Morfema Press

Es lo que es

Alberto Ray

Por Alberto Ray

Son 143 los submarinos de propulsión atómica que están operativos hoy en el planeta, repartidos en seis países. Los Estados Unidos lidera la flota con 68 y le sigue Rusia con 36. El resto pertenecen a China, Reino Unido, Francia y la India.

El 12 de agosto del año 2000, en medio de unos ejercicios militares, el submarino con propulsión atómica K-141 Kursk, y que fuera insignia militar de Rusia, sufrió una explosión catastrófica estando sumergido en el mar de Barents.

Vladimir Putin, quien había tomado posesión de la presidencia de Rusia cuatro meses antes, le tocaba lidiar con su primera crisis. Durante más de ocho días, las fuerzas armadas y los funcionarios del gobierno trataron de ocultar lo que había ocurrido con el submarino y evitaron que la ayuda internacional ofrecida se desplegara con prontitud para intentar rescatar a posibles sobrevivientes.  Sin embargo, los tiempos habían cambiado para Rusia, ya no era posible tratar las crisis como lo hacían en la época soviética y con mucha rapidez el mundo ya sabía lo ocurrido, en parte porque las explosiones que hicieron naufragar al Kursk fueron de tal magnitud, que quedaron registradas en los sismógrafos norteamericanos en Alaska y Suecia.

En octubre de 2001 y bajo la promesa de Putin de recuperar los cuerpos de la tripulación, se contrató a una empresa holandesa que reflotó el submarino. Fue allí, cuando se pudo comprobar que 23 tripulantes permanecieron con vida por unas horas, al encontrar un par de notas en el bolsillo del teniente Dmitri Kolésnikov, fechadas el 12 de agosto del 2000.

En la primera nota se leía: “13.15. Todos los tripulantes de los compartimentos sexto, séptimo y octavo pasaron al noveno. Hay 23 personas aquí. Tomamos esta decisión como consecuencia del accidente. Ninguno de nosotros puede subir a la superficie. Escribo a ciegas, está muy oscuro para escribir, pero lo intentaré con el tacto”

Más tarde, el teniente Kolésnikov escribió una segunda nota: “Parece que no hay posibilidades, 10-20%. Esperemos que al menos alguien lea esto. Saludos a todos, no hay necesidad de desesperarse”.

El submarino Kursk era una joya de la marina rusa. En 1995 había sido botado al mar con el insigne nombre de Kursk, en honor a la más grande batalla de tanques de la historia, ocurrida en 1943, en la que el ejercito Rojo se impuso a los panzers alemanes y que sirvió como punto de inflexión en la derrota final del ejército Nazi. El Kursk era un submarino de 154 metros de largo con cinco niveles y dos reactores nucleares que le permitían navegar a 30 nudos y podía permanecer bajo el agua hasta 55 días. Era considerado como un submarino “inhundible”.

Pero la tragedia del Kusk, como suele pasar con los Cisnes Negros, se debió a una sucesión de eventos desafortunados y que eran anteriores a la propia fabricación del submarino.  A las 9:00 AM de ese 12 de agosto, el comandante de la nave dio la orden de disparar dos torpedos de salva para simular un ataque en contra del Pedro el Grande uno de los barcos rusos participantes en las maniobras. La orden nunca se cumplió, pues debido a una fuga de peróxido de hidrógeno en un misil defectuoso que venía de la era soviética había causado un incendio en la sala de torpedos, lo que provocó dos explosiones en un lapso de 2 minutos.

La segunda explosión ocurrió por la onda expansiva de la primera y alcanzó la sala de torpedos anexa, donde otros cinco torpedos explotarían, generando un colapso general de la nave, llenándola de fuego y humo y acabando con la vida de gran parte de la tripulación.

Los torpedos a bordo del Kursk eran propulsados por una mezcla de 200 kilos de kerosene y 1500 kilos de agua oxigenada, que en contacto con ciertos metales se descompone químicamente. Por esa reacción, el agua oxigenada se separa en oxígeno por un lado y en vapor por otro, que puede alcanzar a altas temperaturas hasta 5.000 veces su volumen y crear una presión tan elevada que genere una explosión.

Desde finales de los años 80 en Occidente se había comenzado el cambio de los propelentes líquidos en los torpedos, debido precisamente al riesgo que generaba el peróxido de hidrógeno, en el caso del Kursk, a pesar de ser un submarino fabricado en la era postsoviética se siguió utilizando torpedos antiguos, en los que se pudo comprobar en el informe producido por la Marina rusa, luego de haber sido reflotados sus restos, que había una marcada falta de mantenimiento.

