Armando Esteban Quito

Este domingo 8 de diciembre, Rusia solicitó una reunión urgente del Consejo de Seguridad de la ONU para abordar la situación en Siria tras el derrocamiento de su presidente, Bachar al Asad.

EFE

“Rusia solicita urgentes consultas a puerta cerrada del Consejo de Seguridad de la ONU. Esperamos que las consultas tengan lugar en la segunda mitad del lunes, 9 de diciembre, en Nueva York”, escribió en su canal de Telegram, Dmitri Polianski, embajador adjunto de Rusia ante Naciones Unidas.

El diplomático ruso, que explicó la convocatoria por “las consecuencias para el país y toda la región” de estos sucesos, señaló que para Rusia es importante comprender el papel actual de la Fuerza de las Naciones Unidas de Observación de la Separación (Undof) desplegada en los Altos del Golán sirios desde 1974.

Tras la caída del régimen de Bachar al Asad, el Ejército de Israel anunció el despliegue de tropas dentro del área desmilitarizada en los ocupados Altos del Golán, territorio sirio, así como “en otros lugares necesarios para su seguridad” con el pretexto de proteger a su población y asistir a las tropas de las Naciones Unidas allí desplegadas.

Además, el Ejército israelí ha tomado también el control del lado sirio del Monte Hermón en la zona desmilitarizada entre Siria e Israel, para evitar que los rebeldes sirios controlen la zona.

Medios sirios también reportaron a lo largo de la tarde bombardeos de la aviación israelí, algunos de ellos en la capital, Damasco, lo cual eleva el nivel de las tensiones en la región.

El Comité por la Libertad de los Presos Políticos (Clippve), informó este domingo 8 de diciembre que Carlos Eduardo Vallecillo Ramírez, un taxista de 34 años, detenido en las protestas poselectorales, fue auxiliado por compañeros de celda cuando intentó ahorcarse en la cárcel de Tocorón.

La Patilla

A través de su cuenta en la red social X (antes Twitter), la ONG aseguró que Valecillo, quien hace días escribió una carta donde expresaba a su deseo de morir para no seguir sufriendo, “fue auxiliado por sus compañeros a las 5 de la madrugada de este domingo, cuando se estaba ahorcando”.

Clippve explicó que Carlos Eduardo fue llevado urgentemente a la enfermería del penal y su hermana pudo entrar, pero solo le mostraron una foto donde aparece acostado en una camilla, recibiendo, aparentemente, tratamiento.

Asimismo, el comité exigió que le den acceso imediato a los familiares para que tengan contacto físico con él, ya que solo así se podrá confirmar que no ha muerto en cautiverio, producto de un encarcelamiento injusto.

La organización ha denunciado que el detenido presenta abscesos faciales que le han causado fiebre y deformaciones.

Desde el miércoles 27 de noviembre han solicitado atención médica inmediata para el preso político. La ONG ha exigido que se garantice la integridad física y psicológica de los presos políticos, luego de que familiares denunciaran tratos crueles, así como la restricción en las visitas.

La fuerzas rebeldes en Siria han entrado a Damasco y declarado el fin del régimen del presidente Bashar al Assad, de quien se informa que abandonó el país con su familia rumbo a Moscú, donde les han concedido asilo.

BBC

El grupo fundamentalista Hayat Tahrir al Sham (HTS, Organización para la Liberación del Levante), que encabezó el avance de los grupos insurgentes en la última semana, está comandado por Abu Mohammed al Jawlani.

Al Jawlani -que ahora está usando su nombre real, Ahmed al-Sharaa, en lugar de su nombre de guerra como señal de su repentino ascenso tras la caída de Assad- ha tenido una trayectoria de militancia en varios grupos islamistas, antes de llegar al comando de HTS.

Como tal, ha sido acusado de cometer abusos contra los derechos humanos.

Aunque en años recientes ha intentado presentar una imagen más moderada hacia el mundo, Estados Unidos continúa ofreciendo una recompensa de US$10 millones por su captura.

