Morfema Press

Es lo que es

DBuford

El verdadero dilema venezolano

En Venezuela comienza a abrirse nuevamente una discusión que parecía clausurada hace apenas meses: la posibilidad de una transición política. La extracción de Maduro, la intensificación de la presión internacional, el control del gobierno estadounidense sobre las finanzas del país, el impacto simbólico, político y diplomático del liderazgo de María Corina Machado, y las señales enviadas desde Washington sobre un eventual proceso de “estabilización, recuperación y transición” han modificado el entorno político y estratégico.

Sin embargo, existe un riesgo central que todavía no parece estar siendo suficientemente comprendido: una transición democrática no depende únicamente de la muerte o la salida del líder, como demuestran los casos de Chávez y Maduro entre muchos otros a nivel internacional, o del debilitamiento de la cúpula autoritaria, sino de la reconstrucción efectiva de las instituciones que fueron desmontadas o colonizadas para hacer posible la sustentabilidad del autoritarismo.

Ese es hoy el gran dilema para quienes dirigen el Plan de Tres Fases, como lo ha llamado el Secretario de Estado, Marco Rubio, y para quienes tienen responsabilidad en su ejecución, como es el caso del Encargado de Negocios de los Estados Unidos en Venezuela, el Sr. John M. Barrett. Porque una transición que preserve intacta la arquitectura institucional del oficialismo podría terminar produciendo una mutación del régimen y no una democratización real y sostenible.

Cuando el gobierno norteamericano decidió dejar a Delcy Rodríguez al frente del gobierno venezolano nuestra apuesta fue, como lo comentamos en varios artículos y entrevistas, que el plan sería utilizar a quienes tenían control del sistema que sostenía al oficialismo para desmontar su propio sistema e instalar uno que significaría la reinstitucionalización del Estado bajo reglas democráticas para asegurar la viabilidad de un gobierno electo, fuese este el de Edmundo González quien resultó electo en 2024 o el que resultará de una nueva elección.

Lamentablemente, aunque seguimos apostando a esta tesis al menos como intención, lo que hemos visto desde entonces no pareciera caminar, al menos en sus resultados, hacia una reinstitucionalización del Estado. Lo que hemos visto es un reacomodo en donde las élites leales a Maduro han sido sustituidas por otras, también chavista pero que había sido relegada, que hoy ascienden no por su imparcialidad o idoneidad, sino por su cercanía a los hermanos Rodríguez.

El problema no son solo las personas, sino el sistema de poder

Durante años, el debate venezolano se ha concentrado en la necesidad de elecciones libres. Pero la experiencia comparada demuestra que las elecciones, por sí solas, no garantizan democratización cuando las instituciones que administran el poder siguen capturadas.

El Tribunal Supremo de Justicia, el Consejo Nacional Electoral, la Fiscalía, los organismos policiales y de inteligencia, e incluso buena parte de la estructura doctrinaria y operativa de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, fueron progresivamente transformados en instrumentos de control político.

No se trata simplemente de instituciones debilitadas. Se trata de estructuras diseñadas para impedir la alternancia y garantizar la preservación del poder.

Por eso resulta imposible pensar en una transición viable si el TSJ continúa funcionando como apéndice del Ejecutivo, si el CNE mantiene capacidad de manipular condiciones y resultados electorales, o si los organismos de inteligencia siguen operando bajo una lógica de persecución y represión política hacia el “enemigo interno”, o sea la oposición.

La sostenibilidad democrática depende precisamente de lo contrario: de la reconstrucción del Estado de Derecho y de la generación de garantías institucionales suficientemente sólidas como para impedir una rápida reversión autoritaria.

El riesgo de estabilizar antes de democratizar

Las señales enviadas por Washington merecen atención cuidadosa.

El llamado plan de “estabilización, recuperación y transición” impulsado por sectores de la administración estadounidense parece responder más a una lógica de manejo geopolítico y estabilización gradual que a una estrategia clásica de democratización.

El problema es que la historia demuestra que las autocracias rara vez desaparecen completamente derrotadas. Con frecuencia intentan adaptarse, moderarse parcialmente, flexibilizar ciertos controles y recuperar legitimidad internacional sin desmontar los mecanismos fundamentales que sostienen su poder o les permitirían desestabilizar al siguiente gobierno para luego regresar.

El Plan de Tres Fases, aunque invierte el flujo natural de los procesos de democratización en los que normalmente la estabilización y la recuperación son consecuencias de la transición,  no por ello el planteamiento adolece de méritos que podrían convertirse en un nuevo paradigma para futuros procesos. De hecho, obedece a una lógica que goza de todo sentido si consideramos que más del cincuenta por ciento de las transiciones se revierten porque el nuevo gobierno llega sin control ni capacidades institucionales. Ese riesgo es particularmente alto en el caso venezolano si no se sustituye efectivamente la actual estructura institucional por una que goce de independencia y atienda a los intereses del Estado, y no a los del gobierno de turno.

La apertura y estabilización económica sin reformas institucionales profundas podría terminar fortaleciendo a sectores autoritarios todavía intactos, al tiempo que permite a quienes gobiernan utilizar la negociación y cooperación selectiva como táctica dilatoria. La recuperación petrolera podría convertirse en una válvula de supervivencia del sistema político actual si no está condicionada a cambios institucionales verificables. Es así como la “transición” podría convertirse en una promesa indefinidamente postergada bajo el argumento de preservar la gobernabilidad o evitar el caos.

Precisamente por ello, los actores democráticos venezolanos y la comunidad internacional deben comprender que la reinstitucionalización no puede ser un tema secundario ni diferido. Debe ser parte central de cualquier negociación, acuerdo o proceso de transición.

Lo que está diciendo la sociedad venezolana

Los estudios de opinión disponibles muestran una sociedad agotada, pero no resignada.

La población quiere estabilidad económica y normalidad cotidiana, pero también exige elecciones, respeto al voto, garantías, justicia y condiciones reales de cambio. Después de años de fraude, represión y promesas incumplidas, existe una profunda desconfianza hacia cualquier solución percibida como cosmética o simplemente pactada entre élites.  

Una transición percibida como un simple reacomodo interno del poder difícilmente generará legitimidad social sostenible. Y sin legitimidad social, la gobernabilidad es extremadamente frágil.

En otras palabras: la sociedad venezolana no está demandando un simple cambio de gobernante, Delcy por Maduro, sino una reconstrucción profunda de su sistema político, económico y social.

El papel de María Corina Machado

En este contexto, la presencia de María Corina Machado dentro de Venezuela adquiere un valor estratégico central.

La principal prueba sobre la verdadera disposición del gobierno a avanzar hacia la tercera fase del plan que Delcy Rodríguez conoce, o sea la transición democrática, no será el discurso diplomático ni las declaraciones públicas. Será la posibilidad real de que la principal líder opositora pueda ejercer libremente actividad política dentro del territorio nacional.

Mientras Machado no pueda regresar, movilizarse libremente, organizarse, hacer campaña y ejercer liderazgo político sin persecución, cualquier narrativa sobre transición seguirá enfrentando un severo problema de credibilidad.

Además, existe otro factor delicado: una permanencia demasiado prolongada fuera del país podría facilitar la narrativa oficial que intenta presentar a la oposición democrática como una dirigencia desconectada del territorio nacional y dependiente exclusivamente del respaldo internacional. Diversos análisis recientes advierten precisamente ese riesgo político y simbólico, del cual, obviamente, el oficialismo trata de tomar ventaja. 

Por eso el eventual regreso y permanencia de Machado en Venezuela no es solo una decisión personal o política. Es un elemento central para medir si realmente existen voluntad y condiciones mínimas para avanzar hacia una transición auténtica.

El rol de Estados Unidos y de la comunidad democrática internacional

La Embajada de Estados Unidos y los actores democráticos internacionales enfrentan también un desafío complejo. No pueden limitarse a administrar una negociación política o una eventual estabilización económica. Su verdadero papel debería consistir en actuar como garantes internacionales de condiciones mínimas de reinstitucionalización democrática. Sin ello el Plan de Tres Fases terminaría fracasando estrepitosamente.

Eso implica exigir reformas verificables en el sistema electoral, judicial y de seguridad; condicionar incentivos económicos y alivios de sanciones al cumplimiento efectivo de esas reformas; y construir mecanismos internacionales de supervisión capaces de reducir el riesgo de reversión autoritaria.

La experiencia comparada demuestra que las transiciones exitosas suelen requerir árbitros externos creíbles cuando las instituciones nacionales han sido completamente capturadas. Pero también demuestra que esos árbitros fracasan cuando priorizan estabilidad inmediata sobre democratización estructural, como hemos visto en casos como el de Myanmar, Egipto, Nicaragua o Venezuela en intentos previos.

Ese es precisamente el riesgo que volvemos a enfrentar hoy.

La verdadera batalla

El oficialismo parece entender perfectamente la naturaleza de esta disputa.