Hoy, 22 años después del Kursk, el equipamiento militar ruso sigue mostrando deficiencias notables, como ha quedado en evidencia durante la invasión a Ucrania, pero lo que resulta más revelador, muy a pesar del estricto control de la información dentro de Rusia, es que los mismos actores políticos de hace dos décadas siguen pretendiendo ocultar la verdad sobre sus errores. Si no lo lograron con un submarino hundido en el mar, será mucho más difícil sobre el terreno, en tiempos globalizados e hiperconectados.

@seguritips


Alberto Ray es ingeniero especialista en análisis estratégico de riesgos y toma de decisiones en escenarios complejos. Director ejecutivo de The Risk Awareness Council, organización no gubernamental especializada en análisis de riesgos emergentes. Autor del libro «Riesgos Líquidos»

Por Alberto Ray

sta semana la invasión rusa a Ucrania traspasó el umbral de los 100 días. A pesar de ello, aun es temprano para hablar de vencedores y vencidos. Lo que para algunos sería una guerra rápida, comienza a revelar su propia naturaleza y lo que se ve venir no es precisamente el fin, sino una nueva etapa de un conflicto de otras dimensiones.

Sobre el terreno, la estrategia militar rusa de concentrar sus fuerzas en el Donbas para lograr el control completo de la zona ha dado resultados, aunque los ataques sobre otras ciudades como Odessa y Kyiv no han se han detenido. A esto debe sumarse la apertura del corredor hacia el mar Negro y que incluye la ocupación de Mariúpol, también bajo dominación rusa. El presidente Zelensky declaró recientemente que las tropas rusas tienen ya el control del 20% del territorio ucraniano.

Pero esta guerra es mucho más que los combates sobre las ciudades y podríamos ubicarla en 2014 como fecha de inicio, cuando Rusia, tras la revuelta civil que desalojó al presidente pro ruso Viktor Yanukovich y que facilitó la ocupación rusa de Crimea. Desde entonces, los ciberataques en contra de Estado ucraniano, sus servicios y su infraestructura crítica, así como la rusificación de la población ucraniana en la frontera no han cesado.

En los últimos seis años, Putin nunca ha dejado de estar en guerra contra Ucrania. El 24 de agosto de 2017, por ejemplo, día del 26avo aniversario de la independencia de Ucrania de la Unión Soviética, Rusia lanzó un ataque masivo a todo lo que estaba conectado a la internet en territorio ucraniano, causando daños aun no cuantificados.

Luego de estos 100 días de guerra empieza a mostrarse mejor el mapa de actores, en lo que sería una potencial reconfiguración del poder en planeta. Tras las sanciones impuestas a Rusia a finales de febrero de 2022, la economía del país sufrió un bajón severo que se reflejó principalmente en la caída del rublo y la escasez de bienes. Sin embargo, a hoy, la moneda rusa ha recobrado el valor perdido, la escasez se ha reducido de manera considerable y la inflación se estima, no será superior al 23% en 2022. Todo ello gracias a la participación muy activa de China y la India, que han activado un sistema triangular de compensación bancaria, lo que le ha permitido a Rusia saltar los bloqueos económicos.

Por otro lado, la Unión Europea apenas los primeros días de junio pudo acordar un plan para dejar de comprar petróleo y gas a Rusia, aunque aún varios pasos para lograrlo dependen del suministro desde terceros países que no tienen capacidad adicional de producción y la posición de Alemania no está del todo definida.

Los chinos por su parte no han detenido el envío de bienes a Europa y si bien, el intercambio comercial se ha visto afectado por la guerra, nuevas opciones están apareciendo, incluyendo la reactivación de las rutas férreas desde China hasta Alemania, Bélgica y Francia. Una especie de nueva ruta de la seda.

Mientras tanto, los Estados Unidos ha asumido la mayor parte del costo económico de la guerra. A la fecha, más de 70 mil millones de dólares han sido presupuestados (incluyendo los aportes de la OTAN) para el suministro de armas y ayuda humanitaria en un conflicto que ha transformado a Ucrania en un país arrasado y, al mismo tiempo, en un tapón para las pretensiones expansionistas rusas.

El avance de la OTAN hacia Finlandia y Suecia es otra fase de la nueva geopolítica del conflicto, a la que, por cierto, Putin ha desestimado y para lo cual utiliza a Turquía como aliado no convencional para bloquearlo.

Rusia, en su larga historia de guerras ha aprendido que toda guerra tiene en su fase inicial un altísimo costo reputacional, lo que pareciera haber soportado y ahora se prepara para un período de normalización, para el cual no tiene ningún apuro en su doctrina de guerra prolongada, pues la toma del territorio ucraniano va a continuar.

