Morfema Press

Es lo que es

Armando Esteban Quito

Una magistrada federal le fijó una fianza de $1 millón al banquero Julio Herrera Velutini tras declararse no culpable por cargos relacionados al caso contra la exgobernadora Wanda Vázquez Garced.

Por: El Nuevo Día

Casi un mes después de haber sido acusado por un Gran jurado federal, Herrera Velutini se entregó hoy en las oficinas en San Juan del FBI.

La audiencia se llevó a cabo por videoconferencia ante la magistrada Giselle López Soler.

El banquero estuvo representado por las abogadas Sonia Torres Pabón y Lilly Ann Sánchez, y el abogado Michael Zweiback.

Mientras, por el Ministerio Público comparecieron a la vista los fiscales Erica O. Waymack y Seth Erbe.

Por los siete cargos que enfrenta, que incluyen conspiración, soborno y fraude, Herrera Velutini se expone a un máximo de 20 años de prisión.

Después de informarle los cargos en su contra, la magistrada la preguntó cómo se declaraba y Herrera Velutini contestó “no culpable”.

Debido a que el caso no es por un crimen de violencia, Herrera Velutini fue autorizado a estar libre bajo fianza.

La fiscalía pidió que la fianza fuera de $2.5 millones y la abogada solicitó $500,000. Finalmente la magistrada determinó que la fianza fuera de $1 millón.

Como condición de libertad hasta la resolución del caso, Herrera Velutini vivirá en Nueva York bajo supervisión de la Oficina de Probatoria, aunque se le permitirá viajar al Reino Unido para asuntos de negocios con previa autorización del tribunal.

El periodista Napoleón Bravo analiza junto al ex diputado Luis Velásquez Alvaray la silenciosa invasión iraní de Venezuela.

Alvaray expone en una gravísima denuncia cómo los iraníes están tomando el territorio venezolano con el permiso de la revolución bolivariana por aire, mar y tierra.

En octubre del 2019, un leve aumento en la tarifa del metro de Santiago, Chile, desencadenó unas de las protestas más violentas de la historia reciente de América Latina. Más de un millón de personas se tomaron las calles de Santiago. Los saboteadores destruyeron estaciones de metro, peajes y hasta iglesias. Mientras las llamas consumían al país, los medios de comunicación describían los desmanes con el eufemismo de “estallido social”.

Por: Daniel Raisbeck – El Cato

Cuando el entonces presidente, Sebastián Piñera, cedió ante la presión callejera, los políticos que lideraron las protestas olieron sangre política, y lo obligaron a aceptar un plebiscito que ponía en juego el futuro de la constitución vigente de Chile.

En las votaciones de octubre del 2020, el 78 por ciento de los votantes optó por deshacerse de la constitución, y el próximo 4 de septiembre los chilenos volverán a las urnas para aprobar o rechazar un nuevo documento constitucional. De aprobarse, este podría poner fin al llamado “milagro económico” chileno, que consiste en un modelo de libre mercado que ha beneficiado sobre todo a los pobres.

El principal promotor de la nueva constitución es el actual presidente de Chile, Gabriel Boric, un izquierdista radical que prometió nacionalizar el sistema privado de pensiones, aumentar los impuestos e implementar una agenda ambientalista de avanzada.

La constitución actual fue adoptada en 1980, cuando Chile aún era uno de los países más pobres de América Latina. Durante los siguientes 40 años, el gobierno controló la inflación, privatizó industrias y redujo drásticamente los aranceles y la burocracia, lo que hizo que el PIB se disparara y la pobreza se desplomara. La pobreza extrema se redujo del 34% a menos del 3% en 25 años. Hoy, casi todos los hogares cuentan con los elementos básicos de la vida moderna, incluyendo televisores, neveras y lavadoras.

El problema es que la constitución de Chile de 1980 se redactó durante la dictadura militar encabezada por el general Augusto Pinochet, quien dio un sangriento golpe de Estado en 1973. Boric y sus aliados dicen que la constitución es ilegítima, aunque en su momento fue aprobada por el 67 por ciento de los votantes en un referendo.

La mejor manera de solucionar los problemas de la constitución no es descartarla por completo, sino reformarla. Y eso es exactamente lo que sucedió: desde el regreso a la democracia a Chile en 1989, la constitución ha sido enmendada 140 veces.

Según la revista The Economist, la nueva constitución, la cual redactó una asamblea constituyente electa en el 2021, es “una lista fantasiosa y fiscalmente irresponsable de la izquierda”.

El documento pretende prohibir la “precariedad laboral”, amplía las dádivas del Estado y los derechos “sociales”, lo cual aumentaría el papel del Estado en la salud médica, la educación y la vivienda.

El texto permite expropiaciones por decreto legislativo sin compensación para los propietarios legítimos, restringe la industria minera, elimina la libertad educativa y disuelve el Senado, allanando el camino para que el poder ejecutivo imponga su agenda sin oposición. La nueva constitución también exige la paridad de género en todas las instituciones públicas.

Al contener 49.637 palabras, la nueva constitución es más de seis veces más larga que la de EE.UU., la cual está vigente desde 1788 y se centra en restringir el poder del Estado. En cambio, la nueva constitución de Chile sólo busca ampliar el poder estatal, y lo hace con un texto más largo que el de la constitución actual de Venezuela, la cual redactó Hugo Chávez durante el primer año de su régimen. Así, sentó las bases para su revolución socialista, la tiranía y el consiguiente colapso económico.

Venezuela ha tenido 26 constituciones en poco más de dos siglos de historia. En general, la práctica latinoamericana de desechar constituciones y redactarlas de nuevo ayuda a explicar la inestabilidad política de la región. En teoría, una constitución brinda estabilidad legal dentro de un marco predecible, como el sistema operativo de una computadora. Pero al manipular el código fundamental, se crean fallas de seguridad que son fácilmente explotados por los oportunistas políticos, quienes buscan amplificar su propio poder y derrocar el orden establecido.

Incluso si los chilenos rechazan la nueva constitución, como han indicado las encuestas, Boric ha dicho que comenzaría el proceso de nuevo con la elección de otra asamblea constituyente. Esto podría traer años de caos constitucional, incertidumbre legal y estancamiento económico.