Por eso intenta simultáneamente abrirse hacia fuera y cerrarse hacia adentro, mejorar parcialmente su imagen internacional mientras preserva intactos los centros reales del poder interno: el aparato judicial, el control territorial, el sistema de inteligencia, la estructura militar, e incluso lo que queda del mal llamado “Estado comunal”.

La verdadera batalla por la democracia venezolana no es solamente sobre quién gobierna.

Es sobre si el país logrará reconstruir instituciones capaces de impedir que el autoritarismo sobreviva a este nuevo intento de democratización o retorne rápidamente bajo nuevas formas.

Porque el mayor peligro para Venezuela no es únicamente una continuidad autoritaria abierta, como la que tenemos hoy. Es una transición aparente que preserve intactos los mecanismos que hicieron posible el desmontaje de la democracia.

Vía El Pais

Hace menos de un mes empezó en Venezuela un juicio que parecía imposible. Tareck El Aissami, apenas tres años atrás el hombre más poderoso del chavismo —ex vicepresidente, ex ministro de Petróleo, figura inseparable de los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro— llegó a la primera audiencia en silla de ruedas, visiblemente más delgado, con el uniforme azul celeste de los prisioneros.

Era el protagonista del mayor proceso por corrupción que se ha abierto en Venezuela en dos décadas: 64 imputados, miles de millones de dólares desaparecidos, y una arquitectura criminal construida desde el propio Estado para evadir las sanciones estadounidenses.

El juicio se celebra en el último piso del Palacio de Justicia de Caracas, bajo vigilancia de hombres armados, cerrado al público, con sesiones que se prolongan hasta la madrugada. El expediente está bajo llave. “Es un caso de envergadura y hay tanta opacidad”, dice el exfiscal Zair Mundaray, hoy en el exilio, que sigue el proceso a través de fuentes dentro de los tribunales.

Lo que esas fuentes han revelado es perturbador. Ante el tribunal, El Aissami declaró que fue extorsionado por fiscales del Ministerio Público, que le pedían dinero a cambio de liberarlo del proceso. Que sufrió desaparición forzada, aislamiento prolongado, negación de atención médica y el uso de drogas durante los interrogatorios. Que un fiscal y un médico lo desnudaron y drogaron. Que pasó ocho meses bajo un reflector, durmiendo en un piso extremadamente frío. El Aissami declaró que no sabía que en Venezuela había tortura hasta que lo vivió, aunque él mismo supervisó los cuerpos policiales cuando fue ministro del Interior entre 2008 y 2012.

Y dio nombres. El Aissami declaró que, bajo órdenes de a Tarek William Saab que estuvo al frente del Ministerio Público —el mismo que lo acusa— hasta febrero, los fiscales y un psiquiatra “lo drogaron y desnudaron durante un interrogatorio”. El acusado aseguró que Saab fue a su celda “a burlarse de sus condiciones” y que una vez le dijo: “Duermes como un príncipe, porque así duermen los príncipes, en el suelo”. Mundaray agregó que El Aissami dijo que Saab le amenazó: “Estás muerto. Hoy te odia todo el país, pero yo voy a encargarme de que te odie todo el universo”. Además, asegura que intentó incriminarlo junto a sus escoltas en el asesinato del cantante de rap Canserbero, una causa que el exfiscal reabrió y convirtió en prioridad.

Esa primera audiencia terminó con El Aissami llorando. Exigió su derecho a la salud y dijo que tenía miedo de no volver a ver a su hijo, que se recuperaba de una operación de corazón.

El acusado ha convertido cada intervención en un desafío abierto al tribunal. Ha denunciado violaciones procesales, exigido sesiones públicas. “Si este es el robo más grande de la historia, debe ser el juicio más transparente”, aseguran que dijo. Las denuncias han tenido efecto: esta semana el fiscal Eddie Rodríguez —a quien dicen que acusó de acudir a su celda para exigirle que grabara un video confesando delitos— fue apartado temporalmente del caso. Mientras tanto, la hernia en la columna y el trombo en una pierna que arrastra desde su detención —las secuelas ocho meses en el suelo helado— han llevado a su defensa a pedir la libertad condicional.

El Aissami también ha señalado otras tramas que involucran a funcionarios del entorno de Maduro y a la esposa del presidente, Cilia Flores. Su defensa pide la nulidad del juicio.

En el fondo del expediente hay algo más grande que un hombre, hay una compleja red criminal vinculada con el Estado. El llamado caso PDVSA Cripto investiga el desfalco que dejó la operación con la que Venezuela comenzó a intercambiar petróleo por criptomonedas entre 2019 y 2022 —el mecanismo con el que el Gobierno sobrevivió al cerco sancionatorio. Una arquitectura que involucra también a Delcy Rodríguez, entonces vicepresidenta y ministra de Economía, y luego al frente de Petróleo cuando El Aissami renunció intempestivamente en marzo de 2023, desapareció de la escena pública y fue detenido un año después. En el banquillo están también el exdiputado Hugbel Roa, el exministro de Finanzas Simón Zerpa y el exsuperintendente de Criptoactivos Joselit Ramírez.

Los cargos son graves: traición a la patria, apropiación de patrimonio público, legitimación de capitales, asociación para delinquir. El dinero perdido, solo en esta causa, se calcula entre 5.550 millones de dólares según la Fiscalía y 16.900 millones según Transparencia Venezuela. “La acusación señala que las divisas producidas por las ventas del crudo se canalizaron a través de criptoactivos y negocios ejecutados por 74 sociedades mercantiles”, explicó la ONG.

No es la única acusación que pesa sobre El Aissami. Figura en las listas de sancionados del Departamento del Tesoro de Estados Unidos desde 2017, lo busca la justicia estadounidense —con recompensa incluida— y la corte federal de Manhattan lo señala por vínculos con el narcotráfico y evasión de sanciones internacionales. En los registros del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) figura como “capturado” desde su arresto por las autoridades venezolanas en abril de 2024.

El juicio llega con dos años de retraso —desde que se anunció la captura de El Aissami hasta que arrancó el proceso— y se abre en un momento de transformación convulsa: el chavismo intenta recomponerse tras la captura de Maduro en la intervención militar estadounidense, mientras Delcy Rodríguez promete desmantelar el oscuro aparato judicial que durante años sirvió para reprimir. El Aissami, de momento, se ha empeñado en poner luz sobre los abusos de los suyos.

Vía Caracas Chronicles

La experta en energía Luisa Palacios afirma que la recuperación de nuestra red eléctrica requiere garantías, una importante inversión a largo plazo y un papel redefinido para las empresas privadas.

Cuando el secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, visitó Venezuela en febrero, dejó un mensaje ambicioso en Miraflores. Tras reunirse con Delcy Rodríguez, declaró a la prensa: «Este año podemos impulsar un aumento drástico en la producción de petróleo, gas natural y electricidad en Venezuela».

Tres meses después, gran parte del país sufre un fuerte racionamiento eléctrico, con cortes diarios de entre cinco y ocho horas. Incluso después de que el gobierno impusiera un plan de ahorro de electricidad de 45 días a finales de marzo para hacer frente a las altas temperaturas y al aumento de la demanda, la situación sigue deteriorándose. Ante la renovada presión sobre el sistema, la Embajada de Estados Unidos en Caracas anunció una reunión con Ronald Alcalá , el nuevo ministro de Energía Eléctrica de Delcy, donde el jefe de misión estadounidense, John Barrett, afirmó que Washington “colaborará con las autoridades interinas para reconstruir la red eléctrica”.

“El plan de tres fases del presidente Trump y el secretario Rubio se centra en restablecer un suministro energético fiable mediante la experiencia, la inversión y la colaboración con Estados Unidos”, rezaba la breve declaración de Barrett.

Caracas ha recurrido a medidas a nivel nacional, como la prohibición de la minería de criptomonedas, debido a que el consumo de energía alcanzó recientemente sus niveles más altos en casi una década. El diario El Pitazo informó que el racionamiento actual a nivel nacional ha superado el de 2012 en gran parte del país, siendo Caracas la principal excepción.

El último capítulo de esta prolongada crisis llega en un momento delicado para el régimen posterior a Maduro. Como se ha informado ampliamente, Rodríguez intenta impulsar algunos sectores de la economía y atraer inversión extranjera en petróleo, gas y minería. Sin embargo, el sistema eléctrico del país, debilitado por décadas de subinversión, mala gestión y colapso institucional, ha resurgido como un obstáculo.

Para Luisa Palacios, profesora venezolana y ejecutiva del sector energético que presidió CITGO, el actual ciclo de apagones revela algo más profundo que los anteriores.

“Este nuevo episodio debería servir como una llamada de atención sobre la urgencia de reestructurar el sistema eléctrico del país”, afirma. “Estamos presenciando una prueba de estrés del sistema incluso con una modesta recuperación de la demanda”.

