Armando Esteban Quito

Las doñitas comunistas gringas que integran la organización feminista CODEPINK reaparecieron esta semana en Venezuela durante su visita a una sede bombardeada del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (Ivic), en Altos de Pipe, estado Miranda.

La Patilla

«Estamos aquí visitando el lugar donde dos misiles golpearon y destruyeron un centro de telecomunicaciones, justo aquí, y tuvieron un impacto a un kilómetro a la redonda», comentó Medea Benjamin en una grabación publicada en la red social X.

«Edificios, escuelas, aulas que estaban aquí y, por supuesto, afectó a la gente que trabajaba en este centro científico», apuntó, pese a que no hay reportes oficiales sobre bajas civiles en ese lugar.

«Nos sentimos horrorizados sobre lo que nuestro gobierno hace aquí», expresó Benjamin, quien se caracterizó por ser la principal propagandista de Nicolás Maduro en Estados Unidos, principalmente durante la toma ilegal de la embajada venezolana en Washington, donde fue la principal alborotadora.

Quién financia y cuánto dinero manejan estos turistas activistas

La ONG Code Pink (oficialmente CODEPINK: Women for Peace) es una organización estadounidense sin fines de lucro registrada como 501(c)(3), enfocada en activismo por la paz, anti-guerra y causas progresistas. Sus ingresos anuales recientes rondan alrededor de $1.2 a $1.4 millones (por ejemplo, en el año fiscal 2024 reportó aproximadamente $1.33 millones en ingresos, principalmente de contribuciones, según datos de ProPublica Nonprofit Explorer).

Code Pink afirma en su sitio web que se financia principalmente por donaciones individuales de ciudadanos preocupados por la paz y el anti-militarismo, a través de una red de organizadores locales, simpatizantes en línea y donantes generosos. Sin embargo, reportes independientes, investigaciones periodísticas y formularios fiscales públicos (IRS Form 990) revelan donantes específicos y patrones controvertidos:

Donaciones individuales y pequeños donantes, representan la mayor parte según la propia organización.

Neville Roy Singham: Es la fuente más destacada y controvertida. Singham es un empresario estadounidense (de origen indio-srilanqués) millonario, esposo de la cofundadora Jodie Evans desde 2017. Según una investigación del New York Times (2023) y reportes posteriores (incluyendo del Congreso de EE.UU. en 2025-2026), desde 2017 alrededor del 25% de los fondos de Code Pink (más de $1.4 millones) provienen de grupos o entidades vinculadas a Singham. Estos incluyen: Organizaciones sin fines de lucro que actúan como conductos (como fondos anónimos a través de UPS Store nonprofits o charities de Goldman Sachs).

Singham ha sido acusado de financiar redes de influencia alineadas con el gobierno chino (propaganda del Partido Comunista Chino), lo que ha generado investigaciones del Congreso (por ejemplo, cartas de senadores como Tom Cotton en 2025 pidiendo indagaciones por posibles violaciones a la Foreign Agents Registration Act – FARA) y llamados a revisar su estatus. Code Pink niega rotundamente cualquier financiamiento directo del gobierno chino o del PCC, y afirma que sus decisiones son independientes.

Benjamin Fund: Gestionado por la cofundadora Medea Benjamin. En 2022 donó $355,350 a Code Pink. Este fondo tiene activos de unos $47.9 millones.

Otras fundaciones y donantes conocidos:

Tides Foundation: Donó $54,500 en 2020 (y posiblemente más en otros años).

Otras menciones en reportes incluyen Threshold Foundation, New Priorities Foundation, Barbra Streisand Foundation y Global Exchange (donaciones menores o puntuales).

Code Pink, obviamente, no publica una lista completa de donantes (como muchas ONG, prioriza la privacidad), lo que genera críticas por falta de transparencia. Sus ingresos provienen casi exclusivamente de contribuciones (95-100%), sin ingresos significativos por servicios o inversiones grandes.

Controversia significativa

Fuentes conservadoras, congresistas (como comités del Congreso en 2023-2026) y medios la vinculan a influencia china vía Singham, mientras que la organización lo rechaza categóricamente y dice pasar auditorías.

Organizaciones sin fines de lucro de extrema izquierda en la mira mientras un legislador las expone por «sembrar el caos» en EE. UU.

Un alto líder republicano dijo que las organizaciones sin fines de lucro estadounidenses deben «negarse a actuar como instrumentos de gobiernos extranjeros hostiles».

El presidente del Comité de Medios y Arbitrios de la Cámara de Representantes, Jason Smith, intensificó su investigación sobre el magnate tecnológico marxista nacido en Estados Unidos y radicado en China, Neville Roy Singham, quien supuestamente ha estado «sembrando caos y difundiendo propaganda china, posiblemente en coordinación con un gobierno extranjero».

La amnistía no resuelve la historia: la ordena para que la historia pueda seguir sin que la violencia sea la única jugada disponible. En términos políticos, la medida puede interpretarse como una forma de desactivar tensiones internas

ORLANDO VIERA-BLANCO
24/02/2026

La Ley de Amnistía para la Convivencia Democrática aprobada en Venezuela es, sin duda, una pieza relevante en la historia política reciente. No garantiza la paz y la reconciliación nacional, porque no contamos con la estructura política e institucional para hacer memoria y justicia, por ahora…El momento histórico llegará cuando restauremos el estado de derecho y la democracia.

La Amnistía es sólo un vehículo político de contención a los abusos del régimen y a la criminalización de la política.

Sabemos que el régimen tiene en sus manos la posibilidad de abrir las cárceles. Pero también es necesario crear un ambiente de cese de la persecución sistemática. La amnistía representa una oportunidad concreta para liberar a presos políticos, aliviar tensiones y abrir espacios de convivencia. No todos los presos obtendrán libertad plena e inmediata ni están todos los que deberían estar tan las rejas [criminales de lesa humanidad]. Pero ese momento llegará.

Aunque la amnistía está lejos de constituir una herramienta de justicia transicional integral, en tanto carece de mecanismos sólidos de verdad, reparación, garantías de no repetición e independencia judicial, sin embargo cumple un fin inmediato: desarma al verdugo y libera a miles de víctimas de persecución y cárcel […] Más que un puente hacia una reconciliación profunda, parece ser una alfombra cuando menos pragmática, y cuando más, un instrumento de cierre político condicionado en medio de una complejidad latente.

La amnistía como herramienta política: Una alfombra azul sobre la roja.

La amnistía-en términos jurídicos-es una medida que extingue legalmente la responsabilidad penal de ciertos actos cometidos antes de su promulgación. A diferencia del indulto individual, que simplemente perdona una pena, la amnistía borra el delito en abstracto para un grupo de personas, dejando sin efecto las sanciones que pudieran derivarse de hechos ya consumados. En tiempos de criminalización de la justicia, la despenalización de tipos delictivos—además difusos y elásticos—es un hecho relevante.

Tras las guerras mundiales, hubo pacificación a costa de equilibrios frágiles. En los dos grandes conflictos del siglo XX, las amnistías jugaron papeles muy distintos según los contextos nacionales.

Después de la I Guerra Mundial—en países como Alemania durante la República de Weimar—se aprobaron amnistías para liberar a miles de prisioneros políticos encarcelados en los tumultuosos años de 1918-1919.

Tras la II Guerra Mundial, las respuestas fueron mixtas. En Europa occidental y central las amnistías no constituyeron un gran pilar de los procesos de reconstrucción, y en muchos casos se optó por juicios por crímenes de guerra y la reversión de leyes injustas. Países como Francia o Dinamarca encararon a colaboracionistas con el régimen nazi en tribunales, y aunque hubo perdones limitados, no hubo amnistía generalizada como política estructural, reflejando que el castigo a violaciones graves se volvió una norma emergente.

