La extraordinaria trayectoria política de Franklin Delano Roosevelt dejó una huella tan profunda en EEUU que terminó provocando una de las reformas constitucionales más importantes del siglo XX
ORLANDO VIERA-BLANCO
09/06/2026
Recuerdo como todo comenzó en aquellos días de primavera, cuando el aire en Hyde Park aún llevaba el perfume de los manzanos en flor. Yo no era más que un joven asistente, alguien que había llegado por casualidad a su círculo cercano, pero pronto me convertí en testigo de una vida que parecía escrita para cambiar el destino de un mundo tambaleante y convulso.
Franklin Delano Roosevelt no era sólo un hombre. Era una fuerza que se movía entre las sombras de la historia con una sonrisa serena y una voluntad de acero. Hoy quiero compartir con ustedes, testimonios y conversaciones, que cambiaron el mundo, que construyeron un nuevo liderazgo, que hicieron historia.
De la Polio a Gobernador de NY, Happy Warrior y New Deal
Lo vi por primera vez en su finca familiar, aquel lugar de amplios jardines donde el Hudson serpenteaba como una vena plateada. Franklin tenía entonces poco más de treinta años [nacido el 30 de enero de 1882] recién casado con Eleanor, sobrina del “Tío Ted” [Theodore Roosevelt] prima lejana de quinto grado. Ya cargaba con esa energía inagotable que lo hacía parecer invencible.
Cabalgamos juntos por los senderos y él me hablaba de sus sueños para América. “El único temor que debemos temer es el temor mismo”, me dijo una tarde, sin saber que esa frase resonaría décadas después en bocas de millones. Yo lo acompañaba en sus primeras campañas, viendo cómo su encanto personal conquistaba salones y auditorios. Era alto, de hombros anchos, sonrisa cautivadora, y una voz cálida que parecía abrazar al oyente. Nadie imaginaba entonces que la polio lo golpearía como un rayo en 1921.
Aquella enfermedad fue un capítulo que compartimos en silencio. Lo vi luchar en su cama en Campobello, sudando, con las piernas paralizadas, negándose a rendirse. “No dejaré que esto me detenga”, murmuraba mientras hacía ejercicios dolorosos en el agua tibia. Yo estaba allí, sosteniendo sus brazos, animándolo cuando el dolor lo hacía apretar los dientes. Eleanor—con su fuerza tranquila—se convirtió en sus ojos y piernas en muchos viajes. Franklin aprendió a usar el hierro y la voluntad. Nunca se quejó abiertamente, pero en las noches largas, cuando el fuego crepitaba en la chimenea, confesaba que esa prueba lo había hecho más fuerte. “La polio me enseñó que la vida no termina con un revés. Se reinventa”.
Su regreso a la política fue épico. En 1928 ganó la gobernación de Nueva York. Yo lo seguí en aquellos mítines donde la gente lo vitoreaba de pie. “Si el pueblo cumple su deber con el país, el país debe cumplir su deber con el pueblo”. Ideas simples que se convirtieron en mega proyectos sociales, urbanos, ambientales y globales. Llegó el año de 1932, una época difícil y dolorosa en que América sangraba por la Gran Depresión. Bancos cerrados, empresas quebradas, granjas abandonadas, colas de hambre, polvo en las praderas.
Franklin subió al escenario en Chicago y prometió un “New Deal”, un nuevo trato para el pueblo olvidado. Ganó por aplastante mayoría. Lo que comenzó con aquel dramático discurso en la Convención de NY [26/6/1924] para postular al Demócrata Alfred Smith Presidente terminó en la épica de un hombre que gano cuatro elecciones consecutivas: 1932, 1936, 1940 y 1944 […] Caminando en muletas al podio con las piernas inmóviles forradas entre cueros, correas y armaduras [la distancia más larga de su vida]; sus manos temblando y sudando grueso, expresó: “Me complace profundamente presentar para su nominación el nombre de Alfred Smith, nombre que basta por sí solo para evocar todas las cualidades de coraje, visión, pensamiento claro y sensato, y la más alta integridad y carácter. El es el “Guerrero Feliz” del campo de Batalla político”.