Un gran desafío es recuperar la inversión y la experiencia necesarias, escribió Palacios en febrero junto con Francisco Morandi, ejecutivo de AES Corporation que realizó la planificación estratégica para Electricidad de Caracas. Sin embargo, algunas grandes empresas se muestran reticentes a participar tras las reuniones con funcionarios el mes pasado, informó Reuters . Un ejecutivo compartió su opinión: “Regresé de Venezuela muy escéptico (…) Las centrales eléctricas no han recibido el mantenimiento adecuado en 10 años, por lo que las necesidades son prácticamente infinitas. Pero aún no tienen ni idea de cómo se nos pagaría”.

“El sector eléctrico es un sector que requiere una gran inversión de capital antes de obtener un solo centavo de ganancia”, declaró Palacios a Caracas Chronicles. “Por eso, el riesgo de contraparte es fundamental en el sector eléctrico: garantizar que el usuario pague, y a tiempo, es esencial”.

El problema más inmediato es sencillo. A excepción de Haití, Venezuela es el único país de la región donde el consumo de energía ha disminuido en la última década, según OLADE, con una caída del consumo per cápita de aproximadamente un 30 % desde 2014. Sin embargo, el país aún no genera suficiente electricidad para satisfacer la demanda.

Palacios se mostró firme en la idea de que es necesario ir más allá del papel central del Estado en la generación de energía, que no puede costear las inversiones necesarias, y que el momento de hacerlo es ahora. 

“Sin un aumento significativo de la generación de energía ofrecida por el sector privado y sin una mejora de la transmisión y distribución, el país no se recuperará de la crisis eléctrica estructural que hoy sigue siendo el principal obstáculo en términos de infraestructura”.

Una de las propuestas centrales impulsadas por Palacios y otros expertos en energía es reactivar la generación térmica utilizando los recursos de gas natural de Venezuela. Grandes volúmenes de gas que actualmente se queman o se queman en antorcha durante la producción de petróleo podrían alimentar centrales térmicas e instalaciones de turbinas de gas de ciclo combinado (CCGT), sistemas que generan electricidad de manera más eficiente mediante la combinación de turbinas de gas y vapor. Este cambio no solo reduciría la presión sobre el sistema hidroeléctrico, sino que también disminuiría las emisiones asociadas a la quema de gas.

“Esta podría ser la medida climática más importante que Venezuela podría tomar a corto plazo”, argumenta Palacios. 

Otras propuestas incluyen permitir que productores independientes de energía generen electricidad para regiones industriales y centros petroleros específicos, reduciendo así la presión sobre la frágil red eléctrica nacional. También ha sugerido la creación de microrredes autónomas que operen en modo isla (sistemas localizados capaces de funcionar de forma independiente cuando falla la red nacional) para brindar un servicio más confiable a áreas industriales, comerciales y residenciales críticas. Los sistemas de almacenamiento de energía en baterías también podrían contribuir a estabilizar el suministro eléctrico.

Las energías renovables también forman parte del debate. Venezuela depende en gran medida de la energía hidroeléctrica, que es limpia, pero Palacios ve potencial en proyectos de energía solar, eólica y de biocombustibles. Otros países vecinos productores de petróleo, como Brasil, Colombia y Argentina, son claros ejemplos en este sentido.

El desafío no es solo técnico. En términos generales, existe consenso entre los especialistas sobre las necesidades del sistema eléctrico venezolano y las mejoras necesarias: nueva generación térmica, modernización de la infraestructura de transmisión, capacidad de generación descentralizada, reforma tarifaria y un nuevo marco regulatorio capaz de atraer inversión. El problema de la financiación es enorme: reconstruir la red eléctrica venezolana requeriría enormes cantidades de capital a largo plazo. Gelvis Sequera, presidente de la Asociación de Ingenieros Eléctricos y Mecánicos de Venezuela, estima la inversión necesaria en alrededor de 20 mil millones de dólares .

“El sector eléctrico es un sector que requiere una gran inversión de capital antes de obtener un solo centavo de ganancia”, declaró Palacios a Caracas Chronicles . “Por eso, el riesgo de contraparte es fundamental en el sector eléctrico: garantizar que el usuario pague, y a tiempo, es esencial”.

Pero muchos inversores siguen mostrándose cautelosos. Según Reuters , varias empresas que recientemente se reunieron con funcionarios venezolanos no quedaron convencidas de las perspectivas de hacer negocios. Un ejecutivo resumió el dilema sin rodeos: “Las centrales eléctricas no han recibido el mantenimiento adecuado en 10 años, por lo que las necesidades son prácticamente ilimitadas. Pero aún no tienen ni idea de cómo nos pagarían”.

El círculo vicioso de cortes de energía regionales que afectan a las refinerías y a la producción de combustible, y que por lo tanto también socavan el sector energético, necesita una reforma profunda para poder terminar de una vez por todas.

Al considerar la posibilidad de invertir capital en Venezuela, los inversionistas tienen menos dudas sobre las necesidades y más sobre las incertidumbres. Les preocupa si el Estado venezolano puede ofrecer garantías creíbles, una regulación estable, contratos ejecutables y mecanismos de pago confiables a largo plazo.

Como lo expresó Palacios: “La infraestructura eléctrica es un negocio de bajo margen, establecido a largo plazo y altamente dependiente de riesgos regulatorios y macroeconómicos”. Por esa razón, sostiene que la claridad regulatoria, las tarifas transparentes y las instituciones técnicamente competentes son indispensables si Venezuela aspira a atraer capital importante al sector.

Esto también plantea interrogantes políticos incómodos sobre el futuro papel de CORPOELEC, el todopoderoso supervisor de la electricidad venezolana. Fundada por Hugo Chávez en 2007, la empresa pública funge como proveedora, operadora y desarrolladora de la red eléctrica.

“Venezuela necesita replantearse seriamente el papel de CORPOELEC y del Estado en la prestación de un servicio tan fundamental”, afirma Palacios. “No es posible resolver esta crisis con la estructura de gestión actual”. Sin embargo, por el momento, hay pocos indicios de que tales reformas sean inminentes.

“Para construir y reconstruir un sistema fiable, será fundamental contar con los actores adecuados”, continúa, señalando que las organizaciones multilaterales pueden proporcionar capacidad técnica y financiación a largo plazo que pueden “reducir el riesgo de la inversión”, ofreciendo así ciertas garantías al sector privado.

“Existe un gran número de emprendedores venezolanos más que dispuestos a invertir en un sistema con reglas claras basadas en estándares internacionales”.

Por ahora, mientras las esperanzas de una recuperación económica alcanzan sus niveles más altos desde la era de Chávez, los venezolanos, acostumbrados desde hace tiempo a los apagones, están desesperados por evitar que se repitan los peores escenarios de 2019. La contradicción es aún más acuciante para Delcy Rodríguez, cuyo grave problema de infraestructura es una de las limitaciones más inmediatas para la reapertura que intenta impulsar. El círculo vicioso de cortes de energía regionales que afectan a las refinerías y la producción de combustible, y que por lo tanto también debilitan al sector energético, requiere una profunda reforma para poder erradicarlo definitivamente.

Una firma financiera con estrechos vínculos con la familia del presidente estadounidense Donald Trump anunció la creación de una sociedad de adquisición con propósito especial (Spac) orientada a invertir en América Latina, con especial interés en Venezuela.

La compañía, administrada por Yorkville Advisors, presentó documentos ante la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos (SEC) en los que detalla sus planes para recaudar 200 millones de dólares destinados a la compra de una empresa en la región, recoge Financial Times.

El proyecto está encabezado por Kevin McGurn, quien recientemente fue nombrado director ejecutivo interino de Trump Media & Technology Group, propietaria de la plataforma Truth Social y vinculada al entorno empresarial de la familia Trump.

En la documentación presentada ante la SEC, una filial de Yorkville señaló que considera que varias economías latinoamericanas, incluida Venezuela, atraviesan un proceso de apertura que requerirá fuertes inversiones y modernización tras años de baja inversión y deterioro económico.

Las SPAC son compañías creadas para captar capital en los mercados bursátiles con el objetivo de fusionarse posteriormente con una empresa operativa, permitiendo así una vía alternativa a las ofertas públicas tradicionales.

La iniciativa surge en un contexto de cambios políticos y económicos en Venezuela, donde el gobierno interino encabezado por Delcy Rodríguez ha impulsado reformas orientadas a facilitar la inversión extranjera y flexibilizar el control estatal sobre sectores estratégicos como el petrolero.

Yorkville mantiene además una relación cercana con negocios vinculados al círculo de Trump. En el último año, la firma colaboró con Trump Media en operaciones financieras relacionadas con criptomonedas y fondos de inversión bajo la marca “America First”.

A través de un comunicado en sus redes sociales, la oenegé exigió la aplicación inmediata de las garantías constitucionales y una investigación independiente sobre las muertes ocurridas bajo custodia estatal.

