. La idea es que el que está comprando sepa identificar qué es lo que está comprando. Por ejemplo, yo identifico defectos. ¿Atributos? Eso lo mandamos a hacer con otras personas. Pero yo sé identificar defectos.

Ahora, con el café servido, ambos me presionan con la mirada. La verdad: es muy rico, un poco dulce y frutal. Lo que más me impresiona, sin embargo, es el sabor del té. Nunca había probado algo así. Según ambos, eso no se comercializa en América, solo en los países escandinavos. El asunto está en que para poder consumirse tiene que producirse con mucha higiene; imagínate, me comentan casi al unísono, que alguien te dé las cáscaras que le sobraron y las tenía acumuladas en un lugar sucio, donde pasan gallinas y perros. A eso, coinciden, se reduce buena parte de los problemas de producción de Venezuela.

No es casualidad, pienso, que en una clínica del Reino Unido los venezolanos tengamos prohibida la donación de esperma. Un amigo trató de donar y se consiguió la siguiente información por parte de una enfermera: “A Venezuela la consideramos ahora dentro de la línea roja de las epidemias internacionales. Tenemos información de que allá la higiene, la nutrición y la salubridad están en pésimas condiciones”.

No les digo nada de esto a Enrique y José Gregorio, en vez de eso los acompaño a la cava de cemento, tamaño humano, que está en el jardín. Allí están fermentando granos de café. La caficultura está mutando: horas de fermentación pueden alterar el sabor del producto. Ya no se trata solo de recoger y seleccionar, sino de saber fermentar. Con esas muestras, sacadas de la finca con la que trabaja José Gregorio, están afinando el método. Las van a llevar luego a un laboratorio para dar con fórmulas exitosas. Enrique empieza a grabar, presenta a José Gregorio, me pide que me presente y luego se enfoca a sí mismo. Sonríe, pulgar arriba. Hace la evaluación.

—Hay que dejar testimonio de lo que uno hace.

De nuevo sobre los muebles, José Gregorio sigue hablando de su historia. Enrique pierde interés, manda una nota de voz tan fuerte que al principio pensamos que está hablando con nosotros, después se pone a reproducir a todo volumen el video que acabamos de grabar.

—¡Coooño!, ¡quedó de pinga el video! —nos interrumpe, con una gran sonrisa.


Manuel Egaña, abuelo de Enrique, fue ministro al menos tres veces, embajador, presidente del Congreso y creó el Banco Central de Venezuela. Manuel Simón Egaña, papá de Enrique, es abogado summa cum laude de la Universidad de Roma, profesor titular de dos materias en la Universidad Central de Venezuela y autor de quizá el libro de derecho más vendido de la historia del país: Introducción al Derecho. Además, según Enrique, trabajó de manera independiente para varias empresas, entre ellas, Pepsi.

Morella Wallis, mamá de Enrique, es ama de casa, hija de una familia famosa desde la época colonial en el estado Vargas: el apellido aparece con frecuencia en los libros de historia. Por mucho tiempo controlaron los puertos. También fundaron la segunda agencia de viajes más antigua de Venezuela.

Enrique dice que le vendió su parte a sus primos:
—¿Qué carajito va a estar comprando un boleto a través de una agencia de viajes hoy día, en este país?

Cuando sus papás se pusieron seniles, cuando aumentaron las enfermedades —incluyendo un cáncer—, Enrique, el mayor entre los cinco hermanos que siguen con vida, se mudó de vuelta a la casa en la que creció. Su esposa, mientras tanto, vive en la casa de su propia madre, atendiéndola. Ambos se distanciaron para convertirse en cuidadores improvisados.

—Aquí el enfermero soy yo. Enfermero, cocinero, todo. ¿Cómo voy a contratar a alguien para que me ayude? Contrato a alguien y se roba toda vaina. Aquí se han robado todo. Lo que quedan son los cuadros de la entrada.

Pasa los días entre diligencias para sus padres y quejas por tener que atenderlos. Al menos vivir allí de vuelta le ha servido para aprovechar, como nunca antes, el jardín.

—Esta no es una siembra normal. Este es mi sitio de experimentación. Yo a ellas las enfermo, las quemo, las mato, las corto… les hago toda vaina a las pobrecitas. Si pudieran hablar, fuera preso.

Hay matas de semilla monteclaro, araguaney, ina01. Esas son especies resistentes. También tiene geishas, que son más delicadas pero arrojan cafés de mayor calidad. Entre una de ellas, está la mata que clonó.

