Morfema Press

Es lo que es

Alberto Ray

Toda seguridad involucra una transacción. Es decir, para pasar a un estado superior de tranquilidad y certeza algo debe entregarse. La seguridad, por tanto, tiene un costo que usualmente se mide en dinero, tiempo, comodidad, esfuerzo y, en términos clásicos, también en libertad.

Sin embargo, la seguridad en su concepción más amplia encierra un objetivo fundamental; la reducción de causas que impidan al ser humano el ejercicio pleno de sus derechos. En tal sentido, opera como un propulsor activo de la vida y el bienestar de los ciudadanos.

Frederick Hayek en su obra de 1969, Nuevos Estudios en Filosofía, Política y Economía plantea que cuando a las sociedades se les permite autoorganizarse en su economía, emerge de ellas un orden espontáneo que es producto de la acción humana y no del diseño, lo que las hace más libres y equitativas.

La noción del orden espontáneo de la economía me ha resultado retadora, porque de alguna forma, la seguridad en el mundo de las posibilidades infinitas puede llegar a ser un potente sistema para la libertad, en lugar de su antagonista, que es como la hemos asumido en las convencionalidades de lo inamovible.

No intento comparar la economía con la seguridad. La primera, al dejársele libre se hace compleja, mientras que la otra, al ordenársele entendiendo la complejidad, se convierte en un instrumento para potenciar a las sociedades, lo que es de alguna manera, un ejercicio de libertad. Lo cierto es que ambas son en extremo sensibles al poder y son con frecuencia manipuladas para controlar o reprimir, no sólo en regímenes totalitarios sino en democracias.

Hemos visto como en nombre de la bioseguridad durante la pandemia del COVID -19 se han extremado regulaciones contra la población Europa Occidental, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, sólo por mencionar algunos con altos índices de libertades individuales, en unas agendas que trascienden lo sanitario y pasan a la dimensión del Estado Policial con la implantación de pasaportes COVID y otras modalidades de control social.

Si algo ha puesto de manifiesto la aceleración de la complejidad es que, con el derrumbe de los paradigmas de lo sólido, se han borrado las referencias que dan arraigo a las sociedades, relativizándolas hasta el nivel del pánico, y en nombre de la seguridad, se ha subordinado a la libertad, en el clásico ciclo del control totalitario.

Visto así, la seguridad adquiere la forma de adhesivo que se le pega a la superficie a la sociedad y a sus individuos para protegerlos de las amenazas, ya que al no comprender el entorno en el que está inmerso es indispensable que el Estado cubra su fragilidad, a fin de no ser agredido por lo desconocido. Es justo aquí, en la narrativa de la sociedad débil y que necesita ser resguardada por el Estado protector, de dónde emerge la casi inevitable tentación del poder sobre la libertad.

Por ello, la necesidad urgente de invertir el paradigma del ser humano como objeto de la seguridad para transformarlo en sujeto, lo que es sin duda una discusión complicada teniendo en cuenta a las grandes amenazas que llegan justo en el momento en el cual el individuo está más vulnerable, pero absolutamente necesaria si aspiramos a construir defensas reales frente a los riesgos líquidos.

*Este texto es un extracto editado del libro Riesgos Líquidos a publicarse a finales de marzo de 2022

El sitio de Leningrado – así se llamaba San Petersburgo durante la era soviética – comenzó el 8 de septiembre de 1941 y se extendió por 29 meses, hasta el 27 de enero de 1944.

Hitler había decidido no invadir militarmente la ciudad, sino sitiar a su población civil para que muriera de inanición. Durante esos 872 días se estima que 1.2 millones, de los 3.7 millones de habitantes de San Petersburgo murieron de hambre o frío.

Los relatos de esos años son dantescos. Cuentan que en la ciudad desaparecieron las palomas, los perros, gatos y hasta las ratas. Inclusive se llegó a crear un mercado negro de carne humana que fue consumida por los desesperados habitantes. Hubo días en el invierno de 1942, uno de los más fríos registrados en más de 100 años, en los que las muertes pasaron de 30 mil.

En 1939, Hitler hábilmente había engañado a Stalin firmando el pacto de no agresión, conocido como el acuerdo Ribbentrop – Molotov, que permitió a Alemania despreocuparse de la frontera oriental, mientras avanzaba sobre el resto de Europa.

La Orquesta Roja, así era el nombre de una de las unidades élites de la inteligencia soviética, ya en la primavera del 41 le había informado a Stalin que el Tercer Reich comenzaba a acumular tropas en Rumania y Polonia. Sin embargo, el líder comunista creyó hasta el último momento que Hitler no lo invadiría.

