En un gesto que refleja la preocupación por la salud del papa Francisco, los cardenales residentes en Roma, junto con colaboradores de la Curia Romana y de la diócesis capitalina, se reunirán esta noche en la Plaza de San Pedro para rezar el Santo Rosario por la recuperación del pontífice.
La iniciativa, que comenzará a las 21:00 horas (20:00 GMT), estará presidida por el Secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Pietro Parolin, y representa una manifestación extraordinaria de solidaridad con el papa Francisco, quien permanece hospitalizado desde el 14 de febrero debido a una neumonía bilateral.
“Recogiendo el sentir del Pueblo de Dios”, como señala el comunicado oficial de la Santa Sede, esta convocatoria masiva de oración surge en un momento crítico para la salud del pontífice argentino.
Matteo Bruni, director de la oficina de prensa del Vaticano, ha subrayado que esta iniciativa busca “manifestar la cercanía de la Iglesia al Papa y a los enfermos”, aunque ha aclarado que la convocatoria no está relacionada con un empeoramiento del estado de salud del Santo Padre.
El último parte médico, emitido en la mañana de este lunes, indica que Francisco “ha pasado bien la noche” y “está descansando”. Las fuentes vaticanas confirman que el Papa mantiene un buen estado de ánimo y se alimenta con normalidad, aspectos positivos en medio de un cuadro clínico que los médicos siguen considerando “crítico”.
La situación médica del Papa, de 87 años, presenta varios desafíos. El sábado pasado se le administraron dos unidades de concentrado de glóbulos rojos para aumentar su nivel de hemoglobina, mientras los médicos monitoreaban una trombocitopenia (nivel bajo de plaquetas) que se mantiene estable. Además, los análisis recientes han revelado una “insuficiencia renal inicial leve”, que está siendo controlada por el equipo médico.
Los médicos mantienen un pronóstico reservado, citando “la complejidad del cuadro clínico y la espera necesaria para que las terapias farmacológicas den alguna respuesta”. Sin embargo, destacan que el Papa continúa alerta y bien orientado, lo que son señales positivas en su proceso de recuperación.
La ceremonia del Rosario, que será transmitida en directo a través de los canales oficiales del Vaticano, incluyendo Vatican News, YouTube y Facebook, representa una movilización sin precedentes de la jerarquía eclesiástica romana. La participación de los cardenales residentes en Roma evidencia la gravedad del momento y la unidad de la Iglesia en torno a su líder.
Esta manifestación de fe colectiva se suma a las numerosas expresiones de apoyo y oraciones que se están realizando en todo el mundo por la salud de Francisco. La decisión de realizar esta oración pública en la emblemática Plaza de San Pedro, centro neurálgico de la cristiandad católica, adquiere un significado especialmente simbólico.
El Vaticano ha prometido mantener informada a la comunidad internacional sobre la evolución del estado de salud del Papa, con actualizaciones regulares a través de sus canales oficiales de comunicación. Se espera un nuevo parte médico esta tarde que podría proporcionar información adicional sobre el progreso del tratamiento del Pontífice.
En un ataque que ha sido calificado como el mayor robo digital registrado hasta la fecha, la plataforma de criptomonedasBybit, con sede en Dubái, sufrió el robo de 1.500 millones de dólares en Ethereum, la segunda criptomoneda más valiosa después de Bitcoin. Según informaron medios como The Guardian y la BBC, el ataque ocurrió mientras la empresa realizaba una transferencia rutinaria de activos entre sus billeteras digitales.
El incidente se produjo cuando Bybit trasladaba fondos desde una billetera “fría”, que no está conectada a internet y se utiliza para almacenamiento seguro, hacia una billetera “caliente”, destinada a operaciones diarias. Durante este proceso, los atacantes lograron explotar vulnerabilidades en los controles de seguridad y transfirieron los fondos a una dirección desconocida.
A pesar de la magnitud del ataque, la compañía aseguró que los activos de sus clientes están respaldados en una proporción de uno a uno y que cubrirá cualquier pérdida, incluso si los fondos robados no son recuperados.
El cofundador y director ejecutivo de Bybit, Ben Zhou, utilizó la red social X (anteriormente Twitter) para tranquilizar a los usuarios, afirmando que la empresa es solvente y que cuenta con 20.000 millones de dólares en activos de clientes. Zhou aseguró que, en caso de ser necesario, la compañía recurriría a préstamos de socios para cubrir las pérdidas. “Bybit es solvente incluso si esta pérdida no se recupera. Todos los activos de los clientes están respaldados uno a uno, podemos cubrir la pérdida”, declaró Zhou.
Sin embargo, la noticia del ataque generó una avalancha de solicitudes de retiro por parte de los usuarios. Según Zhou, más de 350.000 solicitudes de retiro fueron recibidas tras conocerse el incidente, lo que podría ocasionar retrasos en el procesamiento de las transacciones.
Para enfrentar la situación, Bybit ha solicitado la colaboración de expertos en ciberseguridad y análisis de criptomonedas, ofreciendo una recompensa del 10% del monto recuperado, lo que podría ascender a 140 millones de dólares si se logra recuperar la totalidad de los fondos sustraídos. Además, Zhou destacó que la empresa está comprometida a reforzar su infraestructura de seguridad y mejorar la liquidez para garantizar la confianza de sus usuarios.
Impacto en el mercado
El robo tuvo un impacto inmediato en el mercado de criptomonedas. Tras conocerse la noticia, el valor de Ethereum cayó cerca de un 4%, situándose en 2.641,41 dólares por unidad. No obstante, el precio se ha recuperado parcialmente desde entonces.
Este ataque supera en escala al robo de 620 millones de dólares que sufrió la red Ronin en 2022, lo que lo convierte en el mayor robo de criptomonedas registrado hasta la fecha. Según reportó el diario británico The Guardian, algunos informes preliminares sugieren que el ataque podría estar vinculado a grupos de hackers respaldados por el Estado norcoreano, como el Lazarus Group, conocido por su participación en otros robos de gran magnitud en el sector de las criptomonedas.
El incidente también pone de relieve las preocupaciones de seguridad que persisten en el mercado de criptomonedas, un sector que ha enfrentado críticas por la volatilidad de sus activos y la vulnerabilidad de sus plataformas. En el pasado, otros intercambios importantes como Mt. Gox y Binance también han sido víctimas de ataques cibernéticos, lo que ha generado pérdidas millonarias y cuestionamientos sobre la seguridad de estas plataformas.
Otro golpe para la industria
El ataque a Bybit llega en un momento en que la industria de las criptomonedas buscaba recuperar la confianza de los inversores tras un periodo de incertidumbre. Según consignó The Guardian, el sector había experimentado un repunte reciente, impulsado en parte por las promesas del expresidente estadounidense Donald Trump de convertir a Estados Unidos en la “capital mundial de las criptomonedas” mediante una regulación más laxa.