En Italia sin embargo, se adoptó una amnistía de alcance amplio en 1946 (la llamada amnistía de Togliatti) para liberar tanto presos fascistas como partisanos de la posguerra, con la intención de reconciliar a una sociedad profundamente dividida. Su aplicación práctica mostró sesgos: muchos ex-fascistas fueron liberados con mayor facilidad que quienes habían combatido la ocupación, lo que sembró críticas de injusticia y desigualdad.

El postulado que quién claudica no legisla amnistías, no encaja en el caso venezolano.

En nuestro caso la claudicación del régimen no ha sido total y absoluta, aunque asemeje una rendición. El régimen tiene el control territorial del país. También cuenta con las FFAA, policías, más control de milicias y colectivos.

La visita del General Francis Donovan—Jefe del Comando Sur de los EEUU—no es una exageración decir, tiene tanto o más peso que una Amnistía. Recuerda la entrada de MacArthur tras la claudicación de Japón; Maxwell Thurman en Panamá; Clay en Alemania; Clark en Kosovo o Petraeus en Irak. Pero en todos aquellos casos post conflicto, EEUU o la OTAN obtuvieron una victoria total. En Venezuela la incursión fue impecable, pero aun subsiste un orden opresor que debe ser decantado. La Amnistía no se agota en sí misma.

Otros: El régimen deberá hacer lo que indique EEUU en términos de desarme, reestructuración de las FFAA, desmontaje de colectivos, milicias urbanas, entrega de perseguidos por la justicia norteamericana y libertad real de presos políticos, al tiempo de imponer una reintegración de los poderes públicos, garantías fiscales, apertura aduanera y seguridad ciudadana.

En este sentido la Amnistía—aun siendo condicionada—es [positivamente] un salvoconducto de habilitación política. No nos extrañe ver pronto a un Freddy Superlano candidato a la gobernación de Barinas, a Perkins Rocha como Presidente del TSJ, Enrique Márquez o Juan Pablo Guanipa formando parte de un gobierno colegiado; una nueva composición del CNE [en medio de un proyecto de Ley de modificación de los procesos electorales] o Maria Corina entrando a Caracas de la mano de la Sra. Laura Dogu o el citado General Francis Donovan. Sepamos esperar la decantación

La amnistía como partida de ajedrez: no es jaque mate, es contención estratégica

En los procesos de transición política, la amnistía suele ser juzgada con un criterio binario: o es justicia, o es impunidad; o es victoria moral, o es traición ética. Ese marco es pobre para comprender su verdadera función en escenarios de poder asimétrico, donde el régimen autoritario no ha sido derrotado militarmente ni colapsado institucionalmente.

En esos casos, la amnistía se parece menos a un veredicto final y más a una jugada intermedia en una partida de ajedrez: no busca jaque mate inmediato, sino neutralizar piezas del adversario, descomprimir el tablero y ganar tiempo político.

Como en el ajedrez hay partidas que no se ganan por fulminación del rey enemigo, sino por ahogo estratégico. Se limitan los movimientos del rival, se reducen sus piezas activas, se lo obliga a jugar en defensiva. La amnistía no derrota al régimen por sí sola, pero le quita capacidad de coerción, rompe la lógica de rehenes políticos, y vacía de eficacia el terror como herramienta de control social. Así la amnistía no es claudicación: es contención de la opresión.

Es estrategia, no moralismo. es una jugada y no una rendición […] La amnistía, cuando se diseña con exclusiones claras para crímenes de lesa humanidad y delitos graves, actúa como una jugada de “desarme parcial”: reduce el número de piezas activas del régimen (presos políticos como instrumento de chantaje), limita su narrativa de enemigo interno y debilita su monopolio del miedo.

Carl von Clausewitz definió la guerra como “la continuación de la política por otros medios”. En transiciones políticas incompletas, la política es la continuación del conflicto por medios no violentos. La amnistía se inserta ahí: no cancela el conflicto, lo traslada a otro plano. No resuelve el antagonismo estructural, pero cambia el terreno de juego: de la cárcel y la tortura, al espacio institucional y simbólico. Eso explica por qué la amnistía incomoda tanto a los maximalistas de ambos bandos: i.-Al autoritarismo, porque pierde un arma de dominación; ii.-Al moralismo punitivo, porque no ofrece una victoria total inmediata.

Neutralizar sin absolver: la amnistía como purga funcional del conflicto, no como borrón y cuenta nueva

Hannah Arendt distinguía entre perdón y comprensión política. El perdón, decía, pertenece al ámbito moral; la política opera con categorías de responsabilidad colectiva, estabilidad y futuro común. La amnistía no perdona en sentido moral: “reordena el campo de responsabilidad para hacer posible la convivencia política mínima” [Dixit Arendt].

Es clave de la teoría de juego: no se trata de perdonar a la reina enemiga; se trata de sacarla del centro del tablero, forzarla a jugar sin movilidad ofensiva, y abrir espacios para que el juego deje de ser una masacre unilateral.

Reinhold Niebuhr advertía contra la ingenuidad moral en política: “La capacidad del ser humano para la justicia hace posible la democracia; la inclinación del ser humano a la injusticia hace necesaria la coerción”. Habría que agregar: Sin coerción no hay orden, sin orden no hay justicia y sin justicia no hay paz. Luego a la paz y a la moral, la preceden el orden punitivo que suprime el poder tirano.

La amnistía opera en ese dilema: no presupone virtudes morales en los actores del régimen, sino que busca reducir su margen de daño, crear incentivos para la desmovilización de la represión y permitir que sectores intermedios abandonen la lógica de guerra interna, porque hay un poder coercitivo sobre ellos que impide abatirse o negarse. Es una purga funcional del conflicto, no su negación. Decanta: separa lo que es políticamente transitable de lo que es penalmente intolerable.

No resolverlo todo es parte del diseño.

Isaiah Berlin recordaba que los conflictos entre valores son trágicos e irresolubles en términos absolutos: libertad, justicia, paz y verdad no siempre se armonizan plenamente. Exigir que la amnistía lo “resuelva todo” es pedirle a una jugada de naturaleza intermedia—por ahora—que haga el trabajo de un partido final.

La amnistía no hace justicia completa. La amnistía no garantiza reconciliación emocional. La amnistía no sana la memoria colectiva. Lo que sí hace—cuando está bien diseñada—es cambiar la geometría del conflicto:

i.-Reduce el costo humano inmediato; ii.-Rompe la economía del terror; iii.-Abre ventanas para procesos posteriores de verdad, reparación y justicia transicional.

George Kennan, arquitecto de la política de “contención”, defendía que frente a regímenes autoritarios no siempre se trata de derrocar de inmediato, sino de limitar, cercar, desgastar su capacidad de expansión y daño hasta que el sistema colapse por sus propias contradicciones. La amnistía cumple una función análoga: contiene la opresión, no la redime; reduce la presión, no la borra; desarma mecanismos, no almas.

La amnistía como sacrificio táctico.

La amnistía implica un sacrificio simbólico: se posterga una parte de la justicia punitiva inmediata para ganar oxígeno político y social. No es olvido; es priorización estratégica del cese de la violencia estatal como condición posible para la justicia futura.

Henry Kissinger—con todo lo polémico de su legado—formuló una máxima cruda del realismo político: “La estabilidad suele preceder a la justicia; sin un mínimo de orden, la justicia es impracticable y moralmente ilusoria”.

Leído críticamente, esto no legitima la impunidad: describe una secuencia política. La amnistía busca descomprimir primero la violencia estructural para que luego puedan operar mecanismos más exigentes de verdad y responsabilidad. Es una jugada de “ganar el medio juego”, no el final moral de la partida.