Todo esto es lamentable para las democracias y en particular para el pueblo ucraniano que con su tenaz resistencia trata de contener la guerra y recuperar su territorio, aunque parece poco probable que a estas alturas logre revertir la invasión. Aun es temprano para visualizar el fin del conflicto y va a depender, en parte, de las intenciones reales de Putin de hasta donde está dispuesto a llegar.

Estamos en tiempos en los que toda guerra es global, y esta no es la excepción. En 2007, en un famosísimo discurso que Vladimir Putin dio en la conferencia de Múnich sobre seguridad global, enfatizó sobre la necesidad del fin del mundo unipolar liderado por los Estados Unidos a partir de 1990.

“¿qué es un mundo unipolar? Sin embargo, se podría embellecer este término, al final del día se refiere a un tipo de situación, a saber, un centro de autoridad, un centro de fuerza, un centro de toma de decisiones.

Es un mundo en el que hay un amo, un soberano. Y al fin y al cabo esto es pernicioso no solo para todos los que están dentro de este sistema, sino también para el propio soberano porque se autodestruye desde dentro.

Y esto ciertamente no tiene nada en común con la democracia. Porque, como saben, la democracia es el poder de la mayoría frente a los intereses y opiniones de la minoría.”

Hoy, todo apunta hacia una redistribución del poder con el surgimiento de un polo, que ya no es una única potencia, sino una red de naciones que se entreteje para disputarle el poder a occidente y en la cual Rusia ha asumido la dimensión física y convencional de la confrontación.

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Alberto Ray es ingeniero especialista en análisis estratégico de riesgos y toma de decisiones en escenarios complejos. Director ejecutivo de The Risk Awareness Council, organización no gubernamental especializada en análisis de riesgos emergentes. Autor del libro «Riesgos Líquidos»

Por Alberto Ray

Cada mañana cuando usted pone su teléfono móvil en el bolsillo, usted está haciendo un acuerdo implícito con la compañía que le provee el servicio: «Yo quiero hacer y recibir llamadas y utilzar los servicios de conexión a internet»; a cambio, le permito a esta empresa saber dónde estoy en todo momento y con quiénes intercambio datos. La negociación no se especifica en ningún contrato, pero es inherente a la forma en que funciona el servicio. Los teléfonos celulares son realmente fantásticos, pero no pueden trabajar a menos que las empresas de telefonía móvil sepan dónde usted se encuentra, así como desde y hacia dónde transmite datos; lo que significa una forma de vigilancia.

Esta es una forma muy íntima de vigilancia. Los teléfonos celulares dejan trazas de donde usted vive y donde trabaja. Realizan un seguimiento de donde le gusta pasar sus fines de semana y sus noches. Pueden saber con qué frecuencia va a la iglesia (y qué iglesia), la cantidad de tiempo que pasa en un bar, y a qué velocidad se desplaza cuando conduce. Además, a través de la red celular, puede saberse quién está cerca de usted, con quién almuerza y hasta con quién duerme. Es tan poderosa la información acumulada, que las agencias de inteligencia de todos los gobiernos del planeta pueden predecir la ubicación de personas en un rango de 20 metros en las siguientes 24 horas, utilizando la data histórica del móvil.  

Lo que en el pasado parecía ciencia ficción, ya hoy es la realidad, más aun con la incorporación de la tecnología 5G. Antes de la llegada de los teléfonos inteligentes, rastrear a alguien con este nivel de detalles, requería de un investigador entrenado y a dedicación exclusiva durante las 24 horas, sin garantía de obtener tanta información en un plazo tan corto. Sin duda, esta información es valiosa y muchos gobiernos, corporaciones y hasta la delincuencia organizada están más que dispuestos a pagar mucho por ella. Sólo a manera de ejemplo, puedo mencionar casos en los cuales dos gobiernos latinoamericanos han enviado mensajes de texto en cierta medida intimidatorios,  a números celulares de un grupo de personas que, basados en sus lugares habituales de residencia o trabajo, los calificaban como opositores.

En este mundo de hoy, la vigilancia es un término con una carga de alto contenido político y emocional. El ejército de Estados Unidos lo define como: “observación sistemática” y es precisamente eso. Somos cada vez más, un libro abierto a gobiernos y corporaciones que miran con gran interés nuestras vidas.

El problema aquí es serio. Estamos entregando demasiado de nosotros mismos y no recibimos compensación alguna por ello. El nivel de exposición de nuestras vidas no tiene precedentes en la historia de la humanidad. Somos animales sociales y de costumbre, por tanto, es extremadamente fácil construir un modelo predictivo de nuestras vidas y ponerse por delante de nuestros movimientos para orientar, en el mejor sentido orwelliano, a la sociedad hacia decisiones preconstruidas o inducidas. Ya google, de cierta forma lo hace con las llamadas “google bubbles” basadas en nuestras preferencias de búsqueda.