Sin embargo, este tipo de incidentes subraya los riesgos inherentes al mercado de activos digitales y plantea interrogantes sobre la capacidad de las plataformas para proteger los fondos de sus usuarios. A pesar de los avances tecnológicos y las medidas de seguridad implementadas, los ataques cibernéticos continúan siendo una amenaza significativa para la industria.
Bybit, fundada en 2018, es actualmente la segunda plataforma de criptomonedas más grande del mundo por volumen de operaciones, con más de 60 millones de usuarios en todo el mundo. La compañía ha reportado el caso a las autoridades y trabaja activamente para identificar a los responsables del ataque.
En los tres años transcurridos desde la invasión de Rusia a Ucrania, nada ha cambiado tanto económicamente para Moscú como sus relaciones comerciales con el resto del mundo.
En 2021, casi el 50 por ciento de las exportaciones rusas se dirigían a países europeos, incluidos Bielorrusia y Ucrania, según el Observatorio de Complejidad Económica (OEC). La mayor parte de esas exportaciones eran productos energéticos, principalmente petróleo crudo y gas.
Sin embargo, a finales de 2023, menos de dos años después de que comenzara la invasión, el 24 de febrero de 2022, la situación había cambiado por completo.
Las cifras recientemente publicadas por el OEC para 2023 muestran que China e Indiase han convertido en los dos principales mercados de exportación de Rusia, representando el 32,7 y el 16,8 por ciento, respectivamente, es decir, la mitad del total. En 2021, China representaba el 14,6 por ciento de las exportaciones rusas, mientras que India apenas alcanzaba el 1,56 por ciento.
Estos dos países han absorbido la cuota de mercado de exportación que antes ocupaban los países europeos. Las cifras de 2023 muestran que las naciones europeas representan apenas el 15 por ciento de las exportaciones rusas, una caída drástica desde el casi 50 por ciento de dos años antes.
Si bien el OEC aún no ha publicado cifras para 2024, datos de otras fuentes, como el Rastreador de Comercio Exterior de Rusia, publicado por el grupo de expertos económicos Bruegel, sugieren que los destinos de exportación siguen alineados en gran medida con las cifras de 2023.
Los datos comerciales disponibles se basan únicamente en estadísticas oficiales, lo que significa que el petróleo transportado por la llamada «flota fantasma» de Rusia no está incluido en los cálculos. Si fuera posible incluir esos barcos, en su mayoría viejos y que navegan sin el seguro occidental estándar de la industria, probablemente veríamos que China e India importan aún más de Rusia.
Según la Escuela de Economía de Kiev, al menos el 70 por ciento de las exportaciones totales de petróleo crudo ruso por vía marítima se realizan a través de la flota fantasma, con India, China y Turquía representando hasta el 95 por ciento de las compras.
De Occidente a Oriente
«Ha habido una gran desviación del comercio desde Occidente hacia estos países», explica a DW Zsolt Darvas, uno de los investigadores de Bruegel que trabaja en el rastreador comercial de Rusia. «Las naciones que no han impuesto sanciones a Rusia, en particular China y también Turquía, Kazajistán y algunos otros países, han aumentado sustancialmente su comercio con Rusia».
Según las cifras del OEC, las exportaciones rusas a Turquía aumentaron del 4,18 en 2021 al 7,86 por ciento en 2023, mientras que Kazajistán y Hungría —ambos aliados del Kremlin— han experimentado aumentos moderados desde 2021.
«Rusia es ahora un vasallo de China»
El cambio más significativo para Rusia ha sido la naturaleza de su relación con China, tanto en el comercio como en la geopolítica.
«Rusia es ahora un vasallo de China», dice a DW Elina Ribakova, economista del Instituto Peterson de Economía Internacional en Washington D.C. La importancia comercial de China para Rusia es ahora tan desproporcionada, explica, que Pekín ha adquirido una enorme influencia sobre Moscú. «China es, con mucho, el mayor socio comercial, mientras que Rusia representa una parte muy pequeña de las exportaciones chinas», añade. «Para Rusia, China es ahora su socio comercial más importante, sin competencia».
Darvas cree que Moscú depende cada vez más de China para obtener diversos componentes, productos tecnológicos y bienes manufacturados en respuesta a las sanciones occidentales. «Rusia es un país grande, pero no tiene la capacidad de ser autosuficiente», dijo. «Por lo tanto, debe obtener estos productos de otro lugar. Y cada vez más, ese lugar es China».
Un nuevo mundo
Si bien el comercio de Rusia ha cambiado radicalmente, los expertos dicen que eso no significa que esté mejor.
Zsolt Darvas cree que Rusia está «sobreviviendo», pero «no obteniendo la misma calidad de productos que antes», y eso afecta a su economía.
Por su parte, Elina Ribakova argumenta que la situación económica de Rusia «no ha resultado tan mala como muchos en Moscú temían» y que sus nuevos socios comerciales reflejan su adopción de un nuevo orden global multipolar que quiere promover.
«Para Putin, creo que es una trayectoria cómoda, porque buscan un mundo multipolar, donde estén aliados con China y otros. Y, probablemente, estén dispuestos a asumir el costo económico que eso conlleva».
Sin embargo, advierte que la dependencia de Pekín deja a Rusia en una posición vulnerable. «China es, en efecto, la guardiana del comercio de Rusia, mientras que para China, Rusia es como un cómplice, pero no un socio indispensable».
El público caraqueño es particular, no se parece a ningún otro, advierte el director de orquesta y pianista Sadao Muraki (especialmente con las reacciones tras escuchar óperas). No es casual tal sentencia, pues la trayectoria es larga. Son 45 años de presentaciones de la Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas (OSMC). Primero junto a la ya extinta Ópera Metropolitana de Caracas, pero también actualmente de la mano con otras agrupaciones del bel canto y, por supuesto, sus imponentes conciertos sinfónicos.
Muraki, quien preside la multigeneracional OSMC, hace una comparación casi inverosímil acerca de los caraqueños y la ópera: «Es como cuando miran una telenovela y se toman muy en serio los argumentos, la historia y el drama», apunta. Y sí, más allá de los prejuicios y de cómo la ópera se percibe como elitista y lejana, el canto lírico se vive plenamente; la vinculación emocional entre los cantantes, trama y audiencia caraqueña es absoluta.
«Eso no ocurre en ninguna parte del mundo, pero aquí sí. Con óperas como Rigoletto, Traviatta de Giuseppe Verdi; Elixir de amor, Don Pasquale de Gaetano Donizetti y por supuesto Giacomo Puccini: Tosca, La Bohème, Madame Butterfly… Y también la ópera venezolana como Los martirios de Colón de Federico Ruiz que está muy arraigada a nuestro público», indicó Muraki.
