El ministro de Salud, Luis Francisco Sucre, presentó ante el pleno de la Asamblea Nacional de Diputados una iniciativa que pretende establecer el marco regulatorio de las actividades relacionadas con el trasplante de órganos, con fines terapéuticos en Panamá.
De acuerdo con el alto funcionario, la ley actual carece de mecanismos que conlleven a la obtención de más donantes, razón por la que se debe reforzar una conducta que promueva y difunda la cultura de donación de órganos en Panamá.
La regulación propuesta incluye la obtención y utilización clínica de componentes anatómicos, incluyendo la donación, evaluación, extracción, procesamiento, preservación, almacenamiento, distribución y aplicación de células, tejidos y los productos derivados de ellos.
«Es importante garantizar la dignidad humana del donante y receptor, regulando los derechos fundamentales y los principios éticos que les afectan para conseguir tal garantía», comentó.
Estos principios, según Sucre, incluyen voluntariedad, altruismo, confidencialidad, gratuidad y equidad.
Una delegación de 18 empresarios puertorriqueños encabezados por secretario del Departamento de Desarrollo Económico y Comercio (DDEC), Manuel Cidre Miranda, iniciaron una Misión Comercial a Panamá, con el objetivo de aumentar el número de pequeñas y medianas empresas que exportan sus productos o servicios.
Las actividades se llevarán a cabo del 8 al 11 de agosto de 2023, iniciando con el ferial “Commercial Briefing”. Luego se unirá a la Misión Comercial el gobernador de Puerto Rico, Pedro Pierluisi. para participar en varias reuniones de negocios.
La agenda continúa el jueves en un Foro Oportunidades de Inversión en Puerto Rico y un Encuentro Empresarial. Ese mismo día, los funcionarios visitarán la agencia gubernamental ProPanamá para reunirse con su directora Carmen Gisela Vergara. El viernes también se llevarán a cabo diversas reuniones de negocios para finalizar con un intercambio cultural.
Las empresas participantes del encuentro, que busca la creación de nuevas relaciones comerciales, se beneficiarán de una agenda de citas coordinadas de antemano con potenciales clientes para la venta de su producto o servicio. Además, tendrán la oportunidad de analizar el mercado panameño, conocer la competencia, explorar posibles nichos de oportunidad y recibir asesoría en temas como el comercio internacional y prácticas comerciales, entre otros temas.
“Exploramos mercados como Panamá para que nuestros empresarios amplíen sus horizontes financieros a través de la exportación de sus servicios o productos y puedan expandir sus posibilidades de negocios a otros destinos con grandes oportunidades. Panamá es un mercado económico con un gran potencial, que cuenta, entre otros factores favorecedores, con la moneda americana”, expresó Manuel Cidre, secretario del DDEC.
Soraya Morón, secretaria auxiliar de Operaciones Estratégicas del DDEC, detalló las ventajas de los viajes comerciales para los dueños de negocios que buscan distribuir sus productos en nuevos destinos.
“Durante este viaje comercial los empresarios conocerán de cerca la manera de negociar con los panameños, ya que tienen el beneficio de asistir a reuniones de negocios ya coordinadas con clientes prospectos, por lo que se les adelanta el proceso de negociación. Es una gran oportunidad para generar relaciones de negocios”, comentó.
Por su parte, Jorge Pagán, director del Programa de Comercio y Exportación del DDEC, añadió “con esta Misión acercamos los clientes a nuestros empresarios para que se relacionen y puedan coordinar nuevas negociaciones que son beneficiosas para ambos países. También es ideal para que Puerto Rico muestre lo que tiene que ofrecer como destino de inversión y exportación”, comentó Pagán.
Las misiones comerciales, coordinadas por el Programa de Comercio y Exportación (PCE) son posibles en parte a la otorgación de la subvención federal State Trade and Export Promotion (STEP) del U.S. Small Business Administration (SBA).
El presidente de la República, Laurentino Cortizo Cohen, recibió este martes la visita de directivos de los Marlins de Miami, quienes se encuentran en el país con la finalidad de dar la bienvenida formal a Panamá y promocionar la Serie del Caribe 2024, que se realizará en Miami, Estados Unidos.
Los Marlins han colaborado con la Confederación de Béisbol Profesional del Caribe para organizar un evento histórico en el sur de la Florida en el Ioan Depot Park en 2024.
“Estamos encantados de haber podido incluir a Panamá como uno de los países invitados”, señaló Caroline O’Connor, presidenta de Operaciones Comerciales de los Marlins.
La versión número 66 de la Serie del Caribe se llevará a cabo en Miami el próximo año, en el Ioan Depot Park, escenario de lo que se avizora como un certamen histórico.
Esta es la primera vez que una organización de Grandes Ligas organiza la Serie del Caribe, lo que constituye otro paso de avance en los planes que, a futuro inmediato, se ha trazado la Confederación de Béisbol Profesional del Caribe, que el próximo año estará cumpliendo el 75 aniversario de su fundación.
La Serie del Caribe 2024 la jugarán República Dominicana, Puerto Rico, México, Venezuela, Curazao, Nicaragua y Panamá.
Acompañó al presidente de la República, el director de Pandeportes, Luis Denis Arce. Por la organización deportiva, el empresario Tobías Enrique Carrero; Caroline O’Connor, presidenta de Operaciones Comerciales; Chema Sánchez, gerente de Desarrollo de Negocios; David Oxfeld, director Comercial; Sara Loarte, directora del Comité Organizador de la Serie del Caribe 2024. También, Javier Grajales, Max Estrada y David Salayandía, directivos de Probeis.