—Nadie lo había hecho. Es muy difícil clonar la geisha.
—¿Por qué?
—Por quién sabe qué. Hay mujeres fáciles y mujeres difíciles.

El caso es que junto con un amigo invirtió 6,400 dólares en unas semillas geisha certificadas que le compraron directamente a Francisco Serracín, el hombre que, desde Panamá, hizo famosa a esta variedad. Ninguna germinó. No obstante, conservó algunas para experimentar. Quería probar que las matas que tenía, y cuyo producto ya había sido catado en Costa Rica, eran en efecto geishas. Buscó en toda Venezuela dónde clonar su mata para compararla con las semillas que había comprado. En ninguna parte había la tecnología. A los meses se enteró de que al Instituto de Biología Experimental le habían llegado los reactivos. Costaban cuatrocientos dólares.

Vendió sus dos motos, extrajo el ADN de su mata a través de la hoja y luego comparó la muestra con las semillas de Francisco Serracín. El match fue perfecto. El laboratorio emitió un comprobante y Enrique se convirtió en el primer venezolano en tener un certificado genético de geisha. Desde entonces, si alguien en el país quiere averiguar si su semilla es de esta variedad, debe ir a dicho instituto, en donde la evaluarán según los procedimientos que él hizo.

Empezó a vender matas de geisha. Las más caras en veinticinco dólares. Le estaba yendo tan bien que convenció a un amigo de crear un banco genético. Primero, nuevamente a través de Óscar Chacón, logró que un centro de Costa Rica le vendiera las semillas. Fue difícil. Por lo general ese tipo de transacciones solo se hacen con laboratorios o universidades. Después su socio desembolsó poco más de cuarenta mil dólares. Por último, tuvieron cincuenta mil matas listas.

—Entonces, el Gobierno empezó a meterse en el café, le empezó a ver posibilidades. Está ahorita invirtiendo en eso. Porque esa es la teoría del Gobierno: te destruye primero, porque ellos fueron los que destruyeron las plantaciones, y luego quiere construir y ser el héroe.

En resumen: el régimen se acordó de que tenía una genética nacional —ina01, araguaney y monteclaro— y empezó a repartir, al tiempo que regulaba el precio de cualquier variedad: quince por un dólar. Nadie quiso comprarles las cincuenta mil matas a Enrique y a su socio. Acaso vendieron unas trescientas. Se reunieron incluso con una franquicia muy relacionada con el chavismo: allí les respondieron que no les interesaban esas plantas geishas certificadas, se conformaban con encontrar las más baratas.

—Si tú siembras mierda, vas a vender mierda. Pero la gente no entiende eso.

Por suerte, el socio de Enrique era amigo del dueño de los camiones que salen semana tras semana desde la región andina a vender hortalizas. Enrique habló con los camioneros y en pequeñas porciones fue vendiendo. Por supuesto, su socio le cobró la mitad de la inversión, por lo que la ganancia neta de Enrique fue de menos de cuatrocientos dólares.

—Ya tuve que dejar de pelear con ellos. Porque no gano nada, me molesto yo y listo —dice, en alusión al régimen.

Más tarde, tras mi insistencia, investiga cuál ha sido el máximo que alguien ha pagado por un café de alta calidad. Hace nada en Panamá se vendió un kilo en catorce mil dólares: semilla geisha, 96.5 puntos.


Enrique se graduó del liceo en 1977. Pasó un año en Inglaterra y luego fue admitido en la facultad de Medicina de la Universidad Central de Venezuela. Iba a ser el primer Egaña y el primer Wallis médico. En el quinto año de carrera, con seis materias pendientes, se retiró. Tuvo hepatitis, chocó un carro, se cayó de una moto: su vida era un accidente. Colgó, para siempre, la bata blanca.

Lo más light que le dijeron en su casa es que lo que hacía era “imperdonable”; de gran promesa pasó a decepción, por eso decidió alejarse del hogar. Se mudó a Puerto La Cruz para administrar las tierras de la familia que estaban a hora y media de distancia, en Zaraza, una zona muy rural. Tenía veinticinco años y al menos su familia sintió el alivio de que alguien se haría cargo de esas fincas.

Dice que llegó a vender en un año mil setecientas cabezas de ganado, que la familia pudo comprar más terrenos y que él adquirió con sus ganancias una hacienda que puso a su nombre. Sus amigos lo visitaban cada tanto, algunos se casaron allá. Seis cajas de cerveza, tres cajas de ron para rumbear un fin de semana. El lunes no había ni el agua de los floreros.

