Morfema Press

Es lo que es

DBuford

Por Pedro Urruchurtu

Colombia vivirá el próximo 29 de mayo la primera vuelta de la elección presidencial, que marcará el futuro de ese país no por los próximos cuatro años, sino por las próximas décadas. Se dará en medio de un reacomodo de las fuerzas políticas en el congreso y en medio de la tensión permanente que genera la posibilidad real de que un proyecto populista de izquierda criminal, representado por Gustavo Petro, tome las riendas del país suramericano.

Frente a esa amenaza, toda apunta a que la alternativa recaerá en Fico Gutiérrez, candidato que por su trayectoria y su propuesta es el único que puede garantizar que la sensatez siga gobernando Colombia y, desde ella, avanzar en las reformas que hagan contrapeso a las permanentes pretensiones desestabilizadoras de la izquierda contra la democracia. La pregunta que todos se hacen hoy es si efectivamente Gutiérrez podrá hacerlo, cuando ambos pasen a segunda vuelta.

Al margen de lo que dicen las encuestas y del resultado de esa primera vuelta, todo parece indicar que será en el mes de junio cuando los colombianos deberán decidir definitivamente qué rumbo quieren para su país. La primera vuelta será un indicativo de la importancia que la sociedad colombiana da a involucrarse en los aspectos definitivos de su nación. También, una evaluación de la fuerza que tienen los candidatos en este momento, caracterizado por un Petro que parece invencible, gracias a su populismo y al derroche de dinero. Por el contrario, Gutiérrez va subiendo en la intención de voto, aglutinando cada vez a más y más colombianos.

Sin embargo, lo más grave es que a pesar de las denuncias cada vez más escandalosas que surgen en el entorno de Petro y de sus propias actitudes que revelan, por su pasado y por sus intenciones, qué sería capaz de hacer con Colombia, todavía son muchos los que apuestan por él como una opción para liderar la primera magistratura del país. Esa es una señal muy peligrosa qué dice mucho de los síntomas que padece la sociedad colombiana, pero también del proceder de una clase política que no ha terminado de entender la amenaza que se cierne sobre su nación. Ojalá no sea demasiado tarde.

Nadie pone en duda el lugar que ocupa Colombia hoy en el mundo. Los mejores indicadores en muchas áreas apuntan a que es un país que ha encontrado una senda de desarrollo, siendo una referencia democrática, a pesar de sus heridas históricas y conflictos latentes. Pese a ello, muchos colombianos creen que viven mal y sostienen incluso que una dictadura los aqueja, sin comprender la dimensión de lo que esas palabras representan. Que muchos piensen eso es culpa de la permanente campaña de desprestigio y la desestabilización planificada por la izquierda, que pretende vender la idea de una nación anárquica, sin gobierno, violadora de derechos humanos y criminal, caracterizando a Colombia con las verdaderas características del régimen vecino de Venezuela. Así funcionan.

Pero también es culpa de la clase política que ha tenido logros intachables en su gestión, pero que a través de su comunicación ha permitido la duda, la desconexión y la excesiva tecnocracia para explicar una realidad en la que muchos deben ser convencidos de que viven mejor que hace años y que pueden estar incluso mejor, pero sólo si eligen bien. De nada sirve tener los mejores indicadores de una gestión pulcra, si la manera en que se comunica y se ejerce el gobierno no hace eco en quienes se benefician de esa gestión, asumiendo narrativas distintas y hasta complacientes con quienes atentan permanentemente contra la democracia.

Hoy, pareciera que en algunos colombianos reina la idea de aventurarse a un cambio drástico bajo el supuesto de que, si no va bien, se puede revertir. Se equivocan. Una vez que el daño inicia, revertirlo es muy difícil. Nada peor que esos ejercicios de creatividad en los que todo se echa por la borda bajo el argumento de dar una oportunidad, cuando esa oportunidad puede ser la última de una sociedad que ha elegido hasta el momento de forma libre.

Eso es sólo posible gracias al resentimiento esparcido, que crece y se riega permanentemente entre quienes intentan convencer de que no se puede estar peor de lo que ya se está. El proyecto de Petro apunta a eso: como ya se está mal, según la izquierda, y no se puede estar peor, no piden que se vote para estar mejor, sino para que los que están bien, empeoren y todo se iguale bajo el signo del vivir mal. Es una manipulación perversa que no busca el voto aspiracional de una sociedad mejor, sino el voto de la venganza para quienes les ha ido mejor, de modo que les vaya mal. Ese es el peor signo del populismo de izquierda: el igualitarismo desde el resentimiento y la miseria. Cero méritos, cero libertades, cero oportunidades. Dividir a la sociedad entre buenos y malos, enemigos y amigos, pobres y ricos y así sucesivamente. Así empieza la destrucción moral de un país.

Seguramente alguno dirá que un venezolano es el que menos legitimidad tiene para alertar sobre el futuro de Colombia, cuando los venezolanos cometieron el peor error de todos al elegir a Hugo Chávez. Y es verdad. Hemos pagado el precio más alto de todos por ese error, incluso las generaciones que no fuimos responsables. Lo que no es cierto, como algunos sostienen, es que los venezolanos abandonamos la lucha o no hicimos nada por la libertad. Mucho hicimos hasta el cansancio, y fueron otros los factores, entre ellos la errónea conducción política opositora de dos décadas, la que nos hundió y condenó a vivir las consecuencias del régimen criminal. Por eso es que, desde la humilde experiencia que la realidad nos obligó a vivir y que nos llevó al extremo, alertamos para quienes pueden evitar todavía hoy llegar a eso, lo hagan.

Los populistas de izquierda son expertos en eufemismos. Así dicen que no expropiarán, sino que democratizarán o que quieren que la democracia sea popular y no de élites que no representan a nadie. Así van desvirtuando todo al punto de borrar la historia, la identidad y la vida de una sociedad. Por eso no hay que dejarse seducir por populistas y apostar a proyectos que realmente encarnen la esperanza de un país de desarrollo. Sólo la sensatez puede llevar a salvar a Colombia y esa sensatez puede lograr que un candidato decente haga las reformas necesarias y conecte con un país que está enviando una señal, como la envió la sociedad venezolana en 1998 producto del hastío y de la mala política, pero que en esta ocasión puede hacer la diferencia si se decide correctamente.

No basta con hacer de la esperanza y la sensatez una candidatura, sino también escuchar a la gente y convencerla de que no hay atajo que termine bien para quien quiere una aventura engañosa. Será una estafa y, como enseña el caso venezolano, una estafa que se paga caro, con vidas y con miseria.

Además, es clave una candidatura anclada en valores, sobre todo el de la libertad, que haga entender lo costosa que es y por qué hay cuidarla a diario, como la dignidad humana, la propiedad privada y la libertad de expresión. Esta es una batalla contra el izquierdismo fanático y radical, por valores y, sobre todo, por la libertad, frente a un proyecto continental muy perverso.

Los colombianos están todavía a tiempo de elegir bien y en libertad, y de no tener que luchar por recuperar ambas cosas si las pierden. De ellos depende fundamentalmente no saltar al vacío. ¿Lo harán?


Pedro Urruchurtu es politólogo, profesor universitario y coordinador de asuntos internacionales de Vente Venezuela. Vicepresidente de la Red Liberal de América Latina (RELIAL)

Vía VOA

De acuerdo con la Oficina de Inteligencia Nacional, Rusia está “tratando de ampliar el acceso a los mercados y recursos naturales en América Latina”.

Como “amenazas a la seguridad transnacional” de Estados Unidos fueron identificados los acuerdos que Rusia ha realizado con países como Venezuela, Nicaragua y Cuba, para tratar de ampliar el acceso a los mercados y recursos naturales en Latinoamérica, cita un informe presentado el martes por los jefes de inteligencia de EEUU.

De acuerdo con la evaluación de los servicios de inteligencia de EEUU, basada en los hallazgos de diferentes agencias internas y externas, “Rusia ha aumentado su compromiso con Venezuela” y brindado «apoyo» a Cuba usando “acuerdos de venta de armas y energía”.

Tales alianzas buscan, según el documento, “tratar de ampliar el acceso a los mercados y recursos naturales en América Latina”.

Entre las otras amenazas transnacionales descritas en el informe se encuentran la migración desde Centroamérica y Haití – hacía la frontera de México con EEUU – así como el crimen organizado transnacional.

El informe, que fue presentado ante el Comité de Servicios Armados del Senado por la directora de Inteligencia Nacional, Avril Haines, y Scott Berrier, director de la Agencia de Inteligencia de Defensa, describe las principales amenazas globales en 2022, incluidos los riesgos para EEUU que representan China, Irán y Corea del Norte.

Rusia y el conflicto prolongado centro del debate

Los altos funcionarios de inteligencia advirtieron durante su presentación a los senadores que el presidente de Rusia, Vladimir Putin, “se está preparando para un conflicto prolongado en Ucrania”.

Según la jefa de inteligencia, Moscú “todavía tiene la intención de lograr objetivos más allá de la región de Dombás”.

Por morfema.press

El senador brasileño Francisc «Chico» Rodrígues publicó ayer en su cuenta Instagram unas fotos de la reunión sostenida entre Iris Varela y José Gregorio Correa con algunos senadores del Congreso brasileño

«En un encuentro con parlamentarios venezolanos y algunos de los senadores brasileños que integran el Grupo Parlamentario Brasil-Venezuela, continuamos el debate sobre la reanudación de las relaciones políticas y diplomáticas entre nuestros países. ¡Vamos!» escribió el paralamentario

El respecto, el periodista brasileño Leonardo Coutinho, autor del libro «Hugo Chávez. O Espectro» publicó un hilo en su cuenta twitter comentando la visita

#1 A quien le interese, la dama del blazer rosa es la diputada venezolana María Iris Varela. Peso pesado chavista, forma parte de la lista de sancionados por @OAS_official , en el ámbito del TIAR. Brasil es uno de los patrocinadores y signatarios de la sanción.

#2 Uno de los aspectos de las sanciones impuestas es la restricción de viajes a los países signatarios. Por lo tanto, @irisvarela ni siquiera pudo haber cruzado la frontera, en Paracaima, hacia Brasil. Mucho menos, pues, deambular por la mesa del Senado Federal.

Foto captura

#3 Ex Ministro de Asuntos Penitenciarios, Varela saltó a la fama por las torturas impuestas a los presos políticos. Motivo por el cual fue designado. Abajo, aparece rodeada de milicianos chavistas, los «colectivos». Para ella, son los «defensores de la patria»

Vía @lcoutinho

#4 La visita de la diputada chavista estuvo guiada por el senador @senadorchico , de Roraima. El parlamentario, que saltó a la fama por su insólita forma de esconder dinero, también es reconocido como quien más se esfuerza por restablecer las relaciones de Brasil con el régimen de Maduro.

Los medios oficialistas de Venezuela ho han publicado nota alguna sobre la visita ni los objetivos de la misma.

En otra publicación en su cienta Instagram, el senador Rodrígues agrega:

Estuve en @camaradeputados con el Grupo Parlamentario Brasil-Venezuela para continuar los debates sobre la reanudación de las relaciones diplomáticas y políticas entre los dos países. La sesión estuvo presidida por el vicepresidente de la Cámara, diputado Marcelo Ramos. Durante el encuentro se trataron temas de gran relevancia para Brasil y, en especial, para nuestro estado de Roraima.

Por morfema.press

El presidente de la Cámara de Fabricantes Venezolanos de Productos Automotores (Favenpa), Omar Bautista, señaló que en el primer trimestre de este año, se han ensamblando 2 vehículos.

Asimismo, indicó en el programa «Primera Página», transmitido por Globovisión, que Venezuela logró ensamblar 172.000 vehículos en el año 2007, pero desde esa fecha hacia acá ha venido un proceso de descenso progresivo en el área.

Destacó que en el año 2021, solo se ensamblaron 8 carros y recordó que también fabricaban autopartes para el ensamblaje de vehículos, para el mercado de reposición en el país y para exportar.

«La caída del ensamblaje de vehículos ha sido un impacto fuerte, tenemos empresas que expresamente se dedicaban a producir piezas, actualmente están totalmente paralizadas», agregó.

En 2015 comezó la debacle

El ensamblaje de carros perdió actividad, cuando en el año 2015 el Ejecutivo Nacional le dijo a las empresas del sector que no podía suministrar más divisas y que tenían que buscarlas con un modelo de negocio que ellos crearan.

En ese sentido, acotó que en ese momento, las ventas no fueron exitosas porque la pérdida del poder adquisitivo y la falta de dólares impidieron tener ventas.

Parque automotor envejecido

Han cambiado los modelos de los carros que se ensamblaban y ahora se requieren importantes inversiones para realizar nuevos vehículos.

No obstante, apenas se están ensamblando camiones: «tenemos un parque automotor agotado, con una antigüedad de 22 años».