En 2008, un año después de la venta del primer iPhone, Mark Bauerlein publicó The Dumbest Generation, en el que advertía sobre el auge de la nueva cultura digital y el declive de la alfabetización cultural general entre los adolescentes. Le parecía obvio, como escribe en su último trabajo, “que un adolescente del siglo XXI que no leyera libros, revistas o periódicos, que no tuviera religión e ignorara la historia, la educación cívica y las grandes artes, crecería en un adulto insatisfecho y confundido.”
Pero esto no era lo que la gente, en particular los académicos que trabajaban en las artes, querían oír. Para 2008, gran parte del mundo de las artes en todo Occidente se había vuelto tan dominado por la teoría crítica que si un joven estaba expuesto o no a las obras clásicas de la civilización occidental era una cuestión de indiferencia para ellos.
Sin timón
Ahora, dieciséis años después, Bauerlein examina cómo le va a la generación que perdió sus amarras culturales, y las noticias no son buenas. Esta generación, y las que vienen después de ella, están estresadas y completamente desprevenidas para la edad adulta. Son, como dice el título del capítulo uno de su libro, infelices… pero también peligrosos.
Su infelicidad ha sido bien documentada en otros trabajos como el memorablemente titulado iGen de Jean Twenge: Por qué los niños súper conectados de hoy en día están creciendo menos rebeldes, más tolerantes, menos felices y completamente desprevenidos para la edad adulta.
Su peligro radica en la ausencia, en palabras del poeta y crítico del siglo XIX Matthew Arnold, del “efecto estabilizador y reconstituyente sobre su juicio” que proporciona la cultura clásica. Tal aprendizaje no ha podido competir con la web en general y las redes sociales en particular por las mentes de los jóvenes.
Para Bauerlein, la responsabilidad recae en gran medida en «los guardianes de las artes liberales», quienes hace dos décadas ignoraban dichosa y culpablemente lo que la web y las redes sociales con su adicción similar al «crack de cocaína» harían a los hábitos de lectura de los jóvenes.
Lo que ha ocurrido es lo que Hannah Arendt llamó “una gran abdicación”, es decir, la extraña negativa de toda una generación a transmitir su cultura a la generación siguiente. Durante el último medio siglo más o menos, en las universidades estadounidenses en particular, ha habido un gran «embellecimiento»:
“La academia de mediados del siglo XX idealizaba a un graduado universitario como alguien que recuerda a Sócrates y Galileo y la Novena de Beethoven. La universidad del siglo XXI la identifica como alguien con hábitos de crítica”
Esto se debe en gran parte a una devaluación relativista de los “clásicos” de la civilización occidental y, más recientemente, se ha visto agravado por el efecto adverso de la web en los hábitos de lectura:
“Desde estudiantes universitarios hasta profesores, las personas exhiben una fuerte tendencia hacia un comportamiento superficial, horizontal y de ‘movimiento rápido’ en las bibliotecas digitales. La navegación y la visualización de energía parecen ser la norma para todos… La sociedad se está volviendo tonta”.
Tendencias totalitarias
Curiosamente para Bauerlein, el utopismo es lo que alimenta las causas candentes del día, ya sean Black Lives Matter , Social Justice, Racial Justice, Democratic Socialism, LGBT Rights o Antifa. Todos estos movimientos se basan en la afirmación emotivista de que “todo el mundo merece ser feliz” (como le dijo un estudiante universitario a Bauerlein en un debate universitario). El corolario de esa afirmación es que si alguien o algo se interpone en el camino de tu felicidad, es una injusticia intolerable y tiene que desaparecer.
Si bien esta aspiración simplista y utópica se presenta como tolerancia, está marcada por una intolerancia radical incorporada. La defensa emotivista de la felicidad utópica debe agriarse porque una vez iniciada la caza de brujas contra la discriminación de cualquier tipo, nada puede poner fin a ella: “Una conciencia social elevada a este nivel nunca puede descansar”.
Además, dado que la utopía es por definición inalcanzable, este tipo de idealismo “se deslizará hacia la frustración” y se convertirá cada vez más en “una búsqueda despiadada de los enemigos que deben estar obstruyéndola”. Debido a que los sueños utópicos nunca se cumplen, terminan en desilusión, por lo que los enemigos de la utopía deben ser buscados y “ cancelados ” implacablemente.
Bauerlein no tiene miedo de señalar que esto no es solo un idealismo equivocado e inofensivo; es más bien algo amenazante: “Por todo su lenguaje de justicia y cuidado, su proyección de autodefensa y victimismo, igualdad e inclusión, tenemos aquí una asunción de prerrogativa. En el fondo, la jerga de la sensibilidad de los jóvenes enmascara una amenaza desnuda”. Los defensores de la tolerancia son, según revelan los estudios, los menos tolerantes de los que no comparten sus opiniones.
Intelectos desnutridos
Y su falta de lectura juega un papel muy importante en su utopismo intolerante. Bauerlein señala los muchos estudios que muestran cómo la lectura de material impreso (prácticamente de cualquier tipo) se correlaciona estrechamente con el éxito académico. Resulta que los niños que incluso leen solo una o dos veces por semana obtuvieron puntajes académicos significativamente más altos que los que no leen. Pero tal lectura ha caído vertiginosamente en las últimas dos décadas:
“… la formación de los Millennials en la escuela y fuera de la escuela, una antiformación, en realidad, marcada por un cambio radical de lo impreso a las pantallas, de los libros a los sitios, y de la historia, la literatura, la religión, el arte, la ciencia y la política a los juegos y videos en la cultura juvenil”.