—Mi abuelo era un carajo arrecho, era como tocar a un dios. Yo me aproveché mucho de mi apellido. Pero decentemente. Me gané mi puesto a pulso. Y gocé. Yo aplaudía y tenía un poco de mujeres al lado. Me cogí un poco de mujeres, todas mayores —se pone al borde del asiento, aplaude y los ojos se le cargan de una alegría pueril. José Gregorio nos acompaña. Escuchamos.

Con la llegada de Hugo Chávez a la presidencia cobró fuerza un discurso vengativo, en el que palabras como expropiación se hacían habituales y en el que se confundió la idea de corregir las injusticias del pasado con pulverizar cualquier atisbo de futuro próspero para el país. El día después de que Enrique logró poner electricidad en la finca amaneció invadido.

—Eso era una muerte anunciada. Ya sabíamos que iba a pasar. Habíamos vendido una de las fincas. Yo manejaba seis mil hectáreas. Yo no me iba a enfrentar a nadie, no iba a matar a alguien para defender eso. No iba a ir preso por eso.

Era el año 2004. Siguió disfrutando en el apartamento de tres pisos que alquilaba en Puerto La Cruz, que quedaba a unos cuantos minutos de Doral Beach, uno de los centros turísticos —playa incluida— más famosos de Sudamérica. Montó un restaurante de comida japonesa: Capitán Sushi, quizá uno de los primeros en vender esa especialidad en el oriente de Venezuela. La fiesta, en su vida privada, continuó. Los fines de semana se montaban en una lancha y vendían por todo el mar. No era rentable, más gastaba en gasolina, pero disfrutaba como chancho en un chiquero. También se casó.

—Tenía lancha, apartamento, rumba, ¿quién no quería pasar el fin de semana conmigo?

El local en el que estaba su restaurante pertenecía a la Iglesia. El cura que lo administraba lo pidió de vuelta y ahí finalizaron lo que Enrique consideró los mejores años del mundo. Volvieron a Caracas. Primero, a vivir alquilados; más adelante, luego de que el dueño decidiera vender, se mudaron a la casa de su suegra. Montó una empresa de recargar cartuchos de tinta, abrió varios locales. Hizo dinero. Hasta que las personas dejaron de usar impresoras en casa y él decidió cerrar. Uno de sus hermanos tenía una compañía que instalaba los cableados a las telefónicas, así que lo invitó a que aprendiera a diseñar esos planos. “Eso aquí no lo hace nadie”, lo aupó su hermano.

Enrique estudió, aprendió, se certificó. Diseñó los cables para grandes empresas, hoteles e instituciones médicas. Él se encargó, dice como ejemplo, del Hospital Militar: le pagaron veinticinco mil dólares que se gastó en unas vacaciones en París.

Entonces pusieron de ministra de Salud a María Eugenia Sader. Enrique se altera, sube la voz, pasa de sacar pecho a dejar caer los hombros. Se queja de que querían que les diera el 60% de cada contrato, de que él no es corrupto, de que se lo fueron haciendo más y más difícil, hasta que empezaron a traer cables más baratos de China sin certificación, a contratar gente que no tenía credenciales. Finalmente, le quedaron debiendo 270 mil dólares. Quebró.

—Me decían que reclamara. ¿A quién le iba a reclamar? Les reclamo y me meten dos tiros.
—O te meten preso —tercia José Gregorio.

Eso fue en 2011 o 2012. En 2014 María Eugenia Sader sería imputada por “peculado doloso propio, sobregiro presupuestario y asociación para delinquir”, el Ministerio de Salud reconoció la paralización de al menos diez hospitales por la gestión de ella y se detectó un desfalco de más de un millón y medio de dólares.

—O sea que a ti este Gobierno te ha dado duro —dice José Gregorio.
—Es que ese es el tema, pana, que la honestidad tiene un precio muy alto. Demasiado alto —suspira Enrique.

Ahora el gran proyecto es desarrollar inteligencia artificial para la caficultura. Dice que tiene siembras geolocalizadas, que está recabando datos en diferentes partes del mundo. Un amigo le está desarrollando un software. Para explicarlo en forma superbásica, su idea es tener una aplicación a la que le digas que quieres cosechar un café con cierta gama específica de sabores y de tal puntaje, para que después la app te muestre con coordenadas exactas dónde tienes que sembrar y qué proceso debes seguir, paso a paso.