Dijo que en los últimos 6 años, se han incorporado 30.000 vehículos, pero «tenemos un parque automotor muy fatigado, que requiere cambio», puesto que se puede generar problemas de seguridad.

Añadió que «es importante renovar el parque automotor, porque está muy envejecido. Se necesita la activación del crédito para la adquisición de vehículos».

Vía DW

Xi Jinping y Vladimir Putin se valen del manejo arbitrario de la propia historia nacional para afianzar su poder y fundamentar sus políticas.

«Quien controla el pasado, controla el futuro. Y quien controla el presente, controla el pasado.» Esta cita de la novela «1984», de George Orwell, expone resumidamente la importancia de la historia para la política. La periodista Katie Stallard la recoge en su libro «Dancing on Bones«, en el que describe cómo quienes detentan el poder en Rusia, China y Corea del Norte utilizan la historia para sus fines.

En conversación con DW, la autora afirma que «los regímenes autoritarios conocen el poder de la historia. Es una herramienta clave para conseguir el respaldo del pueblo”. Explica que la historia genera legitimidad, está ligada a la identidad de los ciudadanos y, para los autócratas, tiene la ventaja de que se puede manipular.

Justificación de la guerra de Ucrania

La agresión bélica de Rusia contra Ucrania demuestra actualmente las mortíferas consecuencias que puede tener el revisionismo histórico. Ya antes de iniciar la guerra, Vladimir Putin publicó, en julio de 2021, un escrito titulado «Sobre la unidad histórica de rusos y ucranianos”.

En ese texto, atribuye a Occidente un «peligroso revisionismo”. De acuerdo con la verdad de Putin, rusos y ucranianos siempre han sido una unidad espiritual, y es Occidente el que intenta forjar una Ucrania «anti-Rusia”. Algo que Rusia jamás permitirá y evitará, de ser necesario, por la fuerza de las armas. Este 9 de mayo, Putin repitió su punto de vista y fue aún más lejos al sostener que Occidente había planeado un ataque contra Rusia.

La visión soviética de Putin

La narrativa de Putin es parte de una visión del mundo bipolar y de una forma de pensar basada en categorías de superpotencias, según el historiador Andreas Kappeler. Para Putin, solo los países poderosos, como Rusia, Estados Unidos y China, tienen importancia, y los Estados «pequeños”, como Ucrania, carecen de una agenda propia. Las grandes potencias, a su vez, estarían en una competencia ideológica que se libra con todos los medios.

Esta visión de Putin se liga con un nacionalismo étnico y con la tesis de que, supuestamente, los nazis habrían tomado el poder en Ucrania. Con ello se tiende un puente hacia lo que Kappeler considera el «principal elemento de la ideología de integración rusa: la victoria soviética contra la Alemania de Hitler”.

Xi Jinping: timonel de la historia

Muchos patrones de la compresión de la historia de Putin y de quienes lo respaldan en el Kremlin se observan también en funcionarios chinos. China quiere hacer las cosas mejor que la antigua Unión Soviética, a la que el presidente chino, Xi Jinping, menciona reiteradamente como un ejemplo que sirve de advertencia. Considera que la Unión Soviética se desmoronó porque sus dirigentes no lograron erradicar el «nihilismo histórico”, que socavó la fe en la causa comunista.

Para evitar un destino como el de la Unión Soviética, el Partido Comunista chino redactó en 2021 una historia oficial actualizada del PC, muy a la medida de Xi Jinping. El Diario del Pueblo, órgano del partido, escribió: «En esta nueva era, el secretario general Xi Jinping nos ha ayudado a entender los mecanismos de la evolución y las leyes de la historia que operan en el sinuoso flujo del tiempo y en la tormenta global. En cada encrucijada ha tomado la decisión correcta”. La narrativa del PC se difunde por todos los medios de comunicación, redes sociales y juegos de video. Las visiones alternativas son ilegales.

El partido garantiza la unidad

El poderío del PC se fundamenta con argumentos históricos: antes de que los comunistas llegaran al poder, China estaba debilitada y dividida. Y esa división hizo posible que Occidente humillara al país. De ahí se colige que solo el PC puede unir al país y hacerlo recuperar su antigua fortaleza.

El PC chino continúa así lo que comenzaron los nacionalistas chinos en el siglo XIX, según plantea Bill Hayton en su libro «The Invention of China». En ese entonces, la China plurinacional se reinterpretó retrospectivamente como una cultura unitaria de la etnia han. Las tradiciones de la etnia manchú, de los mongoles y de muchos otros pueblos fueron borradas de la historia, para dar lugar a la visión de una China que siempre había estado unida. Esta voluntad unificadora se vuelca, por ejemplo, contra los uigures y tibetanos, que son internados en campamentos de reeducación, y cuya cultura y tradiciones son reprimidas.

La versión del PC de 5.000 años de unidad china es una ficción. Es verdad que existió una cierta continuidad del idioma y del confucianismo, pero no es cierto que la cultura han haya imperado siempre en el actual territorio de la República Popular China. En realidad, la dinastía Ming (1368-1644) fue la última en la que gobernaron los han. Durante siglos imperaron previamente dinastías de otras etnias, como los mongoles, sobre la mayor parte de la China de hoy. La última dinastía fue fundada por la etnia manchú y gobernó desde 1644 hasta la proclamación de la república, el 1 de enero de 1912.

Algunos paralelos

Putin, por su parte, niega o distorsiona la historia de Ucrania, para poder declarar que rusos y ucranianos son un pueblo. Otro aspecto en que también hay similitudes es la obsesión de ambos sistemas por los asuntos territoriales.

Según Stallard, poner atención en temas territoriales cumple dos funciones: por una parte, subraya las humillaciones del pasado y, por otra, destaca la fortaleza de los actuales líderes, dispuestos a recuperar lo que «les pertenece”.

Aun cuando en las narrativas históricas de Rusia y China hay diferencias, los patrones saltan a la vista. Ambos sistemas proclaman una unidad y continuidad que jamás existió de esa forma. Quien replica, debe contar con duras sanciones en Rusia y China. Al respecto, Stallard escribió: «La voluntad de manipular la historia con fines políticos no solo se encuentra e sistemas autoritarios”. Pero solo los sistemas autoritarios reprimen las opiniones divergentes.

Por Jonathan Haidt

Muchas instituciones clave de los Estados Unidos se han vuelto más estúpidas a lo largo de la última década porque las redes sociales han infundido en sus miembros el temor crónico a ser linchados y cancelados.

¿Cómo habría sido vivir en Babel en los tiempos posteriores a su destrucción? En el libro del Génesis se nos cuenta que los descendientes de Noé construyeron una gran ciudad en la tierra del Sinar. Erigieron una torre «con la cúspide en los cielos» para hacerse «famosos». A Dios le ofendió la hýbris de la humanidad y dijo: «Mirad, son un solo pueblo, y hablan una sola lengua; y esto es sólo el comienzo de lo que harán; nada de lo que se propongan será ahora imposible para ellos. Vayamos, pues, y confundamos su lengua, para que dejen de entenderse unos a otros».

El texto no dice que Dios destruyera la torre, pero lo hace en muchas representaciones de la parábola, así que quedémonos con esa dramática imagen en la cabeza: gente vagando entre las ruinas, incapaz de comunicarse, condenada a la incomprensión mutua.

La historia de Babel es la mejor metáfora que he encontrado para lo sucedido en los Estados Unidos en la década de 2010 y el fracturado país que habitamos ahora. Algo se torció gravemente, y de manera muy repentina. Estamos desorientados, al ser incapaces de hablar el mismo idioma o de identificar la misma verdad. Estamos aislados unos de otros y del pasado.

Desde hace ya algún tiempo es evidente que la «América roja» (republicana) y la «América azul» (demócrata) parecen cada vez más dos países distintos que reivindican el mismo territorio, con dos versiones diferentes de la Constitución, de la economía y de la historia de Estados Unidos.

Pero la de Babel no es sólo una parábola sobre el tribalismo: es una parábola sobre la fragmentación de todo. Trata sobre el resquebrajamiento de todo lo que parecía sólido, de la dispersión de unas gentes que antes habían sido una comunidad. Es una metáfora de todo lo que está sucediendo, no sólo entre republicanos y demócratas, sino también dentro de la izquierda y de la derecha, así como en universidades, empresas, asociaciones profesionales, museos e incluso familias.

Babel es una metáfora de lo que ha hecho un cierto tipo de redes sociales con casi todos los grupos e instituciones más importantes para el futuro del país y para nosotros como pueblo.

¿Cómo sucedió esto? ¿Y qué augura para la vida estadounidense?

Existe un rumbo en la historia, y es el de la cooperación a escalas cada vez mayores. Vemos esta tendencia en la evolución biológica, en la serie de «grandes transiciones» mediante las cuales surgieron los primeros organismos pluricelulares y después desarrollaron nuevas relaciones simbióticas.

Lo vemos también en la evolución cultural, como explicó en 1999 Robert Wright en su libro Nadie pierde: la teoría de juegos y la lógica del destino humano. Wright enseñó que la historia entraña una serie de transiciones, impulsadas por el aumento de la densidad demográfica y las nuevas tecnologías (la escritura, las carreteras, la imprenta), que crearon nuevas posibilidades de comercio y aprendizaje para el mutuo beneficio de todos.

Era más acertado considerar los conflictos de suma cero (como las guerras religiosas que surgieron a medida que la imprenta permitió difundir ideas heréticas en toda Europa) como reveses temporales y, a veces, incluso una parte integral del progreso. Aquellas guerras religiosas, sostenía Wright, posibilitaron la transición a las naciones Estado modernas con ciudadanos mejor instruidos.

El presidente Bill Clinton elogió Nadie pierde por su retrato optimista de un futuro más cooperativo gracias a los continuos avances tecnológicos.

Los inicios de internet en la década de 1990, con sus canales de chat, sus foros y el correo electrónico, ejemplificaron la tesis de Nadie pierde, al igual que la primera oleada de redes sociales que se lanzaron en torno a 2003. MySpace, Friendster y Facebook facilitaron el contacto con amigos y desconocidos para hablar sobre intereses comunes, y gratis, a una escala jamás imaginada antes.

Llegado 2008, Facebook ya se había convertido en la plataforma dominante, con más de 100 millones de usuarios mensuales, de camino a los aproximadamente 3.000 millones que tiene hoy. En la primera década del nuevo siglo estaba muy extendida la creencia de que las redes sociales serían una bendición para la democracia. ¿Qué dictador podría imponer su voluntad a una ciudadanía interconectada? ¿Qué régimen podría construir un muro para impedirle el paso a internet?

El culmen del optimismo tecnológico-democrático fue probablemente 2011, un año que comenzó con la Primavera Árabe y acabó con el movimiento global Ocuppy Wall Street. 

También fue cuando se pudo acceder a Google Translate desde prácticamente todos los smartphones, por lo que se podría decir que 2011 fue el año en el que la humanidad reconstruyó la Torre de Babel.

Estábamos más cerca que nunca de ser «un solo pueblo», y habíamos logrado superar la maldición de la división idiomática. Para los optimistas tecnológico-democráticos, parecía sólo el comienzo de lo que sería capaz de hacer la humanidad.

En febrero de 2012, cuando se preparaba para la salida a Bolsa de Facebook, Mark Zuckerberg reflexionó sobre aquellos tiempos extraordinarios y expuso sus planes: «Hoy, nuestra sociedad ha llegado a otro punto de inflexión», escribió en una carta a los inversores. Facebook esperaba «revolucionar el modo en el que las personas difunden y consumen información». Al darles «el poder de expresarse», les ayudaría a «transformar una vez más muchas de nuestras principales instituciones e industrias».

En los diez años transcurridos desde entonces, Zuckerberg ha hecho exactamente lo que dijo que haría. Sí, ha revolucionado el modo en que difundimos y consumimos información. Sí, ha transformado nuestras instituciones, y nos ha llevado más allá del punto de inflexión.

No ha funcionado como él esperaba.

A lo largo de la historia, las civilizaciones se han apoyado en la consanguinidad y en los dioses y enemigos comunes para contrarrestar la tendencia a separarse a medida que crecían. Pero ¿qué es lo que mantiene unidas a grandes y diversas democracias como las de los Estados Unidos y la India, o, ya puestos, las de Reino Unido y la Francia moderna?

Los sociólogos han identificado al menos tres grandes fuerzas que en conjunto logran unir a las democracias: el capital social (grandes redes de contactos sociales con altos niveles de confianza), unas instituciones fuertes e historias comunes.

Las redes sociales digitales han debilitado las tres. Para dilucidar cómo lo han hecho, debemos saber primero cómo han cambiado las redes sociales a lo largo del tiempo, y, en especial, en los años posteriores a 2009.

En sus primeras encarnaciones, las plataformas como MySpace o Facebook eran relativamente inocuas. Permitían a los usuarios crear páginas donde publicar fotos, contar novedades sobre su familia y compartir enlaces a las webs (en su mayoría estáticas) de sus amigos y grupos musicales favoritos.

