Por Elizabeth Sánchez Vegas
En la entrevista que concedió a El País, Jorge Rodríguez, este verdugo con corbata y presidente de la Asamblea Nacional chavista, no dialogó: dictó la sentencia final del régimen. Con la frialdad quirúrgica de un psicólogo reconvertido en sicario político, este traidor descarado desnudó sin el menor pudor la verdadera esencia de esta dictadura terminal: una mafia que se arroga el derecho eterno de decidir quién participa, quién regresa, quién merece amnistía y quién queda condenado al ostracismo perpetuo.
Sin sonrojarse, este liquidador colocó la economía como único tema admisible: “Lo importante ahora en Venezuela es la economía, que todo eso valga la pena”. Enumeró, como vulgar mercachifle de liquidación, petróleo, gas, minas, inversiones, equipamiento médico que Venezuela “pueda comprar rápidamente” a Estados Unidos para sus hospitales y tecnología para modernizar la industria petrolera. Y remató con desprecio: “No tenemos mucho tiempo para hablar de otras cosas”. Esas “otras cosas” que este cobarde despacha con un gesto de asco son la voluntad popular, los presos políticos, los exiliados y la soberanía usurpada.
Cuando le preguntaron directamente por María Corina Machado, Premio Nobel de la Paz, la líder que ganó las primarias para representar al país, inhabilitada ilegalmente, y cuya fuerza popular se tradujo en el triunfo del presidente electo Edmundo González Urrutia el 28 de julio de 2024, este cobarde se escondió detrás de su curul: “Yo soy diputado, no soy yo quien puede dar esa respuesta”. La misma lógica mafiosa con la que habló de la Ley de Amnistía: enumeró “34 situaciones” que, según él, generan violencia y distorsión de la paz, y tildó a María Corina de “borbónica”, de persistir en el “concepto de tierra arrasada”, de convocar “invasión del país” y “golpes de Estado”. Cada insulto que escupe es una bala más que justifica la exclusión que este verdugo tanto disfruta. Ese es el pensamiento criminal que jamás podrá ocultar.
Lo que calló este contador de la mafia es aún más revelador y brutal. No dijo ni una sola palabra sobre un cronograma electoral creíble y verificable. No mencionó la liberación de todos los presos políticos. No ofreció garantía alguna de regreso seguro para los exiliados. No reconoció en ningún momento la voluntad popular expresada en las urnas ni el triunfo del presidente electo Edmundo González Urrutia. Por el contrario, con soberbia negó explícitamente que se esté viviendo una transición y afirmó que esto es un “nuevo tiempo político” que no va a conducir a un cronograma de acción política para llegar a acuerdos, sino para “fortalecer las instituciones del Estado” y luego “organizar las elecciones que haya que organizar”. En su lugar, ofreció “diálogo” y “cohesión” del chavismo hacia otros sectores, pero siempre bajo sus reglas mafiosas: que aceptemos que ellos siguen decidiendo quién puede participar y quién debe permanecer excluido.
Y el colmo de su desfachatez: celebró a Zapatero como “embajador extraordinario y plenipotenciario en la amistad con Venezuela” y aseguró que algún día se sabrá todo lo que ha hecho por la paz (sobre todo por aquellos opositores que se atreven a insultarlo). El mismo régimen que acusa a Maria Corina de violencia se abraza con el hombre que durante años ha servido de escudo protector de su impunidad. Es el cinismo elevado a la categoría de arte supremo, la hipocresía convertida en doctrina oficial de la mafia.
Este discurso es la traición más vil contra un pueblo que se atrevió a desafiarlo. Jorge Rodríguez no propone transición alguna: propone la eternización deliberada de la dictadura bajo un barniz económico que solo sirve para prolongar el sufrimiento. Su plan es perverso y claro: vender los recursos de la nación, petróleo, gas, minas, para engordar las fortunas de la cúpula, reforzar el aparato del terror y mantener intacto el mecanismo mafioso del “tú sí, tú no”. Ese dinero jamás reconstruirá hospitales, ni pagará salarios dignos, ni devolverá esperanza; servirá exclusivamente para perpetuar la miseria como castigo colectivo, para recordarle a cada venezolano que el poder sigue siendo de ellos y que la voluntad popular no vale nada frente a su voluntad de dominio absoluto.
Ante Estados Unidos, Rodríguez se revela como un peligro estratégico de primer orden, un operador vengativo que convierte la desesperación del régimen en una trampa diplomática mortal. No pide ayuda: vende complicidad descarada con la frialdad de quien sabe que el tiempo apremia. Su intención es perversa y calculada: obtener dólares inmediatos a cambio de que Washington olvide la voluntad popular, olvide el fraude electoral y se concentre solo en los negocios, separando artificialmente economía de política. Es la trampa más obscena imaginable: oxígeno económico para un régimen agonizante a cambio de que Estados Unidos se convierta en cómplice silencioso de la mafia que decide quién vive libre y quién no. Rodríguez no busca inversión real; busca supervivencia a cualquier precio, incluso si eso significa arrastrar a la potencia más poderosa del hemisferio a legitimar su proyecto de dominación perpetua.
Ante el mundo, esta entrevista es un documento irrefutable y devastador, una confesión asquerosa que pone al descubierto el rostro putrefacto del autoritarismo del siglo XXI. Ya no se molesta en disfrazarse de ideología revolucionaria: se exhibe descaradamente como pragmatismo cínico mientras conserva intacto su núcleo criminal y vengativo. La intención de este miserable es siniestra y repulsiva: vender la exclusión selectiva, la amenaza permanente y la subasta descarada de la patria como si fuera “realismo político”, como si el “diálogo” pudiera existir sin justicia y como si un país entero pudiera rematarse al mejor postor sin que nadie pague el precio de la dignidad. Jorge Rodríguez es el sicario que, con sonrisa de hiena, ejerce el poder como arma de venganza eterna y ofrece Venezuela en bandeja con tal de perpetuarse. Su mensaje al planeta es brutal y nauseabundo: la democracia es negociable, la soberanía es simple mercancía de saldo y el miedo es la única ley que este degenerado reconoce.
Con esta entrevista, Jorge Rodríguez se ha expuesto completamente desnudo y humillado ante la historia. La única respuesta digna es aplastarlo políticamente, económicamente y moralmente, sin piedad ni contemplaciones. Porque cuando un verdugo como él revela su voluntad de seguir controlando el destino de Venezuela, amenaza a quien el pueblo eligió y subasta la patria, la historia ya ha dictado su veredicto implacable: este régimen no merece salvación. Merece su fin. Y ese fin debe comenzar ahora.
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