Justo cuando está en juego el experimento de libre mercado más exitoso de América Latina, el resto del mundo puede aprender la lección de Chile: cuidado con las fantasiosas promesas de la izquierda radical.

El líder opositor ganó reconocimiento internacional cuando, en enero de 2019, se enfrentó al gobierno de Nicolás Maduro. Varios países, incluidos Colombia y Estados Unidos, lo reconocieron como el presidente interino de Venezuela. Ahora que el presidente Petro retomó relaciones con el gobierno de Nicolás Maduro y el gobierno Biden parece haber suavizado su postura frente a Venezuela, ¿qué pasará con Juan Guaidó? En este video le contamos.

“La ética por encima de la política; la libertad más allá del poder”. Son remates que suenan adecuados al momento de volcar la última página de Gorbachov: vida y época (Debate, 2018), rigurosa y extensa biografía escrita por William Taubman. Un libro robusto, porque el personaje así lo amerita; una historia de suspenso, porque así transcurrieron las últimas décadas del siglo XX corto, como se suele compilar el periodo entre 1914 y 1991.  

Por: Silvia Mercado – El Cato

“Es difícil entender a Gorbachov”, le dijo Mikhail Sergeyevich Gorbachev a William Taubman como así también a Werner Herzog cuando filmaron el documental Meeting Gorbachev (2018). Y sí, quien se acerque a su semblanza le dará la razón. El lector se preguntará reiteradamente: ¿por qué no se animó a más?, ¿por qué retrocedió?,¿pero por qué no “de una vez”?… preguntas que quizás nunca dejarán de perseguir al líder que perdió el poder por ofrecer la libertad.

“Nadie es profeta en su tierra” es el obvio refrán que traduciría el paradójico perfil de quien fuera aclamado gran estadista por su ejemplo a nivel internacional versus quien fuera vapuleado como la escoria que propició la ruptura a nivel local. Debió haber sido perturbante saberse merecedor del Premio Nobel de la Paz (1990) en el mismo año en que la desintegración de la Unión Soviética ya parecía un hecho. O haber sido ovacionado en el pleno de las Naciones Unidas (1988) por su discurso en relación al desarme nuclear, versus atacado en las bochornosas y eternas discusiones en el Politburó, el organismo político del Comité Central del Partido Comunista.

Ciertamente, la vida política de Gorbachov es una relación incesante de contrastes, y Taubman sí que logró una recapitulación tan fidedigna como atrapante. En 19 capítulos y más de 800 páginas, esta biografía ofrece información que en su momento fue ultra confidencial, diálogos y discusiones políticas que quedaron en archivos de estado, íntimos relatos de momentos cruciales para el acontecer de las potencias mundiales…

Se trata de Mikhail, el líder natural quien en su juventud fue esporádicamente actor, el muchacho que se fue a estudiar leyes a Moscú y “…dio a sus compañeros de la capital la impresión de que era un individuo subdesarrollado, profundamente provinciano”[i]; el chico campesino que llamaba la atención por ser innovador y creativo, y por mostrar auténtica confianza en sí mismo. Optimista, como muchos de su generación (postguerra), creía en el comunismo y en los valores socialistas; tan profundo era su patriotismo soviético que de chiquillo escribió un ensayo que tituló: “Stalin es nuestra gloria en tiempos de guerra, Stalin da alas a nuestra juventud”[ii]. No por nada siendo muy joven recibió la Orden de la Bandera Roja Del Trabajo firmada por el propio Stalin. Por todo este ímpetu y entusiasmo, quizás su carrera política fue vertiginosa: ya en 1978, era Secretario del Comité Central responsable en cuestiones de agricultura; un año después, pasó a ser miembro candidato del Politburó y, en 1980, a sus 49 años, miembro de pleno derecho. De 1985 hasta 1991, logró ser nada más y nada menos que Secretario General del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética. En las notas tomadas del Pleno del Comité en marzo de 1985 quedó: “he aquí un estadista destacado y de altos vuelos que habrá de servir con distinción como Secretario General”[iii]. Solo desde el cargo más alto pudo hacer posible un gran cambio. ¿Habrá sido su sueño?… Quiso transformar su país, pero —ciertamente— para tamaño propósito nadie podría haber tenido un “plan” perfecto. Aunque, por otro lado, fue imperdonable su ingenuidad si el plan original era dar al socialismo “un rostro humano” (al estilo del experimento que fracasó en la ex Checoslovaquia) o bien ofrecer un libre mercado, pero “controlado”. Como apunta Taubman, quizás “más que plan, tenía esperanzas”. Gorbachov creía en el socialismo, creía posible salvarlo por la vía de las reformas… y esa fue su historia.

Antes de llegar al poder ya había demostrado ser solventemente crítico. No un disidente, pero sí un escéptico. Muy en sus inicios, por ejemplo, dado su origen campesino, cuestionó las granjas colectivas agrícolas que impuso el estalinismo; en más de una ocasión condenó la existencia de estas “cooperativas” controladas por el Estado como una injusticia asombrosa. También, en sus primeros años en el partido solía señalar que las “deficiencias económicas” tenían que ver con ciertas incompetencias, aunque con el tiempo advirtió que el problema era mucho más profundo, que la traba histórica del socialismo estatal soviético era –sobre todo— el monopolio del poder político y económico de parte del Partido Comunista. Se dio cuenta. Quiso ofrecer soluciones; tuvo éxitos parciales. Muchos años más tarde en una entrevista (2007) reveló: “El empeño hipercentralizado de controlar cada detalle de la vida del país minaba las energías vitales de la sociedad”.

¿Éxitos parciales? Hay que ser puntuales.

Perestroika (reestructuración en ruso) y Glásnost (transparencia en ruso).

Perestroika, la rúbrica de Gorbachov ante el mundo

Fue un esfuerzo hacia la modernización, para lograr productividad y prosperidad. Se trató de una serie de reformas económicas que gradualmente supondrían un cambio profundo. Por ejemplo, en 1988, Gorbachov promulgó una ley que permitía la propiedad privada de las empresas “por primera vez” desde instalado el comunismo; sonaba bien, pero no lo suficiente para soportar la crisis por la escasez de alimentos, el déficit estatal y la deuda externa. Las reformas parecían favorecer a las empresas, pero todavía no se veía beneficios para los consumidores. Urgía quitar los controles y permitir que las empresas establezcan sus propios objetivos de rendimiento.