La organización no gubernamental Justicia, Encuentro y Perdón (JEP) presentó este 14 de mayo su balance actualizado, en el que documenta un total de 663 personas privadas de libertad por motivos políticos en Venezuela. A través de un comunicado en sus redes sociales, la oenegé exigió la aplicación inmediata de las garantías constitucionales y una investigación independiente sobre las muertes ocurridas bajo custodia estatal.

El reporte destaca que, pese a contar con el marco legal necesario para restituir libertades, persiste una “ausencia de voluntad política” que mantiene al sistema judicial en un espacio de impunidad. La organización enfatizó que la justicia no puede ser discrecional y urgió la ejecución de medidas cautelares sustitutivas para los perfiles de alta vulnerabilidad.

De acuerdo a la organización, el universo de los 663 presos políticos se distribuye de la siguiente manera:

 Género: 86 mujeres y 577 hombres.

Perfiles identificados:

 Sociedad civil: 360 personas (el grupo más numeroso)

 Funcionarios de seguridad del Estado activos: 201 funcionarios

 Exfuncionarios de seguridad del Estado: 39 personas

 Organizaciones políticas: 31 dirigentes

 Extranjeros: 27 personas

 Sindicalistas: 3 ciudadanos

 Periodistas: 1 (bajo arresto domiciliario)

 Defensores: 1 persona

Situación de vulnerabilidad y desapariciones

La oenegé alertó que dentro del total de 663 detenidos, existen 20 personas de las que no se tiene información oficial sobre su paradero, lo que configura situaciones de desaparición forzada. Asimismo el registro contabiliza a 29 venezolanos con doble nacionalidad entre los privados de libertad.

Este balance se publica en un contexto de luto para los familiares de presos políticos, quienes realizaron recientemente un homenaje frente a El Helicoide en memoria de Víctor Hugo Quero Navas. La organización reiteró que la falta de atención médica y el ocultamiento de información sobre el estado de salud de los internos son factores críticos que comprometen la responsabilidad internacional del Estado.

Por David Culver, Osmary Hernández, Carlos Martinelli, Mary Triny Mena y Rachel Clarke en CNN

Jesús Armas toma un café con su pareja en una terraza. María Pérez participa en una protesta pública. Melva Vásquez muestra fotos ampliadas de su hijo y su hija frente a una prisión donde se encuentran recluidos opositores políticos.

Estas acciones, aparentemente cotidianas, eran prácticamente impensables hace tan solo unos meses bajo el régimen de Nicolás Maduro en Venezuela.

Estados Unidos se ha esforzado por proyectar una imagen renovada de Venezuela este año: desde la audaz y letal incursión nocturna para capturar a Maduro, el fortalecimiento de las relaciones diplomáticas y el envío de ministros para visitas cordiales al presidente interino, hasta la reanudación de los vuelos directos. Pero Armas, Pérez, Vásquez y muchos otros venezolanos esperan ver si el cambio se consolida o si el aparato de seguridad, aún visible, volverá a impulsar a la nación latinoamericana hacia la represión.

“Necesitamos elecciones”, dijo el manifestante Pérez. “No tenemos libertad. Flexibilidad, pero no libertad”.

A principios de este mes, en Caracas, la capital, CNN percibió una palpable inquietud sobre el futuro entre los venezolanos, independientemente de su ideología política. Han presenciado el arresto y la detención de Maduro en Nueva York y han visto cómo Estados Unidos apoya al resto de su gobierno. Eventos ostentosos y de alto perfil prometen el regreso de grandes inversiones extranjeras. Pero la miseria que impulsó a millones de venezolanos a abandonar su país en la última década —muchos de ellos a Estados Unidos— sigue siendo evidente en los refrigeradores vacíos y las despensas desiertas de muchos hogares.

La nueva líder de Venezuela, Delcy Rodríguez, afirma ver un “renacimiento” para su país. Sin embargo, muchas de las personas con las que habló CNN dijeron que Estados Unidos decidirá el éxito o el fracaso de Venezuela.

Todo merece una segunda mirada

En el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar, los agentes fronterizos parecían desconcertados por la llegada de un grupo de periodistas estadounidenses hasta que se dieron cuenta de que acababan de aterrizar de «aquel vuelo» del 30 de abril.

Horas antes, la puerta D55 del Aeropuerto Internacional de Miami se había envuelto en un ambiente festivo, decorada con globos de los colores amarillo, azul y rojo de la bandera venezolana.

A los viajeros se les ofrecieron cafecitos y arepas, el dulce típico venezolano, para celebrar el primer vuelo directo desde Estados Unidos en casi siete años. El principal diplomático venezolano en Estados Unidos, Félix Plasencia, también viajaba con ellos, así como funcionarios del Departamento de Estado, representantes de American Airlines y personas que habían reservado el vuelo para visitar a sus seres queridos.

Fue el último gran acontecimiento mediático impulsado por Estados Unidos. Junto con la reanudación de los vuelos, llegaron las aprobaciones de visas que llevaban meses pendientes. Sin embargo, el avión transportaba menos de 100 pasajeros. Y hasta ahora, solo hay unos pocos vuelos al día, aunque con la esperanza y la promesa de que aumenten.

Como tantas otras cosas aquí, todo en Caracas —una extensa área metropolitana de casi 3 millones de habitantes enclavada en un valle rodeado de montañas— invita a una segunda mirada.

El trayecto desde el aeropuerto nos llevó tierra adentro por carreteras en buen estado, atravesando túneles y crestas montañosas. Al llegar a la ciudad, vimos ocasionalmente a policías antidisturbios armados con trajes protectores y escudos.

Mucha gente en la calle simplemente hacía fila, esperando durante horas los autobuses, el único medio de transporte asequible para regresar a casa o ir a un segundo trabajo. Había mucho que comprar, desde fruta fresca hasta Ferraris, y muchas marcas estadounidenses como Coca-Cola y Doritos, pero pocos compraban porque les cuesta costear lo básico.

Cuando el presidente Donald Trump anunció la detención de Maduro, dijo: “El dictador y terrorista Maduro finalmente se ha ido de Venezuela. La gente es libre, es libre de nuevo. Ha pasado mucho tiempo para ellos, pero son libres”.

Para la gente que conocimos, eso sigue siendo una promesa y una esperanza, más que una realidad.

La activista política Sairam Rivas se siente lo suficientemente segura como para usar en público una camiseta que exige “Liberen a todos los presos políticos”. Sin embargo, ella y su pareja, Jesús Armas, siguen sintiendo la vigilancia del Estado.

Armas, jefe de campaña en Caracas de la líder opositora María Corina Machado para las elecciones de 2024, fue uno de los presos políticos hasta el arresto de Maduro y la posterior amnistía.

Él y Rivas se habían mudado de un refugio a otro desde que Maduro fue proclamado ganador, desafiando toda evidencia, al día siguiente de las elecciones generales de julio de 2024. Tras cinco meses en esta situación, Armas, algo inquieto, decidió llevar su computadora portátil a trabajar a una cafetería en diciembre de 2024. Al salir para regresar a casa, según su relato, ocho hombres enmascarados vestidos de negro lo secuestraron y lo retuvieron hasta febrero de este año, finalmente en la prisión El Helicoide, utilizada por los servicios de inteligencia en Caracas.

Armas afirmó haber oído explosiones relacionadas con la incursión estadounidense del 3 de enero que llevó a Maduro a la fuga, pero desestimó las afirmaciones de un compañero de celda sobre la llegada de los «gringos» hasta que un funcionario de prisiones le comunicó la noticia a la mañana siguiente.

«En realidad, estaba muy contento», dijo Armas sobre el funcionario que informó a los presos de la incursión. «Y casi todos los guardias de El Helicoide estaban muy contentos».

Sin embargo, el gobierno, el ejército y la dirección civil se han mantenido prácticamente iguales que bajo el régimen de Maduro.

«Aún hay represión, pero menos», dijo Rivas. Armas añadió que agentes de los servicios de inteligencia lo seguían con tanta frecuencia que ahora los reconoce, aunque no cree estar en peligro inminente de ser detenido.

Las autoridades se negaron a comentar específicamente sobre el caso de Armas, pero han afirmado que las acusaciones de violaciones de derechos humanos son falsas. Cuando firmó la ley de amnistía que propuso bajo la presión de Estados Unidos, la presidenta interina Rodríguez describió el momento como “una puerta extraordinaria para que Venezuela se reunificara, para que aprendiera a coexistir democrática y pacíficamente, para que se librara del odio y la intolerancia, y se abriera a los derechos humanos”.

Cuanto más cambian las cosas…

La relajación de las normas, pero el dolor de la represión, se personifica en Melva Vásquez. Esta madre de cabello blanco vive ahora en una tienda de campaña a las afueras de la prisión de El Rodeo, a unos 56 kilómetros al este de Caracas, mientras hace campaña por su hijo Merwyn Simons y su hija Anyela Bermúdez, ambos detenidos por el régimen. No puede costearse el viaje de ida y vuelta desde su casa, a ocho horas de distancia.