Lo cierto es que el extraordinario poder de la tecnología está dando a gobiernos y corporaciones amplias capacidades para la vigilancia de masas, y frente a ello, los ciudadanos estamos indefensos, nos hacemos más vulnerables y por ende menos libres.

Las reglas que habíamos establecido para protegernos de estos peligros bajo regímenes tecnológicos anteriores son ahora deplorablemente insuficientes o siemplemente  han quedado en la obsolecencia. Pero lo más crítico es que la vigilancia  tecnológica es un riesgo líquido prácticamente imposible de mitigar, a menos que decidamos aislarnos de la modernidad y salirnos de todas las redes que nos siguen de cerca. Nuestra única opción es desarrollar conciencia del precio que pagamos y ser muy, pero muy prudentes.

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Basado en el texto introductorio de Data and Goliath de Bruce Schenier, marzo 2015.

Alberto Ray es ingeniero especialista en análisis estratégico de riesgos y toma de decisiones en escenarios complejos. Director ejecutivo de The Risk Awareness Council, organización no gubernamental especializada en análisis de riesgos emergentes. Autor del libro «Riesgos Líquidos»

El orden mundial, fundado a partir de 1945 con el fin de la Segunda Guerra pareciera estar caduco y así lo anuncian estos tiempos de tanta incertidumbre y complejidad.

Estamos en tiempos de guerras híbridas, aunque últimamente he visto el término guerra multidimensional, utilizado para resaltar los distintos terrenos o espacios en los que el conflicto se desarrolla, y como ya es bien sabido, la dimensión narrativa es uno de las más activos y complejos.

Hoy, lo narrativo no es un mero relato tendencioso de lo que ocurre sobre el terreno geográfico, la guerra narrativa es en sí misma, un plano más de confrontación, y como en toda guerra, surgen bandos.

Carl Schmitt, el conocido filósofo y politólogo alemán, miembro del partido nazi, fue quizás quien mejor entendió, a través de su hipótesis, amigo – enemigo, que la política puede zafarse de su aparato institucional y hacerse ubicua y desterritorializada, si se forman binomios polarizados, favoreciendo así la pugnacidad de los extremos y haciendo de aquel que no es amigo, enemigo a exterminar, pues es la única forma de imponer la política.

A partir de la guerra fría, la distinción amigo – enemigo tomó un valor esencial porque se trataba del establecimiento de dos extremos que se veían en su narrativa como enemigos dispuestos a aniquilarse el uno al otro, en una parálisis por tensión de fuerzas explotada por las agencias de inteligencia, que hábilmente magnificaban los atributos malignos de su opuesto, haciéndolo ver como cruel y despiadado, capaz de exterminarlo para imponer su política.

A este conjunto de fenómenos producidos a partir de la magnificación narrativa del contrincante se le conoce como síndrome del enemigo y es uno de los elementos axiales en el plano narrativo de los conflictos postmodernos, y elevado a la potencia en esta guerra entre Rusia y Ucrania.

Para entrar en un análisis actualizado del síndrome del enemigo en estos tiempos debemos comenzar por entender que ahora las guerras no se limitan a dos bandos dicotómicos, en los que el enemigo de mi enemigo puede ser mi amigo. Estamos más bien en el reino de lo heterárquico. una nueva forma de reordenar el mundo, en la cual las relaciones pueden clasificarse de múltiples formas, con tendencia a privilegiar estructuras flexibles conformadas en redes, en lugar de las pirámides jerárquicas.

Lo heterárquico divide o une de acuerdo con intereses, es polivalente o indiferenciado cuando no responde a una determinada clasificación. Son sistemas donde sus elementos poseen la potencialidad de ser clasificados de diversas formas y cada uno se entreteje en red con sus pares.Al no poseer una categoría definida, las partes de un sistema heterárquico pueden ordenarse en función de sus propósitos, por tanto, un elemento puede ser amigo ante determinado objetivo y enemigo frente a otro.

En tiempos de guerra, las organizaciones heterárquicas, no pueden mantenerse indiferenciadas, porque al verse amenazadas en sus intereses están forzadas a mostrarse y a alinearse en torno a un conjunto de propósitos, formando así bloques amigos y bloques enemigos, que tampoco son completamente nítidos, pues que existen espacios grises entre ellos en los que se mueven actores y agendas.

Un segundo aspecto y que tiene que ver con el contenido narrativo, es aquel que se refiere a la definición del enemigo. Este conflicto Rusia – Ucrania es quizás el primero de importancia mundial desde el inicio de la curva aceleracionista de expansión tecnológica digital y globalización, por tanto, e inevitablemente el criterio amigo – enemigo tiene alcance planetario.