El problema fue que, por muy buenas que se formularon las reformas, la aplicación gradual ya presagiaba su fracaso. Pero, condonando y situando el contexto comunista, había que ser discretos, no excederse con los cambios y no tensar los “límites del socialismo”; límites que el propio Gorbachov reconoció “habían ahogado a la sociedad y coartado la iniciativa y los incentivos”[iv].

En síntesis, el naufragio de la Perestroika se debió a que no era posible lograr la aceleración de una economía excesivamente planificada y centralizada; con un corsé tan asfixiante era un sinsentido innovar, crear o abrir perspectivas que aprovechen la ciencia y la tecnología.

Gorbachov tuvo buenas intenciones, y —sobre todo— asumió el empeño de razonar los datos y aceptar la realidad, muy a diferencia de sus antecesores líderes soviéticos que siempre quisieron ignorarla. Además, cabe tomar en cuenta que tenía en contra camaradas completamente analfabetos en economía; fue imposible hacerles entender la concepción global de las reformas a burócratas que solo les importaba preservar sus privilegios.

Glasnost, apertura y la apertura a las críticas

Quizás quisiera Gorbachov que se lo recuerde más por la Glásnost que por la Perestroika. Este proceso de apertura, libertades y democratización del sistema político fue sustanciosamente más exitoso. En esta arriesgada apuesta, el líder pudo mostrar su perfil liberal y hasta radical. Mientras las reformas económicas trastabillaban en tímidos intentos, “la Glasnost estaba ya difundiéndose como un incendio en la estepa”[v]. La gente, los periodistas en particular, decían lo que querían, y esta extraordinaria liberación de las mordazas soviéticas fue una hazaña que enorgulleció mucho a Gorbachov. Él —intelectual y siempre promotor del debate y del intercambio amplio de ideas— fue entusiasta de la libertad de expresión y de prensa. “Una prensa libre y menos temerosa había sido siempre esencial para el plan de Gorbachov en pro de la democratización y el cambio”[vi].

Fue el clima propicio para introducir las reformas democráticas. Hacia finales de 1985, ya como Secretario General del Comité Central del Partido Comunista, Gorbachov había anunciado “que el propio partido debía renunciar a su papel dirigente dentro del Estado”[vii]. En sus discursos hacía referencia a la separación de poderes, a los derechos individuales, “incluidos el derecho de propiedad y la libertad de expresión individual. Los trabajadores debían tener voz real en la gestión de sus empresas”. Mikhail Gorbachov estaba revolucionando el sistema político de raíz; hablaba con toda la impronta democrática y hasta liberal: “El pueblo soviético necesita de la democracia como necesita del aire para respirar[viii].

Pero las buenas voluntades y las nobles intenciones no suelen ser suficientes. Taubman cita a Alexander Yákovlev, académico y colaborador muy cercano a Gorbachov, reseñando en retrospectiva que hubiera sido necesario forjar acuerdos previos y redes de apoyo a las transformaciones democráticas. “Debería haber ‘reformado el ejército’; tendría que haber ‘creado un KGB nuevo y renovado’; debería haber disuelto las granjas colectivas y promovido los cultivos particulares; tendría que haber incentivado las pequeñas empresas”[ix]. Pero no, el hubiera no existe, y deduciendo la conclusión del biógrafo, probablemente, Gorbachov subestimó su propio poder. Sin embargo, hay que decirlo fuerte y claro: hizo bastante, ya en 1988, con apenas un año en el poder, redujo el control del Partido sobre la maquinaria gubernamental como parte de un proceso que garantizara el marco para una democracia pluripartidista, introdujo las bases para crear instituciones parlamentarias y permitir elecciones libres. Como resalta Taubman en sus conclusiones, finalmente “tuvo éxito en eliminar la herencia del totalitarismo en la Unión Soviética…” lo cual excede cualquier otro mérito en el terreno político. En el recuento final, Gorbachov fue el único líder soviético que tomó conciencia de que los derechos humanos y las libertades individuales no pueden subordinarse al “interés del socialismo”.

Entre los aciertos no se puede negar su hábil desempeño como estratega en política exterior. Taubman lo introduce como el líder que más esfuerzos hizo por poner fin a la Guerra Fría, y más adelante lo señala como el hombre que “redujo el peligro de un holocausto nuclear”[x]. Y es que, ciertamente, son varias las pruebas de su vocación pacifista y de sus incesantes gestiones para ‘detener la carrera armamentista nuclear’. Ayudó su mentalidad abierta y su curiosidad hacia occidente. Gorbachov salió del esquema bolchevique de pensamiento que veía a las potencias capitalistas como los enemigos, optó por asumir un principio ético de no violencia y, sobre esa base, encontró esencial acercarse a EE.UU. llevando por delante claras posiciones que pusieran alto a la carrera armamentista. En esa misión de vida encontró a un gran colaborador y amigo….

Reagan, de adversario a gran amigo

Una exquisitez aparte del libro es la narración de los vínculos que se fueron tejiendo alrededor de Gorbachov; entre éstos, por supuesto, la relación estelar fue con Ronald Reagan, presidente norteamericano (1981-1989). “Por qué no me llama usted Ronnie y yo, con su permiso, lo llamaré Michael”[xi], fue una declaración íntima y sobre todo ya de confianza entre los dos hombres que tenían en su poder la destrucción mutua —llevándose a media humanidad de por medio— o como ya se dijo propiciando el Holocausto nuclear. Pero en esta situación, que de hecho pudo ser la tercera guerra mundial, de alguna manera, ganó el amor y no el odio. Pudo el anhelo, la voluntad negociadora y las ambiciones que ambos líderes compartían: los dos querían poner fin a la guerra fría y pasar a la historia con esa insignia[xii].