En el año 1980, y frente a un público que incluyó al presidente Luis Herrera Campins, la Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas debutó en el Teatro Nacional con dos obras: una pieza del compositor venezolano Alfredo del Mónaco y la Séptima sinfonía de Ludvig Van Beethoven. A partir de allí, y gracias a un proyecto del Ayuntamiento de Caracas, comenzó la historia de esta orquesta que sirve a la capital venezolana en distintos espacios como el Teatro Municipal (sede principal), el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela, la Asociación Cultural Humboldt y las dos salas del Teatro Teresa Carreño (Ríos Reyna y José Félix Ribas); pero también ocupa espacios no convencionales como plazas, escuelas, centros de salud y centros comunitarios, entre otros. «Nosotros somos pioneros en eso», puntualiza.
El director es un ávido conocedor de la historia de la OSMC, desde hace 35 años forma parte de ella. Ha visto su evolución, cómo pasó de la fosa al escenario y cómo ha sobrellevado momentos álgidos (como la pandemia por covid-19) para seguir invitando al público caraqueño a la música académica. Afirma que el sonido de la Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas es único; «tiene apellido», dice, pues se trata de una agrupación que ha contado con solo tres directores titulares, los maestros Carlos Riazuelo (1980-1984), Alfredo Rugeles (1984-1987) y Rodolfo Saglimbeni desde el año 2003 hasta hoy. Además, la OSMC cuenta con el conductor Daniel Gil como director asociado.
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Rupununi. Hoy, para la mayoría de los venezolanos, esta palabra indígena no significa nada. Sin embargo, hace 56 años, el nombre de la inhóspita zona al suroeste de Guyana y dentro del disputado Esequibo -un territorio de 159.542 km² que Venezuela reclama desde el siglo XIX- acaparó titulares en la prensa mundial.
El área dominada por sabanas fue escenario de una operación que parece sacada de un libro de James Bond y con la que Caracas esperaba zanjar definitivamente la controversia territorial con su vecino del este.
En enero de 1969, un grupo de hacendados e indígenas se alzaron en armas contra el gobierno de la recién independizada República de Guyana, tomaron la principal localidad y arrestaron a buena parte de sus residentes y autoridades.
Acto seguido declararon la secesión del área, y esperaban que Venezuela enviara tropas para ocuparla militarmente. A estos hechos, medios internacionales los bautizaron como «la rebelión del Rupununi».
«La rebelión del Rupununi en Guyana deja tensión y refugiados», tituló la agencia Reuters días después.
Y aunque las autoridades venezolanas negaron cualquier implicación en los sucesos, en los cuales más de una veintena de personas fallecieron según reportes de la época, en los últimos años ha surgido evidencia que confirma su participación.
El Rupununi es un área de unos 58.000 kilómetros cuadrados al suroeste de Guyana, dentro del Esequibo, muy poco poblada y que se caracteriza por sus amplias sabanas.
El «Estado Libre del Esequibo»
Alrededor de las 11 de la mañana del 2 de enero, decenas de ganaderos e indígenas, la mayoría peones de los primeros, atacaron Lethem, el pequeño poblado que era el centro de la administración guyanesa en Rupununi.
«El objetivo principal era la comisaría, que estaba integrada por 12 miembros de la Fuerza de Policía de Guyana y varios empleados civiles y que tenía comunicación por radio con Georgetown (la capital de Guyana)», denunció Linden Forbes Burnham, entonces primer ministro del país suramericano, en un discurso radial que dio dos días después de los sucesos.
Los alzados arrestaron a buena parte de los vecinos, incluido a su máxima autoridad: Motilall Persaud, quien era el comisario del distrito.
Asimismo, bloquearon la pista de aterrizaje de la localidad y otras cuatro cercanas atravesando camiones y colocando otros obstáculos.
Sin embargo, los insurrectos pronto perdieron el factor sorpresa y la noticia de su ofensiva llegó ese mismo mediodía a oídos de las autoridades nacionales.
Y todo gracias a un piloto de un avión que debía aterrizar en Lethem, quien captó una de las pocas transmisiones de radio durante el ataque y avisó lo que ocurría, según lo cuenta el expresidente de Guyana, el general (r) David Granger, en su libro The Rupununi Rebellion (La rebelión del Rupununi).
El mismo día 2 el gobierno guyanés comenzó a preparar su contraataque y envió por vía aérea a decenas de policías y militares apertrechados a una localidad vecina al poblado ocupado.
Al día siguiente, las fuerzas gubernamentales lanzaron su ofensiva y retomaron Lethem, forzando a los alzados a replegarse y huir hacia Brasil y Venezuela, relató Granger.
Entre quienes cruzaron hacia territorio venezolano estaba Valerie Hart, quien en 1968 había intentado sin éxito ser elegida diputada en las elecciones guyanesas y se había declarado «presidenta del Estado Libre del Esequibo».
Desde el otro lado de la frontera, la líder rebelde pidió a Caracas que interviniera militarmente para evitar una masacre en contra de los alzados, a los que calificó como ciudadanos venezolanos.
«Nosotros, los habitantes del Rupununi de la Guayana Esequiba (somos) en consecuencia venezolanos por nacimiento, según la Constitución venezolana», declaró a la agencia AFP.
Aunque en un principio el gobierno guyanés evitó apuntar a Venezuela, en cuestión de horas dio un giro.
De poco valió que el gobierno venezolano, entonces encabezado por el socialdemócrata Raúl Leoni (1905-1972), rechazara públicamente atender las peticiones de los alzados de emprender alguna acción militar en el territorio en disputa.
La decisión de Caracas de dar asilo a Hart y a otros sublevados fue aprovechada por Georgetown para acusar a su vecino de cometer «actos de agresión e intimidación».
Una pieza de un plan mayor
Décadas después del fallido movimiento secesionista, el historiador venezolano Guillermo Guzmán Mirabal encontró pruebas que confirman las sospechas sobre la implicación venezolana en los sucesos.
«La rebelión del Rupununi fue simplemente un aditamento de una serie de planes complejos puestos en marcha a principios de la década de 1960 por los gobiernos venezolanos para zanjar el tema del Esequibo, los cuales no solo incluían la vía diplomática», aseguró a BBC Mundo el miembro del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas (UCAB) y autor del libro Del Acuerdo de Ginebra a la Rebelión del Rupununi: tres años del proceso de recuperación de la Guayana Esequiba (1966-1969).
Para el libro, el historiador consultó los archivos privados de uno de los cerebros de esos planes: Ignacio Iribarren Borges.
Iribarren Borges (1913-1988) fue embajador venezolano en Londres entre 1959 y 1964 y luego canciller entre 1964 y 1969.
Y entre los documentos del exfuncionario a los que Guzmán tuvo acceso está el «Plan de levantamiento de la población de la Guayana Esequiba».