Entender la amnistía como jaque mate es un error conceptual. Entenderla como rendición, también. No hay romanticismo en esto. Hay realismo político: sin neutralizar la represión, no hay transición; sin reducir el terror, no hay política; sin abrir el tablero, no hay final de partida posible.

La amnistía no resuelve la historia: la ordena para que la historia pueda seguir sin que la violencia sea la única jugada disponible. En términos políticos, la medida puede interpretarse como una forma de desactivar tensiones internas y permitir un reinicio institucional tras el período de Maduro, esto es, reducción de cargas judiciales y penitenciarias como incentivar la participación política de grupos excluidos y cerrar capítulos traumáticos sin reabrir conflictos latentes.

La Ley de Amnistía de Venezuela 2026 se convierte en un ejemplo esclarecedor de cómo la justicia, en contextos de transición incompleta, puede ser tanto una herramienta de esperanza como un espejo de las limitaciones del poder político en tiempos de cambio; una Amnistía condicionada que no tiene la misión de sustituir a la justicia hoy, sino hacerla posible mañana.

En consecuencia, desde una visión de poder, la amnistía no es sólo una medida jurídica, sino una herramienta de gobernabilidad. En palabras de Guillermo O’Donnell: “Las transiciones pactadas suelen producir democracias delegativas, donde los pactos de salida priorizan la estabilidad del poder antes que la consolidación del Estado de Derecho.” En otras palabras, es la búsqueda de autoridad, control y seguridad antes que la refundación de la república.

Este marco conceptual resulta útil para analizar la amnistía venezolana: no emerge de una transición institucional plena, sino de una reconfiguración interna del poder que busca estabilizar el sistema político sin desmontar los dispositivos que permitieron la persecución.

Por eso—más que una política de justicia transicional—la ley opera como un mecanismo de pacificación selectiva [sic], una herramienta suspensión condicional de la persecución política y un instrumento de control político blando sobre disidentes y ex perseguidos. Riesgos prácticos: intimidación, selectividad y chantaje político.

En este contexto el orden tutelado por los estados unidos tendrá otras tareas de estabilización en la cartilla: re-conformación del poder judicial; reestructuración de las policías judiciales; de inteligencia militar, vigilancia política y contrainteligencia. Como advierte Carlos Nino al analizar los límites del derecho penal en contextos autoritarios: “Cuando el Estado utiliza el proceso penal como herramienta política, todo acto de sometimiento procesal deja de ser una garantía y se convierte en un riesgo para el ciudadano.” Esto lo sabe Washington, la CIA, El Departamento de Justicia y el Pentágono. La decantación no basta con la Amnistía.

Para cerrar vale la pena recordar algunas frases de las reseñas de los juicios de Nuremberg: “Ahí estaban los hombres poderosos de Hitler. Ahora reducidos, moralmente abatidos, materialmente rotos, invadidos de terror y aislamiento. Pasaron de verdugos miserables o pequeños hombres, indefensos y míseros […] Frente a la justicia ahora lucían perplejos, acorralados, disminuidos, sin poder casi respirar y con la mirada al suelo. La historia rápidamente los bajó de la cumbre del poder, la soberbia y la barbarie, a seres humanos sin alma, sin fuerza, sin escapatoria.

La Amnistía no redime al criminal, tampoco lo habilita ni lo libera de su miseria. La historia los juzgará irremisiblemente. Y los reducirá a lo que hoy exhiben sus caras: terror, abatimiento, soledad, miseria y ruptura. No hay romanticismo en esto decíamos, es realismo político. Es una amnistía condicionada, para tirios y troyanos, que abre el tablero y facilita el quiebre gradual [y final] del poder.

Huelga ahora pedir discreción y prudencia a aquellos que cuestionan la amnistía ferozmente, desde una retina personal. Con esa misma ferocidad e incomprensión serán tratados por la historia […] La amnistía no es jaque mate, no es moral, no reconcilia la verdad, la justicia, la paz y la libertad [Dixit I.Berlin]. No lo resuelve todo…

Es contención, es abonar caminos, es bajar el costo político y ciudadano del terror al opresor, y es facilitar su quibre y caida definitiva.

Abogado. Activista de DDHH
Ex Embajador en Canadá
vierablanco@gmail.com
@ovierablanco

En una democracia madura, la voz es libre, pero el ejercicio comunicacional exige ética, equilibrio y responsabilidad social.

Diario El Caribeño

La libertad de expresión es uno de los pilares fundamentales de toda sociedad democrática. En República Dominicana, este derecho ha sido conquistado y defendido a lo largo de décadas como garantía esencial del pluralismo, la crítica y el debate público.

Sin libertad de expresión no hay democracia. Pero sin responsabilidad en el ejercicio de esa libertad, la democracia puede deteriorarse.

El rol de los comunicadores en la actualidad es más complejo que nunca. La inmediatez de las redes sociales, la competencia por la atención del público y la viralidad como medida de impacto han transformado el ecosistema mediático. Hoy, una opinión puede recorrer el país en segundos. Una acusación puede amplificarse sin filtros. Una frase puede incendiar el debate nacional.

En ese contexto, la ética periodística no es un adorno académico; es una necesidad democrática.
La crítica es legítima. La investigación es indispensable. El cuestionamiento al poder es saludable. Pero cuando el discurso público cruza la línea hacia la descalificación personal, la incitación al odio o la estigmatización, deja de fortalecer la democracia y comienza a debilitarla.

El discurso de odio no siempre se presenta de forma explícita. A veces se disfraza de humor, de opinión frontal o de libertad sin límites. Sin embargo, cuando se normaliza la agresividad constante, se erosiona el respeto que debe sostener el debate público.

Los medios de comunicación y los comunicadores no son simples espectadores de la realidad. Son formadores de opinión, constructores de narrativa y referentes para miles de ciudadanos. Esa posición implica una responsabilidad mayor.

La libertad de expresión protege el derecho a opinar, incluso de manera incómoda. Pero no exime del deber de verificar, contextualizar y actuar con prudencia. Una democracia sólida no teme a la crítica; teme a la desinformación y al odio sistemático.

República Dominicana enfrenta el reto de mantener un debate firme, plural y vigoroso, sin caer en la banalización del ataque personal ni en la polarización permanente. La crítica responsable fortalece. El odio divide.

El desafío no es limitar la voz. Es elevar el nivel del discurso.La ética no restringe la libertad. La dignifica.

Durante siglos, la arquitectura de la psique humana se ha cimentado sobre una falacia tan antigua como peligrosa: la idea de que la justicia es una transacción simétrica de dolor y que el honor se recupera únicamente devolviendo el golpe. Sin embargo, hoy emerge una vanguardia existencial que entiende que la verdadera rebelión no es contra el agresor externo, sino contra el guion de victimismo que el pasado intenta imponernos, pues como bien advertía Miguel de Cervantes en su sabiduría imperecedera, «confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades». Esta confianza no es una espera pasiva, sino un ejercicio de soberanía íntima donde la victoria definitiva no consiste en mimetizarse con el daño recibido, sino en negarse rotundamente a ser el espejo de lo que nos hirió. En esta nueva economía del alma, el rencor se revela como una inversión ruinosa, una hipoteca emocional que nos obliga a pagar intereses perpetuos sobre una deuda que nosotros no contrajimos, convirtiéndonos en prisioneros de una celda cuya llave entregamos voluntariamente al verdugo.