Así, las primeras redes sociales se pueden considerar un mero paso más en la larga secuencia de mejoras tecnológicas (desde el servicio postal al teléfono, el correo electrónico y los mensajes de texto) que ayudaron a las personas a alcanzar el eterno objetivo de mantener sus lazos sociales.

Sin embargo, poco a poco, los usuarios de las redes sociales se sintieron cada vez más cómodos compartiendo detalles íntimos de sus vidas con desconocidos y empresas. Como escribí en 2019 en un artículo para The Atlantic con Tobias Rose-Stockwell, acabaron ganando soltura a la hora de interpretar un papel y gestionar su imagen personal. Estas actividades quizá impresionen a los demás, pero no ayudan a hacer más profunda una amistad, a diferencia de una conversación telefónica privada.

Una vez que las redes sociales hubieron preparado a los usuarios para pasar más tiempo interpretando un papel y menos conectando con los demás, se dieron las condiciones para la gran transformación, que empezó en 2009: la intensificación de la dinámica viral.

Antes de 2009, Facebook procuraba a sus usuarios una página de perfil sencilla: una constante secuencia de contenidos generados por sus amigos y contactos, donde las publicaciones más recientes aparecían en primer lugar, y las más antiguas, al final. Su volumen era a menudo abrumador, pero era un reflejo fiel de lo que estaban publicando los demás.

Eso empezó a cambiar en 2009, cuando Facebook ofreció a los usuarios una manera de decir que les «gustaban» las publicaciones haciendo clic en un botón. Ese mismo año, Twitter introdujo algo aún más decisivo: el botón de retuitear, que permitía a los usuarios suscribir públicamente un tuit y, al mismo tiempo, compartirlo con todos sus seguidores.

Facebook copió enseguida esa innovación con su propio botón de compartir, al que pudieron acceder los usuarios de smartphones en 2012. Los botones me gusta y compartir se convirtieron rápidamente en una característica estándar de casi todas las demás plataformas.

Poco después de que el botón me gusta empezara a producir datos sobre qué cosas captaban mejor la participación de los usuarios, Facebook desarrolló algoritmos para presentarle a cada uno aquel contenido que con mayor probabilidad generara un me gusta o alguna otra interacción, y acabó incluyendo también el botón compartir.

Investigaciones posteriores han revelado que las publicaciones con mayor probabilidad de ser compartidas son aquellas que desatan emociones. En especial, la ira dirigida a los exogrupos.

Llegado 2013, las redes sociales se habían convertido en un sistema distinto, con unas dinámicas diferentes a las de 2008. Si tenías dotes o suerte, podías crear una publicación que se «viralizara» y hacerte «famoso en internet» por unos días. Si metías la pata, podías verte enterrado por los comentarios de odio. Tus publicaciones te llevaban a la fama o la ignominia en función de los clics de miles de desconocidos, y tú, a tu vez, contribuías a ese sistema con miles de clics.

Este nuevo sistema incentivó la impostura y unas dinámicas propias de las turbas. Los usuarios no se guiaban simplemente por sus verdaderas preferencias, sino por sus experiencias previas de recompensa y penalización, y por sus predicciones sobre las reacciones de los demás ante cada nueva acción.

Uno de los ingenieros de Twitter que había trabajado en el botón retuitear dijo más tarde que se arrepentía de su contribución, porque había convertido Twitter en un lugar más desagradable. Al ver cómo se iban formando turbas en Twitter a través de la nueva herramienta, se dijo para sus adentros: «Acabamos de entregarle un arma cargada a un niño de cuatro años».

En cuanto psicólogo social que estudia la emoción, la moral y la política, también yo me di cuenta de que estaba sucediendo esto. Las plataformas recién reconfiguradas estaban casi perfectamente diseñadas para que sacásemos a relucir nuestro yo más moralista y menos reflexivo. El volumen de la indignación era apabullante.

Era precisamente este tipo de propagación crispada y explosiva de la ira de lo que intentó protegernos James Madison al redactar la Constitución de Estados Unidos. Los autores de la Constitución eran unos excelentes psicólogos sociales. Sabían que la democracia tenía un talón de Aquiles porque dependía del juicio colectivo del pueblo, y que las comunidades democráticas estaban sujetas a «la turbulencia y la debilidad de las pasiones ingobernables».

La clave para diseñar una república sostenible, por tanto, era desarrollar los mecanismos para ralentizar las cosas, atemperar las pasiones, requerir acuerdos y procurar a los gobernantes cierto aislamiento de las manías del momento sin dejar de obligarlos a rendir cuentas al pueblo de forma periódica, el día de las elecciones.

Las compañías tecnológicas que potenciaron la viralidad entre 2009 y 2012 nos sumieron en la pesadilla de Madison. Muchos escritores citan sus observaciones en el El Federalista n.º 10 sobre la innata proclividad humana a las «facciones», refiriéndose a nuestra tendencia a dividirnos por equipos o partidos, tan encendidos por la «animosidad mutua», que están «mucho más dispuestos a vejarse y oprimirse mutuamente que a cooperar por su bien común».

Sin embargo, ese ensayo continúa con una apreciación menos citada, pero igual de importante, sobre la vulnerabilidad de la democracia a la trivialidad. Madison señala que las personas son tan propensas al faccionalismo que «cuando no se han presentado ocasiones reales para ello, las diferencias más frívolas y descabelladas han bastado para despertar sus pasiones hostiles y provocar sus más violentos conflictos».

Las redes sociales han engrandecido lo frívolo y también lo han convertido en un arma.

¿Acaso nuestra democracia es más sana ahora que tenemos trifulcas en Twitter por el vestido de la diputada Alexandria Ocasio-Cortez en la gala anual del Metropolitan (que llevaba escritas las palabras «impuestos para los ricos»), y por el de Melania Trump en un acto de conmemoración del 11-S, cuyas costuras asemejaban la silueta de un rascacielos?

¿Y qué decir del tuit del senador Ted Cruz donde criticaba a Big Bird, el personaje de Barrio Sésamo, por tuitear que se había vacunado contra la Covid-19?

No es sólo la pérdida de tiempo y la escasa atención que merece. Es el continuo deterioro de la confianza. Una autocracia puede hacer uso de la propaganda o del miedo para incentivar las conductas que desea, pero la democracia depende de una aceptación generalmente interiorizada de la legitimidad de las reglas, las normas y las instituciones.

La confianza ciega e irrevocable en cualquier persona u organización concreta nunca está justificada. Pero cuando los ciudadanos pierden la confianza en los gobernantes electos, las autoridades sanitarias, los tribunales, la policía, las universidades y la integridad de las elecciones, entonces todas las decisiones se impugnan. Todas las elecciones se convierten en una lucha a vida o muerte para salvar al país del otro bando.

En el último Barómetro de Confianza de Edelman [aquí el informe de España], un indicador internacional de la confianza de los ciudadanos en el Gobierno, las empresas, los medios y las ONG, las autocracias estables y capaces (China y Emiratos Árabes Unidos) aparecen en lo alto de la lista, mientras que otras democracias discutidas, como Estados Unidos, el Reino Unido, España y Corea del Sur se clasifican casi al final (aunque por encima de Rusia).

Algunos estudios académicos recientes apuntan a que, en efecto, las redes sociales son corrosivas para la confianza en los gobiernos, los medios informativos, y las personas y las instituciones en general.

En un documento de trabajo que aporta la revisión más exhaustiva de las investigaciones, a cargo de los sociólogos Philipp Lorenz-Spreen y Lisa Oswald, la conclusión que se extrae es que «la gran mayoría de las asociaciones entre el uso de los medios digitales y la confianza reportadas parecen ser perjudiciales para la democracia». La literatura es compleja (algunos estudios muestran beneficios, sobre todo en democracias menos desarrolladas). Pero la revisión indica que, en general, las redes sociales aumentan la polarización política; fomentan el populismo, en especial el de derechas; y guardan relación con la difusión de información tergiversada.

Cuando las personas pierden la confianza en las instituciones, pierden la confianza en el discurso de esas instituciones. Esto ocurre en particular con las instituciones cuya labor encomendada es la educación de los menores.

A menudo, los contenidos de la asignatura de Historia han suscitado controversias políticas, pero Facebook y Twitter han posibilitado que los padres se indignen todos los días por algún fragmento extraído de las lecciones de Historia de sus hijos. Y por las lecciones de matemáticas, y por las selecciones literarias, y por cualquier nuevo cambio pedagógico en cualquier parte del país.

Se cuestionan los motivos de los docentes y los directores, a lo que a veces le siguen unas leyes excesivas o una reforma de los planes de estudio que rebajan el nivel de la educación y reducen aún más la confianza en ella. Una de las consecuencias es que los jóvenes educados en los tiempos posbabélicos tenderán menos a formarse un discurso coherente de quiénes somos como pueblo y a compartir dicho discurso con quienes hayan estudiado en otros centros o en una década distinta.

El exanalista de la CIA Martin Gurri predijo estos efectos de fractura en su libro de 2014 The Revolt of the Public. Gurri centró su análisis en el debilitamiento de la autoridad como consecuencia del crecimiento exponencial de la información, que empezó con internet en la década de 1990.

Gurri lo escribió hace casi una década, pero ya entonces supo ver el poder de las redes sociales como disolvente universal que destruía lazos y debilitaba instituciones dondequiera que llegaran. Señaló que las redes distribuidas «pueden protestar y derrocar, pero nunca gobernar». Describió el nihilismo de muchos de los movimientos de protesta de 2011 que se organizaron en su mayor parte online y que, como Ocuppy Wall Street, exigían la destrucción de las instituciones existentes sin proponer una visión de futuro alternativa o una organización que la materializara.

A Gurri no le entusiasman precisamente las élites o la autoridad centralizada, pero sí apunta una característica constructiva de la época predigital: un único «público de masas» donde todos consumen los mismos contenidos, como si todos se miraran en el mismo espejo gigantesco y vieran el reflejo de su propia sociedad.

En unas declaraciones a la revista Vox dijo, recordando la primera diáspora posbabélica: «La revolución digital ha hecho añicos ese espejo, y ahora el público habita esos trozos de vidrio roto. De modo que el público no es uno solo. Está muy fragmentado y, en general, hay una hostilidad mutua. Es sobre todo gente gritándose entre sí y viviendo en burbujas de un tipo u otro».

Quizá Mark Zuckerberg no deseaba nada de esto. Pero al revolucionarlo todo con sus prisas por crecer (con un concepto ingenuo de la psicología humana, un escaso conocimiento de la complejidad de las instituciones y ninguna preocupación por los costos externos impuestos a la sociedad), Facebook, Twitter, YouTube y algunas otras grandes plataformas han disuelto involuntariamente la argamasa de confianza, creencia en las instituciones e historias comunes que mantenía unida a una gran democracia diversa y laica.

Creo que podemos datar la caída de la torre en los años comprendidos entre 2011 (el año de las protestas «nihilistas» en el que se concentra Gurri) y 2015, un año caracterizado por el «gran despertar» de la izquierda y el ascenso de Donald Trump en la derecha.

Trump no destruyó la torre, sólo se aprovechó de su caída. Fue el primer político que dominó la nueva dinámica de los tiempos posbabélicos, donde la indignación es la clave de la viralidad, la escenificación vence a la competencia, Twitter puede subyugar a todos los periódicos del país y no puede haber historias comunes (o que al menos se confíe en ellas) más allá de algunos fragmentos adyacentes. De modo que la verdad no puede alcanzar una adherencia general.

La multitud de analistas, incluido yo, que dijeron que Trump no podría ganar las elecciones generales se estaban basando en unas intuiciones prebabélicas según las cuales escándalos como el de la grabación de Access Hollywood (en la que Trump se jactaba de haber cometido una agresión sexual) son letales para una campaña presidencial. Sin embargo, después de Babel, ya nada significa verdaderamente nada, no al menos de forma duradera y que goce del acuerdo general de la gente.

«La política es el arte de lo posible», dijo el estadista alemán Otto von Bismarck en 1867. En una democracia posbabélica, lo posible no es mucho.

Por supuesto, la guerra cultural estadounidense y el declive de la cooperación entre los partidos son anteriores a la llegada de las redes sociales. Los de mediados del siglo XX fueron unos tiempos donde los niveles de polarización en el Congreso fueron atípicamente bajos.

Esta tendencia empezó a recuperar sus niveles históricos en las décadas de 1970 y 1980. La distancia ideológica entre los dos partidos comenzó a crecer más rápido en la década de 1990. Fox News y la «revolución republicana» de 1994 volvieron más combativo al partido conservador. Por ejemplo, el entonces presidente del CongresoNewt Gingrich, desaconsejó a los nuevos diputados republicanos que se mudaran con sus familias a Washington, donde probablemente formarían nuevos lazos sociales con los demócratas y sus familias.