Esta muestra de oposición, con fotos ampliadas de sus hijos adultos, no habría estado permitida bajo el régimen de Maduro. El gobierno venezolano alega que los hermanos formaban parte de un complot para bombardear una plaza pública en la capital. Pero su madre afirma que no se dedican a la política y que no entiende por qué están en prisión.

“Estamos viviendo una agonía”, dijo refiriéndose a sí misma y a otras madres acampadas a las afueras de El Rodeo. “Nos ven tranquilas porque, ¿qué más nos queda? No podemos desesperarnos, porque en la desesperación lo perdemos todo”.

“La situación económica es muy difícil, los ingresos son muy, muy bajos y todo está carísimo. Creo que esa es la principal preocupación de la gente. La gente todavía tiene miedo de hablar, sobre todo de política, porque nunca se sabe cómo va a reaccionar el gobierno o los que están en el poder”.

Más allá de la política local, Alcalde dijo que los venezolanos también están pendientes de las elecciones de medio término en Estados Unidos en noviembre. Si bien la política exterior no será la principal prioridad para muchos votantes estadounidenses, los venezolanos se preguntan cuáles podrían ser las consecuencias de una reorganización del Congreso y cómo reaccionaría la administración Trump.

En las calles de Caracas, grafitis y murales afirman que los principales presos políticos son los que están recluidos en Brooklyn, Nueva York. “¡Liberen a Nicolás! ¡Liberen a Cilia!”, exigen por el expresidente y su esposa.

Otras obras de arte público aún muestran a Maduro como sucesor de Hugo Chávez al frente de la revolución socialista en Venezuela, quien fue sucedido por su vicepresidenta, Delcy Rodríguez.

En una manifestación de la oposición en Caracas el Primero de Mayo, la celebración mundial de los trabajadores, se exigieron el retorno a la democracia, junto con cánticos que pedían mejores salarios y pensiones.

Aida Guevara, con una camiseta de béisbol con la palabra «América» ​​estampada y gafas con la bandera de Venezuela, afirmó que su país había retrocedido bajo el socialismo.

«Tengo una pensión que no me alcanza para comprar mis medicinas. No puedo comprarlas ni tenerlas en casa con regularidad», dijo Guevara. Añadió que no había deseado la intervención estadounidense, pero que agradecía la decisión de Trump.

«No estoy contenta con lo que pasó, pero estoy contenta porque puedo hablar con ustedes con calma, seguridad y paz».

El mismo día se organizó en Caracas una marcha alternativa a favor del gobierno, con tambores, bailarines y pancartas que decían “Venezuela no es una colonia”.

Un organizador afirmó que Trump estaba “loco”, “por las medidas que toma: hoy dice una cosa, mañana dice otra”.

También señaló los problemas migratorios en Estados Unidos, incluyendo el trato a los migrantes venezolanos, y cuestionó por qué se debería confiar en que quienes toman esas medidas ayuden a los venezolanos en su propio país.

Existe apoyo para los restos del gobierno de Maduro, aunque se manifiesta más en las paredes que en las voces.

Tras la manifestación de la oposición, Pérez, costurera, nos mostró su casa y las de sus familiares más cercanos, en las empinadas colinas que dominan la capital. Ese día había electricidad, así que su padre diabético, Secundino Delgado, pudo ver programas de acción en la televisión desde la cama. Esto también significaba que el refrigerador tenía luz, aunque solo contenía unos pocos tomates, un pimiento, media botella de refresco y lo que parecían costillas en un plato, sin duda más hueso que carne.

El refrigerador pone de manifiesto dos de los problemas críticos y persistentes de los venezolanos más pobres: la falta de proteínas en su dieta y la escasez de medicamentos como la insulina para problemas de salud crónicos. El ingreso mínimo oficial acaba de subir a 240 dólares al mes, aunque la mayoría de los venezolanos ganan mucho menos. Y solo la comida cuesta casi el triple.

“Si hoy comemos huevos, mañana comeremos un trocito de pollo, y así es como vivimos”, explicó Ana Pérez, hermana de Pérez.

En la azotea había más indicios de cómo es la vida aquí. El edificio de apartamentos está conectado a la red de agua potable, pero los cortes son tan frecuentes que se utilizan dos enormes tanques para almacenar agua para las familias de abajo.

Para Armas, defensor de la democracia, la escasez de agua y electricidad son claros indicios de lo que él considera una mala gestión. Señala que el país se encuentra en gran parte en la vasta cuenca del río Orinoco y cuenta con algunos de los sistemas hidroeléctricos más grandes del mundo, pero muchos carecen de ellos.

“La culpa de todo esto es de Delcy Rodríguez, de Nicolás Maduro, de Hugo Chávez. No dan prioridad a los venezolanos. Solo buscan mantenerse en el poder”, afirmó.

“Han puesto los puestos más importantes del país —la gestión de la compañía eléctrica, la de agua o la petrolera— en manos de leales. Y estos leales provienen del ejército, del partido político, pero carecen de la formación necesaria”.

Armas y otros seguidores de Machado desean elecciones lo antes posible para hacer realidad sus sueños de democracia, pero también para evitar que las condiciones mejoren demasiado bajo el actual gobierno, apoyado, presionado o incluso dirigido por Estados Unidos.

“Necesitamos más apoyo de Estados Unidos para acelerar el proceso”, dijo. “Necesitamos un calendario electoral cuanto antes, porque tememos que los líderes civiles se fortalezcan en los próximos meses y puedan mantenerse en el poder”.

La preocupación radica en que la mejora material en la vida de la gente podría disminuir la demanda de cambio.

La presidenta interina Rodríguez declaró el 1 de mayo que comprendía a quienes participaban en las marchas de la oposición, pero culpó a las acciones en el extranjero, especialmente a las de administraciones estadounidenses anteriores, no a las de sus predecesores. “Quienes protestaron hoy tienen razón. Debemos asegurarnos de que los salarios recuperen su poder adquisitivo”, afirmó. “He llamado a esta etapa el renacimiento de Venezuela; vamos a dejar atrás la década perdida por las sanciones”.

Algunos de los cambios desde la detención de Maduro han tenido un impacto global en las petroleras y las aerolíneas; otros tienen un significado más personal.

Tras seis meses viviendo con miedo y catorce meses en prisión, Armas al menos siente que puede disfrutar de la pequeña normalidad de un café al aire libre con su pareja.

«Esto es un regalo para nosotros».

Estados Unidos anunció el viernes que está centrando su atención en la abundante bauxita y otros recursos de Guyana en busca de oportunidades comerciales, en un momento en que la administración Trump está poniendo cada vez más los ojos en la energía y los minerales de América Latina.

El subsecretario de Asuntos Económicos de Estados Unidos, Jacob Helberg, mantuvo conversaciones esta semana con altos funcionarios guyaneses, incluido el presidente Irfaan Ali, en el país sudamericano que está experimentando un auge petrolero .

Las enormes reservas de petróleo del país, descubiertas en la última década, han incrementado la importancia geopolítica de Guyana, la cual se ha visto aún más acentuada por la crisis energética mundial provocada por la guerra con Irán . Sus reservas de bauxita son fundamentales para la producción de aluminio.

La administración Trump se ha centrado de forma más agresiva en los recursos de América Latina, desde impulsar la expansión de la producción petrolera en Venezuela tras la invasión militar estadounidense en enero , hasta buscar la cooperación con Brasil en materia de minerales críticos .

En una región donde la producción de energía parecía estar disminuyendo, América Latina está experimentando ahora un cambio de tendencia, según Benjamin Gedan, investigador principal y director del programa para América Latina del Centro Stimson.

“En tiempos de escasez energética mundial, se presta mucha más atención a América Latina como fuente de suministro alternativa y estable”, dijo Gedan. “Y Guyana es el ejemplo a seguir en este sentido”.

La visita se produce en medio de la preocupación del gobierno estadounidense por el hecho de que el gobierno chino y las grandes empresas se estén lucrando con contratos estatales multimillonarios a expensas de las empresas estadounidenses.

Los funcionarios guyaneses han argumentado que las empresas estadounidenses no han sido tan agresivas como las chinas, que a menudo ofrecen financiación y cubren las necesidades de mano de obra para megaproyectos.

Helberg declaró a los funcionarios que las reservas de bauxita ya se conocen, por lo que Estados Unidos estará interesado en el sector. Actualmente, la empresa china Bosai Minerals es la dominante en el sector local de la bauxita.

“En términos generales, ambos entendemos que Guyana es un país con muchos recursos naturales”, dijo Helberg sobre las conversaciones bilaterales.

Sugirió que Estados Unidos también puede ayudar a Guyana a realizar estudios de alta tecnología para determinar qué otros minerales se encuentran bajo la superficie para su posterior explotación.

Según Jason Marczak, vicepresidente y director sénior del Centro Adrienne Arsht para América Latina del Atlantic Council, Estados Unidos busca aprender de los errores del pasado al permitir que China se afianzara en la región.