Esa frase tomada del poema de William Wordsworth “Character of the Happy Warrior”, lo convirtió en un celebrodebutante que el pueblo norteamericano jamás olvidó. La polio no lo venció. Roosevelt estaba de vuelta a la batalla política.
El 4 de marzo de 1933—bajo un cielo gris de Washington—lo vi jurar como presidente. Su discurso inaugural aún me eriza la piel: “Este es un día de consagración nacional. El único temor que debemos temer es el temor mismo”. Yo estaba cerca del estrado, viendo lágrimas en rostros endurecidos por la miseria. Aquel día comenzó una era: De la depresión a la grandeza, de la miseria a la primera potencia del planeta. La democracia de EEUU sobrevivió los embates de la depresión gracias a la determinación de Franklin de nacionalizar la banca, ganarase el voto de confianza de la gente, impulsar la agricultura y las comunicaciones.
Y llegó Pearl Harbor: La sombra de la Guerra y las Naciones Unidas
En la Casa Blanca, Franklin transformó el lugar en un centro de acción constante. Las mañanas empezaban temprano con desayunos donde reunía a consejeros, periodistas y visitantes. Yo entraba con carpetas, observándolo fumar su cigarrillo en la boquilla larga, inclinando la cabeza mientras escuchaba. El New Deal cobró vida: la Civilian Conservation Corps plantando bosques; [la] Works Progress Administration, construyendo carreteras y teatros; [la] Social Security naciendo como red de protección. Lo vi firmar leyes hasta altas horas con Eleanor trayendo informes de las condiciones de los pobres. “No podemos permitir que un tercio de la nación esté mal alimentado, mal vestido y mal alojado”, repetía, y actuaba en consecuencia.
Pero la sombra de la guerra se acercaba. Europa ardía. Hitler marchaba, Mussolini fanfarroneaba. Franklin—consciente que América quería aislamiento—navegaba con astucia. Me llevó en el yate presidencial—el Potomac—donde discutíamos cómo ayudar a Churchill sin entrar directamente. “Lend-Lease” [préstamo y arriendo] dijo una noche. Y así comenzó el flujo de armas y alimentos hacia los aliados. Yo lo acompañé en sus reuniones secretas, viendo cómo su mente estratégica tejía alianzas.
Llegó el 7 de diciembre de 1941. Pearl Harbor. Estaba en la Casa Blanca cuando llegó el mensaje. El teléfono sonó y la voz del secretario de Guerra tembló: “Señor Presidente, los japoneses han atacado Pearl Harbor”. Franklin se quedó en silencio unos segundos, su rostro palideció, pero su mandíbula se endureció. Yo estaba a su lado en el Salón Oval. “Esto cambia todo”, murmuró.
Al día siguiente, ante el Congreso lleno, pronunció aquellas palabras inmortales: “Ayer, 7 de diciembre de 1941, una fecha que vivirá en la infamia, los Estados Unidos de América fueron súbitamente y deliberadamente atacados por fuerzas navales y aéreas del Imperio del Japón”. El Congreso rugió. La guerra se había declarado. Desde ese momento, su liderazgo se volvió legendario. Transformó la economía en máquina de guerra. Fábricas de autos produjeron tanques, mujeres entraron a las líneas de montaje como “Rosie the Riveter”. Yo viajaba con él en el tren presidencial, viendo cómo coordinaba con generales como Marshall y Eisenhower. “Debemos ganar esta guerra y ganar la paz después”, decía. Su relación con Churchill fue fraternal y estratégica.
En la Conferencia Atlántica de 1941, a bordo del USS Augusta, firmaron la Carta del Atlántico; un documento para un mundo mejor: autodeterminación, libre comercio, fin de las agresiones.
Con Stalin fue más complejo. En Teherán y Yalta, Franklin, ya debilitado por la enfermedad, negociaba con astucia. Lo vi exhausto, con ojeras profundas, pero su carisma seguía intacto. “Un mundo fundado en cuatro libertades”, repetía: libertad de expresión, de culto, de no temer la necesidad y de no temer la agresión. Esas palabras guiaron la creación de las Naciones Unidas, su gran sueño.