Las crónicas de Taubman pormenorizan todas las gestiones y las reuniones previas hasta llegar a las grandes negociaciones, desde el primer encuentro en Ginebra (1985), el fracaso de la cumbre en Reikiavik, Islandia (1986), la firma del Tratado de Washington (1987), hasta la cumbre en Moscú (1988); episodios de suspenso en color cinematográfico dan cuenta de la tensión que significó esta etapa para EE.UU. versus la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Acuerdos y tratados que progresivamente derivaron en el fin del apoyo a los aliados comunistas en América Latina, así como el histórico retiro de las tropas soviéticas de Afganistán. Y hay que remarcarlo cuantas veces haga falta: fue gracias a la particular conexión, la estrecha y cálida relación entre Reagan y Gorbachov la que permitió este desenlace en paz. Este sentimiento personal que cada uno albergaba hacia el otro se materializó en un simbólico intercambio de obsequios en uno de sus últimos encuentros: “una chaqueta de mezclilla del Oeste para Gorbachov y una maqueta a escala del Kremlin para Reagan”[xiii].

Thatcher, un apoyo estratégico

“Me gusta el señor Gorbachov, podemos hacer negocios juntos” (..) fue la frase con la que Margaret Thatcher, primera ministra británica (1979 a 1990), tendió la mano al único comunista en quien depositó cierta confianza. La “dama de hierro” siempre estuvo atenta a los movimientos en el Kremlin; de hecho, tenía a cargo un grupo de expertos “sovietistas”, como el investigador Archie Brown, quien venía estudiando la transformación del sistema político soviético durante la perestroika. Ya en 1979, Brown describió a Gorbachov “como un individuo a su parecer ‘abierto de espíritu, inteligente y antiestalinista’”[xiv]; desde entonces lo vio como un potencial líder.

El primer viaje de Gorbachov a Londres fue en 1984, como Presidente de Asuntos Exteriores del Parlamento Soviético, atendiendo a una exclusiva invitación de Thatcher. Taubman señala que uno de los motivos estratégicos de esta misión diplomática fue “enviar a Washington una señal de que Gorbachov estaba interesado en mejorar las relaciones soviético-estadounidenses, para lo cual Thatcher, una archiconservadora y cercana al presidente Ronald Reagan, era la intermediaria perfecta”[xv]. En efecto se cumplió este objetivo; a la larga, Reagan, Gorbachov y Thatcher triangularon armoniosamente. Pero lo que es anecdótico de este primer encuentro fue cómo ambos, Mikhail y Margaret, se sorprendieron el uno con el otro y, a partir de ese primer impacto, cómo buscaron deslumbrarse intelectual y académicamente. “Thatcher se centró en el estilo de Gorbachov. ‘Sonreía, se reía, se valía mucho de las manos para poner énfasis en algo, modulaba la voz, seguía la argumentación y era un agudo polemista. No parecía en absoluto incómodo’. Thatcher llegó a la conclusión de que ‘le gustaba’”[xvi].

Quedó en los registros de los intérpretes citados por Taubman que el momento más intenso de aquella ocasión fue cuando la primera ministra interrogó a su invitado, cuestionando el sistema de planificación central soviético; al respecto “Gorbachov le replicó que, si iba de visita a su país, y echaba un vistazo por sí misma, vería que el pueblo soviético vivía alegremente. En ese caso, contratacó ella, ¿por qué temía el Gobierno soviético permitirle a su gente que abandonara el país ‘con la facilidad con que podía salir de Gran Bretaña’”[xvii]. La relación Thatcher – Gorbachov fue cercana y productiva, sobre todo a la hora de sumar los apoyos que el reformador soviético iba a llegar a requerir de parte de occidente.

Queda en el tintero…

Gorbachov: vida y época es una suerte de enciclopedia básica para comprender Rusia en pretérito, así como una brújula para entender “la cuestión de las nacionalidades” que finalmente fue la bomba de tiempo que dinamitó la “Unión” Soviética. Es un compendio de acontecimientos históricos trepidantes como los levantamientos en Europa del Este, pasando por la Primavera de Praga (1978) hasta la caída del muro de Berlín (1989), y de figuras extraordinarias tanto del terreno político como del ámbito cultural e intelectual. Es un libro de referencia obligatoria para informarse en detalle de la tragedia en Chernóbil, cuando Gorbachov “abrió los ojos” y comprendió que el sistema se estaba pudriendo. Es un texto fundamental para quien quiera profundizar en las razones, hechos y situaciones que determinaron el desenlace del sistema totalitario creado por Leninismo y Stalinismo. También es una reflexión amplia sobre la pérdida de confianza y responsabilidad individual de los pueblos a los que se les niega por mucho tiempo la libertad.

Gorbachov hizo lo que ningún otro político se hubiera animado por la democracia: no aferrarse al monopolio del poder; quizás por eso nunca dejará de ser un individuo decente, digno de elogio y de admiración. 

El presidente de Colombia, Gustavo Petro, y el tirano de Venezuela, Nicolás Maduro, prevén refrendar la reanudación de las relaciones diplomáticas entre los dos países vecinos con un encuentro de alto nivel que, en principio, se estima en octubre.

Por: La Gaceta de la Iberosfera

«Estamos planeando para ver si puede ser en octubre», ha reconocido el martes ante los medios el embajador colombiano en Caracas, Armando Benedetti, un día después de presentar las cartas credenciales ante el régimen venezolano.

Benedetti ha agradecido el «cariño» con que ha sido recibido, después de que en apenas dos días se haya visto con Maduro y también con otros destacados líderes chavistas como Delcy Rodríguez, Diosdado Cabello y Jorge Rodríguez.

El izquierdista Petro no ha ocultado su deseo de restablecer lazos con Venezuela tras años de enfrentamientos y reproches mutuos. Quiere también que Caracas recupere parte del terreno perdido en el ámbito regional.

El embajador ha reiterado que Colombia va a «empujar» para que haya cambios en algunas de las medidas de presión adoptadas contra el chavismo y ha recordado que Petro ya pidió el lunes ante la Comunidad Andina (CAN) el reingreso de Venezuela.

Aunque en Chile está prohibida la divulgación de estudios de opinión en la víspera de la realización del plebiscito constitucional, el medio colombiano Semana logró tener acceso a un sondeo realizado por la firma Pulso Ciudadano-Activa a pocos días del evento electoral en el país sudamericano.

Por: La Gaceta de la Iberosfera

El mismo da una victoria contundente a la opción “Rechazo”, que cuenta con una preferencia del 48,9% de los electores, frente a tan solo un 32,7% de ellos que se inclina por el “Apruebo”. El campo de los que aún están indecisos o no responden está conformado por el 13,2% de los votantes. Así, la brecha de la de la ventaja del “Rechazo” es de 16 puntos porcentuales.

