Desde 2019, Carmen, Fernanda, Katherine, Lucía, Liliana, Marcela, Paulina y Roxi viven con miedo de ser extorsionadas, violentadas, asesinadas o desaparecidas por el Tren de Aragua, la megabanda de origen venezolano que se ha expandido por Suramérica.
El miedo de estas mujeres se alimenta del hecho de que ellas actúan como el termómetro del crimen de la ciudad, pues son las primeras en experimentar los efectos de las economías criminales predatorias que han sido el motor para la expansión del Tren de Aragua en Lima.
Además, entre las múltiples sombras que acechan en las calles de Perú, desentrañamos la historia de Isabel, una sobreviviente de trata de personas con fines de explotación sexual. Su historia ilustra la de decenas de mujeres que son atrapadas en la telaraña de explotación de Los Gallegos, una facción del Tren de Aragua.
Las mujeres que trabajan en la calle
Paulina ha trabajado en las calles de Lima, la capital peruana, como trabajadora sexual desde hace 15 años. Lo ha hecho para sostener a su familia, pues no tiene otra alternativa de sustento.
“Cuando tienes niños, uno tiene que buscar dónde sea para que ellos puedan comer”, dijo Paulina.
Durante todos estos años ejerciendo como trabajadora sexual, ella ha vivido en carne propia incontables violencias y ha sido testigo de los abusos que han sufrido otras trabajadoras sexuales. Paulina pensaba que lo había visto todo, hasta que en septiembre de 2022, unos criminales asesinaron a una compañera en una de las principales calles del centro de Lima.
“La mataron por no pagar y por denunciar que estaban cobrando ‘cupo’”, dijo, refiriéndose a un tipo de extorsión que los grupos criminales cobran a las trabajadoras sexuales a cambio de dejarlas trabajar en las calles.
Paulina temía caer en el radar de los criminales y que estos le empezaran a cobrar cupo, por lo que durante los dos meses que siguieron al asesinato de su compañera no volvió a trabajar.
Sin embargo, su temor se hizo realidad en noviembre, cuando comenzó a recibir diferentes mensajes de WhatsApp. Los autores —presuntos miembros del Tren de Aragua, una megabanda venezolana que se ha expandido por Suramérica desde 2019, y se ha convertido en la principal amenaza criminal de Lima— dejaron la advertencia clara.
Le estaban cobrando 400 soles (alrededor de US$100) como una cuota de “inscripción” para seguir trabajando en la zona en la que ejercía desde hacía años. Aparte de la primera cuota, cada semana, tenía que transferir 150 soles (US$40) a una cuenta, y enviar una foto del comprobante de pago con su nombre.
Temiendo por su vida, y la de sus hijos, Paulina comenzó a pagar el cupo.
“Tú trabajes o no trabajes, tienes que juntar su plata, porque si no les pagas, te matan”, agregó.
Sin embargo, al poco tiempo empezó a tener dificultades para recaudar el dinero completo. Los días en los que no había suficientes clientes, le resultaba imposible reunir todo el pago. Incluso, en algunos casos, había tenido que dejar de comer para poder pagar el cupo. Pero cuando no podía reunir el dinero completo, Paulina les enviaba a los criminales lo poco que lograba conseguir. Aun así, estos la amenazaban por no pagarles la totalidad de la cuota.
“Si no te gustan las reglas, te retiras de la zona mejor para no matarte”, sentenciaba uno de los mensajes.
“Uno va a denunciar y te dicen ‘No, no creo, no creo que te vengan a matar’. Y cuando te matan, [dicen] ‘¿por qué no denunciaste? ¿por qué no avisan?’ Y cuando uno los llama ni se aparecen”, dijo.
Aunque Paulina tenía mucho miedo de sufrir represalias, denunciar la situación no era una opción para ella. En Perú, el trabajo sexual no está penado, pero tampoco existe un marco específico para su regulación, y las trabajadoras sexuales como ella han quedado desprotegidas ante todo tipo de violencias. Además, las fuerzas de seguridad, que hasta hace poco habían sido los principales victimarios de las trabajadoras sexuales en Lima, por lo general, las discriminan y no suelen ayudarlas en situaciones como esta.
Las trabajadoras sexuales en Lima han enfrentado sistemáticamente extorsiones, golpizas, violaciones, y hasta asesinatos y desapariciones. Toda esta violencia a manos de sus familias, clientes, las fuerzas de seguridad, y las mafias locales. Pero a pesar de que los maltratos y abusos han sido una constante en su vida, las diferentes facciones del Tren de Aragua han llevado la violencia a un nivel sin precedentes.
Lea la nota completa siguiendo este enlace a InSight Crime