Las Charlas en la Chimenea. El Día D, la bomba atómica y su muerte
En la Casa Blanca la vida era un torbellino. Eleanor organizaba cenas con líderes mundiales y activistas. Franklin recibía a reyes, generales y gente común. Sus “charlas junto a la chimenea” por radio [hablaremos de ellas en nuestra próxima entrega] calmaban a la nación. Yo lo veía prepararlas, con voz pausada, explicando la guerra como si hablara a un vecino. “Mis amigos estadounidenses…” comenzaba, y el país entero se detenía a escuchar.
La guerra en Europa avanzaba. Día D, Normandía. Lo vi recibir los reportes con tensión, orando en silencio. Luego la liberación de París, el avance hacia Berlín […] En el Pacífico, Durante la II Guerra Mundial, EEUU desarrolló la estrategia conocida como «salto de isla en isla» (island hopping), que consistía en conquistar posiciones estratégicas ocupadas por Japón, evitando algunas fortificaciones muy defendidas para avanzar gradualmente hacia el archipiélago japonés. Entre 1942 y 1945, las fuerzas estadounidenses capturaron numerosas islas y archipiélagos del Pacífico. Guadalcanal (1942-1943) fue la primera gran ofensiva terrestre estadounidense contra Japón que marcó un punto de inflexión en la guerra del Pacífico.
Luego vinieron las conquistas de las Islas Gilbert, especialmente Tarawa (1943): una batalla extremadamente sangrienta que demostró las dificultades de los desembarcos anfibios; Islas Marshall, incluyendo Kwajalein y Eniwetok (1944); Islas Marianas: [Saipan Tinian Guam (1944); Peleliu (1944), una de las batallas más costosas en proporción al tamaño de la isla; Filipinas (1944-1945), especialmente la isla de Leyte y posteriormente Luzón; Iwo Jima (febrero-marzo de 1945): célebre por la fotografía del izamiento de la bandera estadounidense en el Monte Suribachi; Okinawa (abril-junio de 1945): la última y mayor batalla anfibia del Pacífico. Su captura situó a las fuerzas estadounidenses a unos 550 kilómetros de las islas principales de Japón. Pearl Harbor quedaba reivindicado para la historia…
Su partida y su legado…
Su decisión de usar la bomba atómica fue una de las más graves. “Es la forma de terminar esta carnicería”, me confió en privado, aunque sabía el precio moral. Pero su cuerpo fallaba. En 1944 ganó un cuarto mandato, algo nunca visto. Yo notaba cómo sus manos temblaban, cómo necesitaba más ayuda para moverse. En febrero de 1945—en Yalta—parecía un hombre consumido, pero su mente seguía afilada, asegurando la entrada de la URSS contra Japón y planeando la posguerra. La muerte llegó en Warm Springs, Georgia, el 12 de abril de 1945. Estaba posando para un retrato cuando sufrió una hemorragia cerebral. “Tengo un terrible dolor de cabeza”, dijo, y cayó. Yo estaba en Washington cuando llegó la noticia. El país entero lloró. Eleanor, con dignidad, viajó para traer su cuerpo. Millones se alinearon en las vías del tren que lo llevaba de vuelta a Hyde Park. Lo enterramos en el jardín familiar, bajo un monumento sencillo, como él hubiera querido.
Después de su presidencia, el mundo cambió. Truman tomó las riendas, lanzó las bombas, terminó la guerra. Las Naciones Unidas nacieron en San Francisco, cumpliendo parte de su visión. Su legado es inmenso. Cuatro mandatos: 12 años que sacaron a América de la Depresión, la llevaron a la victoria en la guerra más grande de la historia y sentaron las bases del orden internacional moderno. Reformó el Supreme Court, creó el GI Bill, impulsó derechos civiles aunque con limitaciones de su época.
Sin embargo, quienes tuvimos la oportunidad de conocerlo de cerca sabemos que su mayor legado no puede medirse únicamente en leyes, instituciones o victorias militares. Franklin Delano Roosevelt devolvió la esperanza a millones de personas cuando parecía haberse extinguido. Siempre he pensado que la capacidad de un líder de traer luz a su gente en medio de la oscuridad y la miseria, es la misión más desafiante de todo aquel que pretenda llamarse mandatario. El resto son ecuaciones.