Entender que no poseemos «presupuesto para el odio» es el acto de inteligencia financiera del espíritu más radical que un ser humano puede realizar en la era del ruido y el conflicto. Es comprender, desde una psicología profunda, que si usamos nuestra energía vital para alimentar el resentimiento, estamos permitiendo que quien nos dañó siga habitando nuestras noches, cobrando un alquiler gratuito en una mente que debería ser un santuario de posibilidades. La vieja máxima de que un ladrón que roba a otro merece perdón es, bajo esta lupa disruptiva, una trampa de mimetismo ontológico; la realidad es que el odio mutuo no equilibra la balanza, sino que duplica la oscuridad, y quien busca justicia a través de la herida ajena incurre en lo que los antiguos llamaban la «hybris» del alma, perdiendo su propia esencia en el proceso. La verdadera madurez no endurece el corazón para sobrevivir, pues la rigidez es el estado previo a la ruptura; por el contrario, la verdadera fortaleza reside en la permeabilidad, en la audacia de mantenerse sensible en un mundo que premia la coraza, reconociendo que «la senda de la virtud es muy estrecha y el camino del vicio, ancho y espacioso», y que transitar la primera requiere una elegancia que el rencor jamás podrá costear.

Por todo esto, la decisión de sembrar en tierras de convicción y no en el árbol seco del resentimiento es una maniobra de alta sofisticación ética que rompe el paradigma de la supervivencia básica para entrar en el reino de la trascendencia. Nadie ha logrado construir una vida con significado desde los escombros de la venganza, ya que el odio es un arquitecto que solo sabe diseñar ruinas. Ser feliz deja de ser entonces un anhelo ingenuo o un estado de ánimo volátil para convertirse en el acto de desobediencia civil y metafísica más potente de nuestra historia personal. Es el momento en que notificamos al ayer que su contrato de arrendamiento ha expirado y que nuestro presente ha sido declarado territorio libre de fantasmas. Al final, en honor a cada batalla que nos dejó cicatrices —esas que hoy no son marcas de vergüenza sino brújulas de experiencia—, la mayor subversión contra el dolor es la capacidad de florecer con una intensidad tal que el pasado se convierta, simplemente, en una nota al pie de página en un libro que ya no nos define, porque como sentenciaría el Quijote ante la libertad recobrada: «Cada uno es artífice de su propia ventura», y la nuestra se escribe hoy con la tinta de la paz y el pincel de la alegría.

Vamos por más…

@jgerbasi

En las últimas décadas los procesos de democratización han marcado un avance significativo en diversas regiones. No obstante, en America Latina estos logros siguen siendo frágiles debido a la persistente debilidad de la cultura cívica y la ausencia de liderazgos políticos comprometidos con la eficiencia, la rendición de cuentas y la transparencia en el ejercicio del poder. Esa carencia ha favorecido la recurrencia del caudillismo, el populismo y la corrupción, prácticas que erosionan la legitimidad del sistema político, obstaculizan el desarrollo y ponen en riesgo la estabilidad de las instituciones democráticas.

En el contexto de esas tendencias Venezuela se juega la recuperación de su democracia en un escenario adverso que no admite improvisaciones: requiere liderazgo real e inteligencia política.

Las reflexiones que siguen surgen de la necesidad de reconocer que la consolidación democrática no depende únicamente de normas formales o procesos electorales, sino del fortalecimiento de un liderazgo político responsable, ético y con vocación institucional. En este sentido, resulta imprescindible enfrentar las tentaciones caudillistas, promover la formación política de los ciudadanos y fortalecer, a través de la educación cívica, el capital social como base indispensable para una democracia efectiva, participativa y sostenible.

La conducta de los dirigentes políticos suele verse afectada por distorsiones derivadas del ejercicio inadecuado del poder. Así, el líder político —cuya influencia se funda en la legitimidad, la confianza, la honestidad, la competencia y los valores— puede involucionar hacia el caudillo cuando sustituye el proyecto por su ego y transforma la autoridad en dominio personal.

El líder posee una visión clara, apertura al diálogo y capacidad de autocrítica. Acepta límites, rinde cuentas y entiende que el proyecto colectivo está por encima de su figura.

El caudillo, en cambio, concentra el poder, decide de manera unilateral, promueve el culto a su personalidad y desprecia tanto a los expertos como a las instituciones. Necesita enemigos para legitimarse y lealtades personales para sostenerse.

La fuente del poder marca la diferencia:

* En el líder, es la confianza y la legitimidad.
* En el caudillo, el carisma personal y la coerción.

En el sistema caudillista, el caudillo no gobierna: encarna. La crítica se convierte en traición, la lealtad reemplaza a la competencia, y el relato suplanta a la realidad. No es casual que el caudillismo sea una vía frecuente de acceso al poder para el populismo.

Diversos estudios han analizado el caudillismo como una verdadera patología de la política. El psiquiatra Manuel Ángel Franco, del Instituto de Investigación Biomédica de Salamanca, y el neurólogo británico David Owen han descrito un patrón de comportamiento asociado al ejercicio prolongado del poder, caracterizado por la pérdida de moderación, el desprecio por los límites y una percepción grandiosa de la propia misión histórica. A este cuadro lo denominaron “síndrome de Hubris”, en referencia a la mitología griega, donde la diosa Hubris simbolizaba la insolencia y la desmesura, conductas consideradas deshonrosas y socialmente censuradas.

En la tradición griega, esta falta de moderación solía manifestarse en héroes que, tras alcanzar la gloria —especialmente en el ámbito bélico—, infringían las normas de convivencia y desafiaban los límites impuestos por la comunidad y los dioses. En política, el resultado suele ser menos épico y bastante más costoso, en términos económicos y de violacion de derechos humanos.

El caudillismo, acompañado por el síndrome de Hubris, constituye uno de los males recurrentes de la vida política en América Latina. Está profundamente vinculado a una cultura personalista que facilita que los jefes de Estado adopten posturas cuasi monárquicas y autoritarias, debilitando las instituciones y erosionando la democracia.

Frente a esta realidad, resulta imprescindible fortalecer la educación cívica como estrategia central para construir una democracia de ciudadanos capaces de elegir con criterio y de sancionar a quienes traicionan la confianza recibida. Esa es la barrera más eficaz contra el caudillismo y el populismo.

Juan Bautista Alberdi lo advirtió con crudeza y lucidez en el siglo XIX: “La ignorancia no discierne: busca un tribuno (líder) pero toma un tirano (caudillo). La miseria no delibera: se vende.”

América Latina sufre las miserias del subdesarrollo por el déficit de líderes y la abundancia de caudillos. Nada que agregar. Dos siglos después, el diagnóstico sigue vigente… y la factura sigue llegando.

José Ignacio Moreno León

Decenas de agentes armados del chavismo llenaron las oficinas del productor de camarones Grupo Lamar, una empresa familiar que se había convertido en uno de los mayores exportadores de Venezuela tras el colapso de la industria petrolera.

Por: Paul Kiernan – The Wall Street Journal

Los propietarios son «terroristas», dijeron agentes a trabajadores petrificados. «Ahora trabajas para el Estado venezolano», dijeron los agentes, según personas familiarizadas con lo ocurrido.

En una rueda de prensa sobre la incautación, Diosdado Cabello, ministro del Interior de Venezuela, afirmó que los propietarios del Grupo Lamar habían estado conspirando para derrocar al gobierno, sabotear la red eléctrica e incluso arruinar la temporada navideña.

«Es el mismo manual de siempre: intentar cancelar la Navidad en Venezuela», dijo Cabello, responsable de sofocar la disidencia contra el régimen.

Las autoridades venezolanas destituyeron a altos directivos de Grupo Lamar y tomaron el control de las operaciones. En poco tiempo, las exportaciones de camarón caían incluso más rápido que la producción de petróleo años atrás. Nadie se sorprendió: el régimen lleva más de dos décadas confiscando empresas y llevándolas a la ruina, convirtiendo lo que fue el país más próspero de América Latina en uno de los más pobres.