El mes pasado estudios similares de la misma firma cifraron el “Rechazo” al proyecto de nueva Constitución izquierdista en 45,8%, con lo que se demuestra que dicha opción incluso ha venido creciendo en las últimas semanas.

Cuando se indaga por la percepción que tienen quienes irán a votar en el proceso del domingo sobre qué opción resultará vencedora, la tendencia se confirma: un 54,9% asume que la opción “Rechazo” será la ganadora en el plebiscito.

Estos datos además coinciden con una caída en picada en la popularidad del presidente Gabriel Boric, quien en un estudio realizado entre el 24 y el 28 de agosto registró apenas un 30,3% de respaldo a su gestión de Gobierno.

Se baja el telón de la historia de casi 20 años del motor W16 quad-turbo con el Bugatti W16 Mistral, un velocista de $5 millones basado en el Chiron.

Por: Carscoops / Traducción libre del inglés de Morfema Press

El Mistral, que lleva el nombre de un viento en el sur de Francia, y una insignia utilizada anteriormente por Maserati, es la primera versión descapotable de Bugatti del Chiron, y el primer roadster de la compañía desde que el Veyron Grand Sport Vitesse dejó de producirse en 2015. Bugatti dice que se construirán 99 autos, pero los clientes pueden esperar hasta principios de 2024 para recibir uno.

El motor W16 de 8.0 litros del Mistral genera 1,578 (1,600 PS) y 1,180 lb-ft (1,600 Nm) y se toma prestado del Super Sport y del Super Sport 300+, que batió récords, que registró 304,773 mph (490,5 km/h) en la pista de pruebas de Ehra Lessien en 2019. Sin embargo, los expertos en aerodinámica de Bugatti modificaron especialmente la carrocería del 300+ para alcanzar esas velocidades, y el Mistral no será tan rápido, especialmente si se quita el techo.

¿El roadster más rápido del mundo?

Pero Bugatti tiene claro que ha diseñado el Mistral para que sea el descapotable más rápido del mundo. La compañía estableció un récord de autos de producción de 254 mph (409 km/h) con el Grand Sport Vitesse en 2013 y cree que ese récord aún se mantiene, aunque Hennessey llevó su Venom GT Spyder a 256,6 mph (413 km/h) en 2016 y está disparando a cerca de 300 mph (483 km/h) con el nuevo Venom F5 Spyder presentado esta semana en Monterey. El hecho de que Buggati diga que los instrumentos del nuevo automóvil están diseñados para ser «fácilmente visibles hasta a 420 km/h (260 mph)» sugiere que Hennessey podría tener este en la bolsa.

Aunque el motor y la plataforma se comparten con el Chiron, el Mistral se ve radicalmente diferente de los otros autos de la marca. Bugatti, por lo que vale, dice que se inspiró en el Type 57 Roadster Grand Raid de 1934 , pero el Mistral no es un automóvil abiertamente retro como el Centodieci que imita al EB110, sino que ofrece solo referencias sutiles al catálogo anterior de la marca.

Las tomas de aire traseras brindan protección contra vuelcos

El ejemplo de lanzamiento del Mistral toma prestado el esquema de color amarillo y negro del Grand Raid, una combinación empleada por Ettore Bugatti en muchos de sus autos personales, y se pueden ver ecos del viejo auto en el parabrisas agresivamente inclinado, que envuelve la cabina del Mistral como la visera de un casco. Las nuevas tomas de aire montadas en el techo también se burlan de las jorobas gemelas del reposacabezas en la plataforma trasera del Grand Raid y en el predecesor de este automóvil, el Veyron Grand Sport , al tiempo que brindan protección contra vuelcos.

La parte delantera está dominada por una enorme entrada de aire en forma de herradura que parece que va a hacer estallar un modelo de tren de vapor en cualquier momento, pero también recuerda a los aviones de combate de la guerra fría como el MiG-15. Hace que incluso los extravagantes tratamientos de la parrilla del Divo y La Voiture Noire parezcan reservados, y seguramente resultarán controvertidos, pero sin duda le da al Mistral un carácter único, y los elegantes faros delanteros, que cuentan con tiras de LED horizontales, seguramente terminarán siendo copiados.

Independientemente de si amas o no la cara del Mistral, es casi seguro que te gustará su trasero. Hay un toque de Lotus Evija en las cavidades abiertas detrás de cada rueda trasera que ventilan el aire caliente de los enfriadores de aceite laterales, pero incluso si no se dio cuenta de que las luces LED traseras tienen la misma forma de X que las del Bolide de pista, podrá elegir el nombre de Bugatti en la tira de luz central.

Dentro del Mistral, las cosas son menos extravagantes. El tablero y los accesorios interiores en su mayoría se levantaron directamente del Chiron , lo que es solo una pequeña decepción ya que ese automóvil establece estándares globales para la calidad del material, utilizando aluminio billet y titanio para piezas que son de plástico en automóviles menores. Pero en reconocimiento a sus antepasados, el Mistral presenta madera y un inserto de ámbar que contiene la escultura del ‘elefante danzante’ creada por el hermano mayor de Ettore, Rembrandt, a principios del siglo pasado.

¿Crees que el Mistral es un final apropiado para el motor W16 de Bugatti y la era de combustión de la marca?

Y la ciencia, debemos insistir, mejor que cualquier otra disciplina, puede presentar a sus estudiantes y seguidores un ideal de paciente devoción a la búsqueda de la verdad objetiva, con una visión despejada por motivos personales o políticos.

Sir Henry Hallett Dale

Por: Bo Winegard – Quillette / Traducción libre del inglés de Morfema Press

Aunque el prestigio moderno otorgado a la ciencia es loable, no está exento de peligros. Porque a medida que aumenta el valor ideológico de la ciencia, también aumenta la amenaza a su objetividad. Los eslóganes y las etiquetas pueden politizar rápidamente la ciencia, y los científicos pueden verse tentados a subordinar la búsqueda de la verdad a fines morales o políticos a medida que se dan cuenta de su prodigiosa importancia social. Los datos inconvenientes se pueden suprimir u ocultar y la investigación inconveniente se puede anular. Esto es especialmente cierto cuando una tribu o facción política disfruta de una influencia desproporcionada en la academia: sus miembros pueden desfigurar la ciencia (a menudo inconscientemente) para apoyar sus propias preferencias ideológicas. Así es como la ciencia se vuelve más una propaganda que un empirismo, y la academia se vuelve más una organización mediática partidista que una institución imparcial.