Pero de lo que se ha privado a la juventud es de mucho más que meros puntajes académicos; se les ha privado del orden, la estructura y la historia tan necesarios para su bienestar. Una “pedagogía centrada en el estudiante” se negó a imponer una cosmovisión a estos jóvenes, optando más bien por dejarlos a la deriva para que formaran su propia “gran narrativa”. Esto hace algo genuinamente existencialmente perjudicial para ellos:
“Qué cosa tan horrible fue excluir Grandes Cuadros y Grandes Narrativas, Grandes Libros y Obras Maestras, de la crianza de los jóvenes. Qué engaño para enmarcar esta privación como progreso, como liberación”.
Bauerlein relata una reveladora conversación que tuvo con un viejo amigo, ahora profesor de retórica, en la que Bauerlein le pidió su opinión sobre la causa de los disturbios, protestas e indignación generalizada en los campus estadounidenses en los últimos años. La respuesta no fue la que esperaba: “’Bueno’, dijo arrastrando las palabras, ‘no han leído suficiente literatura’”. Y, sin embargo, resulta que hay una gran sabiduría en esta respuesta. En pocas palabras, los jóvenes se han visto privados de un entrenamiento en psicología humana básica por su incapacidad para leer literatura.
La investigación neurocientífica incluso respalda esto, mostrando cómo el cerebro entra indirectamente en los sentimientos de los personajes ficticios a través de la lectura. Como resultado,
“El adulto joven que no lee es más impaciente, le gusta el juicio rápido y llega temprano a un veredicto completo con plena confianza. Y esa falta de sutileza salva al Millennial de un esfuerzo mental y psicológico que inevitablemente le complicaría la vida”.
Desafortunadamente para los Millennials, llegaron a un mundo cuya cultura literaria se estaba erosionando gravemente y, como resultado, se vieron privados del «entrenamiento para esta empatía cognitiva» que había sido estándar para las generaciones anteriores.
Bauerlein concluye este trabajo con un recordatorio de lo que significó la literatura para las generaciones anteriores; cómo les importaban realmente las novelas de Norman Mailer, Scott Fitzgerald o Jack Kerouac. Se maravilla por el hecho de que 10.000 estudiantes asistieron a escuchar hablar a Robert Frost , que entonces tenía ochenta y ocho años, en la Universidad de Detroit en 1962. “Al escuchar a Frost leer, los estudiantes dieron un paso más fuera de la adolescencia y dentro de la cultura de antepasados.”
Los cursos de introducción a la civilización occidental eran la norma en los campus universitarios hasta que fueron atacados cada vez más en la década de 1980 “por ser racistas, sexistas e imperialistas”. Estos cursos terminaron siendo volcados, y los profesores de literatura se desanimaron. Los jóvenes perdieron lo que todo joven necesita y merece: un patrimonio, cualquier patrimonio”.
De hecho, el patrimonio de la civilización occidental se convirtió incluso en objeto de vergüenza: “cuentos de esclavos azotados, mujeres agredidas y pueblos diezmados”. Y así los universitarios se quedaron “sin anclas… cosas envejecidas que los estabilicen y ennoblezcan”.
Inversión radical
Malcolm X ofrece una sorprendente contra-narrativa a la de los millennials desarraigados de hoy. La suya es la historia de un joven que lee su camino desde el crimen y la delincuencia hasta amarres culturales, así como un papel de liderazgo entre sus compatriotas negros. Desafiado en prisión por un convicto negro desde hace mucho tiempo a usar su cerebro y comenzar a leer:
“Así comenzó el siguiente paso en la autoformación. Consiguió un diccionario y comenzó a copiar cada palabra, cada definición desde Aardvark en adelante. Pronto pasó la mayor parte del día leyendo historia, filosofía y religión.
The Dumbest Generation Grows Up es un análisis fascinante de lo que está sucediendo con la generación más joven de los estadounidenses y, por extensión, con los jóvenes de todo el mundo occidental. Las ideas de Bauerlein son profundas y las respalda con referencia a muchos otros trabajos importantes en esta área, así como a los resultados de la investigación empírica.
Este libro es una lectura obligada para los padres , guías y profesores involucrados en la educación y formación de los jóvenes (en las humanidades en particular), aunque solo sea para recordarles la importancia crítica de su trabajo en la transmisión a la vida.
“Un alma tan desarraigada y desmoralizada no necesita diversidad ni amigos virtuales. Necesita fe. No necesita ‘pensamiento crítico’ o un iPhone. Necesita algo en lo que creer. No necesita “equidad, tolerancia, inclusión”. Necesita una historia, una literatura, una filosofía, una religión, una tradición completa y concreta, un marco significativo”.
El Rev. Gavan Jennings estudió filosofía en el University College Dublin, Irlanda y en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, Roma. Es coeditor de la revista mensual Position Papers. Enseña ocasionalmente.
Científicos nos acaban de dar una buena y una mala noticia. La buena es que nuevos datos de Marte nos han proporcionado la medición más precisa jamás hecha del giro del planeta vecino. La mala, es que Marte parece girar cada vez más rápido, y aún no entendemos por qué.
Gracias a datos recogidos por el módulo de aterrizaje InSight de la NASA, que durante más de cuatro años estudió el «pulso» interior, subsuelo y la ‘temperatura’ de Marte, los expertos han podido percatarse que que cada año la rotación de Marte se acelera unos 4 miliarcosegundos.