«El plan de la rebelión buscaba convencer a la población ameroindia (aborigen) y a los rancheros -de ascendencia europea- que habitaban en Rupununi para que se sublevaran y dijeran que no querían ser guyaneses, sino venezolanos. Y como Venezuela considera a ese territorio como propio, entonces lo ocuparía militarmente y con ello ejercería presión sobre Guyana para resolver la disputa definitivamente», explicó el investigador.
«Venezuela no ocuparía todo el Esequibo, sino el Rupununi, que está dentro de la llamada zona en reclamación», precisó Guzmán.
El historiador aseguró que el gobierno de Leoni puso en marcha una operación dentro del territorio en disputa.
«Venezuela envió equipos que se metieron en la zona y que contactaron a miembros de las comunidades indígenas y a los rancheros, quienes estaban descontentos con el gobierno de Guyana; y los financió y entrenó», agregó.
Esta versión es corroborada por el expresidente Granger, quien en su libro aseguró que el 24 de diciembre de 1968 varios hacendados complotados y algunos de sus empleados «fueron trasladados en avión a Venezuela, donde fueron alojados en un campamento militar durante siete días para recibir entrenamiento en el uso de armas».
«El grupo fue trasladado (de vuelta a Guyana) el 1 de enero de 1969 y esa misma mañana partió hacia sus objetivos», agregó.
Aprovechando el momento
Guzmán aseguró que Venezuela aprovechó el malestar que las políticas de las primeras autoridades de la Guyana soberana provocaron en la escasa población del Rupununi.
«Guyana se acababa de independizar de Reino Unido y era gobernada por un partido mayoritariamente negro que tenía una política no tan amigable hacia los blancos, quienes eran los hacendados del Rupununi; y también hacia las etnias indígenas de la zona», explicó.
«Estos grupos descontentos con Guyana veían con buenos ojos incorporarse a Venezuela que, en aquel momento era un país rico y con un futuro prometedor, mientras que Guyana no tenía nada», agregó el historiador.
Una tesis similar expone Granger en su libro.
«(Los ganaderos) tomaron la decisión de rebelarse después de que el gobierno (de Burnham) rechazara su solicitud de otorgar un arrendamiento por 25 años a las tierras que estaban ocupando», escribió.
«(Los ganaderos e indígenas) temían que se trajeran agricultores de Jamaica y Barbados, obligando así a los colonos blancos y a los amerindios a irse», prosiguió.
«Los ganaderos deben haber sentido que su estilo de vida, sus haciendas y sus pretensiones habrían sido toleradas bajo el gobierno venezolano», remató Granger, quien sin embargo duda que los indígenas respaldaran en realidad el movimiento secesionista.
Las causas del fracaso
¿Por qué la operación no dio resultado esperado? «Por muchas cosas», respondió Guzmán.
«La primera razón es que Acción Democrática (el partido que gobernaba en Venezuela desde 1959) perdió las elecciones presidenciales de 1968 y el plan necesitaba que hubiera una continuidad en el gobierno venezolano», agregó.
«El gobierno saliente tuvo que informarle al presidente electo, el socialcristiano Rafael Caldera, de la inminente rebelión y del subsiguiente envío de tropas venezolanas al Rupununi. Caldera, según los documentos que pude ver, no quiso saber del asunto. No quería iniciar su gobierno con un problema de tal magnitud», explicó el historiador.
En 2005, el fallecido periodista venezolano Eleazar Díaz Rangel, en un artículo en el diario prochavista Últimas Noticias, reveló que «tropas militares y la fuerza policial (venezolanas) (…) estaban listas (en la frontera) para respaldar al movimiento separatista amerindio en el Esequibo», pero «las tropas de asalto y los paracaidistas quedaron esperando» unas órdenes que nunca llegaron.
Y como si lo anterior no fuera suficiente, el gobierno de Estados Unidos se enteró del plan y expresó su oposición.
«El embajador norteamericano (Maurice Bernbaum) llamó al canciller Iribarren y le dijo: ‘Sabemos lo que quieren hacer y eso no lo vamos a aceptar'», apuntó Guzmán.
El historiador cree que la oposición de Washington respondió a su temor a que Guyana se acercara más a la Cuba castrista, cosa que terminó ocurriendo.
Con estos dos elementos, las autoridades venezolanas avisaron a los líderes amerindios y a los hacendados de la cancelación del plan y de que no les darían apoyo militar, aseguró Guzmán.
«Sin embargo, los ganaderos decidieron continuar por su cuenta y fueron duramente reprimidos (…) el ejército guyanés hasta usó lanzallamas, según algunos testimonios», indicó.
«Lo que terminó ocurriendo fue una fracción de lo que estaba planeado. Al final solo unas 50 personas en realidad se alzaron en armas», agregó el historiador.
Por su parte, el expresidente Granger ofreció otras explicaciones en su libro:
«La rebelión parecía destinada al fracaso (porque) el pequeño grupo de combatientes solo recibió una semana de entrenamiento militar (…) hizo poco uso de los aviones ligeros de los que disponían y sus comunicaciones y coordinación eran débiles», enumeró.
Para la segunda semana de enero de 1969, los restos de la rebelión fueron sofocados y varios cientos de personas fueron arrestadas, aunque solo una veintena fueron procesadas judicialmente.
Una oportunidad perdida
Algunos historiadores han llegado a comparar los sucesos del Rupununi con lo ocurrido en Bahía de Cochinos (Cuba) en 1961. Sin embargo, Guzmán cree que hay grandes diferencias.
«Bahía de Cochinos estuvo enmarcada en la Guerra Fría y EE.UU. lo que buscaba con esa operación era derrocar al régimen de (Fidel) Castro, pero en Rupununi el tema ideológico no estaba presente, la cuestión era territorial», dijo.
Asimismo, el historiador aportó otro elemento:
«Venezuela fue enfática con los involucrados en la rebelión y les advirtió que no los apoyaría militarmente, pero ellos, a pesar de esto, decidieron continuar solos con los terribles resultados conocidos. Por su parte, en Bahía de Cochinos, EE.UU. cambió de planes y no brindó el prometido apoyo aéreo a los cubanos que participaron en esa invasión».
A la mayoría de los alzados que se refugiaron en Venezuela, el gobierno de Leoni les otorgó la ciudadanía y tierras en tres zonas al sur del país, cerca del Esequibo, zona que sigue en disputa hasta el día de hoy.
El 10 de marzo de 2025, la OEA elegirá un nuevo secretario general en un contexto de desafíos hemisféricos críticos, como lo son la expansión del crimen organizado transnacional, las crisis migratorias y humanitarias, la degradación ambiental y la creciente influencia de potencias extrarregionales como China, Rusia e Irán. Muchos de estos desafíos están directamente relacionados con el atrincheramiento de los regímenes autoritarios en Cuba, Venezuela y Nicaragua.