La narrativa del Estado y los medios rusos la expresan presentando a su país como víctima de un intento de potencias occidentales de apoderarse de la madre tierra y que, como la mejor defensa es el ataque, Rusia está obligada a contener tales las intenciones. En este sentido, la cohesión de Estados Unidos y la Unión Europea en el objetivo de proveer armas y apoyo económico a Ucrania es prueba suficiente o “verdad” para demostrar que su líder Putin hace lo correcto.

Por otro lado, Europa y los Estados Unidos utilizando a la OTAN y la ONU principalmente señalan que Putin ha decidido poner en marcha una nueva era expansionista de la Gran Rusia y su primer objetivo es Ucrania (que ha sido anexada varias veces en la historia), pero que no se detendrá allí, sino que se trata de volver a los antiguos límites de la URSS, a partir de los cuales relanzarse como polo de un nuevo orden global.

Existe una tercera narrativa, la de países o agendas que ven el conflicto desde una distancia prudente sin condenarlo, en búsqueda de un nuevo y más favorable posicionamiento estratégico, frente al desgaste de los contendientes. Es una especie de narrativa del silencio, en que no intervenir ya fija una posición.

El síndrome del enemigo no sólo magnifica la maldad y la crueldad del adversario, sino que exalta las virtudes del “amigo”. Dependiendo del bando y si se cuestionara la visión “occidental” de la guerra, Zelynsky quizás no sea un héroe internacional, ni un desprendido defensor de su soberanía, como tampoco Putin sea el cruel asesino de ancianos y niños que arrasa con ciudades enteras. O puesto de otra manera, la guerra es la ocasión necesaria para etiquetar al enemigo, al tiempo que las virtudes del amigo se crecen casi de forma sobrenatural.

Durante la breve guerra por las Islas Malvinas en 1982, la dictadura argentina tomó el control total de los medios e hizo creer a su país y a quienes querían escucharlos que estaban ganando la guerra, sin embargo, al poco tiempo, la siempre terca realidad terminó mostrando la vedad de los hechos, lo que destruyó la narrativa del enemigo y hasta con la propia tiranía militar argentina.

En las últimas dos décadas hemos visto como en Latinoamérica, y ahora casi en todo el planeta han venido surgiendo con mucha tracción formas de hacer política en las que el síndrome del enemigo está completamente presente. Es suficiente con observar términos como; antiimperialistas, apátridas, escuálidos o ultras para entender que el proceso de polarización hacia los extremos es una realidad incuestionable y que la guerra de aniquilación se convierte en el escenario probable para imponer visiones y modelos de gobernar al mundo.

El orden mundial, fundado a partir de 1945 con el fin de la Segunda Guerra pareciera estar caduco y así lo anuncian estos tiempos de tanta incertidumbre y complejidad.

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Alberto Ray es ingeniero especialista en análisis estratégico de riesgos y toma de decisiones en escenarios complejos. Director ejecutivo de The Risk Awareness Council, organización no gubernamental especializada en análisis de riesgos emergentes. Autor del libro «Riesgos Líquidos»

Por Alberto Ray

En 1935, el Tercer Reich aprobó lo que se llamó las Leyes de Nuremberg. Se trataba de una “Ley de Sangre” en la que establecía quiénes tenían derecho a ser ciudadanos alemanes, excluyendo a los judíos y a muchos otros, privilegiando a lo que definieron como “la raza aria”.

La ley se aprobó por unanimidad en el congreso del Partido Socialista Obrero Alemán, y a partir de allí, se oficializó la persecución al pueblo judío y otros enemigos, no solo en Alemania, sino en todos los países que en los años siguientes llegaran a ser ocupados por las tropas nazi en la Segunda Guerra Mundial. Inclusive en la Francia de Vichy, el mariscal Pétain entregó a miles de judíos franceses a los campos de concentración operados por la SS.

Hitler había puesto ya de lado la Constitución alemana y esta ley, junto a muchas otras, eran decretos de emergencia que cada vez daban más poder al totalitarismo Nacional Socialista. El Tercer Reich armó una estructura que servía para legalizar sin control alguno las violaciones a los Derechos Humanos.

En paralelo, la guerra convirtió a Europa en una inmensa zona gris, lo que sirvió de marco y tapadera para desarrollar esta política de “depuración” racial en campos de exterminio distribuidos desde Francia hasta Estonia.

El nazismo, al sustituir el estado de Derecho por todo el aparato legal del Tercer Reich había convertido a los ciudadanos alemanes en parte del proyecto totalitario, por ello, el disidente u opositor se convertía en enemigo del sistema, y por tanto podía ser perseguido y asesinado.

En el entramado legal nazi no existía la posibilidad de cambiar el sistema, al contrario, cada acto del Reich era una reafirmación de su condición totalitaria. Por eso Hitler aseguraba que duraría mil años. Dentro del Nazismo todo, fuera del Nazismo nada.