La Tierra se ralentiza
Aunque se trata de una variación mínima, el hallazgo podría ayudarnos a tener un mejor entendimiento del planeta vecino – y es que en la Tierra ocurre justo lo contrario: a largo plazo la Tierra se está ralentizando, debido a un efecto de frenado de la Luna, que redistribuye la masa terrestre tirando de los océanos.
«Es realmente genial poder obtener esta última medición, y con tanta precisión», afirma el geofísico planetario Bruce Banerdt, del Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA citado por ScienceAlert. «He estado involucrado en los esfuerzos para conseguir una estación geofísica como InSight en Marte durante mucho tiempo, y resultados como este hacen que todas esas décadas de trabajo merezcan la pena».
El hallazgo se basa en que los científicos detectaron sutiles variaciones en la frecuencia de las ondas de radio con las que InSight se comunicaba con la Red de Espacio Profundo de la NASA en la Tierra.
Observación sin explicación
Una teoría barajada por los expertos, es que la variación podría basarse en la redistribución de la masa de Marte, aunque aún no se entiende por qué. Los científicos tendrán que realizar un análisis más profundo para determinar la causa más probable de la aceleración.
Los registros sísmicos de InSight no sólo ayudaron a conocer la estructura interior de Marte, sino también la composición de su núcleo líquido y la actividad geodinámica en curso. Las mediciones de los datos sísmicos sugirieron que el núcleo de Marte tiene un radio de entre 1.780 y 1.830 kilómetros, lo que es bastante grande: más de la mitad del radio planetario de 3.390 kilómetros, aunque hay variaciones de densidad en el núcleo que también deberán sondearse en futuros análisis.
La investigación se publicó en la revista en Nature.
Esa pancita cervecera que tanto te gusta, se llama Grasa Visceral, una acumulación de grasa en el abdomen.
La grasa visceral es la grasa abdominal que se acumula en el abdomen en los espacios entre los órganos. El exceso de grasa visceral se relaciona estrechamente con un mayor riesgo de sufrir problemas graves de salud.
La acumulación de grasa corporal responde a varios factores: el estrés, la herencia genética, los desequilibrios hormonales, la presencia de otras enfermedades pero, sobre todo, los hábitos de vida. La mala alimentación, el sedentarismo y la falta de ejercicio están detrás de la mayoría de problemas de sobrepeso y obesidad.
La lectura positiva de esto es que la solución, o al menos una parte de ella, también se encuentra aquí: sustituyendo estos malos hábitos por un estilo de vida saludable (dieta equilibrada, ejercicio y descanso adecuado) podemos mejorar mucho nuestro aspecto y nuestra salud.
Por otra parte, en lo que respecta concretamente a la grasa visceral, cabe añadir que los hombres tienen una mayor predisposición a su acopio que las mujeres.
En esta área se producen más de 20 hormonas y prohormonas que pueden afectar los receptores de insulina, lo que lleva a la diabetes tipo II.
La grasa visceral libera una enzima llamada aromatasa, que transforma las hormonas masculinas en femeninas.
La grasa visceral también libera FNT y otras sustancias que inflaman y dañan tus arterias desde el interior.
Esta grasa se acumula en el hígado, lo que puede provocar hígado graso.
La grasa visceral pone a tu cuerpo en un estado inflamatorio que aumenta la predisposición a enfermedades crónicas y degenerativas.
La liposucción no puede eliminar la grasa visceral.
No es suficiente tener un peso normal si se tiene exceso de grasa visceral; esto se conoce como «obeso de peso normal».
El efecto expansor de la grasa visceral presiona al diafragma, lo que resulta en una mecánica ventilatoria inadecuada y un flujo incorrecto de oxígeno a los tejidos.
Durante la menopausia, la grasa visceral es la principal fuente de estrógenos, lo que aumenta la predisposición al cáncer de mama en casos de obesidad.
En los hombres, la circunferencia del abdomen no debe ser mayor a 102 cm, y en las mujeres, no debe ser mayor a 88 cm.
El 9 de Agosto de 1986, Freddie Mercury cantó por última vez con Queen en un escenario. Llegó en helicóptero sobrevolando el Támesis, ensayó en el backstage su imponente rango vocal, se puso su chaqueta militar amarilla y cautivó hasta el delirio a los más de 120.000 fans que abarrotaban Knebworth Park. Y nadie sabía que ya nunca más volvería a hacer algo igual. Sin embargo, cuando terminó la actuación, pronunció una frase premonitoria: “¡No puedo hacer esto nunca más, mi cuerpo entero está destrozado de dolor!”.
Aunque entonces nadie lo sabía, ‘The Magic Tour’ se convirtió en la última gira de Queen con los cuatro miembros originales: Freddie Mercury, Brian May, John Deacon y Roger Taylor. La banda hizo 26 conciertos en Europa para presentar su duodécimo álbum A kind of magic (1986) ante más de 400.000 personas. Había pasado un año de su sensacional presentación en el Live Aid y parecía como si la omnipotencia de Queen no tuviera límites. Su mercado era inagotable. Las entradas se agotaban en horas. Después de colgar el ‘sold out’ (150.000) en el Estadio de Wembley (11 y 12 de Julio), “tuvimos que añadir un gran show al final del Magic Tour. Teníamos una capacidad de 120.000 y el primer día vendimos 30.000 entradas”, recordaba el promotor de la gira Harvey Goldsmith. Y ese gran show final fue el del 9 de Agosto de 1986 en Knebworth.