Para la oposición venezolana y los sectores que luchan por una transición democrática en el país, el resultado de la elección del nuevo secretario general de la OEA es un evento relevante.
Aunque la OEA ha tenido una capacidad de acción limitada y ha logrado pocos resultados concretos en la redemocratización de Venezuela, ha servido en repetidas ocasiones como un importante foro hemisférico, permitiendo visibilizar y posicionar internacionalmente la crisis humanitaria venezolana y la falta de legitimidad del régimen de Nicolás Maduro, acusado de violaciones de derechos humanos y de practicar el terrorismo de Estado.
Dos candidaturas, dos enfoques
La elección del sucesor de Luis Almagro (2015 – presente) se decidirá entre al canciller de Surinam, Albert Ramdin, y su homólogo paraguayo, Rubén Ramírez Lezcano. Si Rubén Ramírez Lezcano asume el cargo, es probable que la OEA mantenga o incluso refuerce la presión sobre el régimen de Maduro, continuando la línea de Luis Almagro.
En el caso de que resulte electo Albert Ramdin, quien al parecer cuenta con el respaldo del bloque CARICOM, es probable que la OEA adopte una postura menos confrontativa y favorezca un enfoque diplomático más conciliador, promoviendo negociaciones con el régimen venezolano.
Para el dirigente opositor venezolano Julio Borges, expresidente de la Asamblea Nacional venezolana, «el candidato que tiene el apoyo del mundo democrático es el excanciller Rubén Lezcano, pues es el candidato que entiende la necesidad de una OEA activa en la defensa de la democracia y los derechos humanos en América. Pero también entiende lo amañado que significa el incremento de la presencia de actores como China en la región”.
La OEA, como defensora de la democracia, la libertad y los DD. HH.
Sin embargo, advierte Borges, «más allá del candidato, lo importante es que la OEA en su conjunto dé un vuelco total a su manera de aproximarse a los desafíos de la región. La OEA debe entender que no puede seguir siendo el centro de disputas entre visiones ideológicas, sino que tiene que ser el epicentro en la región en la defensa de los valores de Occidente: democracia, libertad y derechos humanos”
Para el político venezolano, «es necesario que la OEA haga una revisión profunda de sus instrumentos de justicia y derechos humanos para adaptarlos a la nueva época. Todo el sistema interamericano tiene que ser revisado para que sea un arma contra el autoritarismo y no lo que es hoy”.
Protección de la democracia o no intervención
Una de las razones de fondo que explican la escasa eficacia política de la OEA deriva de la tensión inherente que existe entre la protección regional de la democracia y el arraigado principio de no intervención del derecho internacional, que históricamente ha tenido mucho peso en las relaciones interamericanas.
Con mucha frecuencia, los representantes de los estados latinoamericanos evitan respaldar en la OEA medidas contundentes en contra de otros países, temiendo establecer precedentes que eventualmente puedan volverse en su contra durante futuras crisis internas.
A juicio del jurista Asdrúbal Aguiar, exmagistrado de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), «los órganos políticos de la OEA permanecen anclados a paradigmas de los siglos XIX y XX, donde la estabilidad y la soberanía estatal prevalecen sobre los derechos ciudadanos”.
Según Aguiar, esta comprensión anticuada del principio de la no intervención contrasta marcadamente con la evolución jurisprudencial de la CIDH que, a través de más de un millar de interpretaciones de la Carta Democrática de la OEA, ha transformado la concepción de la democracia, elevándola de simple mecanismo de gobierno a un derecho humano fundamental.
Por ello, explica Aguiar, «mientras los Estados miembros del Consejo Permanente de la OEA actúan en favor de los gobiernos, con base los principios de la no intervención y el respecto a la soberanía estatal, la CIDH aplica las normas de la Carta Democrática desde una perspectiva de protección universal de las libertades fundamentales. En este contexto, el principio de no intervención deja de ser un obstáculo, pues la protección de los derechos humanos y la democracia trascienden las fronteras nacionales y las limitaciones de la soberanía tradicional”.
Falta de consenso interno y diferencias ideológicas
Otro factor que en múltiples oportunidades ha afectado la efectividad política de la OEA es la fractura ideológica (izquierda-derecha) que divide a los Gobiernos de sus Estados miembros.
La necesidad de alcanzar mayorías calificadas o la unanimidad para implementar acciones concretas por parte de la OEA se erige como un obstáculo prácticamente insalvable cuando las divergencias ideológicas entre los Gobiernos obstaculizan un consenso sobre las crisis democráticas.
En el seno de la OEA, es frecuente observar como las lealtades políticas coyunturales predominan sobre el compromiso institucional con los principios democráticos. Cuando la OEA intenta abordar graves retrocesos democráticos en el hemisferio, como los evidenciados en Venezuela o Nicaragua, se manifiesta un patrón recurrente: Gobiernos con afinidades ideológicas hacia los regímenes cuestionados anteponen dichas afinidades a las consideraciones sobre la promoción y defensa de la democracia, y despliegan estrategias obstructivas que van desde el bloqueo completo de las resoluciones hasta la dilución de su contenido, volviéndolas meras declaraciones retóricas.
Un claro ejemplo de esta estrategia obstructiva se evidenció con ocasión del reciente fraude electoral perpetrado por el régimen chavista durante las elecciones presidenciales venezolanas. El 30 de julio de 2024, dos días después de que Nicolás Maduro fuera proclamado como candidato vencedor careciendo de todo respaldo creíble y verificable, se presentó ante la OEA una resolución que básicamente se limitaba a instar al Consejo Nacional Electoral (CNE) venezolano a publicar las actas comiciales detalladas de los resultados electorales.
Esta básica exigencia de transparencia democrática no logró la aprobación del cuerpo por un solo voto. De los 34 Estados miembros, 17 se abstuvieron de votar, bloqueando así la solicitud presentada. Entre ellos se encontraban Gobiernos alineados ideológicamente con la Revolución Bolivariana, como los de Brasil (Lula da Silva), Colombia (Gustavo Petro), México (Andrés Manuel López Obrador), Bolivia (Luis Arce) y Honduras (Xiomara Castro).
Además, una parte significativa de los Estados caribeños se sumó a la abstención, en gran medida debido a las relaciones preferenciales que han mantenido con el régimen chavista a través de acuerdos petroleros.
Episodios como este evidencian que, más allá de la elección del sucesor de Luis Almagro, la OEA enfrenta una encrucijada histórica: debe optar entre transformarse en un garante efectivo de la democracia en las Américas —con mecanismos vinculantes y voluntad política para sancionar a los violadores de sus principios— o reducirse a un espacio de diálogo irrelevante, donde los cálculos geopolíticos coyunturales prevalezcan sobre los principios rectores de su Carta Fundacional y de la Carta Democrática Interamericana.
