¿Quién se ríe de quién?

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Por Soledad Morillo Belloso

Soublette camina, con ese paso contenido de quien carga un país que no termina de decidir si quiere ser república o potrero. Lleva en la espalda una Venezuela que cruje como un catre mal armado, una Venezuela que unas veces parece querer comportarse y otras se suelta como bestia sin brida. En él hay una dignidad silenciosa, casi incómoda, la de los hombres que saben que el poder es una silla de cuero reseco: Siempre a punto de rajarse, siempre con un tornillo flojo, siempre esperando que alguien se siente mal y termine en el suelo.

En esos años, la burla era un idioma tan común como el olor a guarapo fermentado en las plazas. Los llaneros imitaban a los caraqueños con esa exageración de modales que era burla y también revancha. Los citadinos se reían de los hombres de caballo, como si el polvo del camino fuera una falta de educación. Los soldados, en los cuarteles, hacían chistes sobre órdenes que no entendían, porque la risa era la única manera de no volverse loco. Venezuela era un teatro improvisado donde la carcajada servía para no gritar, para no incendiarlo todo.

Soublette entendía esa risa como quien entiende el clima: Sabía cuándo era brisa y cuándo era tormenta. La burla popular era una válvula de escape, un modo de decir “te vemos”, “te medimos”, “te juzgamos”. Que el pueblo se riera del gobernante no era amenaza; era defensa. Era higiene política, como abrir ventanas para que salga el moho. La burla del pueblo es un espejo que devuelve proporción, que evita que el mando se infle hasta convertirse en monstruo, que impide que el gobernante se crea estatua cuando apenas es hombre.

Por eso, cuando le preguntaron por el respeto debido al poder, Soublette soltó la frase como quien deja caer una piedra en un pozo para medir la profundidad: «La república no se perderá porque el pueblo se ría de su gobernante. La república podrá perderse cuando el gobernante se ría de su pueblo», así dijo y luego caminó al despacho presidencial.

No lo dijo para lucirse. Lo dijo como quien advierte que el techo está a punto de ceder. Porque la risa del gobernante hacia el pueblo es otra cosa: Es obscena, es peligrosa, es un veneno que se desliza sin ruido. Es el poderoso mirando hacia abajo y encontrando graciosa la precariedad de quienes lo sostienen. Es la carcajada del que no teme perder nada porque todo lo tiene asegurado. Es el patrón burlándose del peón, el presidente ironizando sobre el hambre, el funcionario convirtiendo la miseria en chiste. Allí la risa se vuelve látigo. Allí el poder se desnuda en su más impura forma.

Durante la Revolución de las Reformas, Soublette vio esa inversión como quien ve un río devolverse. Vio a Vargas convertido en blanco de chistes crueles, vio a los reformistas mofarse del orden institucional como si fuera una hamaca rota, vio a Páez regresar como un animal viejo que no necesita embestir para que todos se aparten. Vio cómo la burla podía derribar gobiernos, pero también cómo podía humillar a un país entero cuando venía desde arriba. Y entendió que la risa, en política, es un termómetro: Cuando sube desde abajo, es defensa; cuando cae desde arriba, es bestialidad.

Por eso su frase —esa frase que lleva su tono, su compostura, su advertencia— sigue siendo un recordatorio de que el poder que se ríe del pueblo no gobierna; castiga. Y que la república, esa criatura frágil que él intentó sostener con manos de carpintero paciente, no se pierde por la irreverencia del ciudadano, sino por la soberbia vulgar del gobernante.

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