Durante años, Israel observó Teherán como si fuera una ciudad propia. Mucho antes de que las municiones de precisión impactaran el complejo de la calle Pasteur y acabaran con la vida del líder supremo iraní, Ali Jamenei, la inteligencia israelí había tejido una red de vigilancia que convertía cada desplazamiento de su entorno en información procesable.
Según revela el Financial Times, casi todas las cámaras de tráfico de la capital iraní fueron hackeadas durante años. Sus imágenes eran cifradas y enviadas a servidores en Israel, donde algoritmos avanzados analizaban rutinas, trayectos y vínculos personales. El objetivo no era observar por curiosidad, sino construir lo que los servicios de inteligencia denominan un «patrón de vida» detallado de los escoltas, conductores y colaboradores del líder iraní.
Una cámara concreta ofrecía un ángulo especialmente revelador sobre los accesos al complejo. Permitía saber dónde aparcaban los vehículos privados de los miembros del equipo de seguridad y cómo funcionaba la logística interna de un recinto extremadamente protegido. Esa información, combinada con el análisis masivo de datos, permitió identificar horarios, direcciones, asignaciones y jerarquías.
La operación no se limitó a la vigilancia visual. Israel también logró interferir componentes de varias torres de telefonía móvil cercanas al complejo, de modo que las llamadas a los dispositivos del equipo de protección aparecían como ocupadas. En el momento decisivo, cualquier posible alerta quedó bloqueada.
La arquitectura de inteligencia fue el resultado de un trabajo acumulado durante décadas. La unidad 8200 del Ejército israelí, especializada en inteligencia de señales, el Mossad y la inteligencia militar participaron en la recopilación y procesamiento de enormes volúmenes de datos. Mediante técnicas de análisis de redes sociales aplicadas a miles de millones de registros, se identificaron centros de decisión y objetivos prioritarios. En la cultura estratégica israelí, la inteligencia orientada al ataque selectivo es un instrumento central de su doctrina de seguridad.
La superioridad tecnológica ya se había exhibido en la guerra de doce días del pasado junio, cuando varios científicos nucleares y altos mandos iraníes fueron eliminados en cuestión de minutos. En aquella ofensiva, Israel inutilizó previamente sistemas de defensa aérea mediante ciberataques y municiones disparadas desde fuera del territorio iraní. Misiles de la familia Sparrow, capaces de impactar objetivos extremadamente pequeños a larga distancia, formaron parte del arsenal.
Sin embargo, la decisión de eliminar a Jamenei fue ante todo política. Fuentes citadas por el diario británico señalan que la inteligencia israelí y la estadounidense determinaron que el líder iraní celebraría una reunión clave la mañana del sábado en su complejo de Teherán. La posibilidad de eliminar simultáneamente a varios miembros del núcleo dirigente del régimen era excepcional. Si la guerra se intensificaba, los altos cargos habrían pasado a refugiarse en búnkeres subterráneos mucho más difíciles de alcanzar.
A diferencia del líder de Hizbulá, Hassan Nasrallah, que vivió años oculto bajo tierra hasta su muerte en 2024, Jamenei no residía permanentemente en refugios. Aunque disponía de búnkeres y adoptaba medidas de seguridad en tiempos de guerra, no se encontraba bajo tierra en el momento del ataque. De haber estado allí, según fuentes citadas, el resultado habría sido distinto.
Estados Unidos desempeñó un papel determinante. Mientras el presidente Donald Trump mantenía presión pública sobre Irán, en privado se mostraba insatisfecho con el ritmo de las negociaciones nucleares. La CIA habría aportado una fuente humana que confirmó la presencia del líder iraní y de su círculo más cercano en el complejo atacado.
La doctrina israelí exige confirmaciones independientes para un objetivo de máximo valor. Una vez validada la información, cazas que llevaban horas en vuelo lanzaron alrededor de treinta municiones de precisión. El ataque diurno, según el propio Ejército israelí, permitió lograr sorpresa táctica pese al elevado nivel de alerta iraní.
El origen de esta estrategia se remonta a 2001, cuando el entonces primer ministro Ariel Sharon ordenó priorizar a Irán como objetivo central del aparato de inteligencia. Desde entonces, sabotajes, asesinatos selectivos y operaciones encubiertas han definido una guerra en la sombra que ahora ha cruzado un umbral inédito. La revelación del Financial Times muestra que el ataque no fue improvisado ni fruto de una reacción coyuntural. Fue la culminación de años de infiltración tecnológica, penetración humana y decisión política.