Si bien es probable que Guyana esté tratando de diversificar sus relaciones comerciales, incluso con China, la visita demuestra que el país sigue siendo un socio importante de Estados Unidos en la región.

“El presidente Ali, en particular, mantiene una relación muy cercana con Estados Unidos y, en general, reconoce la importancia de este país como socio clave para Guyana”, declaró Marczak. “Esto se ve reflejado en la visita de Helberg a Guyana”.

El secretario de Relaciones Exteriores de Guyana, Robert Persaud, declaró el viernes a la agencia Associated Press que Guyana está interesada en atraer inversores estadounidenses a este país rico en minerales, petróleo y gas en los próximos meses.

“Estados Unidos es nuestro socio estratégico y se lo hemos dejado claro, pero queremos agregar valor a la bauxita y otros productos. Nos interesa el procesamiento y las mejoras en la generación de energía”, afirmó.

AP

Por Héctor Faúndez

El 11 de mayo del año en curso concluyeron los alegatos de las partes en la Corte Internacional de Justicia, en relación con la demanda introducida por Guyana en contra de Venezuela, pidiendo que se determine la validez del laudo arbitral del 3 de octubre de 1899, que fijó la frontera de Venezuela con la entonces Colonia Británica de Guayana.

Hay que celebrar que, finalmente, las autoridades del país hayan decidido comparecer en esas audiencias, para hacer oír la voz de Venezuela en relación con este asunto. Pero hubo que esperar hasta el 4 de mayo pasado, con el inicio de esas audiencias, para tener acceso a la contra memoria y a la dúplica de Venezuela en el proceso escrito ante la Corte. Resulta incomprensible que, en un asunto del mayor interés nacional, no se haya consultado a las universidades, a las Academias nacionales, a los partidos políticos, y a la sociedad civil para la preparación de esas piezas documentales, con los argumentos que permiten afirmar que el laudo es nulo, y que el territorio en disputa es de Venezuela. En realidad, esos argumentos ni siquiera fueron informados al país, y de algunos de ellos nos enteramos -por boca de los abogados de Guyana-, el 4 de mayo, al inicio de las audiencias. Esto no podía ser tratado como si fuera un secreto de Estado, y merecía ser compartido con los venezolanos. Sin embargo, quienes están en el ejercicio del poder prefirieron ser los únicos que asumieran esta grave responsabilidad.

Siendo este un asunto de Estado, que tiene una importancia trascendental para Venezuela, me ha parecido correcto que la presidente encargada haya asistido a la audiencia de cierre, y que se haya dirigido a la Corte. Eso se hubiera esperado de cualquiera que estuviera al frente de la jefatura del Estado, sin perjuicio de su ideología, de su condición jurídica (de jure o de facto), o de las circunstancias por las que dicha persona está en ese cargo. Pero, precisamente por ser este un asunto de Estado, lamento que no se haya invitado a formar parte de la delegación venezolana al rector de la Universidad Central de Venezuela, al presidente de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales, a la presidente de la Academia Nacional de la Historia, al presidente de Fedecámaras, al presidente de la CTV (o lo que quede de ella), y a dirigentes de los distintos partidos políticos de Venezuela. Porque éste es un asunto de Estado, hubiera sido bueno mostrar que es todo el país el que está detrás de esta reclamación, y no sólo una facción política.

Contrario a la práctica corriente en este tipo de procesos, Venezuela decidió comparecer sin ningún abogado anglosajón formado en el derecho internacional, y con suficiente experiencia en ese campo; lo que hacía falta eran abogados que no necesitaran autodefinirse como “juristas internacionales”, que sean conocidos de los jueces de la Corte, y con quienes -gracias a su autoridad intelectual y moral- puedan hablar de igual a igual. El gobierno prefirió optar por abogados muy meritorios, pero, en promedio, más jóvenes y menos experimentados que los del equipo guyanés. Estratégicamente, haber contado con un equipo jurídico integrado por abogados alemanes, italianos, senegaleses, griegos, y españoles, puede haber servido para dar la impresión de que no estamos tan solos en nuestra reclamación; pero no hubiera hecho daño, sino que, muy por el contrario, hubiera ayudado incluir a algún prestigioso abogado inglés o estadounidense.

En cuanto a los alegatos de las partes, mi apreciación global es que -en términos generales- Guyana estuvo muy bien en la primera ronda, del día lunes 4 de mayo, aunque no tanto en la segunda, del viernes 8. En cuanto a Venezuela, tanto en la primera como en la segunda ronda, sus abogados extranjeros estuvieron muy bien, particularmente en lo que se refiere a las razones por las que el laudo es nulo. Es comprensible que, con un tiempo tasado -seis horas disponibles para la primera ronda y tres para la segunda-, había poco espacio para desarrollar mejor esos argumentos; en todo caso, asumo que estos han sido ampliamente abordados en los alegatos escritos. 

Precisamente porque el tiempo era escaso y había que distribuirlo apropiadamente, pienso que la intervención de la procuradora Arianny Seijo -que se presentó como “jurista internacional”- sobraba. No era esta una competencia universitaria, ni un concurso de vanidades, o el momento de hacer bromas. Ese tiempo pudo ser mejor aprovechado por juristas como Andreas Zimmermann, Paolo Palchetti, Christian Tams, o Jean-Marc Thouvenin, que habrían abordado con destreza las cuestiones que han sido sometidas a la Corte. Y, probablemente, la intervención de la presidente encargada habría podido recortarse algunos minutos, para que esos mismos profesionales pudieran extenderse en sus explicaciones jurídicas, que es lo que había que transmitir al Tribunal.

Como es de conocimiento público, ya hay una sentencia sobre jurisdicción, en la que la Corte se declaró competente para conocer de la nulidad o validez del laudo de París y de la cuestión relacionada con la determinación de la frontera terrestre definitiva entre Guyana y Venezuela. Por eso, me pareció equivocado insistir en que Venezuela no reconoce la competencia de la Corte. En primer lugar, la sentencia que se dicte será obligatoria, y -de ser adversa a las pretensiones de Venezuela- no hay nada razonable que se pueda hacer para recuperar un territorio que estará bajo la soberanía de Guyana, con la legitimidad que le dará una sentencia de la Corte Internacional de Justicia. Me imagino que nadie en su sano juicio está pensando en una aventura militar, que -suponiendo que fuera posible- sería repudiada por la comunidad internacional en su conjunto, y que, en la región, no contaría ni siquiera con el respaldo de Argentina o Guatemala (a pesar de sus reclamos territoriales en contra de Inglaterra). De lo que se trataba era de defender apropiadamente los derechos de Venezuela, cuestión que -en mi opinión- se hizo de manera bastante atinada. Pero, si tenemos tan buenos argumentos (como se demostró en las audiencias), me parece incomprensible creer que la Corte es una amenaza, y no una oportunidad para hacer valer la reclamación venezolana. Es una lástima que, por esa terquedad, hayamos perdido tanto tiempo desviándonos del camino correcto.

El argumento de la novación de las obligaciones preexistentes por las nuevas obligaciones asumidas por las partes mediante el Acuerdo de Ginebra, expuesto por Makane Mbengue, hubiera sido un argumento de mucho peso en la fase de jurisdicción, en la que Venezuela decidió no comparecer. Ahora, en la fase de fondo, era un argumento extemporáneo. Sin embargo, el argumento de Zimmermann, en el sentido de que, del mismo modo que los medios políticos o diplomáticos son inadecuados para decidir sobre la nulidad del laudo, el arreglo judicial no permite llegar a una solución satisfactoria de la controversia, podría conducir a que la Corte determine que el asunto que ella está llamada a decidir no es una controversia jurídica, y que, en consecuencia, debe abstenerse de pronunciarse sobre el fondo de la misma. Ya hay precedentes en los que, para preservar su función jurisdiccional, la Corte se ha negado a decidir sobre el fondo de la controversia. De manera que no es imposible que algo así pueda ocurrir en este caso, aunque es poco probable. Pero hay que advertir que eso nos dejaría en el mismo punto en el que estábamos antes de la demanda de Guyana.

Philippe Sands, abogado de Guyana, negó todo valor al memorándum de Mallet-Prevost, y -asumiendo que éste existiera- puso en duda los hechos relatados en dicho memorándum, o rechazó que tuvieran relevancia jurídica. Pero algunos de esos hechos están corroborados por otras fuentes, incluyendo el diario de Martens, y una carta de Russell al primer ministro Salisbury, fechada escasos días después de dictado el laudo. Como quiera que sea, si se sostiene que el laudo es nulo no es por lo que dice el Memorándum de Mallet-Prevost, sino por lo que dice el propio laudo.