Un editorial en Nature Human Behavior proporciona la indicación más reciente de lo mal que se están poniendo las cosas. Comienza, como tantos ensayos de este tipo, anunciando que “aunque la libertad académica es fundamental, no es ilimitada”. Cuando la invocación de una libertad fundamental en una cláusula se socava inmediatamente en la siguiente, debemos ser escépticos de lo que sigue. Pero en este caso, los autores están en desacuerdo con una opinión que muy pocas personas tienen. Como mínimo, la mayoría de los académicos aceptarán fácilmente que la curiosidad científica debe estar restringida por preocupaciones éticas sobre los participantes de la investigación.

Desafortunadamente, los autores luego anuncian que también desean aplicar estos «marcos éticos bien establecidos» a «seres humanos que no participan directamente en la investigación». Les preocupa especialmente que “las personas puedan verse perjudicadas indirectamente” por investigaciones que “inadvertidamente… estigmatizan a individuos o grupos humanos”. Tal investigación “puede ser discriminatoria, racista, sexista, capacitista u homofóbica” y “puede proporcionar una justificación para socavar los derechos de grupos específicos, simplemente por sus características sociales”. Debido a estas preocupaciones, la comunidad de Springer Nature ha elaborado un nuevo conjunto de pautas de investigación destinadas a «abordar estos daños potenciales», aplicando explícitamente marcos éticos para la investigación con participación humana a «cualquier publicación académica».

En lenguaje sencillo, esto significa que, a partir de ahora, la revista rechazará artículos que puedan dañar (incluso “inadvertidamente”) a las personas o grupos más vulnerables al “racismo, sexismo, capacitismo u homofobia”. Dado que ya es una práctica estándar rechazar el trabajo falso o mal argumentado, es seguro asumir que estas nuevas pautas han sido diseñadas para rechazar cualquier artículo que se considere que representa una amenaza para los grupos desfavorecidos, independientemente de si sus afirmaciones centrales son ciertas o no, o al menos bien respaldado. En unas pocas frases, hemos pasado de una declaración banal de lo obvio a una discreción editorial draconiana y censuradora. Los editores ahora disfrutarán de un poder sin precedentes para rechazar artículos sobre la base de preocupaciones morales nebulosas y daños anticipados.

Imagínese por un momento que este editorial fuera escrito, no por progresistas políticos, sino por católicos conservadores, quienes anunciaron que cualquier investigación que promueva (incluso “inadvertidamente”) el sexo promiscuo, la ruptura del núcleo familiar, el agnosticismo y el ateísmo, o el declive de la el estado-nación sería suprimido o rechazado para que no inflija un “daño” no especificado a grupos o individuos vagamente definidos. Muchos de los que asienten actualmente junto con los editores de Nature no tendrían dificultad para identificar la subordinación de la ciencia a una agenda política. No es necesario argumentar que oponerse al racismo o promover la familia nuclear son objetivos dudosos para preocuparse también por elevarlos por encima de la libre investigación y la búsqueda desapasionada de la comprensión.

Supongamos que alguien descubre que los hombres tienen más probabilidades que las mujeres de estar representados en la cola de la distribución de habilidades matemáticas y, por lo tanto, es más probable que sean ingenieros o profesores de física. ¿Constituye tal hallazgo sexismo, aunque solo sea por implicación? ¿Estigmatiza o ayuda a estereotipar negativamente a las mujeres? ¿Los autores del editorial afirman que las revistas no deben publicar un artículo que contenga estos datos o presentan tal argumento? La misma vaguedad de estas nuevas pautas permite, o más bien requiere , que los sesgos políticos de los editores y revisores se inmiscuyan en el proceso de publicación.

A medida que avanza el editorial, se vuelve cada vez más alarmante y más explícitamente político. “Avanzar en el conocimiento y la comprensión”, declaran los autores, es también “un bien público fundamental. Sin embargo, en algunos casos, los daños potenciales a las poblaciones estudiadas pueden superar el beneficio de la publicación”. ¿Como? Cualquier material que “socava” la “dignidad o los derechos de grupos específicos” o “supone que un grupo humano es superior o inferior a otro simplemente por una característica social” será suficiente para “plantear inquietudes éticas que pueden requerir revisiones o reemplazar el valor de publicación.”

Pero ningún científico o erudito serio sostiene que algunos grupos son superiores o inferiores a otros. Aquellos que escriben con franqueza sobre las diferencias de sexo y población, como David Geary o Charles Murray , habitualmente inician la discusión de sus hallazgos con la declaración inequívoca de que las diferencias empíricas no justifican afirmaciones de superioridad o inferioridad . Sin embargo, el editorial es una garantía para atacar, silenciar y suprimir investigaciones que encuentren diferencias de algún significado social entre sexos o poblaciones, independientemente de que tales diferencias existan o no. La afirmación empírica de que “los hombres están sobrerrepresentados frente a las mujeres en el extremo derecho de la cola de la distribución de la capacidad matemática” puede, por lo tanto, rechazarse sobre la base de que puede entenderse que implica una afirmación de superioridad masculina incluso si no existe tal afirmación, se hace, e incluso si se desautoriza explícitamente.

Sintiendo el camino peligroso y censurador que están recorriendo, los autores hacen una pausa para ofrecer un bocado a aquellos de nosotros que todavía creemos en la importancia de la libertad académica:

Existe un delicado equilibrio entre la libertad académica y la protección de la dignidad y los derechos de las personas y los grupos humanos. Nos comprometemos a usar esta guía con cautela y criterio, consultando con expertos en ética y grupos de defensa cuando sea necesario. Garantizar que prospere la investigación realizada de forma ética sobre las diferencias individuales y entre los grupos humanos, y que no se desaliente ninguna investigación simplemente porque puede ser social o académicamente controvertida, es tan importante como prevenir daños.