De modo que las relaciones entre los partidos ya eran tensas antes de 2009. Pero, desde entonces, la viralidad potenciada por las redes sociales hizo más peligroso que los vieran confraternizando con el enemigo o incluso no atacarlo con el suficiente vigor.

En la derecha, el término RINO (acrónimo en inglés de «republicano sólo de nombre») fue reemplazado en 2015 por otro más despectivocuckservative, una mezcla de las palabras cuck («cornudo» o «calzonazos») y conservative («conservador») popularizada en Twitter por los partidarios de Trump.

En la izquierda, las redes sociales impulsaron la cultura de la cancelación a partir de 2012, con unos efectos transformadores sobre la vida universitaria y, más tarde, sobre la política y la cultura en todo el mundo de habla inglesa.

¿Qué cambió en la década de 2010? Revisemos esa metáfora del ingeniero de Twitter, la de entregar un arma cargada a un niño de cuatro años.

Un tuit cruel no mata a nadie. Es un intento de avergonzar o castigar a alguien en público y, al mismo tiempo, exhibir la virtud y la brillantez propias, así como las lealtades tribales. Es más un dardo que una bala: causa dolor, pero no mata a nadie.

Aun así, entre 2009 y 2012, Facebook y Twitter distribuyeron alrededor de 1.000 millones de dardos a nivel mundial. Nos los estamos lanzando unos a otros desde entonces.

Las redes sociales han dado voz a algunas personas que antes tenían muy poca, y han hecho más fácil exigir a los poderosos que rindan cuentas por sus felonías, no sólo en la política, sino también en el mundo empresarial, artístico, académico y otros. Ya se podía denunciar a los acosadores sexuales en mensajes anónimos en blogs antes de Twitter, pero es difícil imaginar un movimiento #MeToo con un éxito siquiera parecido sin el potenciamiento viral que ofrecen las grandes plataformas.

No obstante, el deformado concepto de las redes sociales sobre la «rendición de cuentas» también ha generado injusticias (y disfunción política) en tres aspectos.

En primer lugar, las pistolas de dardos de las redes sociales dan más poder a los troles y a los provocadores, mientras que silencian a los buenos ciudadanos.

Una investigación de los politólogos Alexander Bor y Michael Bang Petersen reveló que, en las redes sociales, hay un pequeño subconjunto de personas con mucho interés en adquirir estatus y dispuestas a emplear la agresión para ello. Admiten que en sus discusiones online a menudo profieren insultos, se burlan de sus adversarios y son bloqueados por otros usuarios o denunciados por comentarios inapropiados.

A través de ocho estudios, Bor y Petersen descubrieron que la presencia online no hacía a la gente más agresiva u hostil, sino que permitía que un pequeño número de personas agresivas atacaran a un conjunto mucho mayor de víctimas. Incluso un pequeño número de cretinos podía dominar los foros de debate, según los hallazgos de Bor y Peterson, porque es muy fácil que a quienes no son unos cretinos se les quiten las ganas de participar en los debates políticos online.

Un estudio adicional reveló que las mujeres y las personas negras son objeto de un mayor hostigamiento, de modo que la plaza pública digital es menos acogedora para sus voces.

En segundo lugar, las pistolas de dardos de las redes sociales dan más poder y voz a los extremos políticos, mientras que reducen el poder y la voz de la mayoría moderada.

En su estudio sobre las «tribus ocultas», la asociación prodemocrática More in Common encuestó a 8.000 estadounidenses entre 2017 y 2018 e identificó siete grupos que compartían creencias y conductas.

El más situado a la derecha, denominado «conservadores devotos», comprendía el 6% de la población estadounidense. El más situado a la izquierda, los «activistas progresistas», lo conformaba el 8% de la población. Los activistas progresistas eran, con creces, el grupo más prolífico en las redes sociales: el 70% había compartido contenidos políticos el año anterior. Les seguían los conservadores devotos, con el 56%.

Estos dos grupos extremos guardan asombrosos parecidos. Son los más blancos y ricos de los siete grupos, lo que hace pensar que Estados Unidos se está desgarrando por una batalla entre dos subconjuntos de la élite que no son representativos de la sociedad en general. Es más. Son los dos grupos que presentan la mayor homogeneidad en sus puntos de vista morales y políticos.

Esta uniformidad de opiniones, según conjeturan los autores del estudio, es una probable consecuencia de la vigilancia del pensamiento que se lleva a cabo en las redes sociales: «Aquéllos que expresan su simpatía por los puntos de vista de los grupos contrarios pueden experimentar la vehemente reacción de su propia cohorte».

En otras palabras. Los extremistas políticos no sólo disparan dardos a sus enemigos, sino que gastan mucha munición contra los disidentes y los que piensan con matices. Así es como las redes sociales hacen que un sistema político basado en alcanzar acuerdos se paralice por completo.

Por último, al darles a todos una pistola de dardos, las redes sociales derivan a todos el poder de administrar justicia sin ninguna garantía procesal. Las plataformas como Twitter devienen en el Salvaje Oeste, sin que los justicieros tengan que rendir cuentas.

Un ataque certero suscita un bombardeo de me gusta y nuevos seguidores. Las plataformas que potencian la viralidad facilitan, por tanto, el castigo colectivo de masas por afrentas pequeñas o imaginarias, con repercusiones en el mundo real, entre ellas que personas inocentes pierdan su trabajo o que el escarnio las lleve a suicidarse.

Cuando nuestra plaza pública se rige por la dinámica de las turbas, sin ninguna garantía procesal que la controle, no obtenemos justicia e inclusión. Obtenemos una sociedad que ignora el contexto, la proporcionalidad, la misericordia y la verdad.

Desde que cayó la torre, los debates de todo tipo se han vuelto cada vez más confusos. El obstáculo para el buen razonamiento que más abunda es el sesgo de confirmación, que se refiere a la tendencia humana de buscar sólo aquellos datos que confirmen nuestras creencias preferidas.

Incluso antes de la aparición de las redes sociales, los motores de búsqueda ya sobrealimentaban el sesgo de confirmación al facilitar que la gente encontrara datos a favor de creencias absurdas o teorías de la conspiración, como que la Tierra es plana o que el Gobierno de los Estados Unidos escenificó los atentados del 11-S.

Sin embargo, las redes sociales empeoraron mucho las cosas.

La cura más fiable para el sesgo de confirmación es interactuar con personas que no comparten tus creencias. Te ponen delante indicios y argumentos contrarios. John Stuart Mill dijo: «El hombre que no conoce más que su propia opinión no conoce gran cosa», y nos instaba a tratar de oír puntos de vista contrarios «de boca de las mismas personas que creen en ellos».

Las personas que piensan de forma distinta y están dispuestas a decirlo si discrepan de ti te hacen más inteligente. Son casi como extensiones de tu propio cerebro. Las personas que intentan silenciar o intimidar a sus críticos se vuelven más estúpidas. Es casi como si ellas mismas se dispararan dardos al cerebro.

En su libro The Constitution of KnowledgeJonathan Rauch explica el gran avance histórico de que las sociedades occidentales desarrollaran un «sistema operativo epistemológico». Es decir, un conjunto de instituciones para generar conocimiento a partir de las interacciones de personas con sesgos y defectos cognitivos.

En el derecho inglés se desarrolló el sistema acusatorio, de modo que los abogados de parte pudieran presentar las dos caras de un caso a un jurado imparcial.

Los periódicos repletos de mentiras evolucionaron y se convirtieron en empresas periodísticas profesionales, con normas que exigían la búsqueda de las múltiples facetas de una noticia, seguida de la revisión editorial y la verificación de la información.

Las universidades evolucionaron y dejaron de ser instituciones medievales enclaustradas para convertirse en centros neurálgicos de la investigación, y crearon una estructura donde los académicos podían plantear ideas apoyándose en indicios, conscientes de que eso animaría a otros académicos de todo el mundo a adquirir prestigio hallando indicios contrarios.

Parte de la grandeza de Estados Unidos en el siglo XX emanaba de haber desarrollado la red más capaz, dinámica y productiva de instituciones productoras de conocimiento en toda la historia de la humanidad. Red que conectó las mejores universidades del mundo con las empresas privadas, que convertían las innovaciones científicas en productos capaces de cambiar la vida de los consumidores, y con los organismos públicos que financiaban la investigación científica y que encabezaron la colaboración que hizo posible llevar al hombre a la Luna.

Sin embargo, este arreglo «no se mantiene por sí mismo, depende de una serie de marcos y entendimientos sociales a veces delicados, que hay que conocer, afirmar y proteger», señala Rauch. Entonces, ¿qué ocurre cuando una institución no está bien mantenida y cesa el desacuerdo interno, bien porque sus miembros se han vuelto ideológicamente uniformes, bien porque ahora tienen miedo de discrepar?

Esto, creo, es lo que les ha sucedido a muchas instituciones clave de los Estados Unidos entre mediados y finales de la década de 2010. Se han vuelto colectivamente más estúpidas porque las redes sociales han infundido en sus miembros el temor crónico a que les disparen dardos.

Este cambio fue más acusado en las universidades, las asociaciones académicas, las industrias creativas y las organizaciones políticas en todos los niveles (nacional, estatal y municipal), y fue tan generalizado que estableció nuevas normas de conducta, respaldadas por nuevas políticas, aparentemente de la noche a la mañana.

La nueva omnipresencia de la viralidad potenciada por las redes sociales supuso que una sola palabra pronunciada por un profesor universitarioun director o un periodista, aunque fuese con una intención positiva, podía comportar una tormenta en las redes, su despido inmediato o que la institución abriera una interminable investigación.

Los participantes en nuestras instituciones clave empezaron a autocensurarse hasta unos niveles enfermizos, y a abstenerse de expresar sus críticas a las normas e ideas (incluso a las planteadas en clase por sus alumnos) que les parecieran débilmente fundamentadas o equivocadas.

Pero cuando una institución penaliza la discrepancia interna, se dispara dardos a su propio cerebro.

El proceso de estupidización no se desenvuelve del mismo modo en la derecha y en la izquierda porque sus ramas activistas secundan distintos discursos con diferentes valores sagrados.

El estudio sobre las «tribus ocultas» nos dice que los «conservadores devotos» puntúan más alto en las creencias relacionadas con el autoritarismo. Comparten un discurso que dice que Estados Unidos está perpetuamente amenazado desde fuera por sus enemigos y desde dentro por los elementos subversivos. Ven la vida como una batalla entre los patriotas y los traidores.

Según la politóloga Karen Stenner, en cuyo trabajo se basó el estudio sobre las «tribus ocultas», difieren psicológicamente del grupo de los «conservadores tradicionales», más numeroso (19%); hacen hincapié en el orden y el decoro; y prefieren los cambios lentos, y no radicales.

Es sólo en los relatos de los conservadores devotos donde los discursos de Donald Trump tienen sentido, desde su amenazante diatriba sobre los «violadores» mexicanos con que abrió su campaña a su advertencia el 6 de enero de 2021: «Si no lucháis con todo, dejaréis de tener un país».

La traición se ha castigado tradicionalmente con la muerte, de ahí el grito de guerra del 6 de enero: «Mike Pence a la horca». Las amenazas de muerte de derechistas, muchas enviadas desde cuentas anónimas, están resultando eficaces para amedrentar a los conservadores tradicionales y, por ejemplo, expulsar a los funcionarios electorales que no hicieron nada por «parar el robo» de las elecciones.

La ola de amenazas enviadas a los diputados republicanos discrepantes en el Congreso ha empujado asimismo a muchos de los moderados restantes a dimitir o a guardar silencio, lo que nos da un partido cada vez más apartado de la tradición conservadora, la responsabilidad constitucional y la realidad. Ahora tenemos un Partido Republicano que se refiere a un asalto violento al Capitolio de Estados Unidos como «un discurso político legítimo», apoyado (o al menos no rebatido) por una serie de think tanks y medios de derechas.

La estupidez de la derecha es más visible en las muchas teorías de la conspiración difundidas por los medios de derechas y ahora en el Congreso. El Pizzagate, QAnonla creencia de que las vacunas contienen microchips o el convencimiento de que Donald Trump ganó la reelección. Es difícil imaginar que cualquiera de estas ideas o sistemas de creencias hubiese alcanzado esos niveles sin Facebook y Twitter.

A los demócratas también les afecta bastante la estupidez estructural, aunque de manera distinta. En el Partido Demócrata, la lucha entre el ala progresista y las facciones más moderadas es abierta y continua, y a menudo la ganan los moderados.

El problema es que la izquierda domina los puestos de mando de la cultura: las universidades, los medios, Hollywood, los museos de arte, la publicidad, buena parte de Silicon Valley y los sindicatos de profesores y facultades de magisterio que determinan la educación primaria y secundaria.