El enorme concierto al aire libre en Knebworth Park – llamado A Night Of Summer Magic – fue grandioso en todos los sentidos. Más de 120.000 personas inundaban los jardines de la icónica mansión de Hertfordshire, un batallón de amplificadores (5.000), casi 14 km de cables y una enorme pantalla de vídeo sobre el escenario de 6 metros. Y el tiempo acompañó aquel día de verano en el parque más grande de Inglaterra. Las puertas se abrieron a las 12 del mediodía y el show terminó a las 10:30 pm. Queen era el broche final del cartel que incluía también a los emergentes Beloius Some, los veteranos Status Quo y los escoceses Big Country, por este orden. Las entradas costaba 14’5 libras (anticipada) y 16 libras (en taquilla). No estaba permitido llevar alcohol, botellas, latas o cámaras de vídeo. Tampoco acampar.
En el helicóptero
Queen llegó en helicóptero. Con gran pompa y boato. Las imágenes están grabadas y muestran increíbles planos aéreos tomados desde el aparato que había sido tuneado con el diseño del álbum A kind of magic. Salieron desde el helipuerto de Battersea (en el Norte de Londres), sobrevolaron el Támesis o la Central Eléctrica Battersea y llegaron a Knebworth Park después de recorrer 48 kilómetros. El aterrizaje y la salida del helicóptero generaron las ahora famosas imágenes de Freddie con su camisa hawaiana y sus gafas de sol de aviador. Les recogieron en un vehículo y fueron directamente a la zona de ‘backstage’.
En el backstage
También existen imágenes increíbles de Freddie Mercury en el ‘backstage’ (aunque no del concierto que, inexplicablemente, solo se grabó el audio). Con su camiseta amarilla de tirantes, se ve al cantante haciendo flexiones, sentadillas, ejercitando la voz y exhibiendo su impresionante rango vocal. Cuando pregunta a alguien cuánto queda para que empiece el concierto, le responden: “Diez minutos”. En un momento entra Roger Taylor y se une a Freddie en un improvisado dueto. Pasados los 10 minutos, todos se encaminan hacia el escenario. Mercury se pone para la ocasión su chaqueta militar amarilla que había diseñado su amiga Diana Moseley para la gira. Es la imagen más emblemática del cantante.
«Buenas noches y dulces sueños»
Durante dos horas, Queen recibió la respuesta entusiasmada del público. Todo el mundo coincide: la actuación fue excepcional. Ese día, a Mercury se le veía pletórico, de muy buen humor y lleno de energía. Abrieron el concierto con One vision, con una intro épica perfecta para caldear aun más el ya caldeado ambiente. Y a partir de ahí, todo un recorrido por sus grandes hits: A kind of magic, Under pressure, Another one bites de dust, I want to break free o Radio Ga Ga, además de varios solos de guitarra y la clásica improvisación vocal de Mercury, la llamada-respuesta “daaaay-oh” que tanto impresionó en el Live Aid.
Y para terminar, ya en la segunda tanda de bises, mientras sonaba una emocionante versión del himno nacional God save the queen, con Brian May a la guitarra, un resplandeciente Mercury se despedía de la multitud: «Buenas noches y dulces sueños». Y Queen desapareció del escenario. El triunfo de la noche se tornó en tristeza cuando la banda supo que un fan de 21 años había sido fatalmente apuñadado entre el tumulto y los médicos no habían podido hacer nada por salvarle.
“Si todavía sigo vivo”
Nadie sabía entonces que el último concierto del Magic Tour, sería también el último de Freddie Mercury con Queen. Los que allí estuvieron desconocían que estaban siendo testigos de un hecho histórico. Knebworth Park se convertiría en el último escenario en el que sonó el impresionante torrente de voz de Farrokh Bulsara.
Tampoco se lo imaginaban John Deacon, Roger Taylor ni Brian May. Cuando en Guitar World le hicieron esa pregunta al guitarrista, esto es lo que respondió: “¿Que si sabíamos que sería la última vez?. No”. Y añadió algo más: “Freddie dijo algo así como ‘¡Oh, joder, no puedo hacer esto nunca más, mi cuerpo entero está destrozado de dolor!’. Pero él decía cosas así al final de un tour. Así que no nos lo tomamos en serio”.
Aunque hasta un año después Freddie no supo que tenía SIDA, dos semanas antes de Knebworth, en una parada del grupo en Budapest, el cantante, haciendo gala de su humor negro, le dijo a un periodista que regresaría al Népstadion (estadio de la capital húngara) “si todavía sigo vivo”.
La ONG Amnistía Internacional denunció este martes la grave situación de salud y las condiciones inhumanas de reclusión que sufre el ingeniero venezolano Guillermo Zárraga, un ex sindicalista de Petróleos de Venezuela (PDVSA) de 59 años que lleva más de dos años detenido arbitrariamente por el régimen de Nicolás Maduro por cargos de “terrorismo”.
A través de un comunicado dirigida a la ministra para el Servicio Penitenciario de la dictadura chavista, Celsa Bautista, la organización exigió que se le otorgue a Zárraga atención médica inmediata, así como el acceso a medicinas y alimentos. Solicitó, además, su liberación o, en su defecto, que se le respeten sus derechos humanos mientras esté bajo custodia del Estado.
“La vida de Zárraga no puede seguir en peligro por la negativa de las autoridades penitenciarias a garantizar su derecho a unas condiciones decentes de reclusión y a la integridad física”, se lee en el documento publicado por la organización en su página web.