El presidente Donald Trump apuesta ahora a que esos mismos funcionarios pueden resucitar la economía venezolana y hacer que el país sea seguro para los 100.000 millones de dólares en inversión privada que intenta captar de las compañías petroleras estadounidenses. Es una tarea difícil dado el historial de 27 años del régimen de corrupción, anarquía y la hiperinflación que ha provocado escasez de alimentos.

Después de que comandos estadounidenses sacaran del país el mes pasado a Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, Delcy Rodríguez quedó al mando como «presidenta interina». Ella, junto con Maduro, Cabello y otros informados, había gobernado una economía que el Fondo Monetario Internacional (FMI) estima que se contrajo casi un 70% entre 2013 y 2025. Más de ocho millones de venezolanos han huido al extranjero desde 2014, superando al número que escapó de guerras en Siria y Ucrania.

Mientras tanto, la familia y sus aliados de Maduro supuestamente obtuvieron beneficios ilícitos que, según los fiscales estadounidenses, ascienden a miles de millones de dólares. Funcionarios estadounidenses alegan que Maduro convirtió a Venezuela en un estado narco.

«Estamos tratando con personas allí que han pasado la mayor parte de su vida viviendo en un paraíso de gánsteres», dijo el secretario de Estado Marco Rubio en una audiencia del Senado el 28 de enero.

Familiares de Flores, esposa de Maduro, controlaban la financiación en Petróleos de Venezuela SA, la petrolera estatal conocida como PdVSA, y la venta de petróleo en el mercado negro, y se dedicaban al lavado de capitales, según fiscales estadounidenses y expertos en Venezuela. Maduro y Flores están bajo custodia estadounidense a la espera de juicio por cargos de tráfico de drogas. Han negado haber cometido irregularidades.

Para asegurar su lealtad, el régimen dio luz verde a miembros del ejército y las fuerzas de seguridad venezolanas para operar negocios paralelos como la minería ilegal de oro en las selvas venezolanas, extorsiones y extorsiones, según fiscales estadounidenses. Alejandro Andrade, tesorero nacional de 2007 a 2010, admitió haber embolsado más de 1.000 millones de dólares en sobornos para permitir que empresarios realizaran transacciones ilícitas en divisas.

Cabello ha sido acusado por el exfiscal principal de Venezuela de aceptar 100 millones de dólares en sobornos de la empresa brasileña de construcción Odebrecht a cambio de contratos estatales. Estados Unidos ha ofrecido una recompensa de 25 millones de dólares por información que conduzca a su arresto o condena.

A través de una portavoz, Cabello negó las acusaciones relacionadas con Odebrecht y disputa la afirmación de que dirija milicias armadas.

Estados Unidos confía en que Rodríguez mantenga la paz. Pero expertos venezolanos afirman que su poder será puesto a prueba si los grupos armados controlados por sus aliados pierden el acceso a los flujos de dinero procedentes del petróleo, el contrabando de oro y el narcotráfico. Cabello y el general Vladimir Padrino, ministro de Defensa de Venezuela, supuestamente supervisan una red de generales y altos funcionarios conocida de forma laxa como el «Cártel de los Soles», que se ha beneficiado permitiendo el paso de miles de toneladas de cocaína a través de Venezuela, según funcionarios estadounidenses y colombianos.

A pesar del papel de larga data de Rodríguez en el régimen, los funcionarios estadounidenses se han mostrado satisfechos con su presidencia interina hasta ahora. «Me encanta Venezuela», dijo Trump a los periodistas el mes pasado. «Han trabajado tan bien con nosotros. Ha sido tan agradable.»

Los analistas dicen que no está claro cómo Estados Unidos logrará atraer a inversores extranjeros de vuelta a Venezuela, dado el historial del régimen de confiscar empresas y arrestar a ejecutivos.

«Creo que podemos resolver esos problemas y desafíos y avanzar hacia las enormes oportunidades que tenemos por delante», dijo el secretario de Energía, Christopher Wright, en una rueda de prensa el 11 de febrero junto a Rodríguez en Caracas.

Venezuela, hogar de las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, fue el principal exportador mundial de petróleo durante décadas tras aumentar la producción en los años 20. A principios de los años 60, su producción económica per cápita era superior a la de Japón.

Las raíces del sistema actual venezolano se remontan a los 14 años de gobierno del expresidente Hugo Chávez, un ex paracaidista elegido en 1998 tras casi dos décadas de creciente desigualdad de riqueza y estancamiento del nivel de vida.

Chávez nacionalizó cientos de empresas privadas, desmanteló instituciones democráticas y derribó la compañía petrolera estatal reemplazando a expertos técnicos por designados políticos. El carismático hombre fuerte desarrolló un seguimiento fiel entre los ciudadanos empobrecidos de Venezuela, ayudado por un histórico auge en los precios del petróleo durante los años 2000 que enmascaró la caída de la producción.

Maduro, vicepresidente de Chávez, ganó su primera elección tras la muerte del líder en 2013. Pero el exconductor de autobús no tenía ni el carisma ni el poder político de su mentor. Para empeorar las cosas, los precios del petróleo cayeron a la mitad en los dos primeros años de la presidencia de Maduro, lo que hundió las finanzas públicas.

«A medida que la economía se desplomaba, la economía ilícita se disparó», dijo Patrick Duddy, embajador de Estados Unidos en Venezuela de 2007 a 2010.

La caída de los precios del petróleo llevó a la economía venezolana a una espiral que provocó una crisis de hambre. El consumo per cápita de carne cayó de 185 libras en 2013 a menos de 40 libras en 2018, según el Departamento de Agricultura de EEUU. La mayoría de la población perdió peso, y un informe de 2020 encontró que el 13% de los niños menores de 5 años tenían retraso en el crecimiento.

La debilidad de Maduro le obligó a compartir el poder, inculcando lealtad a través del clientelismo. Bajo Maduro, el grupo gobernante venezolano operaba como una alianza de familias mafiosas, dijeron fiscales y analistas políticos. El régimen es «una coalición de feudos de corrupción», dijo Francisco Monaldi, experto venezolano en el sector petrolero del país en la Universidad Rice.

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Los testimonios de cuatro soldados rusos ponen de manifiesto el horror y la brutalidad que marcan el día a día de su lado del frente en la guerra en Ucrania.

BBC

Dos de ellos declararon a la BBC que vieron ejecuciones en el acto a soldados por desobedecer órdenes.

Otro contó a un equipo de documentalistas que vio a un recluta ejecutado por orden de su comandante, nombrado «Héroe de Rusia» en 2024.

«Lo veo: solo a dos o tres metros… clic, clac, ¡bang!», indicó.

Un cuarto soldado, de otra unidad, aseguró haber visto a su comandante disparar contra cuatro hombres.

«Los conocía», dice sobre los soldados ejecutados. «Recuerdo que uno gritaba: ‘¡No disparen, haré lo que sea!'».

Uno de ellos también afirmó haber visto 20 cadáveres de soldados tirados en una fosa después de que sus propios compañeros los «redujeran a cero».

El término «reducir a cero» en jerga militar rusa se refiere a ejecutar a soldados del bando propio.

En el documental «La línea cero: dentro de la guerra de Rusia», varios hombres relatan con detalle cómo fueron torturados por negarse a participar en asaltos que describen como casi misiones suicidas.

Las tropas rusas llaman a estos ataques «tormentas de carne», en las que oleadas de hombres cruzan el frente sin descanso para intentar debilitar a las fuerzas ucranianas.

Por primera vez, según la BBC, soldados rusos en primera línea han declarado públicamente que presenciaron cómo sus comandantes ordenaban la ejecución de sus propios hombres.

Tortura, castigos y represalias internas

Uno de los hombres, cuyo trabajo consistía en contar e identificar a los soldados muertos, proporcionó listas detalladas que demuestran que es el único sobreviviente de un grupo de 79 hombres con los que fue movilizado.