El 24 de febrero de 2022, el mundo presenció el comienzo de una invasión rusa a gran escala que alteró no solo el equilibrio en Europa, sino también la estabilidad global. Tres años después, Ucrania continúa resistiendo la agresión del Kremlin, pero los desafíos para su presidente, Volodímir Zelenski, son más grandes que nunca. La guerra, que ha devastado al país y causado una crisis humanitaria sin precedentes, no solo ha puesto a prueba la resistencia militar ucraniana, sino que también ha sido puesta en jaque por las recientes acciones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
El costo humano y material de la invasión rusa es incalculable. Más de 10 millones de ucranianos se han visto obligados a abandonar sus hogares: casi 7 millones han huido a otros países, mientras que alrededor de 3 millones y medio se han desplazado internamente, buscando refugio dentro de Ucrania. De acuerdo con datos de la ONU, unos 2 millones de casas han sido destruidas o gravemente dañadas en los bombardeos rusos, y más de 12 millones de personas, un tercio de la población ucraniana, requieren ayuda humanitaria urgente.
Desde febrero de 2022, el ejército ruso ha logrado controlar alrededor del 20% del territorio ucraniano, especialmente en el este del país, donde la resistencia ucraniana ha sido especialmente feroz. Sin embargo, a pesar de los avances rusos, el frente se mantiene en una especie de estancamiento, con el territorio conquistado por Moscú avanzando lentamente. Se estima que tanto soldados rusos como ucranianos han sufrido bajas devastadoras, con cifras que podrían superar los cientos de miles, aunque ninguna fuente oficial ofrece números claros.
En las trincheras de ciudades como Kramatorsk, a pocos kilómetros de las líneas rusas, el espíritu de lucha de la población ucraniana sigue siendo firme. La determinación de no rendirse sigue siendo la norma, a pesar de los desafíos continuos, y los soldados reiteran que, aunque el apoyo internacional pueda menguar, seguirán luchando hasta el último hombre. La moral de la resistencia se ha mantenido alta, aún cuando las ciudades han sido arrasadas y las familias han perdido todo.
La incertidumbre de la política internacional
Si bien la valentía de Zelenski y el pueblo ucraniano es innegable, los tiempos difíciles se intensifican con la nueva postura de Estados Unidos. El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha abierto un nuevo capítulo en la guerra de Ucrania, que ha alterado las dinámicas de apoyo internacional. Trump, conocido por su postura impredecible, ha comenzado a negociar con el Kremlin, sin involucrar a Ucrania ni a la Unión Europea. Este giro ha generado inquietud entre los aliados de Ucrania, que temen que las negociaciones conduzcan a una paz rápida, pero desventajosa para el país invadido.
En Ucrania, la posibilidad de que Trump busque una «paz a cualquier precio» ha calado hondo. La oposición a cualquier acuerdo que no garantice la soberanía ucraniana está muy extendida. Zelenski, por su parte, ha reiterado que está dispuesto a dimitir si eso garantiza la entrada de Ucrania en la OTAN, una condición clave para la seguridad del país. Mientras tanto, la comunidad internacional se enfrenta a una división interna sobre cómo gestionar las conversaciones de paz. La Unión Europea, liderada por Ursula von der Leyen, ha mostrado su apoyo inquebrantable a Ucrania, pero la entrada de Trump en el escenario ha dejado a los europeos en una posición incómoda.
Desde Bruselas, la Comisión Europea ha reafirmado su compromiso con Ucrania, pero el proceso de negociación iniciado por Trump ha dejado a los líderes europeos fuera de juego. Si bien las sanciones contra Rusia continúan, la estrategia que había seguido la UE de apoyar a Zelenski y aislar al Kremlin está siendo puesta en entredicho. Los líderes europeos ahora se ven obligados a buscar un asiento en la mesa de negociaciones con el objetivo de influir en el resultado de las conversaciones.
España, por su parte, ha mantenido una postura firme, ofreciendo ayuda militar y humanitaria, aunque algunos temen que el cambio de política en Washington pueda generar un giro inesperado. La ministra de Defensa, Margarita Robles, ha criticado la estrategia de Trump, calificándola de «contorsionismo delirante». El presidente español, Pedro Sánchez, ha insistido en que cualquier acuerdo debe incluir a Ucrania y no comprometer su soberanía, subrayando que la unidad europea es clave en estos tiempos de incertidumbre.
¿Un futuro incierto o una paz sostenible?
Tres años después de la invasión rusa, la situación en Ucrania sigue siendo extremadamente volátil. Aunque las líneas del frente se han estabilizado en muchos lugares, la guerra continúa con el mismo nivel de brutalidad. La resistencia de Volodímir Zelenski, en este contexto, está más a prueba que nunca. La interferencia de Donald Trump y la falta de una postura clara y unificada por parte de los aliados de Ucrania añaden complejidad a una guerra que ya de por sí es desgarradora.
El futuro de Ucrania no solo depende de la fortaleza de su resistencia militar, sino también de la capacidad de la comunidad internacional para mantenerse firme en su apoyo a la soberanía ucraniana. ¿Podrá Zelenski negociar una paz justa y duradera o, por el contrario, se verá obligado a aceptar un cierre en falso que podría poner en peligro la independencia de su nación? Solo el tiempo lo dirá, pero lo que está claro es que los tres años de guerra han dejado cicatrices profundas que requerirán años para sanar, tanto en el terreno como en la política internacional.
No se cansa de ganar. No se cansa, en general: Trump cerró con un discurso de la victoria de más de una hora la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) de este año, marcada por su regreso a la Casa Blanca.
Trump ha convertido al Partido Republicano en la «voz orgullosa» del americano corriente, en el partido del «sentido común», declaró el presidente Trump ante un millar de asistentes en el Gaylord National Resort & Convention Center en National Harbor, Maryland. «Durante el último mes, hemos confirmado un equipo estelar de guerreros, patriotas y visionarios que ponen en práctica la agenda de Estados Unidos primero», añadió. «Nos estamos deshaciendo de los defraudadores, mentirosos, tramposos, globalistas y burócratas del estado profundo», se ufanó.
Es difícil describir un discurso de Trump, porque no es sólo lo que dice, sino cómo lo dice, entablando desde la primera palabra un diálogo en el que la otra parte, el público, se siente partícipe de una conversación íntima con el político. Improvisa, por supuesto, se detiene, introduce nuevos temas e inesperados recuerdos. Hace reír, emociona.
Recordó su desembarco en la política presidencial, la cerrada y a menudo tramposa hostilidad de los medios, recreándose en las burlas de los analistas y profetas que auguraban su catastrófica derrota.