Esto no es nada tranquilizador. Pedir a especialistas en ética que evalúen la sabiduría de publicar un artículo de revista es tan contrario al espíritu de la ciencia como solicitar el consejo de publicación de un erudito religioso. ¿Quiénes son estos «expertos en ética» y «grupos de defensa» de todos modos? Soy escéptico de la experiencia ética. Soy especialmente escéptico de la experiencia ética de una academia más inclinada a recompensar las conclusiones que respaldan las preferencias progresivas que las que surgen del estudio empírico y el pensamiento racional. Soy aún más escéptico con respecto a los grupos de defensa, que existen para perseguir una agenda política y, por lo tanto, por su propia naturaleza, están mucho más interesados ​​en lo que es útil que en lo que es verdadero.

Imagine el clamor de la izquierda si una revista anunciara que consultaría a los defensores de la vida antes de publicar un artículo sobre los efectos del aborto en el bienestar. O si decidió consultar a evangélicos conservadores al evaluar un artículo sobre los efectos de la adopción por parte de parejas homosexuales. La revista está anunciando efectivamente el empleo de lectores sensibles, de quienes se puede suponer con seguridad que invariablemente recomendarán la opción de supresión por aversión al riesgo cada vez que surja la posibilidad de controversia.

Antes de establecer sus nuevas pautas, los autores se toman un momento para autoflagelarse, con una denuncia de la ciencia por su triste historia de desigualdad y discriminación. Aún así, “con esta guía, damos un paso para contrarrestar esto”, dicen como si fuera un acto de expiación. Encuentro que soy más positivo sobre la ciencia del pasado que los autores del editorial, y más pesimista sobre la ciencia del futuro orientada a la justicia social que están proponiendo. Sí, los humanos son defectuosos y falibles y siempre lo serán, por lo que debemos aceptar que la ciencia siempre será un esfuerzo imperfecto. Pero la mejor manera de corregir sus imperfecciones no es exigir la capitulación de la ciencia ante la ideología, sino permanecer vivo ante nuestros sesgos e idear mecanismos que puedan compensarlos.

Como era de esperar, las pautas editoriales propuestas se centran en las necesidades y sensibilidades de los grupos percibidos como marginados e identificados por raza, etnia, clase, sexo y orientación sexual, creencias religiosas y políticas, edad y discapacidad. Y, naturalmente, las pautas en sí mismas son tan vagas y preocupantes como el resto del editorial. Los autores reiteran que quieren extender las protecciones para los participantes de la investigación durante todo el proceso de publicación. “Los daños”, señalan, “también pueden surgir indirectamente, como resultado de la publicación de un proyecto de investigación o de una comunicación académica, por ejemplo, la estigmatización de un grupo humano vulnerable o el uso potencial de los resultados de la investigación para fines no deseados. (por ejemplo, políticas públicas que socavan los derechos humanos o mal uso de la información para amenazar la salud pública)”.

Como casi todo lo demás en el editorial, esta afirmación es inútilmente ambigua y políticamente polémica. Además, los posibles daños (o beneficios) del mundo real que resultan de la publicación de artículos académicos son increíblemente, quizás prohibitivos, difíciles de anticipar y medir. ¿Un artículo que encuentre que los hombres homosexuales son más promiscuos en promedio que los hombres heterosexuales resultaría en la “estigmatización de” o el “daño a” un “grupo humano vulnerable”? La respuesta dependería en gran medida de la visión que tenga el entrevistado de la homosexualidad y de cuán amplias o no sean sus definiciones de “estigmatización” y “daño”.

La noción de que los hombres homosexuales son más promiscuos que los heterosexuales podría generar algunos estereotipos negativos sobre los primeros. Pero también podría generar conciencia sobre los peligros desproporcionados que la promiscuidad sin protección representa para la salud sexual de los hombres homosexuales, lo que a su vez podría conducir a una reducción en la tasa de infecciones de transmisión sexual. Simplemente no sabemos. Esta es precisamente la razón por la cual la revisión por pares solo debe considerar la plausibilidad y la importancia teórica de los artículos, no sus efectos políticos y morales desconocidos.

Las nuevas pautas establecen que incluso si un proyecto fuera a ser revisado y aprobado por los comités apropiados, los editores “se reservan el derecho de solicitar modificaciones” o incluso “rechazar la publicación… o retractarse después de la publicación” si contiene contenido que:

Se basa en la suposición de una superioridad o inferioridad biológica, social o cultural inherente de un grupo humano sobre otro en función de la raza, etnia, origen nacional o social, sexo, identidad de género, orientación sexual, religión, creencias políticas o de otro tipo, edad, enfermedad, (dis)capacidad u otras agrupaciones socialmente construidas o socialmente relevantes (en lo sucesivo, agrupaciones humanas socialmente construidas o socialmente relevantes).


O:

Socava, o podría percibirse razonablemente que socava, los derechos y la dignidad de un individuo o grupo humano sobre la base de agrupaciones humanas socialmente construidas o socialmente relevantes.


O:

Encarna perspectivas singulares y privilegiadas, que excluyen una diversidad de voces en relación con agrupaciones humanas socialmente construidas o socialmente relevantes, y que pretenden que tales perspectivas sean generalizables y/o asumidas.

No se aducen ejemplos, por supuesto, por lo que es difícil saber qué tipo de contenido cometería estas iniquidades retractables. ¿Podría percibirse “razonablemente” que una discusión sobre las diferencias grupales en la capacidad cognitiva socava los “derechos y dignidades de un individuo o grupo humano”? ¿Sería una exploración de las diferencias de sexo en las tasas de homicidio? ¿Un análisis de las diferencias políticas en la rigidez cognitiva? ¿Sería una prueba de la asociación entre religiosidad y prosocialidad? ¿Y quién será el juez de lo que es y no es «razonable»? ¿Y qué constituye o no “socavar”?