Por negarse a ir al frente, afirma que fue torturado y orinaron sobre él. Otros miembros de su unidad que también se negaron, asegura, fueron electrocutados, privados de comida y luego obligados a participar desarmados en las «tormentas de carne».

Los cuatro hombres, que están prófugos, relataron los horrores que presenciaron en un lugar no revelado fuera de Rusia.

Casi toda la oposición pública a la invasión de Ucrania del presidente ruso, Vladimir Putin, ha sido reprimida en el país.

Moscú no publica las cifras oficiales de bajas, mientras que el Ministerio de Defensa de Reino Unido estima que más de 1,2 millones de soldados rusos han muerto o resultado heridos desde el inicio de la invasión a gran escala de Ucrania el 24 de febrero de 2022.

El gobierno ruso declaró que sus fuerzas armadas «operan con la máxima moderación posible en las condiciones de un conflicto de alta intensidad, tratando a su personal con el máximo cuidado».

«La información sobre presuntas violaciones y delitos se investiga debidamente», añadió.

Y sentenció: «No podemos verificar de forma independiente la exactitud ni la autenticidad de la información que nos ha proporcionado».

El detallado testimonio directo de los cuatro hombres también confirma los informes sobre la ruptura del orden en el frente ruso.

Ilya: de profesor a soldado bajo amenaza

Ilya, el soldado que identificaba y contaba a los muertos, es uno de los hombres que dice haber visto a comandantes matar a sus compañeros.

Antes de la guerra, este hombre de 35 años daba clases a niños con necesidades especiales y autismo en Kungur, en los Urales.

En mayo de 2024, la policía se presentó en casa de sus padres y anunció que lo estaban reclutando.

Fue movilizado junto con otros 78 hombres, relata, a un centro de reclutamiento en la ciudad de Perm.

«Casi todos estaban borrachos», relata. «¡Adelante, a la batalla! ¡Capturaremos a Zelensky e izaremos nuestra bandera!», recuerda que gritaban.

«Los observaba y pensaba: ‘¿Cómo he acabado aquí?’. Tenía mucho miedo», agrega.

Ilya explica que, al llegar a Ucrania, la mayoría de los hombres fueron enviados directamente al frente.

Asegura que él no quería disparar ni matar a nadie y terminó en un puesto de mando.

Las condiciones eran brutales, y dice haber presenciado cómo un comandante disparaba a quemarropa contra cuatro personas —una en Panteleimonivka y tres en Novoazovsk, ambas en Donetsk, en el este de Ucrania ocupado por Rusia— porque habían huido del frente y se negaban a regresar.

«Lo más triste es que los conocía. Recuerdo que uno de ellos gritó: ‘¡No disparen, haré lo que sea!’, pero [el comandante] les apuntó de todos modos», indica.

«Reducir a cero» suele ser un castigo por desobedecer órdenes y sirve como medio de intimidación para otros que puedan estar pensando en hacer lo mismo, según los testimonios.

«Tu destino dependía de tu comandante. El comandante está en la radio: ‘Reduzcan a cero a este, a aquel'», afirma Ilya.

Dima y su comandante

Las ejecuciones de soldados que desobedecían órdenes no se limitaban a la unidad de Ilya.

«Claro que matan a sus propios hombres, es algo normal», aclara Dima. Antes de la guerra, este hombre de 34 años vivía con su esposa y su hija y trabajaba en Moscú reparando lavavajillas.

Cuenta que en octubre de 2022 iba de un trabajo a otro cuando un grupo de policías lo detuvo.

«Vieron mi pasaporte, consultaron algo en su portátil y me dijeron: ‘Si no vas al ejército, irás a la cárcel'», recuerda en inglés.

Dima explica que no quería matar a nadie, por lo que, pese a no tener experiencia médica, se unió a una unidad paramédica. Más tarde lo trasladaron a una brigada donde tuvo que evacuar a soldados heridos del frente.

«Lo veo: a dos o tres metros. Solo asesinatos, solo clic, clac, bang. No es una obra de teatro, no es una película, es la vida real», sentencia.

El comandante de Dima, Alexei Ksenofontov, fue galardonado con la Estrella de Oro, la máxima condecoración estatal, y nombrado «Héroe de Rusia» en 2024.

Pero Ksenofontov ha recibido denuncias de las familias de los hombres que murieron en su unidad: en una carta conjunta de enero de 2025 pidieron directamente a Putin que investigara las acusaciones de brutalidad en este grupo.

«¡Defendieron nuestra patria con honor y orgullo! ¡Pero en realidad, se encontraron en manos de estos comandantes que recibieron condecoraciones por decenas de miles de muertos y desaparecidos!», recoge la carta.

«¡Y continúan exterminando a nuestros hombres! ¡Se sienten impunes!», agrega.

Dima llama a Ksenofontov «carnicero» y asegura de él que «daba demasiadas órdenes de matar soldados; tenía demasiada sangre en las manos, demasiada».

Cadáveres, saqueos y encubrimiento

Dima también describe cómo vio los cadáveres de 20 hombres que habían llegado a su base la noche anterior, tirados en una zanja tras recibir disparos.

Dice que habló con varios de ellos, todos exconvictos, antes de presenciar cómo se los llevaban a la mañana siguiente.

Como médico, Dima era responsable de informar sobre los muertos. Afirma que le dijeron que un comandante había disparado contra estos hombres y les había robado las tarjetas bancarias.

«Nos trajeron a 20 muchachos. Simplemente les quitaron las tarjetas bancarias y los mataron», recuerda.

Y sentencia: «No hay problema en dar por perdido a alguien. Simplemente se inventa un informe».

Dima explica que le dijeron que los comandantes se habían llevado las tarjetas bancarias de los soldados muertos.

El documental de la BBC también presenta a otro exsoldado, un alto oficial del Estado Mayor, que afirma haber servido en el ejército ruso durante 17 años.

El exoficial, cuyo nombre no revelamos, asegura haber hablado con un hombre que ayudó a matar a un grupo de oficiales de alto rango.

El hombre dijo haber formado parte de un «escuadrón de liquidación enviado para acabar con los sobrevivientes», recuerda el exoficial.

«Nunca había visto algo así en todos mis años de servicio», puntualiza.

Las brutales «tormentas de carne»

Los cuatro hombres relataron con gran detalle las temidas misiones de «tormenta de carne», que sería parte de la táctica más amplia de «la trituradora de carne» del ejército ruso en los campos de batalla ucranianos.

Las «tormentas» son tan letales que se comparan con misiones suicidas.

«Vi cómo [los comandantes] enviaban oleada tras oleada, lanzando hombres como carne contra los ucranianos, para que se quedaran sin munición ni drones y otra ronda pudiera alcanzar su objetivo», declara otro exsoldado, Denis.

Según el Ministerio de Defensa de Reino Unido, cada día de 2025 entre 900 y 1.500 rusos murieron o resultaron heridos en Ucrania.

Dima explica cómo funcionan las tormentas en la práctica: «Envías a tres hombres, luego a otros tres. Si no funcionó, envías a 10. Si no funcionó con 10, envías a 50. Al final, se abrirá el paso. Esa es la lógica militar».

«Tuvimos 200 muertos en tres días. En la primera tormenta de carne de nuestro regimiento nos destrozaron; nuestro regimiento fue destruido en solo tres días», indica.

Más tarde, Dima muestra un video subido a redes sociales en octubre de 2023 en el que madres y esposas de hombres muertos en su unidad denuncian las enormes pérdidas.

Se puede escuchar a una mujer decir: «A nuestros hombres se les ordenó avanzar armados solo con ametralladoras y palas».

Otra dice: «Hay pérdidas terribles. Nuestros hombres están siendo masacrados».