Y en muchas de esas instituciones se ha sofocado el disentimiento. Cuando a todo el mundo se le entregó una pistola de dardos a comienzos de la década de 2010, muchas instituciones de tendencia izquierdista empezaron a dispararse al cerebro. Y, por desgracia, esos eran los cerebros que informan, instruyen y entretienen a la mayor parte del país.

A finales del siglo XX, los liberales estadounidenses (el centroizquierda en los Estados Unidos) tenían en común la creencia en el discurso del «progreso liberal», como lo denominó el sociólogo Christian Smith, donde se solía caracterizar a Estados Unidos como un país terriblemente injusto y represor, pero que, gracias a la lucha de los activistas y los héroes, ha progresado (y sigue progresando) hacia el cumplimiento de la noble promesa de su fundación.

Este relato admite fácilmente el patriotismo liberal, y ese fue el discurso motriz de la presidencia de Barack Obama. También es el punto de vista de los «liberales tradicionales» en el estudio sobre las «tribus ocultas» (11%), que defienden unos fuertes valores humanitarios, son de mayor edad que la media y, en gran medida, son quienes dirigen las instituciones culturales e intelectuales de Estados Unidos.

Pero cuando las redes sociales, recién viralizadas, dieron a todo el mundo una pistola de dardos, fueron los activistas progresistas, más jóvenes, los que más dispararon y los que dirigieron una desproporcionada cantidad de sus dardos contra estos dirigentes liberales, menos jóvenes.

Confusos y temerosos, estos dirigentes rara vez cuestionaron a los activistas o su discurso, nada liberal, según el cual la vida en las instituciones es una eterna batalla entre grupos identitarios en un juego de suma cero donde los que están arriba oprimen a los que están debajo. Este nuevo discurso es rígidamente igualitario: se centra en la igualdad de resultados, no de derechos u oportunidades. Se despreocupa de los derechos individuales.

La acusación universal contra las personas que discrepan de este relato no es la de «traidor». Es «racista», «transfobo», «Karen» o alguna letra escarlata relacionada que señale al infractor como el que odia o daña a un grupo marginado. El castigo que se percibe como correcto para dichos delitos no es la ejecución: es el escarnio público y la muerte social.

Este proceso de estupidización se manifiesta con más claridad cuando una persona de izquierdas apunta simplemente a una investigación que cuestione o contradiga una creencia preferida por los activistas progresistas. Alguien en Twitter encontrará el modo de relacionar al que disiente con el racismo, y otros echarán más leña al fuego.

Por ejemplo, en la primera semana de las protestas (algunas con violencia) tras la muerte de George Floyd a manos de la policía, el analista político progresista David Shor, que entonces trabajaba para Civis Analytics, tuiteó un enlace a un estudio que mostraba que, en la década de 1960, las protestas violentas habían perjudicado electoralmente a los demócratas en los condados cercanos.

Shor, sin duda, trataba de ayudar. Pero en medio de la consiguiente indignación fue acusado de «antinegritud» y pronto fue despedido en su trabajo (Civis Analytics ha negado que el despido de Shor se debiera a ese tuit).

El caso de Shor se hizo famoso, pero cualquiera que esté en Twitter ha visto ya decenas de ejemplos que enseñan la lección básica: no cuestiones las creencias, políticas o actos de tu propio bando. Y cuando los liberales tradicionales guardan silencio, como hicieron muchos en el verano de 2020, el discurso de los activistas progresistas, más radical, se impone como el discurso rector de una organización.

Por eso muchas instituciones epistemológicas parecieron haberse vuelto woke con suma rapidez, una tras otra, aquel año y el siguiente, empezando con una ola de polémicas y dimisiones en The New York Times y otros periódicos, y siguiendo con las declaraciones a favor de la justicia social de grupos de médicos y de asociaciones médicas (en una publicación de la Asociación Médica Estadounidense y la Asociación de Facultades de Medicina de Estados Unidos se aconsejó a los profesionales sanitarios que se refirieran a los barrios y comunidades como «oprimidos» o «sistemáticamente desposeídos», en vez de como «vulnerables» o «pobres») y la apresurada transformación del plan de estudios en las escuelas privadas más caras de Nueva York.

Trágicamente, vemos como la estupidización avanza en ambos bandos de las guerras relacionadas con la Covid-19.

La derecha se ha afanado tanto por minimizar los riesgos de la Covid-19 que ha hecho que la enfermedad mate preferentemente a los republicanos.

La izquierda progresista se ha afanado tanto en maximizar los peligros de la Covid-19 que a menudo ha adoptado una estrategia igualmente maximalista y genérica para las vacunas, las mascarillas y la distancia social, aunque afecten a los niños.

Esas medidas no son tan letales como propagar miedos y mentiras sobre las vacunas, pero muchas de ellas han sido devastadoras para la salud mental y la educación de los niños, que necesitan imperiosamente jugar unos con otros e ir al colegio. Disponemos de pocos indicios claros de que el cierre de los colegios y las mascarillas para los niños pequeños reduzcan las muertes por Covid-19.

Lo más destacable para lo que estoy contando aquí es que los padres progresistas que han protestado por el cierre de los colegios han sido muchas veces atacados con virulencia en las redes sociales y objeto de las consabidas acusaciones izquierdistas: racismo y supremacismo blanco. En las ciudades «azules», de mayoría demócrata, otros han aprendido a estar callados.

La política estadounidense se está volviendo cada vez más absurda y disfuncional. No porque los estadounidenses sean cada vez menos inteligentes. El problema es estructural. Gracias a las redes sociales potenciadoras de la viralidad, se castiga el disentimiento dentro de muchas de nuestras instituciones, lo que significa que las malas ideas pasan a formar parte de la política oficial.

En una entrevista en 2018, Steve Bannon, exasesor de Donald Trump, dijo que la forma de lidiar con los medios era «inundar la zona de mierda». Estaba describiendo la táctica de la «manguera de falsedades» (empleada de forma precursora por los rusos en sus campañas de desinformación) para mantener a los estadounidenses en un estado de confusión, desorientación y enfado.

Pero en aquel momento, 2018, sólo se podía disponer de mierda hasta un cierto límite porque tenía que producirla una persona (más allá del material de baja calidad producido por bots).

Ahora, sin embargo, la inteligencia artificial está cerca de permitir la difusión ilimitada de desinformación altamente creíble. El programa de IA GPT-3 es ya tan bueno que puedes darle un tema y un tono y arrojará todos los artículos que quieras, normalmente con una gramática perfecta y un sorprendente nivel de coherencia. En un par de años, cuando se mejore el programa con la versión GPT-4, será mucho más capaz.

En un ensayo de 2020 titulado El suministro de desinformación será pronto infinitoRenée DiResta, directora de investigación del Observatorio de Internet de Stanford, explicó que la difusión de falsedades (sea mediante textos, imágenes o vídeos deepfake) será pronto inconcebiblemente fácil (ella coescribió el ensayo con GPT-3).

Las facciones estadounidenses no serán las únicas que utilicen la IA y las redes sociales para generar contenidos de ataque. Nuestros adversarios lo harán también.

En un inquietante ensayo de 2018 titulado La línea Maginot digital, DiResta expuso sin rodeos la situación: «Estamos inmersos en un conflicto que aún se está desarrollando: una Guerra Mundial de la Información donde las partes, los terroristas y los extremistas ideológicos se sirven de la infraestructura social que forma la base de la vida cotidiana para sembrar la discordia y deteriorar la realidad común».

Los soviéticos tenían que enviar agentes o cortejar a estadounidenses dispuestos a obedecer sus órdenes. Pero las redes sociales hicieron que a la Agencia de Investigación de Internet de Rusia le fuese más barato y fácil inventarse sucesos o distorsionar los reales para atizar la rabia en la izquierda y la derecha, a menudo por cuestiones raciales.

Una investigación posterior reveló que en 2013 empezó una intensa campaña en Twitter, pero que después se extendió a Facebook, Instagram y YouTube, entre otras plataformas. Uno de sus grandes objetivos era polarizar al público estadounidense y propagar la desconfianza, para dividirnos en el exacto punto débil que Madison había identificado.

Hoy sabemos que no son sólo los rusos los que están atacando la democracia estadounidense. Antes de las protestas de 2019 en Hong Kong, China se había centrado sobre todo en las plataformas del país, como WeChat.

Sin embargo, ahora China está descubriendo lo mucho que puede hacer con Twitter y Facebook, por muy poco dinero, en la intensificación de su conflicto con los Estados Unidos. Dados los progresos chinos con la IA, podemos esperar en los próximos años una mayor habilidad para dividir aún más a los estadounidenses y unir aún más a China.

En el siglo XX, la identidad común de los Estados Unidos como país que encabezaba la lucha para hacer del mundo un lugar seguro para la democracia era una fuerza muy potente que ayudaba a cohesionar la cultura y el sistema de gobierno. En el siglo XXI, las compañías tecnológicas estadounidenses han revolucionado el mundo y han creado productos que ahora parecen ser corrosivos para la democracia, obstáculos para un entendimiento común y destructivos para la torre moderna.

Nunca podremos volver a cómo eran las cosas en los tiempos predigitales. Las normas, instituciones y formas de participación política desarrolladas durante la larga época de la comunicación de masas no van a funcionar bien, ahora que la tecnología ha hecho todo mucho más rápido y multidireccional, y cuando es tan fácil evitar a los guardabarreras profesionales.

Y, sin embargo, la democracia de Estados Unidos se mueve ahora fuera de los límites de la sostenibilidad. Si no emprendemos cambios importantes pronto, entonces nuestras instituciones, nuestro sistema político y nuestra sociedad podrían colapsar durante la próxima gran guerra, pandemia, hundimiento económico o crisis constitucional.

¿Qué cambios se necesitan? Rediseñar la democracia para la era digital excede mis capacidades, pero sí puedo sugerir tres categorías de reformas, tres objetivos que deben alcanzarse si queremos que la democracia siga siendo viable en la era posbabélica.

Debemos reforzar las instituciones democráticas para que puedan soportar el enfado y la desconfianza crónicos, reformar las redes sociales de modo que sean menos corrosivas para la sociedad y preparar mejor a la siguiente generación de ciudadanos democráticos.

Es probable que la polarización vaya a más en el futuro cercano. Por tanto, al margen de qué más hagamos, debemos reformar las instituciones clave para que puedan seguir siendo funcionales, incluso si los niveles de enfado, tergiversaciones y violencia crecen muy por encima de los que tenemos hoy.

Por ejemplo, el Poder Legislativo fue diseñado para hacer necesario el acuerdo y, sin embargo, el Congreso, las redes sociales y los canales de noticias partidistas han coevolucionado de tal modo que cualquier legislador que cruce la barrera entre los partidos podría, en cuestión de horas, enfrentarse a la furia del ala extremista de su partido, perjudicar sus posibilidades de recaudar fondos y ser sustituido tras unas primarias en el siguiente ciclo electoral.

Las reformas deberían reducir la excesiva influencia de los extremistas furiosos y hacer que los legisladores estén más atentos al votante medio de sus distritos.

Un ejemplo de dicha reforma es acabar con las primarias cerradas de los partidos y reemplazarlas con unas únicas primarias abiertas, no partidistas, a partir de las cuales los candidatos más votados pasen a las elecciones generales, donde también se emplearía el sistema de voto preferencial.

Se ha implantado ya una versión de este sistema de votación en Alaska, y parece haberle dado a la senadora Lisa Murkowski más libertad para oponerse al expresidente Trump, cuyo candidato preferido sería una amenaza para Murkowski en unas primarias republicanas cerradas, pero no en unas abiertas.

Una segunda manera de reforzar las instituciones democráticas es reducir el poder de cada partido político para manipular el sistema a su favor, por ejemplo, dividiendo sus distritos electorales preferidos o seleccionando a los funcionarios que vayan a supervisar las elecciones.

Todos estos trabajos se deberían realizar de manera no partidista. La investigación sobre la justicia procedimental demuestra que, cuando las personas perciben que un proceso es justo, son más propensas a aceptar la legitimidad de una decisión que va contra sus intereses.

Sólo hay que pensar en el daño que los líderes republicanos en el Senado han infligido ya a la legitimidad de la Corte Suprema al vetar la candidatura de Merrick Garland para cubrir una vacante nueve meses antes de las elecciones de 2016, y apresurarse después a nombrar a Amy Coney Barrett en 2020.

Una reforma sujeta a un amplio debate pondría fin a estas maniobras arteras estableciendo que los jueces cumplan mandatos escalonados de dieciocho meses, de modo que cada presidente haga un nombramiento cada dos años.      

Una democracia no puede sobrevivir si sus plazas públicas son lugares donde la gente tiene miedo de hablar y donde no se puede alcanzar ningún consenso. El poder que las redes sociales han dado a la extrema izquierda, a la extrema derecha, a los troles del país y a los agentes extranjeros está creando un sistema menos parecido a la democracia que al régimen de los más agresivos.