Aun siendo ario, sólo había una forma de vivir en Alemania y era aceptando y sometiéndose a las leyes del Reich e integrándose al proyecto Nazi. A la más mínima señal de inconformidad o crítica, las fuerzas represivas de la SS se encargaban de poner de nuevo las cosas en “su sitio”.

El proyecto de Hitler siempre fue la guerra, era la única manera de expandir su Reich y asegurarse la trastornada prevalencia de la Ley de Sangre, además del dominio del espacio, dónde sólo era posible una visión totalitaria, por ello, Stalin y él no cabían en el mismo continente.

A finales de 1945, con la derrota de Hitler comenzaron los juicios al nazismo, y ocurrieron precisamente en Nuremberg, como símbolo para no olvidar el horror desatado por aquello que empezó con unas leyes que justificaban la barbarie y terminó en la guerra y el holocausto.

Los juicios de Nuremberg se extendieron por un año y concluyeron casi todos con sentencias de muerte. Un aspecto muy notorio del juicio fueron las discrepancias entre los fiscales de la Unión Soviética con los del bloque aliado (Reino Unido, Francia y EE. UU) en relación con el holocausto. Los soviéticos sostenían que las principales víctimas de Hitler habían sido ellos y no los judíos, por tanto, estos crímenes debieron ser juzgados por separado.

En la realidad, ya durante los juicios de Nuremberg la nueva dinámica de la guerra fría ya determinaba el balance del poder en el planeta y a las potencias de Occidente les resultó más conveniente transformar a la República Federal Alemana en un aliado y no en un rehén de la posguerra, pues la amenaza soviética era mucho más peligrosa que el extinto peligro del totalitarismo nazi.

“La cuestión judía” como la denominaban los líderes nazis y para la cual habían aprobado las leyes de Nuremberg, se cobraron la vida de millones de personas que además de los judíos sufrieron las crueldades del exterminio. Los horrores de las guerras no deberían ser olvidados nunca, pues pareciera que aún no aprendemos la lección.

Este 2022 se cumplen 60 años de las crisis de los misiles en Cuba. En octubre de 1962 se alcanzó uno de los momentos más tensos de la Guerra Fría, cuando los Estados Unidos descubrió que, en la isla de Cuba, el gobierno soviético de Kruschev había comenzado a instalar cohetes con ojivas nucleares.

Los paralelismos de la historia son inevitables. He leído algunas hipótesis a propósito de las debilidades en la política actual de Biden, se parecen, en forma y en fondo, a lo que fueron los primeros dos años del gobierno de J.F Kennedy, que llegó a su punto de clímax en ese octubre de 1962.

JFK llegó al poder el 20/01/61, y apenas tres meses después ocurrió la llamada invasión de Bahía de Cochinos, una iniciativa impulsada por cubanos en el exilio, apoyada por la Inteligencia de USA para tomar el poder en Cuba.

La historia apunta a que el fracaso se debió a la indecisión de Kennedy al no aprobar las operaciones aéreas norteamericanas sobre la isla, lo que dejó a los invasores a merced del Ejército cubano.  Un segundo gesto de debilidad de JFK quedó en evidencia el 13/08/61 cuando se inició la construcción del muro de Berlín.

El gobierno de Kennedy consideró el muro como un problema interno de Alemania, y si bien fue duramente criticado, la política exterior de USA no pasó de lo declarativo. A partir de allí, se aceleraron las actitudes retadoras de la URSS, que llegaron a la instalación de los misiles en la isla.

De alguna manera, hoy en 2022, 30 años después del fin de la Guerra Fría, las manifestaciones del poder en el mundo siguen pareciéndose. Allí está Rusia, en plena invasión a Ucrania utilizando “misiones humanitarias” de paz y protección a las zonas que ocho años atrás estimuló para que se separaran de la soberanía ucraniana. Mientras tanto, los Estados Unidos y Europa responden de nuevo con sanciones económicas al gobierno ruso como herramienta disuasiva, dejando a la OTAN guardada en un closet.

Los tiranos del mundo siguen avanzando en sus nuevos modelos del conflicto incluido el poder militar y la toma del territorio. SI Occidente sigue en la pretensión que los va a detener sólo con sanciones y sin asumir otras medidas que tendrán costos, muy pronto veremos a Putin sentado en el palacio de gobierno de Kiev.

Es obvio que un líder consciente siempre preferirá la paz, pero no puede mostrarse débil cuando el proyecto de los agresores es la guerra. Es una historia que se repite y el final siempre depende de las decisiones difíciles de sus protagonistas. Veremos.