Humillaciones y torturas

Quienes no mueren por rechazar una «tormenta» a menudo enfrentan consecuencias nefastas y deshumanizantes, dice Ilya.

El testigo muestra un video en Telegram de hombres de su unidad en Panteleimonivka, Donetsk.

«Vamos a alimentar a los animales», dice un hombre, antes de levantar una tapa para mostrar a tres hombres agazapados en un pozo.

«Oh, ¿tienen hambre? ¿Quieren que los alimentemos?», pregunta el hombre que graba, antes de que uno de los hombres levante la cabeza y asienta, extendiendo las manos mientras vierten granos secos en el pozo.

«Miren cómo come», dice el hombre que filma, mientras el hombre en el pozo come el grano.

Algunos hombres eran «abandonados sin comida durante días» y electrocutados, explica Ilya, antes de que los enviaran desarmados a las «tormentas de carne».

Él mismo fue torturado, cuenta, tras negarse a participar en una tormenta: «Me ataron a un árbol, me golpearon con una porra un par de veces y me pusieron una pistola en la cabeza».

«No sé cómo decirlo, orinaron sobre mí. El comandante les dijo a todos: ‘Tenemos un baño nuevo’. Estuve atado medio día», relata.

Tras ser desatado, Ilya intentó suicidarse.

Denis, quien afirma haber llevado comida y agua a escondidas a los soldados en el pozo, muestra al equipo del documental un video de uno de ellos acusado de desertor a quien le orinan encima. La BBC no ha podido verificar la grabación de forma independiente.

«Es una humillación al honor y la dignidad de una persona. En el ejército ruso, esto se ha convertido en la norma», denuncia.

Asegura que «es ilegal, pero nadie es castigado por ello. Al contrario, incluso se anima a los hombres a hacerlo».

Denis, de 27 años, también muestra una foto que, según él, fue tomada poco después de que uno de sus superiores le arrancara dos dientes delanteros, porque les había dicho que no quería ir a buscar un dron desaparecido.

«Es terrible, simplemente tenía que seguir adelante», recuerda.

Las secuelas

Dima finalmente fue ascendido pese a haber dicho que no quería ser oficial. Muestra una foto de la ceremonia en la que fue nombrado oficial.

Después de su ascenso, no envió a sus hombres a una «tormenta de carne», dice.

«Me negué a hacerlo. No tendría que ir yo mismo, pero no podía simplemente darles la orden», asegura.

Esto llevó a su arresto por parte de la policía militar y a su traslado a Zaitsevo, una prisión improvisada, dice Dima.

«Allí me torturaron con descargas eléctricas», recuerda, y describe que la fuerza de la primera descarga le hizo defecar.

Relata que fue torturado a diario durante 72 días.

«Solo tortura, todos los días, con rostro impasible. Sin emociones, es una locura», dice, refiriéndose a sus torturadores.

Todos los hombres con los que hablamos están ahora fuera de Rusia, pero arrastran traumas del frente en Ucrania.

«Tengo sueños. Veo un bosque lleno de cadáveres, gente destrozada, con las caras y las bocas blancas y sucias, llenas de sangre. El olor… no huele, se saborea», declara Dima.

«Soy un criminal, y a nadie le importa; mi delito es simplemente no querer matar», agrega.

Alega que «en el ejército ruso hay demasiados tipos que no necesitan esta guerra, que odian a los comandantes, que odian a Putin, que odian nuestro sistema, y necesitan destruirnos».

Ilya dice que ama a su país, «pero no lo que Putin le ha hecho».

Denuncia que «allí pueden destruir a cualquiera, no importa si eres fuerte o no».

«Casi me destruyen, pero no del todo», sentencia.

Hay momentos en la vida de una nación en los que el derecho deja de ser un simple conjunto de normas para convertirse en una decisión política de gran calado. Las leyes de amnistía pertenecen a esa categoría. No son artificios retóricos ni concesiones coyunturales: son actos mediante los cuales el Estado renuncia al castigo para hacer posible la convivencia. 

Amnistía significa olvido —no negación de la memoria ni absolución moral— sino la determinación de clausurar penalmente un conflicto para permitir que la vida política continúe. La cuestión, por tanto, no es solo jurídica; es, sobre todo, política. Precisamente por ello, una amnistía auténtica exige coherencia interna. No puede ser selectiva sin vaciar las palabras de su significado. No es un gesto gracioso de quien detenta el poder, sino un instrumento jurídico orientado a extinguir responsabilidades por hechos pasados sin condicionar el ejercicio futuro de derechos. 

En el caso del presente venezolano, su fundamento radica en una situación excepcional que ha obligado al poder político a reconocer —aunque sea implícitamente— el agotamiento de una fase de represión desbordada. Cuando una amnistía se llena de exclusiones, pierde su naturaleza reconciliadora y se convierte en un mecanismo de administración del conflicto bajo otra forma.

La ley recientemente aprobada contiene elementos que apuntan hacia la distensión, pero también hay zonas oscuras. El último aparte del artículo 9 concentra una de ellas. Al excluir a quienes hayan “promovido, instigado, solicitado, invocado, favorecido, facilitado, financiado o participado” en acciones armadas o de fuerza contra la soberanía nacional, el texto no se limita a sancionar conductas específicas. Su redacción alcanza expresiones políticas formuladas en un contexto de crisis extrema. La amplitud del lenguaje permite interpretaciones expansivas y, con ello, la posibilidad de generar nuevas amenazas de persecución judicial. 

Nunca estuve de acuerdo con quienes pedían una operación militar en Venezuela. Me pareció una postura equivocada y peligrosa. Sin embargo, ese debate existió; fue expresión de una crisis institucional profunda y de una radicalización que marcó una etapa. Precisamente por eso, no puede ahora excluirse a quienes sostuvieron esa posición del ámbito de la amnistía. Si el propósito es cerrar el ciclo, esa disposición no debe convertirse en un filtro penal.

Esta reflexión adquiere mayor fuerza si se considera que el propio gobierno ha sostenido reuniones con altas autoridades estadounidenses —como el director de la CIA, el secretario de Energía y el jefe del Comando Sur— en una evidente recomposición de relaciones. Si en el plano diplomático se impone el pragmatismo y el diálogo, resulta contradictorio dejar abiertas las puertas para la persecución contra quienes —acertada o equivocadamente— sostuvieron posiciones extremas en otro momento. No puede invocarse el olvido en la arena internacional y negarlo en el ámbito interno.

La experiencia europea ofrece una referencia útil. En la transición española, la Ley de Amnistía de 1977 fue concebida como una decisión simétrica que no distinguía entre vencedores y vencidos. Se la cuestionó por su amplitud, pero su coherencia consistió precisamente en su carácter incluyente. El olvido jurídico fue el precio pagado para asegurar la convivencia. Cuando una amnistía empieza a seleccionar, deja de cerrar y comienza a administrar el pasado.

En el caso venezolano, además, el problema no se limita al artículo 9. Todavía se mantienen vigentes textos legales que han servido para criminalizar la disidencia. Los delitos de traición a la patria previstos en el Título I del Libro Segundo del Código Penal no pueden interpretarse contra opiniones políticas, por radicales que sean. El principio in dubio pro libertate exige que, ante la duda, se favorezca la libertad. Asimismo, la Ley Orgánica contra la Delincuencia Organizada y el Financiamiento del Terrorismo —utilizada para equiparar en algunos casos extremos oposición con terrorismo— y la llamada ley contra el odio deben ser derogadas si se aspira a una reconciliación efectiva. No puede proclamarse el cierre de una etapa mientras subsisten los instrumentos jurídicos que hicieron posible la etapa anterior.