Trump cerró el discurso de 80 minutos prometiendo «mantenerse firme» y «luchar» por Estados Unidos durante los próximos cuatro años. «A partir del 20 de enero de 2025, los días oscuros de altos impuestos, regulaciones aplastantes, inflación galopante, corrupción flagrante, instrumentalización de la justicia e incompetencia total, esos días terminaron», dijo. «Pero no podemos detenernos ahora. ¡Vamos a seguir adelante todos los días!», dijo, citando al capitán John Paul Jones, héroe de la independencia americana: «¡Todavía no he comenzado a luchar!». «Durante los próximos cuatro años, nos mantendremos fuertes, trabajaremos duro, lucharemos, lucharemos, lucharemos, y ganaremos, ganaremos, ganaremos».
Luego Trump cargó contra Joe Biden, el «peor presidente en la historia de nuestro país». Jimmy Carter, llegó a decir, murió feliz sabiendo que no pasaría a la historia como el peor presidente de Estados Unidos. «Todo lo que [Biden] tocó se convirtió en mierda», declaró. «Teníamos un presidente que alojaba a inmigrantes ilegales en hermosos hoteles en Park Avenue, Madison Avenue y la Quinta Avenida de Manhattan. Ahora tenemos un presidente que les está dando pasaporte para Guantánamo«, agregó.
La Sede Vacante es una “situación” que ocurre en la Iglesia Católica Universal cada vez que haya ausencia de Papa. Cuando llega el fin de un papado, empieza el estado de Sede Vacante que solamente termina cuando sea elegido un nuevo Romano Pontífice. Puede ser por muerte (la razón más habitual), o por renuncia (la menos frecuente). En cualquiera de los dos casos los procedimientos para elegir a un sucesor son iguales, pero los protocolos previos a la convocatoria del Cónclave tienen sustanciales diferencias.
Todo está regido y establecido en las normas del Derecho Canónico y en la Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis.
En caso de muerte del Papa
El fallecimiento por cualquier causa, activa en la Santa Sede unos mecanismos para la constatación del deceso del Santo Padre, la realización de Funerales de Estado, la revisión del estado de la Iglesia y la elección de un sucesor con la mayor rapidez posible.
La muerte de un Papa es un acontecimiento de tristeza para la Iglesia Católica Universal, pero la búsqueda y nombramiento de uno nuevo es motivo de esperanza para los fieles y para los religiosos.
Todo el proceso mantiene un estricto protocolo:
1. La verificación:
La muerte de un Pontífice debe ser verificada y comprobada por métodos no forenses, mediante las tradiciones contempladas en la Constitución Apostólica. Cada Papa puede introducir algunos cambios en la verificación, anuncio y ceremonias fúnebres, para ser aplicados según su deseo post-mortem.
La verificación está a cargo del Camarlengo de la Santa Iglesia Romana, un cardenal integrante de la Curia Romana con antigüedad, nombrado por el Papa para ese papel. En la actualidad, el Camarlengo es el cardenal irlandés Kevin Joseph Farrell. Él debe tocar (o golpear con suavidad) tres veces con firmeza la frente o la cabeza del difunto con un martillo y llamarlo por su nombre de bautizo en varias ocasiones. En el caso del papa Francisco, le llamarán “Jorge Mario”.
Cuando haya certeza de que no responde, estará confirmado el fallecimiento. A continuación, el Camarlengo destruirá el Anillo del Pescador que ha llevado el Papa en su pontificado, que será una señal del final de su gobierno. También procederá a sellar el aposento donde ha ocurrido el deceso.
Es habitual que los Papas mueran en algún dormitorio privado del Palacio Apostólico en el Vaticano, el mismo dónde ha pasado su vida él, pero no siempre ocurre así. En cuanto a Francisco, no ha residido en el Palacio sino en Casa Santa Marta, también en el Vaticano.
El Camarlengo asume la administración temporal de la Iglesia, para efectos de coordinación y funcionamiento, pero no tiene autoridad para tomar decisiones sobre dogmas o cuestiones de la Fe.
Antes, también habrá una verificación clínica y/o forense de la defunción.
2. Anuncio:
Una vez cumplidos los procedimientos de verificación, a los cuales, además del Camarlengo, también acuden los más cercanos colaboradores del Papa (secretario de Estado, prefectos de Dicasterios, secretarios y ayudantes, confesor), inicia la fase de notificación de la muerte a los fieles de todo el mundo a través de los medios de comunicación.
Del anuncio público se encarga el rector del Colegio Cardenalicio, que en la actualidad es el cardenal italiano Giovanni Battista Re. Él debe presentarse ante los medios de comunicación para informar sobre la triste noticia para la Iglesia Católica Mundial, al tiempo que la Secretaría de Estado envía telegramas con la “mala nueva” a las Nunciaturas Apostólicas, a las embajadas acreditadas en la Santa Sede, a los gobiernos, a los organismos internacionales, a las otras Iglesias y a las Conferencias Episcopales.
3. Ritual fúnebre:
Según la Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis, los rituales fúnebres para despedir a un Papa deben corresponder a los del Jefe del Estado Vaticano, guardando la solemnidad, protocolo y nivel de personajes invitados.
Las primeras ceremonias fúnebres son privadas. Con la coordinación del Camarlengo y del rector del Colegio Cardenalicio, son convocadas reuniones previas. El cuerpo del Papa es vestido con los ornamentos litúrgicos, habitualmente sotana blanca, casulla roja y mitra blanca.
El cuerpo es expuesto en la Capilla Sixtina para el homenaje de los integrantes del Colegio Cardenalicio.
Un día después, es trasladado al altar mayor de la Basílica de San Pedro, ubicado sobre un catafalco para empezar a ser homenajeado por los fieles que llegan desde todo el mundo. Puede haber varios días de esa “Capilla Ardiente”. El cuerpo permanece expuesto, a la vista.
Luego, el catafalco con el cuerpo del Papa es llevado a la explanada de la Plaza de San Pedro para el Funeral de Estado, al aire libre y con la presencia de centenares de Jefes de Estado, jefes de gobierno y primeros ministros, así como todos los cardenales e invitados especiales.
La Misa Exequial Solemne es oficiada por el Decano del Colegio Cardenalicio, en esta ocasión el cardenal Giovanni Battista Re.
Para ser sepultado, el cuerpo es metido en tres ataúdes (uno entre otro). Un ataúd de ciprés, un ataúd de zinc y un ataúd de olmo o de nogal. Antes de cerrar el primer, se pone dentro una bolsa con medallas y monedas alusivas al Papado que ha terminado. También un documento oficial llamado “Rogito”, que contiene textos con información de su vida y de su apostolado.
En procesión es descendido hasta las grutas bajo la Basílica de San Pedro y en ceremonia íntima (aunque con cobertura de prensa oficial vaticana), es sepultado en una cripta al lado de la tumba del apóstol San Pedro. El sellado final del féretro es con soldadura para garantizar condiciones sanitarias.