“La salud de Guillermo ha sufrido un grave deterioro a consecuencia de las inhumanas condiciones de reclusión y la falta de nutrición adecuada. En marzo sufrió un síncope cardíaco y los análisis de sangre revelaron alteraciones severas que necesitan tratamiento médico urgente y fiable”, agrega el texto.
Según Amnistía Internacional, el ex sindicalista venezolano ha perdido alrededor de 20 kilos de peso en los últimos meses y padece de problemas cardiacos que le provocan desmayos frecuentes. Sin embargo, los funcionarios que responden a la dictadura de Maduro se han negado en reiteradas oportunidades a ofrecerle algún tipo de tratamiento médico y le han prohibido la visita de sus familiares.
“A Guillermo lo detuvieron y acusaron sobre la base de pruebas falsas o inexistentes. Además, le negaron, el acceso a asistencia letrada de confianza e incluso lo coaccionaron para que admitiera los presuntos crímenes de los que le acusaban”, denunció la ONG.
La detención de Zárraga por parte de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM), la policía política de Maduro, se produjo después de que el régimen venezolano asegurara que un “ataque terrorista” había causado una explosión en una torre del complejo petrolero de Amuay, en el estado Falcón, con capacidad para producir 645.000 barriles por día.
Además de su papel como líder sindical, Guillermo Zárraga fue fotografiado junto a Juan Guaidó, reconocido líder opositor. Dicha imagen se usó en la acusación para señalar la supuesta intención de Zárraga de respaldar actos de sabotaje.
Según el acta de acusación formal del Ministerio Público, Zárraga fue acusado de proporcionar información sobre la seguridad nacional a un estadounidense que había sido detenido en septiembre y de quien se creía que era un agente de la CIA que pretendía “sabotear” dicha refinería.
“La refinería de Amuay ha sufrido de mala gestión y negligencia por parte del régimen de Maduro por más de una década. Echarle la culpa al líder sindical petrolero, Guillermo Zárraga, que se presume inocente, es una farsa y viola sus derechos humanos. Exigimos la liberación inmediata de Zarraga. El mundo está mirando. Los cargos falsos no pueden ocultar la mala gestión y corrupción que ha habido en PDVSA por muchos, muchos años”, expresó en su momento la embajada de EEUU en Venezuela.
El régimen de Nicolás Maduro ha hostigado, procesado y censurado constantemente a activistas y organizaciones de la sociedad civil que se dedican a defender los derechos de la población venezolana en medio de una compleja emergencia humanitaria y una profunda crisis de derechos humanos que ha forzado a más de 7,24 millones de personas, según cifras del mes de marzo, a abandonar el país.
A principios del año 2020, la dictadura venezolana arrestó a otro trabajador de la filial marítima de PDVSA por presuntamente criticar a Maduro en una reunión, así como a dos ejecutivos del departamento de suministro y comercialización de la empresa por supuestamente proporcionar información interna a Estados Unidos.
Aquiles Martini, ex presidente de la Cámara Inmobiliaria de Venezuela y presidente de la comisión de Infraestructura Vivienda y Habitad de Fedecámaras, recordó que en 2010 y 2011 se empezó a ver una persecución en el área inmobiliaria.
Advirtiendo que en el país el valor de la vivienda equivale a 20% de lo que costaba hace 8 años.
Martini indicó que el sector construcción de Venezuela es casi nulo más allá de los focos en el norte del Municipio Chacao, en Caracas.
«El que alquile una vivienda hoy, en dólares no regulado por la SUNAVI está cometiendo un acto de ilegalidad» acotó.
También resaltó que en este momento, el que tenga vivienda que no la venda.
La bomba se denominó Fat Man. El avión que la transportó se llamó Bockscar. Y el comandante que la activó fue Charles Sweeney. El mundo había entrado en la era nuclear el 6 de agosto de 1945: cuando el Enola Gay arrojó la bomba Little Boy desde un bombardero pilotado por el comandante Paul Tibbets sobre los cielos de Hiroshima. Sobre el hongo nuclear que germinó sobre el suelo japonés, todas las cosas vivas se murieron y el aire se prendió fuego.
El presidente estadounidense Harry S. Truman informó, horas después del ataque, que la ofensiva recién había empezado: “Hace poco tiempo un avión americano ha lanzado una bomba sobre Hiroshima, inutilizándola para el enemigo. Los japoneses comenzaron la guerra por el aire en Pearl Harbor: han sido correspondidos sobradamente. Pero este no es el final, con esta bomba hemos añadido una dimensión nueva y revolucionaria a la destrucción”.
Tres días después, el 9 de agosto, despegó un nuevo vuelo. La operación, planeada con meticulosidad, debió sortear varios imprevistos. Ya todos, aunque nadie lo hubiera confirmado, sabían qué clase de bomba llevaba el avión. En el momento del despegue de uno de los aviones de apoyo, el que llevaba al personal de observación (científicos y encargados de tomar las imágenes), el piloto hizo bajar a uno de los tripulantes: en vez de paracaídas, en un error por los nervios, había tomado un segundo salvavidas.
En esa nave iban también los instrumentos de medición, que lanzados con pequeños paracaídas, buscaban establecer la magnitud de la explosión, el poderío de la bomba. El general Groves y Robert Oppenheimer habían enviado tres científicos directo desde Los Alamos a Tinian. Eran los representantes del Proyecto Manhattan en la base militar. Eran Luis Walter Álvarez, Lawrence Johnston y Harold Agnew. Uno de ellos tuvo una idea. Una improvisación en el detallado plan. Querían enviar un mensaje.