Los soviéticos no estaban preparados para la guerra, Stalin, en su paranoia por el poder, había realizado varias purgas entre sus militares, lo que había dejado al ejército sin cabezas clave con las cuales desarrollar estrategias y tácticas para contener a los Nazis, quienes en junio de 1941 ingresaron sin mayor resistencia al territorio ruso, y ya en septiembre llegarían a Leningrado.

El sitio de Leningrado se le conoció luego como el sitio de los 1000 días, fue uno de los genocidios ocurridos en la Segunda Guerra lleno de terribles historias de sufrimiento, pero de donde emergieron otras que revelan lo sublime de la naturaleza humana.

La ciudad sufrió un fuerte bloqueo por parte de Adolf Hitler por su ubicación estratégica para invadir a la Unión Soviética. | Foto: Sputnik Nóvosti

El pueblo de San Petersburgo había descubierto, en medio de su drama, que el ballet, el teatro y la música, no sólo les servían de distracción, sino que funcionaban para olvidar por unas horas el hambre y la desesperación del asedio. Fue así como poco a poco, le gente comenzó a buscar alimentos para que actores, bailarines y músicos pudieran seguir trabajando en medio de lo extremo. Todo parecía un gran absurdo; en las salas de orquesta la genta moría de hambre mientras escuchaba las obras clásicas de los compositores rusos, ejecutadas por músicos famélicos.

Varios testimonios de la época daban cuenta que la gente comía y se sostenía, literalmente, del arte como alimento para el espíritu, mientras desfallecían de hambre. La ración diaria de comida para un adulto era una hogaza de pan de 250 gramos, hecho en parte con aserrín y un vaso de vodka.

Como testigo de aquel horror se encontraba Dimitri Shostakovich, uno de los más importantes compositores clásicos rusos, quien vivía en Leningrado, pues era su ciudad natal.

Shostakovich, siendo un gran artista soviético, y como otros tantos que no se habían ido al exilio, era obligado a formar parte del partido comunista y dedicar su arte a la causa revolucionaria. Sin embargo, algunos biógrafos lo consideraron como una víctima del sistema porque realmente nunca se sintió comprometido sino con su música.

Fue así, entre la miseria de la ciudad, que decidió componerle una obra musical a Leningrado, y que hoy se conoce como la séptima sinfonía de Shostakovich, o Sinfonía de Leningrado.

Afortunadamente para él, en la primavera del 42, un contingente del ejército ruso que logró entrar a la ciudad, alcanzó a evacuarlo junto a otras figuras importantes atrapadas en San Petersburgo. Para el momento no había terminado su sinfonía, cosa que hizo en junio y tras mucha insistencia consiguió que un avión militar sobrevolara la ciudad y lanzara al aire varias partituras de la obra, con la esperanza de que pudiera ser interpretada, como homenaje al valor y la resistencia de los habitantes de Leningrado.

Fue así, como el 9 de agosto de 1942, luego que el director de la orquesta sinfónica de la ciudad, con un esfuerzo inmenso, lograra concentrar a cerca de 60 músicos y ensayar sólo una vez, que se pudo interpretar en el recinto de la Orquesta Filarmónica de la San Petersburgo sitiada y hambrienta, la Séptima Sinfonía de Shostakovich.

Previo al evento, la gente tuvo que colectar alimentos y ropa para casi todos los músicos, pues por la hambruna, muchos de ellos no tenían sus trajes para vestirse ni energía para soplar los instrumentos de viento.

El día del concierto se colocaron altavoces en la ciudad para que todos pudieran escucharla. Los habitantes de Leningrado. a pesar de la locura que estaban viviendo, se vistieron de gala y salieron todos a escuchar el tributo de su compositor Shostakovich a su ciudad.

Esa noche del verano ruso, la ciudad entera escuchó y disfrutó su sinfonía. Un soldado alemán, que años después de la guerra contó la historia de esa noche, confesó haber llorado junto a sus compañeros de armas, cuando su comandante, conmovido por el valor de los habitantes de Leningrado, al escuchar la obra, decidió callar las descargas de los cañones sobre la ciudad, que intentaban evitar el concierto.

Shostakovich, murió exactamente un 9 de agosto, pero de 1975, 33 años después de aquel concierto.

En 1989, el 11 de noviembre, dos días después de iniciarse la caída del muro de Berlín, otro compositor ruso, Mstislav Rostropóvich, famoso director de la Sinfónica de Washington DC por 17 años, antiguo alumno de Shostakovich y testigo de los horrores de la guerra y los regímenes totalitarios, decidió volar a Alemania, donde se sentó muy cerca del Check Point Charlie con su violonchelo a interpretar la Séptima Sinfonía de Shostakovich para rendir homenaje, no sólo a los alemanes, sino a la libertad.


Este artículo fue publicado originalmente en el blog de Alberto Ray el 29 de enero de 2022. Imágenes cortesía

WP Twitter Auto Publish Powered By : XYZScripts.com
Scroll to Top