Tras el sepelio, suele ocurrir que empieza la cuenta atrás para el Cónclave.
El papa Benedicto XVI, el cardenal Joseph Ratzinger de Alemania, aparece en el balcón de la Basílica de San Pedro en el Vaticano tras ser elegido por el cónclave de cardenales, el 19 de abril de 2005. Foto: AFP/ Osservatore Romano/ Arturo Mari
En caso de renuncia del Papa
La renuncia del Papa debe ser totalmente libre y voluntaria. Sería inválida si ocurriese por algún tipo de presión externa o ajena a su control. Debe ser anunciada públicamente por él o consignada en una carta que lleva la certificación de algún cardenal de su confianza. La renuncia no está dirigida a nadie, pues el Papa no tiene superior jerárquico en la Tierra.
Entra en vigor cuando él mismo disponga, según las notificaciones públicas que haya hecho. En el caso del papa Benedicto XVI, notificó su renuncia en febrero del 2013 para hacerse efectiva al final del mismo mes. La renuncia del Papa es una rareza dentro de la Iglesia. Antes de la dimisión de Benedicto XVI, habría que remitirse al siglo XV para encontrar el antecedente más reciente.
Cuando ocurre una renuncia papal, el Pontífice conserva el estatus y la dignidad de Papa Emérito u Obispo Emérito de Roma. Pero desde el momento en que esté en vigencia su retiro, ya no tendrá autoridad en el gobierno de la iglesia. Mantendrá el uso de los ornamentos litúrgicos blancos (excepto la muceta y el Anillo del Pescador, el cual debe destruir o guardar) y conservará todas sus atribuciones como cardenal y sacerdote (puede administrar los Sacramentos y oficiar la Santa Misa). No podrá interferir en la elección ni en la gestión del nuevo Papa, aunque sí podrá prestar su ayuda como consejero. No puede participar en el Cónclave.
Ante una renuncia, se activan todos los mecanismos de elección de un nuevo Papa como si hubiese un fallecimiento. La Iglesia entra en modo Sede Vacante.
Gobierno provisional de la Iglesia Universal
Tanto en caso de muerte como de renuncia del Papa, el gobierno provisional queda en manos del cardenal Camarlengo. Tiene funciones en coordinación con el rector del Colegio Cardenalicio para mantener el funcionamiento de la Iglesia, en particular en la Curia Romana, para asegurar los trámites y convocatorias necesarias para el Cónclave y (en caso de muerte) para las exequias. Como dijimos antes, no tiene facultades para dictar nuevas normas sobre dogmas o cuerstiones de Fe. Es un encargo meramente administrativo.
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A tres años de la invasión rusa, Emmanuel Macron será recibido en el Salón Oval por Donald Trump para debatir un acuerdo de paz en Ucrania que incluya a Volodimir Zelensky y Europa, una posibilidad que el presidente de Estados Unidos descartó al iniciar conversaciones con Vladimir Putin.
Trump pretende cerrar un armisticio en Ucrania sin Europa ni Zelensky, que es el presidente ucraniano. Putin coincide con esa estrategia de negociación, y aceptó abrir el diálogo diplomático en Riad después de tres años de frío diplomático entre Washington y Moscú.
En respuesta a ese profundo movimiento geopolítico, Macron convocó a los líderes europeos al Palacio Eliseo para planificar una respuesta colectiva a la agenda unilateral que ejecuta Trump con el aval de Putin. Ese cónclave terminó en discursos formales y sin una sola propuesta en firme.
Europa se mueve al compás de las decisiones diplomáticas que asumen Francia y Alemania, pero el canciller Olaf Scholz perdió las elecciones y en pocos meses dejará la Cancillería en manos de Friedrich Merz, un político de derecha que se alinea con la agenda exterior de Trump.
En este contexto, Macron se apalancó sobre la vocación de poder del premier británico Keir Starmer, que tiene una mirada del mundo en las antípodas de la administración republicana. Macron y Starmer dialogaron este domingo por teléfono y consensuaron el planteo que el presidente francés hará en la Casa Blanca.
Macron ingresará al Salón Oval con una propuesta de tres puntos:
Europa tiene que estar en la mesa de negociación.
Zelensky debe participar en las conversaciones a la par que Putin.
Europa está dispuesta a desplegar sus tropas en Ucrania para garantizar la paz que se acuerde con Rusia.
Es poco probable que Trump acepte los planteos del tándem Macron- Starmer. El presidente de Estados Unidos se siente cómodo negociando en soledad con Putin, y los dos mandatarios consideran que Zelensky no tiene representatividad política y que Europa está fracturada por diferencias ideológicas.
“Si hay paz para Ucrania, si realmente necesitan que deje mi puesto, estoy listo. Lo haría a cambio de entrar a la OTAN”, sostuvo este domingo Zelensky para desarmar los argumentos que expresan Trump y Putin.
Y en paralelo, Zelensky convocó para este lunes en Kiev a una cumbre de todos los líderes europeos para fijar posición ante la propuesta unilateral de negociación con Rusia que ejecuta la administración republicana.
La convocatoria del presidente ucraniano encierra una paradoja: se busca una posición común, mientras Macron llegará a la Casa Blanca para defender una iniciativa que definió con el premier británico Starmer.
“No se puede ser débil con el presidente Putin. No es lo que eres, no es tu marca registrada, no es lo que te conviene”, le dijo -a la distancia- Macron a Trump durante una charla on line que protagonizó en París.
La respuesta a las declaraciones de Macron, antes de volar desde París a DC, corrieron por cuenta del Kremlin.
“Estamos abiertos a contactos con Estados Unidos, en particular sobre los temas que perturban nuestras relaciones bilaterales”, señaló Sergei Ryabkov, viceministro de Asuntos Exteriores de Rusia.
Y añadió: “Esperamos un progreso real durante la reunión que se celebrará a finales de esta semana”.
Los comentarios de Ryabkov fueron un estiletazo que también lastimó a Starmer. El primer ministro del Reino Unido tiene prevista una audiencia con Trump en la Casa Blanca antes que concluya febrero para tratar el Caso Ucrania.
Y podría ocurrir que Starmer, como Macron, llegue al Salón Oval pidiendo que Europa y Zelensky participen de las negociaciones, y casi al mismo momento Estados Unidos y Rusia se encuentren nuevamente para avanzar en un acuerdo de paz sin otros jugadores en la mesa.
La intención de Washington y Moscú es que el secretario de Estado, Marco Rubio, y el canciller ruso Sergey Lavrov se reúnan en los próximos días para ponerle fecha a la cumbre entre Trump y Putin.
Si eso finalmente pasara, otra vez Europa y Zelensky se quedarían afuera de las negociaciones por Ucrania.