Tras una breve y agonizante enfermedad, ha muerto Alejandro III de Macedonia, conocido como Alejandro Magno, el hombre que en apenas trece años forjó el mayor imperio conocido hasta entonces, extendiéndose desde Grecia y Egipto hasta las puertas de la India. Tenía entre 32 y 33 años y falleció en el palacio de Nabucodonosor II, la ciudad que planeaba convertir en capital de un vasto dominio unificado greco-persa.
Alejandro regresaba victorioso de su campaña en India, donde sus tropas, exhaustas tras años de marchas, batallas y miles de kilómetros recorridos, se amotinaron y le obligaron a dar la vuelta. En Babilonia, organizaba ya la siguiente gran aventura: la conquista de Arabia. Pero todo se truncó tras un banquete en casa de su amigo Medio de Larisa. Según las crónicas antiguas (Plutarco, Diodoro, Arriano), bebió abundantemente, sintió un dolor agudo tras un gran cuenco de vino (posiblemente en honor a Heracles) y cayó enfermo. Durante 10 a 14 días sufrió fiebre alta, escalofríos, dolores abdominales intensos, debilidad progresiva, pérdida del habla y parálisis. Aún consciente, permitió que sus soldados desfilasen ante él para despedirse; solo pudo saludarlos con gestos. Murió entre el 10 y el 13 de junio.
Su cuerpo, según relatos, no mostró signos inmediatos de descomposición durante varios días a pesar del calor de Babilonia. Este detalle ha alimentado durante siglos todo tipo de especulaciones.
Las teorías sobre su muerte
En la Antigüedad circularon rumores de envenenamiento: Antípatro (regente de Macedonia), temiendo ser destituido, habría enviado un veneno (posiblemente eléboro blanco o veratrum album) a través de su hijo Yolas, copero real. Algunos llegaron a implicar incluso a Aristóteles. Sin embargo, los historiadores modernos dudan de esta versión: los venenos conocidos en la época no actuaban tan lentamente.
Las explicaciones médicas más aceptadas hoy apuntan a causas naturales:
- Malaria (que ya había contraído antes) combinada con agotamiento extremo y heridas previas (como una flecha que le atravesó el pulmón).
- Fiebre tifoidea por agua contaminada del Éufrates.
- Otras hipótesis incluyen pancreatitis aguda por alcoholismo crónico, virus del Nilo Occidental o incluso síndrome de Guillain-Barré, que explicaría la parálisis ascendente y que el cuerpo no se descompusiera (podría haber estado paralizado pero consciente).
Sin heredero claro
Alejandro no dejó disposiciones firmes sobre la sucesión. Su esposa Roxana estaba embarazada (darían a luz a Alejandro IV, asesinado años después). Su hermanastro Filipo III era incapaz de gobernar solo. En cuestión de horas, sus generales (los Diádocos) comenzaron a pelearse por el poder. El inmenso imperio se fragmentó en reinos helenísticos: Ptolomeo en Egipto, Seleuco en Asia, Casandro en Macedonia… Las Guerras de los Diádocos durarían décadas y estarían llenas de traiciones y asesinatos.
Un legado que trasciende su muerte
Aunque su imperio político se desmoronó, Alejandro cambió el mundo para siempre. Fundó más de 70 ciudades (Alejandría en Egipto es la más famosa), difundió la cultura griega por Oriente, promovió la fusión de pueblos y abrió rutas comerciales y culturales entre Occidente y Asia. Su muerte marca el fin de la era clásica griega y el comienzo de la Época Helenística, cuyo influjo llegaría hasta la Roma imperial y más allá.
A los 32 años, el “dios viviente” que nunca perdió una batalla importante dejó un vacío que nadie pudo llenar. Su corta vida y su muerte prematura convirtieron su figura en mito eterno: el conquistador que quiso llegar al fin del mundo y que, paradójicamente, fue detenido por su propio cuerpo mortal.