Sin embargo, está en nuestra mano reducir la capacidad de las redes sociales de disolver la confianza y fomentar la estupidez estructural. Las reformas deberían limitar el efecto amplificador que ejercen las plataformas sobre los extremos agresivos y dar más voz a lo que More in Common llama «la mayoría exhausta».

Los que están en contra de que se regulen las redes sociales suelen centrarse en la preocupación legítima de que una restricción de contenidos impuesta por el Gobierno se convierta, en la práctica, en censura.

Sin embargo, el principal problema de las redes sociales no es que algunas personas publiquen cosas falsas o tóxicas. Es que los contenidos falsos o que incitan a la furia pueden gozar ahora de un alcance y una influencia imposibles antes de 2009.

Frances Haugen, la denunciante de Facebook, aboga por unos cambios sencillos en la arquitectura de las plataformas, en vez de hacer grandes esfuerzos, en última instancia inútiles, por vigilar todos los contenidos. Por ejemplo, ha sugerido la modificación de la función compartir en Facebook de modo que, una vez que el contenido ha sido compartido dos veces, la tercera persona en la cadena debe tomarse el tiempo de copiar y pegar el contenido en una nueva publicación.

Este tipo de reformas no son censura. Son neutrales en cuanto a puntos de vista y contenidos, y funcionan igual de bien en todos los idiomas. No impiden a nadie decir nada: sólo ralentizan la propagación de aquel contenido que, de media, es menos probable que sea verdadero.   

Tal vez el mayor cambio que reduciría la toxicidad de las plataformas existentes es la verificación del usuario como requisito previo para acceder a la amplificación algorítmica que ofrecen las redes sociales. En los bancos y otros sectores industriales existe la regla «conoce a tu cliente» para que no se pueda hacer negocio con clientes anónimos que blanquean dinero procedente de actividades delictivas.

A las grandes redes sociales se les debería exigir lo mismo.

Eso no significa que los usuarios hostiles tengan que publicar con su verdadero nombre. Podrían seguir utilizando un seudónimo. Sólo significa que, antes de que una plataforma difunda tus palabras a millones de personas, tenga la obligación de verificar (quizá mediante un tercero o una organización sin ánimo de lucro) que eres un ser humano real, de un país concreto, y que tienes edad suficiente para utilizar la plataforma.

Este cambio, por sí solo, barrería la mayoría de los cientos de millones de bots y cuentas falsas que contaminan actualmente las grandes plataformas. Es probable que también redujera la frecuencia de las amenazas de muerte y de violación, la agresividad racista y, más en general, el troleo. La investigación muestra que la conducta antisocial se vuelve más común online cuando las personas sienten que su identidad es desconocida e imposible de rastrear.

En cualquier caso, los crecientes indicios de que las redes sociales están perjudicando la democracia son suficiente motivo para que un órgano regulatorio, como la Comisión Federal de Comunicaciones o la Comisión Federal de Comercio, ejerza una mayor supervisión. Una de las prioridades debería ser obligar a las plataformas a compartir sus datos y algoritmos con los investigadores académicos.

Los miembros de la generación Z (los nacidos a partir de 1997) no tienen ninguna culpa del desbarajuste en que nos encontramos, pero van a heredarlo, y los primeros síntomas son que las generaciones mayores les han impedido aprender a manejarlo.

La infancia se ha visto más estrechamente circunscrita en las últimas generaciones. Ha tenido menos oportunidades para jugar de forma libre y no estructurada, ha pasado menos tiempo en la calle sin supervisión y más tiempo online.

Al margen de otros efectos que hayan podido tener estos cambios, es muy probable que hayan obstaculizado el desarrollo de capacidades que muchos adultos jóvenes necesitan para su autonomía efectiva. Jugar libremente y sin supervisión es una forma natural de enseñar a los mamíferos jóvenes las habilidades que necesitarán cuando sean adultos. Y, para los seres humanos, estas incluyen la capacidad de cooperar, cumplir y hacer cumplir las normas, alcanzar acuerdos, decidir sobre conflictos y aceptar derrotas.

En un brillante ensayo de 2015, el economista Steven Horwitz sostenía que jugar libremente prepara a los niños para el «arte de la asociación» que, según Alexis de Tocqueville, era la clave del dinamismo de la democracia estadounidense. También afirmaba que su pérdida representaba una «grave amenaza para las sociedades liberales».

Una generación a la que se le impida adquirir esas habilidades sociales (advertía Horwitz) se acostumbrará a apelar a las autoridades para resolver disputas y sufrirá una «mayor aspereza en las interacciones sociales», lo que «crearía un mundo con más conflicto y violencia».

Y si bien las redes sociales han deteriorado el arte de la asociación en toda la sociedad, puede que estén dejando sus marcas más profundas y duraderas en los adolescentes.

A principios de la década de 2010 comenzó un repunte de las tasas de ansiedad, depresión y autolesiones entre los adolescentes de Estados Unidos (a los adolescentes canadienses y británicos les ocurrió lo mismo, y al mismo tiempo).

Se ignora la causa, pero la cronología apunta a las redes sociales como factor de peso. El repunte comenzó cuando la mayoría de los adolescentes estadounidenses empezó a utilizar a diario las grandes plataformas. Varios estudios relacionados y experimentales respaldan su relación con la depresión y la ansiedad, al igual que lo declarado por los propios jóvenes y la investigación emprendida también por Facebook, según informó The Wall Street Journal.

La depresión hace que la gente sea menos propensa a relacionarse con nuevas personas, ideas y experiencias. La ansiedad hace que las cosas parezcan más amenazantes. Con el aumento de estas dolencias, y el retraso de las lecciones que se aprenden jugando libremente sobre los matices de la conducta social, ha disminuido la tolerancia de muchos jóvenes a los puntos de vista diversos y su capacidad de resolver disputas.

Por ejemplo, las comunidades universitarias, que todavía en 2010 podían tolerar una variedad de conferenciantes, empezaron presumiblemente a perder esa capacidad en los años siguientes, a medida que la generación Z comenzó a llegar a los campus. Aumentaron los intentos de retirar la invitación a los conferenciantes visitantes. Los estudiantes no se limitaban a decir que no estaban de acuerdo con ellos. Algunos decían que esas charlas eran peligrosas, emocionalmente devastadoras, una forma de violencia.

Como las tasas de depresión entre los adolescentes han seguido creciendo en la década de 2020, cabe esperar que esos puntos de vista se mantengan en las generaciones siguientes y que, de hecho, se agraven.

El cambio más importante que podemos hacer para reducir los efectos perniciosos de las redes sociales sobre los niños es retrasar su entrada en ellas hasta después de la pubertad.

El Congreso debería actualizar la Ley de protección de la infancia en internet, que cometió en 1998 la imprudencia de establecer la «mayoría de edad internáutica» (la edad a partir de la cual las empresas pueden recopilar información personal de los menores sin el consentimiento de los padres) en los 13 años, sin estipular modos para aplicarla de forma efectiva. La edad debería aumentarse a los 16 años, como mínimo, y las empresas deberían tener la responsabilidad de que esto se cumpla.

De forma más general, con el fin de preparar a la siguiente generación para la democracia posbabélica, quizá lo más importante que podemos hacer es dejarles salir a jugar. Dejemos de privar a los niños de las experiencias que más necesitan para ser buenos ciudadanos: jugar libremente con grupos de distintas edades y una supervisión adulta mínima.

Todos los estados deberían seguir el ejemplo de Utah, Oklahoma y Texas, y aprobar una versión de la Ley de crianza en libertad, que ayuda a tranquilizar a los padres asegurándoles que no serán investigados tras ser acusados de abandono si alguien ve a sus hijos de ocho o nueve años jugando en el parque. Con esas leyes en vigor, los colegios, los educadores y las autoridades sanitarias pueden animar a los padres a dejar que sus hijos vayan andando al colegio y jueguen en grupo en la calle, como antes hacían más niños.

La historia que he contado es desconsoladora, y hay pocos indicios de que Estados Unidos recupere algo parecido a la normalidad y la estabilidad en los próximos cinco o diez años. ¿Qué lado será más conciliador? ¿Qué probabilidad hay de que el Congreso promulgue reformas importantes que refuercen las instituciones democráticas o desintoxiquen las redes sociales?

Sin embargo, cuando apartamos la mirada de nuestro disfuncional Gobierno nacional, cuando nos desconectamos de las redes sociales y hablamos directamente con nuestros vecinos, las cosas parecen más esperanzadoras.

En el informe de More in Common, la mayoría de los estadounidenses son miembros de la «mayoría exhausta», la que está cansada de luchar y está dispuesta a escuchar al otro lado y hacer concesiones. La mayoría de los estadounidenses vemos hoy que las redes sociales están teniendo un impacto negativo en el país, y somos cada vez más conscientes de sus efectos perjudiciales sobre los niños.

Cuando Tocqueville recorrió Estados Unidos en la década de 1830, le impresionó el hábito estadounidense de formar asociaciones de voluntarios para arreglar los problemas locales en vez de esperar la intervención de los reyes o los nobles, como hacían los europeos. Esa costumbre se mantiene hoy en día.

En los últimos años, los estadounidenses han creado cientos de asociaciones y organizaciones dedicadas al desarrollo de la confianza y la amistad entre diferentes tendencias políticas, como BridgeUSA, Braver Angels (de cuya dirección formo parte) y muchas otras listadas en BridgeAlliance.us. No podemos esperar que el Congreso y las compañías tecnológicas nos salven. Debemos cambiar nosotros, y cambiar nuestras comunidades.

¿Cómo habría sido vivir en Babel en los tiempos posteriores a su destrucción? Lo sabemos. Es un momento de confusión y pérdida. Pero también es un momento para reflexionar, escuchar y construir.


Jonathan Haidt es psicólogo social en la Escuela de Negocios Stern de la Universidad de Nueva York. Es autor de La mente de los justos y coautor de La transformación de la mente moderna, ambos en Ediciones Deusto.

Traducción de Verónica Puertollano.

Este artículo fue publicado originalmente en la revista estadounidense The Atlantic

Por Antonio de la Cruz

En los próximos días volverán a México los representantes del régimen de Nicolás Maduro y los de la Plataforma Unitaria que integran el interinato para retomar las negociaciones suspendidas por el heredero de Chávez en octubre pasado, cuando Alex Saab ―señalado, junto con Álvaro Pulido, como el gran operador financiero de la empresa criminal transnacional instalada en Miraflores, así como informante de la DEA por casi un año en 2018― fue extraditado a Estados Unidos. 

Cruzan la línea roja 

El jefe de la delegación madurista, Jorge Rodríguez, había trazado una línea roja para regresar a la mesa de diálogo: la incorporación de Saab al equipo negociador. Seis meses después, el exinformante de la DEA deja de ser una condición sine qua non para regresar a México. La red de empresas de Saab para blanquear los capitales de los negocios ilícitos de Maduro y compañía ha sido reemplazada por otros operadores financieros en Rusia, Turquía, Emiratos Árabes Unidos, China e Irán. 

Lo que pueda decir el empresario colombiano ha dejado de ser una amenaza para la estabilidad política del régimen venezolano. Mas si se ha vuelto una ficha en la negociación con la administración de Joe Biden. Mientras pide su liberación insistentemente, sabiendo que es muy difícil obtenerla por la independencia de los poderes en Estados Unidos, consigue Maduro ampliar y fortalecer su posición en la negociación. Por ejemplo, podría solicitar el retiro de la sanción que tiene Carlos Erik Malpica Flores desde 2017, el sobrino favorito de la primera combatiente, Cilia Flores. Y la suspensión de la sanción económica a la petrolera estatal Pdvsa. 

Mecanismo para ganar tiempo 

Maduro nunca ha creído ―y nada indica que vaya a cambiar de opinión― que el diálogo es la vía para resolver la crisis política de Venezuela, que se centra en la restauración de la democracia. Siempre lo ha visto como el mecanismo para ganar tiempo en el poder y dividir a la oposición. Su razón de ser es seguir atornillado a la presidencia de Venezuela.

Cada año que el sucesor de Chávez pasa en el poder, fortalece su posición dentro de la estructura criminal integrada por varios jefes que controlan los diversos negocios: narcotráfico, contrabando de minerales (oro, coltán, diamantes, etc.), trata de blancas, venta de petróleo y productos refinados, entre otros. 

La Plataforma Unitaria busca en México superar la crisis política venezolana por medio de la convivencia democrática. 

Gerardo Blyde, jefe de la delegación del interinato, dijo en un encuentro con dirigentes del Frente Amplio, el pasado viernes en la Universidad Católica Andrés Bello, que la negociación de fondo que deben producir es un pacto de convivencia democrática en el cual se reconozcan todos. Es decir, cohabitar con Maduro y la empresa criminal transnacional. Porque del memorándum de entendimiento firmado por las partes en agosto del año pasado y convertido en ley por la Asamblea Nacional de Maduro, lo que le interesa al régimen de facto es el levantamiento de las sanciones económicas a Pdvsa. 