La profesora Nilufer Oral, se refirió a la conducta de Venezuela que, con su silencio o aquiescencia después de dictado el laudo, supuestamente habría consentido en éste. Pero, si el laudo está viciado de nulidad absoluta, no dejará de estarlo por la conducta de una de las partes. Además, incluso asumiendo que – según la tesis de Guyana-, el largo silencio de Venezuela se hubiera traducido en la aceptación de la validez del laudo, el Acuerdo de Ginebra habría reabierto esa controversia, y sería la razón por la que estamos en la Corte. En dicho Tratado, Inglaterra y Guyana aceptaron que la controversia del Esequibo es un asunto que todavía está por resolver.

Venezuela ha alegado que el laudo es nulo porque el compromiso arbitral es nulo, o porque -de no serlo- el laudo incurrió en exceso de poder y, además, porque carece de fundamentos. 

Las circunstancias en que se negoció el Tratado de Arbitraje de 1897, sin la participación de Venezuela, y ocultándole compromisos asumidos por Estados Unidos y Gran Bretaña en perjuicio de Venezuela, han llevado a los abogados de Venezuela a sostener que el compromiso arbitral es nulo, porque es el fruto del fraude y la coacción, y porque Venezuela fue inducida a error respecto de la cláusula de prescripción, que era una parte esencial de dicho Tratado. A pesar de la contundencia de los hechos y de los argumentos expuestos por los abogados de Venezuela, es muy probable que esta alegación será desestimada, porque Venezuela ratificó el compromiso y participó en el procedimiento arbitral. Sin embargo, esos hechos son la punta del hilo de la madeja que condujo a la farsa del laudo de París, y es bueno que hayan sido conocidos por la Corte.

Venezuela alegó, en forma coherente, que el laudo incurrió en exceso de poder, ya sea porque no resolvió una de las tareas que se le encomendó -como era la determinación de los territorios que pertenecían a unos o a otros-, o porque decidió sobre cuestiones que no estaba llamado a decidir -como era la libre navegación de los ríos Amacuro y Barima-, o porque no decidió conforme a Derecho. Ese argumento no pudo ser desmontado por Guyana. Se podrá decir que el pronunciamiento sobre la libre navegación de los ríos anula esa parte del laudo, y no el resto. Pero no se puede sostener que un laudo que no decide sobre lo que era la premisa fundamental para determinar una frontera sea un laudo válido.

Otro argumento de Venezuela fue que el laudo es nulo porque carece de motivación, en los términos requeridos por el Derecho en vigor al momento de dictarse el laudo. Los abogados de Guyana sostuvieron que, en 1899, no era obligatorio motivar los laudos y que, además, el compromiso arbitral de 1897 no lo requiere. Pero la verdad es que la doctrina y la práctica contemporánea requerían que los laudos fueran debidamente razonados. Entre 1795 y 1872, la práctica era que los laudos de reyes no siempre eran motivados; en cambio, los laudos adoptados por comisiones arbitrales usualmente lo eran. Hasta ese momento, puede aceptarse que no había una práctica generalmente aceptada como Derecho. Sin embargo -en una controversia entre Estados Unidos y Gran Bretaña-, desde 1872, con el laudo arbitral dictado en el caso del Alabama, comenzó a cristalizar la obligación de motivar los laudos. Ese proceso pasó por un proyecto aprobado en 1875 por el Institut de Droit International, y culminó, en julio de 1899 con la Convención de La Haya para el arreglo pacífico de controversias internacionales. Además, entre 1872 y 1899, se dictaron varios laudos arbitrales, en el entendido de que ellos debían ser motivados; en 1897 había sido el turno del asunto del Costa Rica Packet -una disputa entre el Reino Unido y Holanda, en que Martens había sido árbitro único-, y ese laudo fue debidamente motivado. Cuesta creer que, si la controversia hubiera sido entre Estados Unidos e Inglaterra, entre Rusia e Inglaterra, o entre Francia e Inglaterra, el Tribunal hubiera prescindido de indicar las razones de su decisión.

En todo caso, el compromiso arbitral suscrito entre el Reino Unido y Venezuela señalaba las tareas que se le encomendaba al Tribunal, establecía el orden en que esas tareas debían ejecutarse, fijaba las reglas a las que el Tribunal debía ceñirse, e indicaba que todo eso debía hacerse “imparcial y cuidadosamente”. Estas no eran meras recomendaciones, sino las condiciones en que las partes habían aceptado someterse al arbitraje, y el Tribunal tenía que mostrar que había cumplido con cada uno de esos pasos. Los árbitros tenían que explicar que habían cumplido con las tareas que se les encomendó, que habían investigado y establecido la extensión de los territorios que pertenecían, o que legalmente podían ser reclamados por cualquiera de las partes al momento de una fecha crítica determinada, que se habían ajustado a las reglas acordadas por las partes para determinar quién tenía un justo título y cuál era la frontera, y tenían que mostrar que todo eso lo habían hecho “imparcial y cuidadosamente”. Un laudo -o una sentencia. Es como un silogismo; a ciertas premisas les sigue una conclusión; si faltan las premisas, no hay forma razonable de llegar a la conclusión. Por eso, según George Scelle, un laudo que no está motivado no es una sentencia, sino una mera opinión.

El exceso de poder y la falta de fundamentación del laudo de París son las dos causales más obvias de su nulidad, y son las cartas más fuertes de Venezuela. Pero hay otras. En primer lugar, está la integración irregular del tribunal, con una parte que estaba representada y la otra no, con una parte que tenía acceso a los debates internos del Tribunal y la otra no, en violación de la igualdad soberana de los Estados, y de los principios en que se funda el arbitraje internacional. En segundo lugar, debe mencionarse la participación de Federico Martens (o de Martens), un árbitro anglófilo, funcionario de la cancillería rusa y asesor del Zar de Rusia, que entendía que el derecho internacional sólo se aplicaba a los países de la Europa cristiana y no a naciones salvajes o semi salvajes, que propiciaba un entendimiento entre Rusia e Inglaterra en Asia Central, y que no podía ser imparcial en este caso. En realidad, con las reglas aplicables a los jueces de la Corte Internacional de Justicia, Martens nunca podría haber sido árbitro en este caso. Las dos circunstancias anteriores -la integración del Tribunal con la participación de dos árbitros ingleses, pero sin que hubiera árbitros venezolanos, y la participación de Martens-, hacían imposible que ese Tribunal pudiera actuar con independencia e imparcialidad. En tercer lugar, debe citarse la violación del debido proceso, como consecuencia de la forma en que se condujo el procedimiento, mostrando la parcialidad de los jueces británicos, rechazando exigir la presentación de pruebas que estaban en posesión del gobierno del Reino Unido, y violando el principio de igualdad de armas. En fin, el hecho de que el fallo se adoptara mediante la coacción de uno de los suyos sobre el resto del Tribunal, sin la debida deliberación en pleno, sino en conciliábulos de pasillo, y sin un debate sobre los méritos de los argumentos de las partes, sino con un mero compromiso político, carente de todo fundamento jurídico, hacía que el laudo fuera igualmente nulo.

Creo que, dentro de las limitaciones del tiempo disponible, los abogados de las partes abordaron muy bien el tema de la nulidad o validez del laudo, y creo que allí se impuso Venezuela. Christian Tams, en representación de Venezuela, sostuvo que la validez del laudo no podría pasar ningún test. Pero la cuestión de los títulos territoriales es otra cosa; porque, si se concluye que el laudo es nulo, la Corte tendrá que determinar la frontera terrestre definitiva entre ambos países y, sobre ese punto los alegatos de Guyana fueron casi inexistentes, y los de Venezuela se centraron brevemente en algunos mapas.

Mientras Guyana basa su reclamación en la supuesta ocupación del territorio en disputa, Venezuela invoca, fundamentalmente, títulos históricos. Guyana sostiene que los españoles habían estado reducidos al Orinoco, y que, al momento de dictarse el laudo, no había asentamientos venezolanos en la zona en disputa; según Guyana, las misiones religiosas de los capuchinos catalanes estaban instaladas al oeste de la frontera indicada por el laudo. Adicionalmente, Guyana afirma que el territorio en disputa estaba ocupado por Inglaterra; pero la evidencia indica que los asentamientos holandeses, primero, y luego los ingleses, estaban situados en la costa; los mapas de la época muestran todo lo demás como una inmensa región deshabitada.