Este arículo fue publicado originalmente en AlbertoRay.com el 23 de febrero de 2022

Toda seguridad involucra una transacción. Es decir, para pasar a un estado superior de tranquilidad y certeza algo debe entregarse. La seguridad, por tanto, tiene un costo que usualmente se mide en dinero, tiempo, comodidad, esfuerzo y, en términos clásicos, también en libertad.

Sin embargo, la seguridad en su concepción más amplia encierra un objetivo fundamental; la reducción de causas que impidan al ser humano el ejercicio pleno de sus derechos. En tal sentido, opera como un propulsor activo de la vida y el bienestar de los ciudadanos.

Frederick Hayek en su obra de 1969, Nuevos Estudios en Filosofía, Política y Economía plantea que cuando a las sociedades se les permite autoorganizarse en su economía, emerge de ellas un orden espontáneo que es producto de la acción humana y no del diseño, lo que las hace más libres y equitativas.

La noción del orden espontáneo de la economía me ha resultado retadora, porque de alguna forma, la seguridad en el mundo de las posibilidades infinitas puede llegar a ser un potente sistema para la libertad, en lugar de su antagonista, que es como la hemos asumido en las convencionalidades de lo inamovible.

No intento comparar la economía con la seguridad. La primera, al dejársele libre se hace compleja, mientras que la otra, al ordenársele entendiendo la complejidad, se convierte en un instrumento para potenciar a las sociedades, lo que es de alguna manera, un ejercicio de libertad. Lo cierto es que ambas son en extremo sensibles al poder y son con frecuencia manipuladas para controlar o reprimir, no sólo en regímenes totalitarios sino en democracias.

Hemos visto como en nombre de la bioseguridad durante la pandemia del COVID -19 se han extremado regulaciones contra la población Europa Occidental, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, sólo por mencionar algunos con altos índices de libertades individuales, en unas agendas que trascienden lo sanitario y pasan a la dimensión del Estado Policial con la implantación de pasaportes COVID y otras modalidades de control social.

Si algo ha puesto de manifiesto la aceleración de la complejidad es que, con el derrumbe de los paradigmas de lo sólido, se han borrado las referencias que dan arraigo a las sociedades, relativizándolas hasta el nivel del pánico, y en nombre de la seguridad, se ha subordinado a la libertad, en el clásico ciclo del control totalitario.

Visto así, la seguridad adquiere la forma de adhesivo que se le pega a la superficie a la sociedad y a sus individuos para protegerlos de las amenazas, ya que al no comprender el entorno en el que está inmerso es indispensable que el Estado cubra su fragilidad, a fin de no ser agredido por lo desconocido. Es justo aquí, en la narrativa de la sociedad débil y que necesita ser resguardada por el Estado protector, de dónde emerge la casi inevitable tentación del poder sobre la libertad.

Por ello, la necesidad urgente de invertir el paradigma del ser humano como objeto de la seguridad para transformarlo en sujeto, lo que es sin duda una discusión complicada teniendo en cuenta a las grandes amenazas que llegan justo en el momento en el cual el individuo está más vulnerable, pero absolutamente necesaria si aspiramos a construir defensas reales frente a los riesgos líquidos.

*Este texto es un extracto editado del libro Riesgos Líquidos a publicarse a finales de marzo de 2022

El sitio de Leningrado – así se llamaba San Petersburgo durante la era soviética – comenzó el 8 de septiembre de 1941 y se extendió por 29 meses, hasta el 27 de enero de 1944.

Hitler había decidido no invadir militarmente la ciudad, sino sitiar a su población civil para que muriera de inanición. Durante esos 872 días se estima que 1.2 millones, de los 3.7 millones de habitantes de San Petersburgo murieron de hambre o frío.

Los relatos de esos años son dantescos. Cuentan que en la ciudad desaparecieron las palomas, los perros, gatos y hasta las ratas. Inclusive se llegó a crear un mercado negro de carne humana que fue consumida por los desesperados habitantes. Hubo días en el invierno de 1942, uno de los más fríos registrados en más de 100 años, en los que las muertes pasaron de 30 mil.

En 1939, Hitler hábilmente había engañado a Stalin firmando el pacto de no agresión, conocido como el acuerdo Ribbentrop – Molotov, que permitió a Alemania despreocuparse de la frontera oriental, mientras avanzaba sobre el resto de Europa.

La Orquesta Roja, así era el nombre de una de las unidades élites de la inteligencia soviética, ya en la primavera del 41 le había informado a Stalin que el Tercer Reich comenzaba a acumular tropas en Rumania y Polonia. Sin embargo, el líder comunista creyó hasta el último momento que Hitler no lo invadiría.