—Si yo hago esto, revoluciono y cambio totalmente la industria.
—¿En Venezuela? —alzo las cejas.
—En el mundo entero. No estoy ni remotamente cayéndote a mojones.


—Cada quien tiene su forma de pensar. Y aunque tú no lo creas todos son enemigos de todos. Porque todos quieren figurar: ese es el gran problema del café venezolano. Todos quieren ser protagonistas, tanto el Gobierno, como los que trabajan en el Gobierno, como los que no trabajan en el Gobierno. Tú vas a una cafetería y preguntas ¿qué otra cafetería me recomiendas? y te van a decir que no hay ninguna. Que no hay café bueno. Yo sí te puedo nombrar varias. Pasa lo mismo con los ST: ningún ST te va a decir que hagas un curso con alguien que no sea él. Eso traba mucho el desarrollo del café —me dice Raúl Martínez.

Raúl es uno de los únicos tres Q Graders y de los cinco ST (entrenadores autorizados) que hay en Venezuela. Es cuarta generación de caficultores, ingeniero civil con una maestría de la Universidad Francisco de Paula Santander en Colombia y piloto comercial de aviones. Dejó de ejercer como ingeniero en 2014, porque se acabaron las construcciones en el país; dejó de ejercer como piloto en 2016, porque la aviación privada se redujo a casi nada. Ahora se dedica a las empresas familiares y a la cafetería en la que hoy estamos conversando, Coffee Roster, en la que todo lo que pruebo me gusta bastante.

—Ahorita estoy más enfocado en Venezuela. Porque ya se sienten las ganas de trabajar con el café, anteriormente era muy poco el trabajo que había aquí. Hay más motivación, más remuneración hacia el caficultor y más reconocimiento hacia un buen café. Hoy en día el consumidor exige más. En las marcas comerciales no hay calidad, hay muchas que huelen a quemado, a caucho, a carbón.

En la cafetería caben unas veinte personas y suele estar full. Raúl hizo cursos en España, Francia, Portugal, Brasil, México, Guatemala, El Salvador, Colombia. Ahora da clases en esos mismos lugares. Ha estado como entrenador en Mundiales de barismo, de tostado, de análisis sensorial, etcétera.

—El mundo del café se hizo un mundo elitesco. Muchos no lo han querido comprender. Esa tostadora que está allí dentro vale siete mil dólares, cada molino vale mil, un kilo de café te vale dinero. Un curso básico de barismo vale doscientos. Un curso de catador vale dos mil quinientos. La inversión que uno hace para educarse es muy grande. Un barista normal no gana lo suficiente para una competencia. En una competencia, por muy barato, tienes que invertir cuarenta mil dólares.

Dos cuadras más arriba de donde está la cafetería de Raúl, en El Rosal, es normal ver gente buscando comida en la basura. El café de especialidad en un país con 76.6% de pobreza extrema es una ecuación difícil. En todo caso, la ciudad se ha llenado de cafeterías. Algunas con estética de foto de Instagram, pocas con café de calidad. Muchas que compran café comercial a tres dólares el kilo (lo que alcanza para ochenta raciones) y luego venden una taza en cuatro. O sea, estafan al consumidor.

—El mundo del café también está lleno de farándula, se llenó de mediocridad. Hay gente que no conoce un carajo, por eso se ven tantos desastres en cafeterías, en fincas. Aquí, en Venezuela, más. Aunque pasa en todos lados.

Raúl fue uno de los primeros en probar el café de Enrique antes de que él lo mandara para Costa Rica. Con cara de absoluta certeza, certifica su mérito, aunque matiza que eso no sirve de mucho: no es café para vender, es acaso para su consumo personal. Cuando le pregunto por la clonación de la geisha y por la inteligencia artificial se echa hacia atrás:

—Es más complejo. Yo prefiero no meterme en eso. Cada quien que se estrelle…
Insisto.
—Ajá, pero, inteligencia artificial qué es. Eso es un nombre romántico para minería de datos. O análisis de suelo. Eso ya se hace.