La necesidad de divisas 

El heredero de Chávez necesita de nuevo las divisas de las exportaciones de petróleo colocadas en los países democráticos por la indisponibilidad desde marzo de la totalidad de los fondos de Pdvsa, el Ministerio de la Defensa, Minerven, el BCV y miembros de la empresa criminal que fueron depositados en los bancos rusos.

Maduro busca que la administración de Biden otorgue la licencia para perforar, vender y transportar petróleo venezolano a las empresas extranjeras socias de la estatal Petróleos de Venezuela: las europeas Repsol y Eni, la estadounidense Chevron, y a las empresas de servicios Halliburton, Schlumberger, Baker Hughes y Weatherford International. 

Hasta ahora, Maduro sigue deshojando la margarita. Los lobbies que han hecho las petroleras y los aliados del régimen no han logrado conseguir la nueva licencia que permitiría expandir las operaciones en Venezuela. El argumento para convencer a la administración de Biden es que el exsindicalista del Metro de Caracas no recibirá dólares porque las exportaciones de crudo serían para pagar la deuda pendiente de Pdvsa con sus socias extranjeras. 

Falsos positivos

Sin embargo, el Informe Anual de Chevron 2021 señala que el “préstamo a largo plazo pendiente a Petroboscán de 560 millones de dólares ha sido totalmente saneado a finales de 2021”. Además, reporta que los ingresos de las afiliadas de capital mejoraron el año pasado, “principalmente debido a la pérdida de valor de Petropiar y Petroboscán en Venezuela en 2020”. Es decir, que las pérdidas de 1.396 millones de dólares y 1.112 millones de dólares, respectivamente, fueron cero en el balance del ejercicio correspondiente a 2021. 

Por lo tanto, el argumento utilizado en Washington de que Maduro y compañía no recibirán ingresos por las exportaciones realizadas por Chevron porque serán usadas para pagar deuda no es cierto. 

En un cálculo rápido, los ingresos netos para el régimen madurista estarían en 26 millones de dólares diarios, con una exportación promedio de 500.000 b/d, enviando los volúmenes actuales a Cuba y China para el pago de la deuda del Fondo Chino.  

El otro argumento es el de vetar la importación del petróleo ruso en seis meses por parte de la Unión Europea, para dejar de financiar la guerra de Putin contra Ucrania. En este sentido, la española Repsol y la italiana Eni tendrían la oportunidad de aumentar sus producciones de crudo en Venezuela. Un escenario que requeriría el cambio de la Ley de Hidrocarburos para que las petroleras extranjeras socias tengan mayoría del capital accionario de las empresas mixtas. 

No es el momento de volver a México. Y menos para que el régimen de facto obtenga del gobierno de Biden el otorgamiento de las licencias a Chevron, Repsol y Eni para la explotación y comercialización de hidrocarburos en Venezuela.

Está claro que el bienestar de los venezolanos nunca ha estado en la lista de prioridades del equipo que lidera el psiquiatra presidente de la Asamblea Nacional. Su misión siempre ha sido otra y nunca lo ocultaron. Por esa razón es imperativo que no se le sirva en bandeja .de plata esta oportunidad para lograr sus objetivos.

El regreso a la mesa de negociación en este momento solo favorecerá la permanencia de Maduro en el poder más allá de 2024. ¿Es eso lo que queremos?

Vía Política Independiente

Miguel Velarde es economista recibido en la Universidad de Suffolk en Boston, diplomado en la Universidad de Harvard en Negociación, con Máster en Gerencia Pública de la escuela de negocios IESA y un MBA en la Universidad Di Tella. Actualmente es Codirector de la consultora Speaker´s Corner que se acaba de instalar en Argentina.

También es permanentemente consultado por medios internacionales por otro tema: su experiencia en la campaña de Marina Corina Machado en Venezuela, en donde fue uno de los coordinadores del partido Vente Venezuela, que incomodó al chavismo y movilizó a la ciudadanía.

Hoy lo entrevistamos en Política Independiente para analizar la situación en Argentina, sus similitudes con Venezuela y el estado general de la región.

– ¿Qué similitudes encuentra entre la situación de Venezuela con respecto a la oposición y las posturas dialoguistas?

Si bien Argentina y Venezuela tienen características diferentes que hacen imposible imaginar una réplica exacta del modelo chavista en este país (la variable militar en lo político, por ejemplo, o la petrolera en lo económico) existen también algunas similitudes que no se pueden ignorar.

Entre éstas, encontramos el rol de un sector de la oposición que, con posturas tibias, termina haciéndole un favor al oficialismo. Lo vimos en innumerable cantidad de veces en Venezuela, en los momentos en los que más fuerte estaba la oposición, con mayor apoyo popular e incluso con cientos de miles de venezolanos en las calles exigiendo el retorno de la libertad y la democracia en su país.

Justo ahí, se establecían mesas de diálogo en las que participaban el régimen chavista y un sector de la oposición, no toda. Procesos que siempre terminaron igual: dándole tiempo y oxígeno a un gobierno que estaba de salida.

Si bien en Argentina la situación no llegó a un extremo igual, se puede ver también que existe una diferencia de posturas y visiones en la oposición. Acá los llaman “halcones” y “palomas”, pero básicamente marcan la misma diferencia que se vio en Venezuela y dividen a las fuerzas opositoras entre los que son funcionales al oficialismo, y los que lo enfrentan de manera decidida.

En Venezuela, hoy no se explican 21 años de chavismo sin la existencia de una oposición tibia que le ha sido sin duda muy útil.

– ¿Cómo fue la experiencia de Capriles?

Capriles es uno de los exponentes más conocidos de esto que conversamos. No solo en los procesos de diálogo, en los que participó la mayoría de las veces personalmente, sino incluso en las elecciones presidenciales de 2013, cuando se enfrentó a Maduro luego de la muerte de Chávez.

En éstas, el ganador fue Capriles (dicho por él mismo unos meses después), pero se negó a luchar para cobrar su victoria. Desde ese momento en adelante, se convirtió en un factor clave para apaciguar a los millones de venezolanos que protestaban contra el régimen chavista. Creo que hoy ya es evidente para la mayoría el rol que jugó Capriles estos años en Venezuela y lo útil que fue para el oficialismo, sin embargo, en ese momento, eran muchos los que lo apoyaban y creían en él.

– ¿Qué análisis hace de la política electoral en términos regionales?

Yo considero que no estamos viviendo una época de cambio, sino un cambio de época en relación a lo electoral en la región.

Vemos, por un lado, el surgimiento de liderazgos “outsiders” que están rompiendo los esquemas de la política tradicional. Varios de ellos incluso han llegado a la Presidencia.

Lo que en algún momento fue considerado como “sorpresivo” en política, ahora podría considerarse hasta normal. Los “rompe-moldes” exitosos son un fenómeno cada vez más común: Donald Trump en Estados Unidos, Jair Bolsonaro en Brasil, Nayib Bukele en El Salvador, Pedro Castillo en Perú y Gabriel Boric en Chile son solo algunos ejemplos exitosos.

Yo creo que ahora ya nadie duda si esto volverá a ocurrir en algún otro país, la pregunta que hoy nos hacemos es cuál será el próximo.

También uno ve con preocupación que los partidos políticos tradicionales están en crisis en la región. No solo por el surgimiento de estos líderes “outsiders” que rompen los esquemas establecidos, sino también porque les cuesta mucho modernizarse: en su discurso, en su contenido y hasta en su imagen.

Muchos políticos tradicionales crees que por quitarse la corbata o bailar en TikTok modernizan sus campañas o sus gestiones y no se dan cuenta que no tiene nada que ver con eso.

La modernidad en la comunicación tiene mucho más que ver con qué se dice que en cómo se dice. Porque, además, la gente se da cuenta cuando algo es o no auténtico.

– ¿Cómo ve el resurgimiento del liberalismo en Argentina y en la región y el contraste con el populismo?

Creo que lo que está ocurriendo con el surgimiento del liberalismo en varios países de la región es muy interesante. Primero, porque es la reacción natural al fracaso de años de gobiernos socialistas, centralistas y estatistas que han llevado a la mayoría de nuestros países a las crisis en las que hoy se encuentran.

Segundo, porque son ideas que los jóvenes, más informados y conectados que nunca gracias a las nuevas tecnologías, están abrazando de manera acelerada.

Te comento estas dos variables porque creo que juntas explican lo que está ocurriendo con las ideas de la libertad en la región. Un factor externo, que es el desgaste por el fracaso de las otras ideas, y un factor interno, que se explica por el perfil de nuestras sociedades, sobre todo el de los “millennials” y “centennials”.

Ahora, el gran reto que enfrenta el liberalismo es no quedar solo como una buena idea que no pudo ser implementada o que es solo buena en papel.

Para eso, es muy importante que su paso de lo intelectual y académico a lo político (que es, al final, la herramienta más efectiva para su implementación) se haga de manera ordenada y responsable.

Un ejemplo de esto lo vemos en Venezuela, donde, a pesar de tener un contexto tan complejo y desfavorable, un liderazgo como el de María Corina Machado y el trabajo de su partido Vente hace años vienen llevando las ideas de la libertad a cada rincón del país y se han convertido en una de las fuerzas políticas más importantes de ese país.

Otro, por supuesto, es el de Javier Milei en Argentina, donde su figura ha crecido de manera exponencial en poco tiempo y ahora tiene el reto de construir una organización.

Yo pienso que todavía es temprano en este proceso del movimiento liberal en la región y que más pronto que tarde veremos nuevas expresiones y liderazgos importantes en la mayoría de nuestros países.
¿Qué análisis hace de la consultoría política y por qué eligió la Argentina?

Muchas veces uno escucha que “hay que profesionalizar” a la política, que quienes se dediquen a ella y busquen representar a los ciudadanos deben ser personas capaces para asumir las responsabilidades para las que se postulan.

Eso mismo ocurre con la consultoría política. Nosotros en Speaker´s Corner Consultora creemos que esta actividad no solo tiene que mejorar su nivel en la región, sino que debe modernizarse y adaptarse a los rápidos cambios que se están dando en el mundo.

Es por eso que con socios y asociados de gran trayectoria y de diferentes perfiles en Argentina y Venezuela, decidimos establecer una consultora que, además de los servicios y productos tradicionales como planificación estratégica, discurso, manejo de crisis, entre otros, también trabajamos desde un enfoque absolutamente moderno y complementario como el análisis de entorno para corporaciones, desarrollo de imagen, posicionamiento en social media y todo lo relacionado a las más nuevas tecnologías y tendencias, como blockchain, criptomonedas, DeFi, NFT´s y metaverso.

De nuevo, si tuviera que resumir en dos nuestros principales objetivos en la empresa, te diría que son profesionalizar y modernizar el trabajo de consultoría política, con el uso de las herramientas y las estrategias más innovadoras en el mercado.

Por eso elegimos a Argentina como sede principal, porque es sin duda un país que está a la vanguardia de la política y la tecnología.

– ¿Qué incidencia está teniendo la tecnología en las campañas electorales?

La tecnología ya no es solo fundamental en una campaña electoral, hoy podríamos decir que la tecnología es la campaña electoral.

Las nuevas herramientas, sobre todo las de comunicación, han cambiado totalmente la manera de pensar, desarrollar, ejecutar y entregar el mensaje.

Además, los tiempos se han reducido en todo sentido. Algo que es noticia hoy, mañana deja de serlo, no porque haya perdido importancia, sino porque hay algo más que cobra relevancia.

Es por eso que las campañas tienen ahora una velocidad nunca antes vista, y la única manera de poder mantener el ritmo es con el uso efectivo y creativo de las nuevas tecnologías.

Vuelvo un poco a lo que dije anteriormente, tener una campaña o una gestión moderna no es solamente abrir una cuenta de Instagram o TikTok, sino saber cómo, cuándo y para qué usarla.

Para esto, como te comentaba antes, el gran reto que desde hace tiempo tiene la política es profesionalizarse. Las nuevas tecnologías y la modernización de la política no solo lo ha hecho más importante, sino también ahora imprescindible.

A continuación te dejamos un video de una entrevista realizada por “Entrevistados” donde podes conocer mas de este Economista:

Por George Friedman

Rusia ha estado librando una guerra en Ucrania durante poco más de dos meses. Eso no es un tiempo especialmente largo. La Guerra de Corea duró tres años, la Segunda Guerra Mundial seis. Las guerras árabe-israelíes, por otro lado, duraron solo unos días.

Una variedad de factores contribuyen a la duración de una guerra. El tamaño del campo de batalla es solo uno. Cuanto más pequeño es el campo de batalla, menos soldados caben en él y, en general, más corta es la guerra. En Ucrania, el campo de batalla es sustancial. Solo con ese criterio, la guerra allí podría durar años.