La ambigüedad se acumula sobre la ambigüedad para expandir el ámbito caprichoso del censor. No se requiere clarividencia para predecir que estos criterios no se aplicarán consistentemente. Puede considerarse racista señalar que los estadounidenses negros cometen una cantidad desproporcionada de delitos, pero seguramente no se considerará misándrico señalar que los hombres estadounidenses cometen una cantidad desproporcionada de delitos. Incluso aquellos que trabajan con ardor por el triunfo de las ideas y los valores progresistas deberían estremecerse. Estas pautas no solo degradarán aún más el prestigio de la ciencia, que ya está en conflicto, sino que ofrecen una deferencia notable a las preocupaciones morales idiosincrásicas de los editores y revisores, que están sujetas a cambios con poca antelación. Como han descubierto recientemente las feministas radicales,

Las directrices destinadas a combatir el racismo comienzan anunciando que la raza y la etnia son construcciones sociopolíticas. Esta es una afirmación controvertida (incluso si pudiéramos estar de acuerdo en lo que se entiende por «construcción sociopolítica»), y creo que no está respaldada ni por los datos ni por un argumento filosófico sólido . Aun así, la sección continúa afirmando que:

Los estudios biomédicos no deben combinar la ascendencia genética (una construcción biológica) y la raza/etnicidad (construcciones sociopolíticas): aunque la raza/etnia son construcciones importantes para el estudio de las disparidades en los resultados de salud y la atención médica, la ascendencia genética empíricamente establecida es la construcción adecuada para la estudio de la etiología biológica de enfermedades o diferencias en la respuesta al tratamiento.

Este razonamiento intrincado seguramente solo agravará el doble rasero existente en las discusiones sobre raza y etnicidad: aquellos que sostienen que la sociedad está repleta de racismo pueden señalar las desventajas que experimentan los grupos raciales, pero aquellos que sostienen que las disparidades son causadas por diferencias de comportamiento se les dice rotundamente que la raza no existe. ¿Se aplicarían consistentemente estos estándares a un documento que examinara las disparidades raciales en los tiroteos policiales y a un documento que examinara las diferencias raciales en las tasas de criminalidad?

“El racismo”, se nos dice, “es científicamente infundado y éticamente insostenible. Los editores se reservan el derecho de solicitar modificaciones (o corregir o enmendar después de la publicación) y, en casos graves, rechazar la publicación (o retractarse después de la publicación) de contenido racista”. Pero dado que el material “científicamente infundado” puede rechazarse solo por esa razón, no hay necesidad de invocar los daños potenciales a los grupos vulnerables como justificación adicional. La implicación de los autores parece ser que se debe entender que el «racismo» (a diferencia de la variedad «inversa») se aplica a algunos grupos y no a otros, y que a lo que los autores desean oponerse es a la investigación que podría desacreditar la eficacia o la justicia de, decir, acción afirmativa. Pero dado que el editorial y sus pautas no brindan ejemplos de contenido supuestamente racista, es difícil saberlo.

La sección sobre sexo, género y orientación sexual es igualmente vaga y tendenciosa. Los autores afirman, por ejemplo, que “existe un espectro de identidades y expresiones de género que definen cómo las personas se identifican y expresan su género”. Bien quizás. Pero esta es una afirmación ideológicamente provocativa, y ciertamente una con la que muchas personas en todo el espectro político estarán en total desacuerdo. Evitando descaradamente cualquier pretensión de objetividad, los autores luego detallan la lista habitual de identidades de género putativas, “que incluyen, entre otras, transgénero, género queer, género fluido, no binario, variante de género, sin género, agénero, sin género, bigénero, hombre trans, mujer trans, masculino trans, femenino trans y cisgénero”. Las normas de género, se nos dice, “no son fijas sino que evolucionan a lo largo del tiempo y el espacio. Como tal, las definiciones requerirán una revisión frecuente…” Es difícil imaginar que más del cinco por ciento de los conservadores estarían de acuerdo con esto, pero eso evidentemente no preocupa a los autores. El objetivo principal de esta sección parece ser señalar a otros progresistas: “Estamos de su lado”, y enviar una señal correspondiente a los conservadores: “Ustedes no son nuestra gente”.

El editorial cierra declarando que «se alienta a los investigadores a promover la igualdad en su investigación académica» y que los editores se reservan el derecho de retractarse de los artículos que sean «sexistas, misóginos y/o anti-LGBTQ+». Nuevamente, no se ofrecen ejemplos de estos crímenes dignos de retractación, por lo que resurgen objeciones familiares. ¿Es “misógino” un artículo que afirma que los hombres son físicamente más fuertes que las mujeres? ¿Es un artículo que examina la correlación entre la identidad trans y otras enfermedades mentales “anti-LGBTQ+”?

La ciencia es una actividad humana y, como todas las actividades humanas, está influenciada por los valores humanos, los prejuicios humanos y las imperfecciones humanas. Esos nunca serán eliminados. Indudablemente, la bandera de la ciencia ha sido agitada para justificar, excusar o racionalizar crímenes y atrocidades, desde la pseudociencia racial de los nazis hasta el slatism en blanco (y Lysenkoism) de los comunistas. Pero la respuesta correcta a estas distorsiones no es respaldar una visión muy partidista de la ciencia que promueva una cosmovisión progresista, alienando a todos los que no están de acuerdo y fomentando aún más la duda sobre la objetividad del esfuerzo científico. La respuesta correcta es preservar una visión contradictoria de la ciencia que promueva el debate, el desacuerdo y la libre indagación como la mejor forma de llegar a la verdad.

Bo Winegard es editor asociado en Quillette. Recibió su doctorado en psicología social de la Universidad Estatal de Florida bajo la tutela de Roy Baumeister.

Apenas habían pasado seis años desde que abandonó el Kremlin y la URSS pasaba a la Historia cuando Mijail Gorbachov sorprendía en 1997 a propios y extraños al protagonizar un anuncio nada menos que de Pizza Hut. Un spot en el que el ex mandatario soviético se ajustaba a un guión que ironizaba sobre lo ocurrido en Rusia desde el fin de la era comunista.

Por: OK Diario

Como un abuelo más con su nieta, Gorbachov disfrutaba de una sabrosa pizza mientras en una mesa vecina los comensales se enfrascaban en una discusión sobre su nueva vida: caos, estabilidad política, crisis económica… libertad se confrontaban hasta que alguien ponía a todos de acuerdo en al menos una cosa: tenían Pizza Hut.

Y todos en pie brindaban por el abuelete sentado a la mesa de la esquina, que agradece el brindis emocionado. Un anuncio con muchas lecturas y una enorme carga sociológica que convirtió a Gorbachov en una figura inmortal.

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