Los soviéticos no estaban preparados para la guerra, Stalin, en su paranoia por el poder, había realizado varias purgas entre sus militares, lo que había dejado al ejército sin cabezas clave con las cuales desarrollar estrategias y tácticas para contener a los Nazis, quienes en junio de 1941 ingresaron sin mayor resistencia al territorio ruso, y ya en septiembre llegarían a Leningrado.

El sitio de Leningrado se le conoció luego como el sitio de los 1000 días, fue uno de los genocidios ocurridos en la Segunda Guerra lleno de terribles historias de sufrimiento, pero de donde emergieron otras que revelan lo sublime de la naturaleza humana.

La ciudad sufrió un fuerte bloqueo por parte de Adolf Hitler por su ubicación estratégica para invadir a la Unión Soviética. | Foto: Sputnik Nóvosti

El pueblo de San Petersburgo había descubierto, en medio de su drama, que el ballet, el teatro y la música, no sólo les servían de distracción, sino que funcionaban para olvidar por unas horas el hambre y la desesperación del asedio. Fue así como poco a poco, le gente comenzó a buscar alimentos para que actores, bailarines y músicos pudieran seguir trabajando en medio de lo extremo. Todo parecía un gran absurdo; en las salas de orquesta la genta moría de hambre mientras escuchaba las obras clásicas de los compositores rusos, ejecutadas por músicos famélicos.

Varios testimonios de la época daban cuenta que la gente comía y se sostenía, literalmente, del arte como alimento para el espíritu, mientras desfallecían de hambre. La ración diaria de comida para un adulto era una hogaza de pan de 250 gramos, hecho en parte con aserrín y un vaso de vodka.

Como testigo de aquel horror se encontraba Dimitri Shostakovich, uno de los más importantes compositores clásicos rusos, quien vivía en Leningrado, pues era su ciudad natal.

Shostakovich, siendo un gran artista soviético, y como otros tantos que no se habían ido al exilio, era obligado a formar parte del partido comunista y dedicar su arte a la causa revolucionaria. Sin embargo, algunos biógrafos lo consideraron como una víctima del sistema porque realmente nunca se sintió comprometido sino con su música.

Fue así, entre la miseria de la ciudad, que decidió componerle una obra musical a Leningrado, y que hoy se conoce como la séptima sinfonía de Shostakovich, o Sinfonía de Leningrado.

Afortunadamente para él, en la primavera del 42, un contingente del ejército ruso que logró entrar a la ciudad, alcanzó a evacuarlo junto a otras figuras importantes atrapadas en San Petersburgo. Para el momento no había terminado su sinfonía, cosa que hizo en junio y tras mucha insistencia consiguió que un avión militar sobrevolara la ciudad y lanzara al aire varias partituras de la obra, con la esperanza de que pudiera ser interpretada, como homenaje al valor y la resistencia de los habitantes de Leningrado.

Fue así, como el 9 de agosto de 1942, luego que el director de la orquesta sinfónica de la ciudad, con un esfuerzo inmenso, lograra concentrar a cerca de 60 músicos y ensayar sólo una vez, que se pudo interpretar en el recinto de la Orquesta Filarmónica de la San Petersburgo sitiada y hambrienta, la Séptima Sinfonía de Shostakovich.

Previo al evento, la gente tuvo que colectar alimentos y ropa para casi todos los músicos, pues por la hambruna, muchos de ellos no tenían sus trajes para vestirse ni energía para soplar los instrumentos de viento.

El día del concierto se colocaron altavoces en la ciudad para que todos pudieran escucharla. Los habitantes de Leningrado. a pesar de la locura que estaban viviendo, se vistieron de gala y salieron todos a escuchar el tributo de su compositor Shostakovich a su ciudad.

Esa noche del verano ruso, la ciudad entera escuchó y disfrutó su sinfonía. Un soldado alemán, que años después de la guerra contó la historia de esa noche, confesó haber llorado junto a sus compañeros de armas, cuando su comandante, conmovido por el valor de los habitantes de Leningrado, al escuchar la obra, decidió callar las descargas de los cañones sobre la ciudad, que intentaban evitar el concierto.

Shostakovich, murió exactamente un 9 de agosto, pero de 1975, 33 años después de aquel concierto.

En 1989, el 11 de noviembre, dos días después de iniciarse la caída del muro de Berlín, otro compositor ruso, Mstislav Rostropóvich, famoso director de la Sinfónica de Washington DC por 17 años, antiguo alumno de Shostakovich y testigo de los horrores de la guerra y los regímenes totalitarios, decidió volar a Alemania, donde se sentó muy cerca del Check Point Charlie con su violonchelo a interpretar la Séptima Sinfonía de Shostakovich para rendir homenaje, no sólo a los alemanes, sino a la libertad.


Este artículo fue publicado originalmente en el blog de Alberto Ray el 29 de enero de 2022. Imágenes cortesía

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