Igual de importantes son las fuerzas dispuestas unas contra otras. Los tres ejes del ataque inicial de Rusia, contra Odesa, Lugansk y Kiev, se rompieron debido a dificultades logísticas. Las líneas de ataque se construyeron en gran parte alrededor de la infantería con artillería de apoyo y ataques aéreos, pero el principio estratégico principal siguió siendo el mismo. Continuaron tratando de apoderarse de las ciudades en lugar de destruir el ejército ucraniano. Por lo tanto, aproximadamente un mes después de que Moscú descartara a Kiev como objetivo principal, aún tiene que eliminar la resistencia en el este y el sur. Parte de esto tiene que ver con el hecho de que las ciudades son campos de batalla difíciles. La ventaja va para el defensor, que conoce bien la ciudad y puede formular una estrategia en torno a ese conocimiento.

Sin embargo, el problema continuo para Rusia es que, en lugar de concentrar sus fuerzas en un objetivo crítico con el fin de crear las condiciones óptimas para una victoria antes de pasar a otro objetivo, todavía está impulsada por su misión y visión principales, muchas de las cuales se basan en la suposición de que el ejército ucraniano es una fuerza insignificante que puede ser derrotada en el curso de su estrategia principal: apoderarse de las ciudades. De hecho, la idea de apoderarse de las ciudades como tarea operativa proviene del objetivo ruso de conquistar toda Ucrania. En la búsqueda de ese objetivo, hay una lógica para derrotar al ejército ucraniano y ocupar ciudades.

Pero Moscú calculó mal el problema inicial. Ucrania es grande y sus fuerzas lucharon desde posiciones dispersas y tácticamente móviles, el tipo exacto de defensa para el que Rusia no está preparada. Los ucranianos podrían rechazar el combate donde eligieran y participar en el momento de su elección. Rusia tenía toneladas de armaduras, pero las armaduras no son tan útiles contra la infantería dispersa o en las ciudades.

Rusia también advirtió a Ucrania de sus intenciones y organizó fuerzas de tal manera que Kiev pudiera preparar sus fuerzas para el ataque. Los ucranianos parecen haberse dispersado para negarle a Rusia un centro de gravedad para atacar. Los ucranianos también aceptaron un control estratégico limitado sobre sus fuerzas mientras daban control táctico a las fuerzas locales. Eso significó que los rusos se vieron privados de una ventaja principal: la capacidad de destruir cualquier concentración militar o interferir con la comunicación en el campo. Los ucranianos no crearon centros de comando vulnerables o una red de comunicaciones inservible. Los equipos de infantería de varios tamaños tenían libertad para desplegarse y atacar según la oportunidad táctica. En otras palabras, las fuerzas familiarizadas con la situación no estaban bajo el control continuo de un comando central que no estaba familiarizado. Los rusos no pudieron ocupar Ucrania de un solo golpe como esperaban. Desde entonces, Moscú ha tratado de imponer una guerra de desgaste. El problema es que esta guerra de desgaste les cuesta a los rusos tanto como a los ucranianos, y en cierto modo más.

Los ucranianos tenían una segunda ventaja: Estados Unidos. Estados Unidos quería que la invasión rusa fracasara. Si Ucrania cayera, entonces el ejército ruso estaría cara a cara con la OTAN, desde Polonia hasta Rumanía. Las intenciones rusas nunca fueron claras, pero suponiendo el peor de los casos, Rusia podría seguir una invasión exitosa con otro avance hacia el oeste para recuperar su posición anterior a 1991. Entonces, Washington inevitablemente se vería envuelto en un conflicto directo con Rusia. Y EE.UU. sobre todo no quería desplegar tropas en combate. Las circunstancias dictaron que Ucrania no fuera derrotada y que las tropas estadounidenses no fueran atraídas. Las primeras etapas de la invasión demostraron que negarle a Rusia su victoria sin las fuerzas estadounidenses era posible.

Lo que Ucrania necesitaba era una infusión masiva de armas avanzadas. Las guerras cambian. Lo que había sido una operación de infantería efectiva tuvo que ser reforzada con sistemas antitanques, antiaéreos y de reconocimiento avanzado. Frente al ejército ruso ahora está la misma infantería que los había combatido hasta detenerlos, junto con armas y municiones avanzadas. Estos deben ser administrados desde un comando central, lo que cambia las operaciones de Ucrania pero pone a Rusia en riesgo en cualquier ofensiva estratégica.

Aquí es donde entra la cuestión del tiempo. Las nuevas armas tardan en integrarse con las fuerzas que las utilizan. Hasta entonces, si Rusia quiere ganar, deberá iniciar una ofensiva diseñada para evitar que estas armas entren en funcionamiento. El problema es que los rusos han mostrado poca flexibilidad al abandonar sus suposiciones por nuevas realidades. Los ucranianos se están volviendo más fuertes, no más débiles, y Estados Unidos, aunque todavía no está desplegando fuerzas, está proporcionando un arsenal significativo. Los ucranianos no están bajo presión para reconocer la derrota. Los rusos no están ganando, pero suponiendo que tengan reservas que aún no hemos visto, podrían derrotar a los ucranianos.

El costo político de retirarse o aceptar un alto el fuego es difícil para los líderes rusos. Su credibilidad en Rusia se debilitaría. Estados Unidos no puede permitir que Rusia gane porque no puede aceptar a Rusia en las fronteras de la OTAN. Por lo tanto, Washington debe modernizar el ejército ucraniano.

No está claro qué hará Rusia a continuación. Moscú ha murmurado acerca de las armas nucleares, pero nadie se desanima. Esto no es simplemente una cuestión del estado de ánimo de Putin, sino una cuestión de cómo responderían los líderes rusos y la cadena de mando militar. Y si EE. UU. cediera ante la amenaza, la enfrentaría nuevamente en el próximo enfrentamiento, sabiendo los rusos que EE. UU. tira sus cartas cuando se ve amenazado con armas nucleares.

Parece que los rusos son incapaces de cambiar de estrategia. Han sabido durante casi tres meses que estaban en el camino equivocado. Los recursos insuficientes y un cuerpo de oficiales mal entrenado es la única explicación de esta desconcertante realidad. Los ucranianos no cambiarán su estrategia, porque por ahora no es necesario. Y los estadounidenses no podrían estar más felices. Los rusos están despilfarrando su poder y credibilidad contra Ucrania, y EE. UU. puede intervenir con armas y evitar la guerra en la práctica.

Cómo y cuándo termina la guerra depende de Moscú. El proceso político de Rusia es un misterio. Siempre hay una estructura política porque alguien tiene que cumplir las órdenes de un dictador, pero no tengo idea de eso. Lo que sí sé es que Estados Unidos puede seguir haciendo lo que está haciendo con un riesgo mínimo, y los ucranianos no tienen más remedio que luchar. Así que Rusia dará el primer paso o seguirá luchando, algo en lo que hasta ahora no parecen buenos. En ausencia de eso, esté atento a la acción rusa tan dramática y desconcertante que obliga a los EE. UU. y Ucrania a hacer concesiones masivas. Dudo que las armas nucleares sean una opción viable. 

De hecho, dudo que Rusia haga algo tan impresionante. Entonces, tal como lo veo, el único consejo que hay para Rusia es la respuesta del mariscal de campo alemán Gerd von Rundstedt a Berlín después del Día D, cuando se le preguntó qué se debería hacer: «Hagan la paz, tontos»


George Friedman es un pronosticador y estratega geopolítico reconocido internacionalmente en asuntos internacionales y el fundador y presidente de Geopolitical Futures

Vía AP

Mientras la Unión Europea trata de imponer sanciones al petróleo ruso por la guerra en Ucrania , Hungría se ha convertido en uno de los mayores obstáculos para el apoyo unánime que necesitan los 27 países miembros del bloque.

La presidenta de la comisión ejecutiva de la UE, Ursula von der Leyen, propuso la semana pasada eliminar gradualmente las importaciones de crudo ruso en un plazo de seis meses y productos refinados para finales de año para alejar a Europa de su dependencia de los combustibles fósiles rusos y cortar una fuente lucrativa. de ingresos que ayudan a financiar la guerra de Rusia.

Pero el gobierno nacionalista de Hungría, uno de los más amistosos con Moscú en la UE, insiste en que no apoyará ninguna sanción dirigida a las exportaciones de energía rusa . Hungría depende en gran medida del petróleo y el gas rusos y dice que el boicot al petróleo de la UE sería una «bomba atómica» para su economía y destruiría su «suministro de energía estable».

Von der Leyen realizó un viaje sorpresa a la capital de Hungría el lunes para negociar con el primer ministro Viktor Orban para tratar de salvar la propuesta, pero aún no se ha llegado a un acuerdo.

Esto es lo que debe saber sobre las conversaciones y lo que sigue:

¿Qué dice Hungría?

El gobierno de Hungría ha insistido en que bloqueará cualquier propuesta de sanciones de la UE que incluya la energía rusa, calificándola de «línea roja» que se opone a los intereses de Hungría. Obtiene el 85% de su gas natural y más del 60% de su petróleo de Rusia.

Orban, ampliamente considerado uno de los aliados más cercanos de la UE del presidente ruso, Vladimir Putin , ha apoyado a regañadientes las sanciones previas de la UE a Moscú, incluido un embargo sobre el carbón ruso. Pero ha argumentado que tales movimientos perjudican al bloque más que a Rusia .

Desde que asumió el poder en 2010, Orban ha profundizado la dependencia de Hungría de la energía rusa y dice que su geografía e infraestructura energética hacen imposible el cierre del petróleo ruso.

“Dijimos que las sanciones al carbón estarían bien, porque no afectan a Hungría; pero ahora realmente hemos llegado a una línea roja, una doble línea, porque el embargo de petróleo y gas nos arruinaría”, dijo Orban en una entrevista radial el viernes.

El país sin salida al mar no tiene un puerto marítimo para recibir envíos mundiales de petróleo y debe depender de los oleoductos. Además, un programa gubernamental emblemático para reducir las facturas de servicios públicos depende del costo relativamente bajo de los combustibles fósiles rusos y es un factor importante que subyace al apoyo político interno de Orban.

La conversión de las refinerías y oleoductos de Hungría para procesar petróleo de fuentes no rusas llevaría cinco años y requeriría una inversión masiva, dijo Orban. Eso impulsaría aún más los altos precios de la energía , lo que provocaría cierres y desempleo, dijo.

¿Hay oportunidad de compromiso?

Además de Hungría, Eslovaquia y la República Checa piden años para eliminar el petróleo ruso. La Comisión Europea ha dicho que está dispuesta a ayudar a los países que dependen especialmente del petróleo ruso.

“Reconocemos que Hungría y otros países sin salida al mar y que tienen una dependencia energética significativa de los suministros de petróleo rusos se encuentran en una situación muy específica que requiere que encontremos soluciones específicas”, dijo el martes el portavoz de la comisión, Eric Mamer.

Mamer dijo que Hungría tiene «preocupaciones legítimas» sobre los suministros de petróleo y que una eliminación gradual del petróleo ruso podría incluir «plazos diferenciados correspondientes a las diferentes situaciones de países específicos».

“Esa es definitivamente una de las variables, porque obviamente si estás hablando de invertir en mejorar la infraestructura, necesitas tiempo”, dijo Mamer.

No especificó a qué países se les podría ofrecer una implementación retrasada de un embargo petrolero o por cuánto tiempo.

En un tuit el lunes después de su reunión con Orban, von der Leyen dijo que la discusión había sido “útil para aclarar cuestiones relacionadas con las sanciones y la seguridad energética” y que se habían logrado avances, pero que “se necesita más trabajo”.

El presidente francés, Emmanuel Macron, habló con Orban el martes sobre las «garantías» necesarias para algunos estados miembros, como Hungría, que «se encuentran en una situación muy específica con respecto al suministro de tuberías desde Rusia», según la oficina de Macron.

¿Qué tiene Hungría que ganar?

El bloqueo del paquete de sanciones podría usarse como palanca en un conflicto separado entre Budapest y la UE.

El bloque ha retenido alrededor de $ 8 mil millones en fondos de recuperación de la pandemia de Hungría por lo que considera medidas anticorrupción insuficientes y ha lanzado un proceso para retener más apoyo por violaciones de los principios del estado de derecho de la UE.

Hungría ha sido acusada de retroceder en los valores democráticos al ejercer un control excesivo sobre el poder judicial, reprimir la libertad de prensa y negar los derechos de las personas LGBT.

El gobierno de Orban niega las acusaciones y argumenta que las sanciones de la UE tienen motivaciones políticas.

Pero con la economía de Hungría tambaleándose en medio de una alta inflación y un déficit presupuestario importante, necesitará ese dinero de la UE para una recuperación económica. Mientras los funcionarios de la UE negocian con Hungría para obtener su apoyo a las sanciones contra la energía rusa, la liberación de los fondos retenidos podría servir como moneda de cambio.

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