Se sabía del poder de devastación de la bomba atómica pero no mucho más. Los generales norteamericanos negaron las consecuencias. Afirmaban que ya todo había pasado y que no había secuela posible. Mentían (U.S. Air Force/Handout via REUTERS)
Cuando se enteraron que la segunda bomba sería lanzada casi de inmediato, los físicos norteamericanos sostuvieron que eso terminaría de desconcertar a los japoneses. Que si ellos estuvieran del otro lado, y los comandantes les preguntaran qué posibilidades habría de un segundo ataque, ellos dirían que sería casi imposible, que tendrían tiempo dado que esas bombas eran muy difíciles y muy costosas de construir. Por lo tanto el factor sorpresa, de nuevo, sería importante.
Los tres que estaban en la base del Pacífico no estaban preocupados por las vidas que se habían perdido en Hiroshima sino por las que podrían perderse en caso de continuar la contienda. Así decidieron mandar un mensaje a un par. A alguien que pudiera explicarle a los gobernantes japoneses qué era eso que les había caído del cielo.
Luis Walter Álvarez, luego Premio Nobel de Física, dictó una carta. Sus colegas Johnston y Agnew, la transcribieron y agregaron algunos párrafos. La misiva estaba dirigida aRyokichi Sagane, un respetado físico japonés que ellos habían conocido en Estados Unidos unos años antes.
El piloto Charles Sweeney lanzó la bomba sobre Nagasaki (Wikipedia: Gobierno de EEUU)
En la carta sin firma se presentaban como “tres colegas de Bekerley” y entre otras cosas decían: “Como científicos deploramos el uso que se ha dado a tan bello descubrimiento, pero podemos asegurar que a menos que Japón se rinda una lluvia de bombas atómicos caerá sobre el país”. Le rogaban a Sagane que utilizara sus conocimientos e influencias para convencer a las autoridades japonesas.
Adosaron la carta a uno de los instrumentos de medición y la dejaron caer hacia suelo japonés. La misiva fue encontrada unos pocos días después y estudiada por funcionarios nipones. Recién llegó a su destinatario el Dr. Sagane varios meses más tarde.
La carta no tenía firma pero luego consiguió quien la suscribiera. Varios años después de la guerra, los físicos volvieron a cruzarse. Sagane sacó el papel arrugado de su bolsillo y se lo extendió a Álvarez que lo leyó en silencio. Luego sacó una lapicera del bolsillo interno de su saco y escribió. Tras eso, varios años después de que fuera escrita, la firmó.
Sweeney se encontró con un espeso manto de nubes cuando llegó a su destino. Intentó encontrar un hueco en el que la visibilidad hiciera posible el lanzamiento pero fue infructuoso. En ese instante decidió cambiar de objetivo. La ciudad de Kokura, sin saberlo, gracias a un súbito cambia de clima, evitó ser destruida (Department of Energy/Lawrence Berkeley National Laboratory/REUTERS)
Ni Álvarez ni los otros dos científicos mostraron remordimiento ni pesar por las bombas. Constituyeron casi una excepción (otro caso notable fue el de Edward Teller, creador de la Bomba H) entre los especialistas del Proyecto Manhattan que se convirtieron casi de inmediato en pacifistas y abogaron por el desarme atómico, por desactivar el infierno que crearon con sus conocimientos y trabajo.
La visión de Álvarez y de sus compañeros, posiblemente, se sustentaba en su experiencia en el campo de batalla. Ellos salieron del laboratorio, vivieron en bases militares, participaron de misiones, vieron a los hombres morir en combate. Esas vivencias pueden haberlos convencido que la extensión de la guerra hubiera acarreado mayor número de muertos que los que produjeron las dos bombas atómicas.
Álvarez había estado en el lanzamiento de prueba del nuevo arma en el desierto californiano y en Hiroshima. El 9 de agosto se quedó en la base y fue Johnston en el avión. Así, Johnston se convirtió en la única persona que fue testigo ocular de los tres lanzamientos atómicos de esa guerra. Un récord nada envidiable.
Una postal de la devastación causada por la bomba atómica lanzada sobre Nagasaki, Japón, el 9 de agosto de 1945 (Departamento de Energía/Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley/REUTERS)
La misión del Bockscar encontró inconvenientes. Primero no pudo juntarse con los aviones de apoyo. Pese al informe del avión meteorológico, Sweeney se encontró con un espeso manto de nubes cuando llegó a su destino. Intentó encontrar un hueco en el que la visibilidad hiciera posible el lanzamiento pero fue infructuoso. En ese instante decidió cambiar de objetivo. La ciudad de Kokura, sin saberlo, gracias a un súbito cambia de clima, evitó ser destruida.
El avión se dirigió a Nagasaki, la ciudad que indicaba el plan de contingencia. Pero un nuevo problema surgió. El avión mostró desperfectos. Perdía combustible. No se sabía si podría regresar. A Nagasaki también la cubrían las nubes, cuando no quedaba demasiado tiempo, Sweeney descubrió una brecha. De no haber aparecido ese espacio despejado, le quedaban dos opciones: lanzar la bomba por indicación del radar (método del que se desconocía la eficacia en ese momento) o dejarla caer en el mar. Pero finalmente nada de eso pasó.
La bomba atómica sobre Nagasaki mató 40 mil personas en el momento de la detonación. Y otras tantas murieron con el transcurrir del tiempo por efecto de la radiación. La fábrica Mitsubishi que proveía armamento fue destruida, al igual que el 40% de las viviendas de la ciudad.