Un fin de semana después, asisto a un evento sobre café celebrado en el Eurobuilding. Óscar Chacón da una charla frente a unas treinta personas, luego es requerido por miembros del público que se acercan con entusiasmo:

—Una de las cosas que yo veo con los productores aquí es que están pensando en el dinero. Eso es un error, tú tienes que pensar en que quieres hacer bien tu trabajo. Punto. Y después ver tu proyecto como una empresa. Otra queja que me he encontrado es que el Gobierno no los ayuda. Hermano, si yo tengo dos cafeterías y a mí ningún gobierno me ayudó. Tuve que sudar para comprar todo. O sea, es tu negocio, no el de más nadie. Hay que cambiar esa mentalidad, hacer las cosas bien—le dice a una productora que se le acerca en busca de consejos.

Claro, las cafeterías de Óscar están en Costa Rica, adonde tuvo que migrar en 2016 tras sentirse superado por la crisis de Venezuela. Cerró sus negocios y se mudó, sin dinero y trabajando en lo que consiguiese, hasta que vendió una máquina, pagó el curso de Q Grader y logró que lo contratara una empresa. Todo mejoró. Hoy día es invitado internacional en su país.

—Es que estamos en esa cresta, empezando la ola. Y tenemos que formarnos todos, para nivelarnos. Porque, ajá, vamos a tener mucha producción, pero si no la sabemos manejar… —responde la productora.
—Aquí hay un problema grave, porque el productor no sabe qué vende y el comprador no sabe qué compra —concede Óscar.
—Es que también faltan laboratorios.

Óscar fue invitado a principios de 2022 a un evento en Caracas, en el que se supone que se iban a probar “los mejores cafés” de Venezuela. Hubo tres Q Graders, él era el único que venía de afuera.

—¿Cómo te fue? —le pregunto.

La expresión se le deshace como una acuarela bañada por agua.

—El nivel de organización y de protocolo y de seriedad es muy bajo. Tanto en el evento pasado como en este. Si queremos ser competitivos, tenemos que tener nivel y seriedad. El problema no es la mata ni la tierra, el problema es el factor humano, que debe estar preparado. Yo entiendo todos los traumas que tenemos. Tenemos un retraso de cuarenta años en lo referido a la producción de café. Yo pienso que en diez o doce años de buen trabajo podemos ser un país productor importante.

Óscar está ayudando a Enrique en su proyecto de inteligencia artificial. No sabe en qué va a parar todo, pero con el mejor ánimo posible le facilita datos que recoge en los lugares a los que viaja.

—Yo voy al centro de Caracas y veo un sticker que dice: doscientos años de la batalla de Carabobo. En Costa Rica hace doscientos años se estaba celebrando la primera exportación de café. ¿Qué pasa con nosotros?


En la cena de despedida de Lionel Messi, cuando se marchó del Barcelona rumbo al PSG, Ibai Llanos estuvo como invitado. Cuando, en Espn, le preguntaron qué se había servido, una de las cosas que mencionó el streamer español fue tequeños. Twitterzuela explotó: en la casa del mejor futbolista del mundo se come uno de los platos típicos del país. Lo mismo pasó cuando se anunció que Burger King España los incluiría en su menú. Y cómo olvidar un tuit de un comediante venezolano que, en un enfrentamiento Argentina vs. Venezuela, comentó que si bien la Albiceleste le había ganado a la Vinotinto, en los hogares argentinos se vio el partido comiendo tequeños: ¿quién era el verdadero triunfador?

—Uno de los objetivos del proyecto de Petare es devolverles a ellos el orgullo que tenían sus antecesores de hace cien años, de haber producido uno de los cafés más famosos del mundo —me dijo hace días Enrique.

Pienso en eso ahora que hablo con Natalia Giumiushliu, rusa residenciada en Caracas y una de las únicas Q Graders registradas en el país. Me aclara que hay más Q Graders venezolanos, solo que, como Óscar, están registrados en otras partes del mundo. Me pregunta qué me parece el proyecto Petare Blue y se le intuye, en el borde de los ojos, lo que piensa.

—Enrique es una persona muy bonita, ¿verdad?

Algo que ha visto en sus seis años en Caracas es que, poco a poco, ha mejorado la calidad del preparado de café. Como dijo Óscar, Venezuela sigue muy lejos de los productores de más nivel, no obstante al menos comienza a entenderse a qué debería saber una buena taza. Respecto al uso de inteligencia artificial, no sabe mucho. Menciona a Francisco Massucci, en Brasil, que está desarrollando algo; también a proyectos pilotos en Colombia que trabajan con bajo perfil. Óscar, por su parte, me comentó que no sabía de nadie.