A ello se suma la exclusión de un sector particularmente afectado: los militares encarcelados y civiles vinculados a sus casos. Un grupo importante de personas quedan fuera de un beneficio que se presenta como general. A esto se añade la cifra anunciada de 11.000 posibles beneficiarios que tienen medidas sustitutivas. Esto no solo revela la magnitud del problema sino que implica el reconocimiento implícito de que sí existió una política sistemática de encarcelamiento por razones políticas.

La reciente instalación de una Comisión Especial para supervisar la aplicación de la ley añade otra dimensión. En teoría, coordinará con el sistema judicial y revisará casos no previstos. En la práctica, su existencia confirma que la norma nació incompleta. Por otra parte, en un Estado de derecho, la extensión de una amnistía debería descansar en la jurisprudencia de jueces independientes, guiados por los principios de igualdad y libertad, no en órganos de supervisión política. Si la comisión aspira a cerrar realmente el capítulo, debería incorporar representantes independientes de la sociedad civil —universidades, academias, iglesias, colegios profesionales, organizaciones no gubernamentales y representantes de la sociedad civil— capaces de aportar equilibrio y legitimidad. Esa pluralidad es necesaria para generar confianza. 

Cerrar el capítulo implica asumir que lo que está en juego no es la conveniencia política inmediata, sino la posibilidad de convivir sin miedo. Si la amnistía conserva márgenes amplios para nuevas exclusiones o interpretaciones restrictivas, el cierre será apenas formal. Y sin un cierre real —penal, institucional y político— el país no avanzará hacia la reconciliación, sino que trasladará el conflicto a otros espacios.

La historia demuestra que el olvido jurídico, cuando es coherente, no suprime la memoria histórica, sino que la ordena para que la estabilidad política pueda comenzar.

Ramón Escovar León

Tarek William Saab se dignó a confirmar en una entrevista el pasado lunes el estatus de Tareck El Aissami y Samark López, ambos acusados de corrupción desde las más altas esferas del chavismo en Venezuela.

La Patilla

Durante el programa «A Pulso» transmitido por Venezolana de Televisión (VTV), el periodista Julio Riobó consultó al titular del Ministerio Público (MP) sobre la situación de ambos personajes, quienes aparecieron como «capturados» en una ficha del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos.

«Están capturados en Venezuela, están capturados en Venezuela, responsables de los que fue la brutal trama de corrupción conocida como Pdvsa-Cripto. Claro que sí están detenidos, en Venezuela», confirmó Saab sin dar más detalles sobre el paradero de López y El Aissami, alejado por muchos meses de las cámaras, cuando fue exhibido con una braga de color azul.

No está claro el centro de detención de López y El Aissami, ni tampoco hay información sobre el proceso judicial en su contra.

La invasión de Ucrania por parte de Rusia hace cuatro años desencadenó el mayor conflicto en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, causando un inmenso sufrimiento a la población civil y terribles penurias a los soldados, al tiempo que reescribía el orden de seguridad posterior a la Guerra Fría.

AP

El conflicto entra este martes en su quinto año y no parece que vaya a terminar pronto.

Estados Unidos ha mediado en las conversaciones con las delegaciones de Moscú y Kiev como parte de la campaña de paz que lleva un año impulsando la administración Trump. Sin embargo, la conciliación de diferencias clave, como el futuro de los territorios ucranianos ocupados por Rusia y la seguridad de Ucrania tras la guerra, ha frustrado los avances.

Mientras tanto, miles de soldados de ambos países han muerto en el campo de batalla y la población civil ucraniana ha sufrido los ataques aéreos rusos, que han provocado años de cortes de electricidad y agua.

A continuación, se ofrece una visión general del conflicto, en cifras, desde la invasión a gran escala del 24 de febrero de 2022.

1,8 millones

El límite superior del número estimado de soldados muertos, heridos o desaparecidos en ambos bandos, según un informe publicado el mes pasado por el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, un grupo de expertos.

Se calcula que Rusia sufrió 1.2 millones de bajas, incluyendo hasta 325.000 soldados muertos, entre febrero de 2022 y diciembre de 2025, lo que, según el informe, supone el mayor número de bajas militares de cualquier potencia importante en cualquier conflicto desde la Segunda Guerra Mundial.

Rusia no ha publicado cifras sobre las muertes en el campo de batalla desde enero de 2023, cuando afirmó que más de 80 soldados habían muerto en un ataque ucraniano, lo que eleva el total de muertes militares confirmadas por Moscú a algo más de 6.000.

El CSIS estimó que Ucrania ha sufrido entre 500.000 y 600.000 bajas militares, incluidas hasta 140.000 muertes.

El presidente ucraniano, Volodimir Zelensky, dijo a principios de este mes que 55.000 soldados ucranianos han muerto en la guerra. Muchos están desaparecidos, afirmó.

Ni Moscú ni Kiev proporcionan datos actualizados sobre las bajas militares. No es posible realizar una verificación independiente.

14.999

Es el recuento de la Misión de Observación de los Derechos Humanos de la ONU sobre las muertes de civiles en Ucrania desde la invasión total de Rusia, aunque afirma que probablemente se trate de una estimación a la baja. Más de 40.600 civiles resultaron heridos durante el mismo periodo, según un informe publicado en diciembre.

La guerra ha causado la muerte de al menos 763 niños, según la ONU.

El año pasado fue el más mortífero para los civiles en Ucrania desde 2022. El conflicto causó la muerte de 2.514 civiles y dejó 12.142 heridos en el país en 2025, lo que supone un aumento del 31 % en las bajas civiles con respecto a 2024, según la organización.

19,4%

Porcentaje del territorio ucraniano ocupado por Rusia, según el Instituto para el Estudio de la Guerra.

Durante el último año, Rusia solo ha ganado el 0,79% del territorio de Ucrania en la agotadora guerra de desgaste, según los cálculos proporcionados a principios de este mes a The Associated Press por el grupo de expertos con sede en Washington, lo que pone de relieve los escasos avances de las fuerzas de Moscú a pesar de los enormes costes en tropas y blindados.

Antes de la invasión total de Rusia, esta controlaba casi el 7% de Ucrania, incluida Crimea y partes de las regiones de Donetsk y Lugansk, en el este, mientras los separatistas respaldados por Moscú luchaban contra el ejército ucraniano, según funcionarios ucranianos y analistas occidentales.

13%

Porcentaje de caída de la ayuda militar extranjera a Kiev el año pasado en comparación con la media anual entre 2022 y 2024, según el Instituto Kiel de Alemania, que realiza un seguimiento de la ayuda a Kiev.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dejó de enviar armas estadounidenses pagadas por Estados Unidos a Ucrania después de asumir el cargo hace poco más de un año. Los países europeos, en un esfuerzo por compensar la diferencia, aumentaron su ayuda militar el año pasado en un 67% en comparación con el periodo 2022-2024, según un informe publicado este mes por el instituto.

La ayuda humanitaria y financiera extranjera a Ucrania se redujo un 5 % el año pasado en comparación con la media de los tres años anteriores, según el informe.

5.9 millones

El número de civiles ucranianos que han abandonado su país.

Unos 5.3 millones de esas personas han encontrado refugio en Europa, según un informe publicado este mes por la oficina de la ONU en Ucrania.

Además, alrededor de 3.7 millones de ucranianos que se vieron obligados a abandonar sus hogares se han trasladado a otras partes del país, según informó la ONU en diciembre.

La población de Ucrania antes de la guerra era de más de 40 millones de personas.

2.851

El número de ataques rusos que afectaron la prestación de atención médica en Ucrania, según la Organización Mundial de la Salud. La cifra abarca el período comprendido entre la invasión a gran escala y el 11 de febrero.

Los ataques incluyen 2.347 ataques contra instalaciones de atención médica, así como aquellos que dañaron vehículos y almacenes de suministros médicos.

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