Por José Ignacio Gerbasi
Muchos me dirán que no es momento de hablar de política. Pero cuando la política de este régimen ha consistido, por años, en desmantelar nuestras capacidades para protegerse a sí mismos, el silencio es complicidad. Hoy, Venezuela vive dos tragedias: la que golpeó la tierra y el desastre humano de un Estado que funciona solo para el control, pero es un abismo de inoperancia cuando se trata de salvar una vida.
Durante años, el régimen ha intentado aislarnos de la verdad como quien coloca cristales ahumados en todas las ventanas de una casa: creen que, si ellos no ven el desastre, el desastre no existe. Han silenciado a más de 300 medios de comunicación y bloqueados portales, intentando envolvernos en un «ruido blanco» constante para que no escuchemos los gritos de auxilio. Han querido convencernos de que el país que vemos a través de su cristal opaco es el real, mientras afuera, la realidad es otra: es escombro, es carencia y es lucha. Pero el problema de tapar las ventanas es que, cuando el techo se desploma, el cristal no te protege del derrumbe; solo hace que mueras en la oscuridad.
Es insultante escuchar que «no hay recursos». ¿No hay recursos? Las mismas patrullas que usan para hostigar, la maquinaria pesada que despliegan para devastar nuestras selvas en la minería ilegal y los camiones que usan para mover sus mercados de verduras controlados por militares, son los que hoy brillan por su ausencia en los escombros. Tienen equipo para destruir, para extraer oro y para perseguir ciudadanos, pero no para salvar a su pueblo. La verdad es cruda: no es que no puedan, es que no les importa. Han preferido construir un aparato de opresión que uno de protección civil.
Se equivocan si creen que en lugares que han activado Vente Venezuela hay espacio para su política destructiva . Allí no hay políticos dando discursos; allí lo que hay son venezolanos de a pie, agotados pero indomables, entregando el alma por el prójimo. Mientras el régimen aparece en televisión pidiendo registros, permisos y trámites burocráticos —poniendo trabas sobre los escombros donde cada segunda cuenta—, el vecino está ahí, sin uniforme, rescatando a los suyos.
Esa gente, la que mueve escombros con las uñas y trabaja voluntariamente en nuestros centros de acopio, es la que ha dejado claro ante el mundo que Venezuela no tiene nada que ver con la maldad y la incapacidad de quienes usurpan el poder. Lo que estamos viendo no es incompetencia; es desprecio absoluto por la vida.
A quienes preguntan con rabia y lágrimas por qué nos toca esto, les digo: que su desidia no sea un muro, que sea el combustible que nos mantiene activos. Cada vez que nos organizamos fuera de su control, estamos dejando en evidencia su fracaso. Estamos rescatando al país del olvido. El dolor es inmenso, sí, pero no tiene la última palabra. La última palabra la tiene el pueblo que, aun con las manos atadas y los bolsillos vacíos, se niega a dejar de luchar.
Que el mundo vea quiénes somos: el régimen es el desastre, pero en cada mano de un venezolano que se extiende para salvar a otro, ha vuelto a aparecer la Mano de Dios. Nosotros somos la reconstrucción y nuestra solidaridad es la luz que ninguna censura podrá apagar.
Vamos por más.
@jgerbasi