Ahora, en la casa de Enrique, una mariposa monarca vuela alrededor de una planta. Él la señala con entusiasmo, diciendo que ella nació ahí y ahí va a poner sus huevos y el ciclo va a continuar. Le pregunto si tiene hijos.

—No. Me hice un estudio y resultó que tengo vueltos mierda los espermatozoides. Salí mamón macho —pausa, se frota la cara—. Qué arrechera.

La gata Luna, con la que dice dormir, pasea por el sofá. Nos ve con pereza. Enrique ya cocinó el almuerzo para sus padres que ahora comen, lentamente, en el comedor.

—Esta es chiquita, esta es gordita: cada hombre tiene el tipo de mujer que le gusta. Las mujeres también, ellas saben el tipo de hombre que les gusta. Cada quien tiene su tipo. Entonces, nosotros perfilamos una finca, le decimos cuál es su potencial olfativo, gustativo y qué es lo puede ofrecer. ¿Qué pasa? Si tú tienes un cliente que busca esos sabores y aromas en particular, ya tú sabes qué tipo de fermentación vas a hacer.

Habla del trabajo que hace con José Gregorio. A veces, si la finca en cuestión está fuera de Caracas, él hace un análisis por Google Earth. El mes pasado, cuenta, compró un puñado de semillas en seiscientos dólares. Es una variedad nueva que, mediante contactos, adquirió en un país de Centroamérica. Con esa variedad, dice, está experimentando una trasnacional importante.

—Mi negocio ahora es el café y yo, por eso, pago lo que sea.

En una de las escenas más recordadas de Breaking Bad, Walter White, frustrado porque pese a ser un genio siente que ha fracasado en muchos de los proyectos de su vida, le pregunta a su socio Jesse Pinkman cuál es el negocio en el que ellos están. Jesse pone los ojos como platos y responde que el de las metanfetaminas. Walter responde que no, que su negocio es el de los imperios.

Enrique ha invertido mucho en formación. Así como a cada rato nombra a un político, académico o diplomático que es “íntimo amigo suyo”, enumera a muchos de los especialistas más top en su área a los que les ha pagado clases personalizadas. Por ejemplo, una profesional que, entre varios amigos, trajeron de Colombia a cambio de cinco mil dólares para que les diera un taller.

Uno de sus hermanos tiene una finca en Mérida. Enrique le ha regalado las mejores matas y lo ha incluido en algunos talleres; sin embargo, el hombre no creía en el café de especialidad. Hace unos meses lo llamó y le dijo: “Coño, Enrique, tenías razón”.

—¿Ahora sí “tenías razón”, wevón? ¡Después de que llené este país de geishas! Pudiste —habla como si tuviera a su hermano enfrente— haber sido el rey del café de especialidad. Ah, pero ahora que la vaina se está poniendo de moda es que dice que —lo remeda— “tenía razón”. Coño, es que así es muy difícil.

Respira profundo. Retoma el hilo de lo que me estaba explicando:

—¿Cómo quieres tu café? La jeva tiene 90-60-90. Ese es el culo, pues. Pero tú quieres que sepa dulce, a caramelo, azúcar de caña, flora limoncillo, cítrico, a mandarina, a uva verde. Entonces, puede ser que sea una negra, con ojos verdes, con las tetas de 95, el culo grandote y la totona pelada. Esas son las características. ¿Cuánto vale esa vaina? ¡Pago lo que sea por ella! ¿Por qué? Porque es exactamente lo que me gusta. Entonces, la caficultura se está yendo hoy día hacia lo que el cliente quiere.

Todavía mucho depende de pagar análisis caros de suelo, comprar semillas certificadas y ver cómo se adaptan al entorno. Enrique quiere precisión, inteligencia artificial, hacer minería de datos para lograr, tras presionar un botón, fórmulas exactas.

La última vez que compartimos junto a José Gregorio, este último me dio la cola.

—Enrique se pone nervioso —comentó, mientras salía en retroceso de la urbanización— cada vez que echo para atrás. Él tiene el carro todo chocado.

Es verdad, del carro de Enrique me llamaron la atención dos cosas: que estuviera lleno de tierra por dentro y muy chocado por detrás.

—Me dijo —continuó José Gregorio, engolando la voz y aguantando la risa—: “He decidido no retroceder más nunca en mi vida. Soy malo con esa vaina”.

Eso. Enrique Egaña Wallis ha decidido no retroceder más nunca. Solo sabe ir para adelante.

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