Durante los años más oscuros de la Depresión enseñó a los estadounidenses que el gobierno podía convertirse en una herramienta de protección y progreso para los más vulnerables. Durante la guerra demostró que la democracia tenía la fortaleza necesaria para resistir y derrotar a la tiranía. Su aporte a la humanidad fue la defensa perseverante de la libertad, la seguridad económica, la cooperación internacional como pilares de un mundo más justo y muy importante: la sociedad entre Estado y pueblo.
Yo, que caminé a su lado, vi sus errores también: el aislamiento de japoneses-americanos [Orden Ejecutiva 9066] que autorizó la expulsión y reubicación forzosa de personas de ascendencia japonesa que vivían principalmente en la costa oeste. Como resultado alrededor de 120.000 japoneses-americanos fueron obligados a abandonar sus hogares y negocios; compromisos con el Sur segregacionista; tensiones con Stalin que sembraron la Guerra Fría.
Pero su grandeza superó todo. Fue el hombre que creyó en el gobierno como fuerza para el bien común, que enfrentó tiranos sin perder la fe en la democracia. Esa fue la cualidad que lo convirtió en un líder excepcional y en una figura admirada mucho más allá de las fronteras de EEUU.
Años después, visito su tumba y recuerdo sus palabras: “La prueba de nuestro progreso no es si añadimos más a la abundancia de aquellos que tienen mucho; es si proveemos suficiente para aquellos que tienen demasiado poco”. Franklin Delano Roosevelt no sólo gobernó; inspiró
Su silla de ruedas se convirtió en símbolo de resiliencia. Su voz, en faro. Su vida, en prueba de que un solo hombre, con coraje y visión, puede inclinar el arco de la historia hacia la justicia.
A modo prólogo de Charlas en la Chimenea
La extraordinaria trayectoria política de Franklin Delano Roosevelt dejó una huella tan profunda en EEUU que terminó provocando una de las reformas constitucionales más importantes del siglo XX. Elegido presidente en 1932 y reelegido en 1936, 1940 y 1944, Roosevelt se convirtió en el único mandatario estadounidense en ocupar la Casa Blanca durante más de dos mandatos. Su permanencia respondió a circunstancias excepcionales: primero la Gran Depresión y después la II Guerra Mundial, crisis que llevaron a millones de ciudadanos a confiar en la continuidad de su liderazgo.
Sin embargo—aunque la Constitución no imponía límites a la reelección presidencial—existía una tradición no escrita establecida por George Washington, quien decidió retirarse voluntariamente tras cumplir dos periodos. Durante más de 140 años, todos los presidentes respetaron ese precedente.
La elección de Roosevelt para un tercer mandato en 1940 y posteriormente para un cuarto en 1944 despertó inquietudes entre sectores políticos de ambos partidos, que temían que una presidencia demasiado prolongada pudiera alterar el equilibrio institucional diseñado por los fundadores de la República.
Tras la muerte de Roosevelt [1945] el debate cobró fuerza en el Congreso. En 1947-bajo el impulso de legisladores republicanos y demócratas favorables a limitar el poder ejecutivo-, se aprobó la propuesta de la Vigésima Segunda Enmienda. El texto fue enviado a los estados para su ratificación y completó ese proceso en 1951. Desde entonces, ningún presidente puede ser elegido más de dos veces para el cargo, consolidando en la Constitución una norma que durante generaciones había sido solo una costumbre política.
*Esta es la historia viva de un hombre infatigable, memorable, ejemplo para todas las nuevas generaciones, Urbi et Orbe. Y así mientras el sol se pone sobre Hyde Park, cuento esta historia desde su jardín, viéndole sonreír en su escritorio con la bandera estadounidense detrás, listo para enfrentar lo imposible. Eso fue Franklin: el hombre que venció lo imposible.
En nuestra próxima entrega, sus pensamientos más profundos, charlando con Franklin desde su Chimenea…
Abogado. Ex Embajador de Venezuela en Canadá
@ovierablanco
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