Una niña con su madre en Nagasaki la mañana siguiente al lanzamiento de la bomba atómica, el 10 de agosto de 1945. Su casa fue destruida, están a 1,5 km al sureste núcleo de la explosión y les han dado una bola de arroz como alimento (Galerie Bilderwelt/Getty Images)
Pero hubo quienes no murieron. Son conocidos comos los hibakusha. Los sobrevivientes a las explosiones atómicas. Los afectados por la radiación. Aquellos a los que la destrucción signó de por vida. Las secuelas físicas, las pérdidas materiales, la muerte de los familiares. Entre ellos hay algunos que revisten un estado aún mayor de excepcionalidad. Son doblemente hibakushas: sobrevivieron a ambas explosiones atómicas.
Tsutomu Yamaguchiera un joven empleado de Mitsubishi. Había sido enviado a Hiroshima a realizar unas tareas. El tren que lo devolvería a Nagasaki partía a las nueve de la mañana del 6 de agosto. Camino a la estación se dio cuenta de que había dejado documentación en el hotel. Regresó a buscarla y se separó de sus dos compañeros de viaje. Al regresar una explosión de una potencia desconocida lo hizo volar por el aire. Luego de unos minutos de atontamiento se levantó. Vio el peor paisaje imaginable. Tenía algunas lastimaduras, le sangraba la cabeza pero nada más. Se escondió en un refugio antiaéreo.
A la mañana siguiente, con la ciudad todavía cubierta por la bruma atómica, inició el camino de regreso a su casa. Una odisea de más 250 kilómetros. Llegó a Nagasaki a la noche del 8 de agosto. Abrazó a su esposa y a su hijo pequeño. A la mañana siguiente se dirigió a la fábrica. A media mañana se reunió con su jefe. Intentaba convencerlo de lo sucedido. El jefe valoró darle licencia. Pensó que Yamaguchi se había vuelto loco. Era inconcebible suponer que una sola bomba podía arrasar una ciudad. Cuando el jefe estaba por echarlo de la oficina, la explosión.
Estados Unidos había lanzado la segunda bomba atómica. Una vez más, Tsutomu salió indemne. Entre los escombros se levantó con nuevos magullones y quemaduras para ir a buscar a su familia. Su esposa y el bebé tampoco habían sufrido daños. La familia pasó varios días en un refugio hasta que pudieron regresar a su casa. Yamaguchi sólo perdió parte de la audición de un oído y le quedó cierta debilidad en sus piernas; secuelas menores para haber soportado dos explosiones atómicas. Murió en el 2010. Tenía 94 años. Su hijo vivió bastante menos; murió de cáncer afectado por la radiación a fines del Siglo XX.
Kazuko Sadamaru tenía veinte años y la guerra la había transformado en enfermera. Ella también fue doble hibakusha. Desde Nagasaki acompañó en tren a unos heridos cuya lugar de residencia era Hiroshima. Cuando la formación ingresaba en la ciudad, el destello cegador. El tren cimbreó. Cuando bajaron se encontraron con el paisaje más funesto. Al día siguiente regresó a Nagasaki. El 9 de agosto, la siguiente bomba. Allí vivió los peores días de su vida. Trabajando varios días seguidos, sin dormir, sin materiales para asistir a los heridos, sin saber contra qué luchaban. Ella, con el paso de los meses, tuvo problemas en la sangre y perdió casi todo el pelo. Pero se recuperó. Tuvo una hija y cuatro nietos.
En septiembre de 1945, un hombre con uniforme de coronel del ejército de Estados Unidos entró a Nagasaki. Japón ya se había rendido. La guerra había terminado. En la ciudad sus escasos habitantes parecían espectros. Era como si nada de lo anterior hubiera quedado en pie. Destrucción total. El horizonte más desolador posible.
Por ese tiempo Estados Unidos disfrutaba del éxito. Las bombas habían derribado las últimas defensas japonesas. Nada se sabía (al menos públicamente) de las consecuencias de las bombas. Todavía ni siquiera era sencillo determinar los daños instantáneos que había ocasionado, mensurarlos con precisión. Se sabía de su poder de devastación pero no mucho más. Los generales norteamericanos negaban consecuencias. Afirmaban que ya todo había pasado. No había secuela posible. Mentían.
Entre la vocación por silenciar las decenas de miles de muertes, las secuelas de la radiación y que había sido la segunda bomba, Nagasaki no tenía demasiada atención de los medios.
El hombre con ropa de coronel era periodista. Se llamaba George Weller. En su libreta de apuntes tomó nota de todo lo que vio. Un espectáculo atroz. Le costaba imaginar qué había provocado eso. Encontró un campo de prisioneros de guerra. Sus reclusos eran soldados americanos capturados por los japoneses. Todavía no sabían que la guerra había terminado. Weller les dio la noticia. Ellos le relataron el resplandor, el ruido atronador y la ola expansiva. El periodista escribió un informe estremecedor. Siguió recorriendo la ciudad, lo que quedaba de ella, y reportando. Envió sus notas. Hablaba también de enfermedades extrañas que parecían tener origen en la bomba. La noticia era que la radiación afectaba a las personas.
Semanas después se enteró de que ninguna había llegado al diario. Los oficiales de Estados Unidos las habían retenido y destruido. No eran tiempos de dar malas noticias; eso era hacerle el juego al enemigo (ya derrotado). Las excusas que se suelen esgrimir para ejercer la censura.
Weller regresó a su país y vivió convencido que sus crónicas se habían perdido para siempre. Tras su muerte, una de sus hijas, encontró un copia en carbónico y los publicó. Sesenta años después el mundo seguía conociendo qué había ocurrido en Nagasaki.