Respondiendo al alegato de que no había presencia española o venezolana en la región en disputa, Thouvenin citó los casos del Castillo el Burgo en la confluencia de los ríos Cuyuní y Mazaruni, y la Misión Santa Rosa, en la desembocadura del río Esequibo. Adicionalmente, Thouvenin comentó algunos mapas, comenzando por el del español Luis Surville, de 1778, que marca la frontera en el río Esequibo (excepto por la región Pomerón-Moroco, en la costa y al costado occidental del Esequibo). Entre los mapas ingleses, se mostró el de Aaron Arrowsmith, de 1806, otro publicado por Sherwood, Neely and Jones, de 1822, y un mapa de Joseph Hadfield, de 1838, todos los cuales muestran la frontera en el río Esequibo, excepto por el de Hadfield, que muestra algunas plantaciones inglesas en la costa occidental del Esequibo. En el caso de Hadfield, hay que hacer notar que él era topógrafo de la Corona y que, en la colonia de Guayana Británica, se desempeñó como superintendente para Demerara de ríos y arroyos; según su autor, el mapa en cuestión habría sido elaborado “a partir de las últimas mediciones de Schomburgk” y de otros cartógrafos. Thouvenin no desperdicio la oportunidad que tenía de destacar las discrepancias que hay entre la frontera del mapa de Hadfield, de 1838, y la del mapa de Schomburgk, de 1840. Lo cierto es que los mapas de cartógrafos holandeses, franceses, ingleses, españoles, colombianos, brasileños, y venezolanos, al igual que muchos mapas provenientes de cartógrafos independientes, favorecen la tesis de Venezuela.

En un asunto en el que los historiadores venezolanos no han hecho su tarea -aportando más opiniones que información debidamente sustentada y que tenga algún valor probatorio en un tribunal-, ninguna de las partes se ocupó con detenimiento de los títulos territoriales que asisten sus respectivas reclamaciones. Habrá que ver qué es lo que dicen sus alegatos escritos. Por el momento, se recuerda que, en 1824, cuando la Gran Colombia solicitó el reconocimiento de Inglaterra como nación independiente, señaló precisamente que su límite oriental era el río Esequibo; cuando se produjo dicho reconocimiento, el gobierno británico no hizo ninguna objeción o reserva a la frontera reclamada por Colombia. 

Sería paradójico que, como consecuencia del juicio en la Corte al que Venezuela le tenía tanta aversión, después de escuchar las razones de Venezuela, ahora resulte que Guyana esté dispuesta a sentarse a negociar. Tampoco sería primera vez que eso ocurre. Pero, por el momento, esperemos lo que pueda decir el Tribunal y, cualquiera que sea su sentencia, comportémonos como una nación civilizada, y acatemos el veredicto. Eso es lo que se espera de gente respetuosa del Derecho.

Ahora quieren hipotecar el futuro del país para seguir viviendo de la corrupción, del endeudamiento y de la miseria nacional

El dirigente político venezolano Omar González Moreno rechazó con dureza el anuncio realizado por Delcy Rodríguez sobre el inicio de un proceso de reestructuración de la deuda externa venezolana y calificó la maniobra como “un intento descarado de legitimar el saqueo más gigantesco jamás cometido contra la República”.

“El cinismo de Delcy Rodríguez no tiene límites. Ellos destruyeron la economía, pulverizaron PDVSA, desaparecieron miles de millones de dólares y ahora pretenden renegociar la deuda que contrataron para robársela descaradamente”, sentenció.

González Moreno afirmó que la deuda pública venezolana, estimada en más de 170 mil millones de dólares, no se tradujo en hospitales, carreteras, electricidad, escuelas ni desarrollo para el país, sino en “fortunas obscenas, corrupción, represión y enriquecimiento de una casta política”. 

“Endeudaron a generaciones enteras mientras convertían a Venezuela en un cementerio económico. Se robaron el dinero del petróleo, quebraron la nación y ahora quieren seguir hipotecando el alma de los venezolanos”, expresó.

El directivo de Vente Venezuela sostuvo que los responsables del colapso económico pretenden presentarse ahora como administradores responsables ante la comunidad financiera internacional.

“Los mismos que hundieron a Venezuela en el default, destruyeron la moneda y arrasaron con PDVSA, hoy aparecen hablando de transparencia y sostenibilidad. Es una burla grotesca al pueblo venezolano”. 

Omar González Moreno aseguró que cualquier renegociación de deuda debe pasar primero por un proceso de rendición de cuentas y auditoría internacional sobre el destino de los recursos manejados durante los últimos años.

“No puede existir refinanciamiento sin justicia. Primero tienen que explicar dónde está el dinero que desapareció mientras millones de venezolanos pasaban hambre y necesidades infinitas  y otros huían del país por desesperación”.

Asimismo, advirtió que detrás de la narrativa oficial existe el peligro de abrir un nuevo ciclo de endeudamiento sin controles reales.

“Quieren seguir endeudando a Venezuela para continuar alimentando redes de corrupción y negocios oscuros. El país no necesita más deuda para mafias políticas; necesita instituciones limpias, producción y libertad”.

Finalmente, afirmó que la tragedia venezolana no fue causada por falta de recursos, sino por “el saqueo sistemático de una élite que convirtió el poder en una maquinaria para robar”.

Venezuela no está destinada a sobrevivir en la mediocridad ni a resignarse a su postración. Venezuela está llamada a convertirse en el Estado número uno de las Américas.

No es arrogancia. No es petulancia. Es realismo político sustentado en nuestras potencialidades palpables. Somos una nación privilegiada por la naturaleza y fortalecida por su gente. Poseemos reservas energéticas que siguen siendo un imán para el mundo, pero también contamos con tierras fértiles capaces de transformarnos en una potencia agroproductiva; con unas reservas hídricas extraordinarias que pueden garantizar desarrollo sostenible; y con un patrimonio natural que nos abre las puertas del turismo competitivo en todas sus dimensiones.

Pero, ¿Cuál es el verdadero motor de esa transformación?: Nuestra gente. Venezuela no se limita a depender de esas riquezas conque nos ha dotado la madre naturaleza, tenemos un patrimonio excepcional representado en nuestro talento humano. Ese mismo que hoy se encuentra disperso en un doloroso y forzado destierro, pero que ha demostrado, en cualquier latitud, su capacidad para crear, innovar y prosperar. Ese capital humano será la piedra angular de la reconstrucción nacional.

Sin embargo, ninguna de estas fortalezas podrá desplegarse plenamente mientras permanezca en pie esta dictadura asustadiza que ha envilecido salarios, devastado instituciones y sumido al país en una pobreza paupérrima. Somos, hoy, una nación paradójica: inmensamente rica en recursos, pero con su gente atrapada en la precariedad.

He visto, he vivido y he padecido las consecuencias de ese modelo ignominioso que sustituyó el Estado de Derecho por un estado de ánimo caprichoso. Un sistema donde la justicia depende del antojo del poder y donde la soberanía fue secuestrada y administrada como botín.

Frente a ese panorama, surge una certeza que no admite dudas: Venezuela puede reinventarse. Y lo hará sin improvisaciones, sin saltos al vacío, pero con una visión estratégica clara, sostenida en un liderazgo que ha sabido interpretar el mandato indomable del pueblo venezolano. En esa dirección se inscribe el Plan Tierra de Gracia, cuya presentación internacional ha reafirmado una línea estratégica medular: la educación como columna vertebral de la transformación nacional. Porque sin educación no hay libertad sostenible. Sin educación no hay prosperidad duradera.

Venezuela necesita rescatar su ejército de educadores, hoy disperso por el mundo como consecuencia de salarios envilecidos y condiciones indignas. Necesita reconstruir sus escuelas, liceos y centros universitarios, hoy convertidos en estructuras que reflejan el abandono consecuencia de un modelo fracasado. Necesita modernizar su sistema educativo, incorporando la digitalización monitoreada, a la inteligencia artificial, pero sin renunciar al contacto con los libros, esos compañeros insustituibles en la formación del pensamiento crítico.

Y conviene subrayarlo: la educación que requerimos no es para domesticar conciencias ni para reproducir dogmas ideológicos. Es una educación para la libertad, para el emprendimiento, para la innovación. Una educación que forme ciudadanos capaces de generar riqueza, de competir globalmente y de construir su propio destino con dignidad. Ese es el camino para convertirnos en el Estado número uno: un país donde impere la seguridad jurídica, donde se respeten las reglas claras, donde la propiedad privada sea garantía de progreso y donde la meritocracia sustituya al clientelismo.

Venezuela será el hub energético de las Américas, también un hub tecnológico, sí. Pero también será una potencia agroindustrial, un destino turístico de referencia y una nación que aproveche racionalmente su riqueza hídrica para impulsar su avance en el marco de un proceso sostenible. Esa diversificación será la clave para superar el rentismo y consolidar una economía robusta y moderna.

Reitero lo que he argumentado en anteriores crónicas: No queremos pasar de víctimas a verdugos. Queremos justicia, no venganza. Y esa justicia comenzará por restituir plenamente la soberanía que nos legaron nuestros libertadores aquel 5 de julio de 1811 y que se consolidó en Carabobo en 1821. Esa soberanía no se negocia, no se alquila y no se entrega. Venezuela no está condenada al atraso. Venezuela está llamada a forjar y a liderar su propio porvenir. Por eso, con la serenidad de quien conoce su historia y la firmeza de quien asume su destino, afirmamos: Seremos, con el esfuerzo de todos, el Estado número uno de las Américas.

Antonioledezma.net

WP Twitter Auto Publish Powered By : XYZScripts.com
Scroll to Top