«Esta es una victoria de todos los sirios», declaró Al Jawlani durante el discurso que pronunció en la tarde del domingo en la emblemática mezquita de los Omeyas de Damasco.

Dudas sobre su biografía

Días atrás Al Jawlani le dijo a la emisora pública de Estados Unidos PBS que nació con el nombre de Ahmed al Sharaa y que es un sirio cuya familia proviene de la región del Golán.

Añadió que había nacido en Riad, capital de Arabia Saudita, donde su padre trabajaba en ese entonces, y que crió en Damasco.

Sin embargo, también hay informes que ubican su lugar de origen en Deir Ezzor, en el este de Siria.

Según reportes de las Naciones Unidas y la Unión Europea, nació en algún momento entre 1975 y 1979. Interpol afirma que fue en 1979. El diario árabe As-Safir dice que nació en 1981.

También hay rumores de que estudió Medicina antes de convertirse en un militante islamista.

¿Cómo se convirtió Al Jawlani en el líder de un grupo islamista?

Se cree que Al Jawlani se integró al grupo yihadista Al Quaeda en Irak después de la invasión de ese país en 2003 por una coalición liderada por EE.UU.

La coalición rápidamente destituyó al presidente Saddam Hussein y retiró a su Partido Baaz del poder, pero enfrentó una resistencia concertada de una variedad de grupos milicianos.

En 2010, las fuerzas estadounidenses en Irak arrestaron a Al Jawlani y lo recluyeron en el Campamento Bucca, cerca de la frontera con Kuwait. Allí se especula que conoció a los yihadistas que más tarde formarían el grupo Estado Islámico (EI), incluyendo a futuro líder de esa organización, Abu Bakr al Baghdadi.

Al Jawlani ha declarado a los medios que después de que estallara el conflicto armado en Siria contra el presidente Bashar al Assad en 2011, Al Baghdadi coordinó para que él se fuera a ese país para iniciar un brazo afiliado a la organización allí.

Al Jawlani se convirtió en el comandante de un grupo armado llamado el Frente Nusra (o Jabhat al Nusra) que estaba secretamente afiliado a EI.

Ya en Siria se destacó por su accionar en el campo de batalla.

En 2013, Al Jawlani cortó los lazos del Frente Nusra con EI y lo puso bajo el control de Al Qaeda.

Sin embargo, en 2016 anunció en un mensaje grabado que también había roto con este grupo.

En 2017, Al Jawlani declaró que sus combatientes se habían unido a otros grupos rebeldes en Siria para conformar Hayat Tahrir al Sham (HTS, Organización para la Liberación del Levante). Al Jawlani comanda el grupo entero.

¿Qué tipo de líder es Al Jawlani?

Bajo el comando de Al Jawlani, HTS se convirtió en el principal grupo rebelde en Idlib y las regiones aledañas, en el noroccidente de Siria.

La ciudad tenía una población de 2,7 millones antes de la guerra, que se estima que alcanzó unos 4 millones debido a la llegada personas desplazadas.

Allí controló el llamado «Gobierno de Salvación», que actúa como una autoridad local en la provincia de Idlib suministrando servicios de salud, educación y seguridad interna.

Al Jawlani expresó a PBS en 2021 que no seguía la estrategia de Al Qaeda de una yihad global. Declaró que su meta principal era el derrocamiento del presidente Al Assad, y que EE.UU. y Occidente compartían su objetivo.

«Esta región no representa una amenaza de seguridad para Europa y Estados Unidos», afirmó. «Esta región no es un escenario para la ejecución de una yihad extranjera».

En 2020, HTS clausuró todas las bases de Al Qaeda en Idlib, incautó sus armas y encarceló a algunos de sus líderes. También reprimió las operaciones de EI en Idlib.

HTS impone la ley islámica en las áreas que controla, pero lo hace de una manera sustancialmente menos estricta que otros grupos yihadistas.

Públicamente se relaciona con cristianos y otros no musulmanes. Los grupos yihadistas lo han criticado por considerarlo demasiado moderado.

No obstante, organizaciones de derechos humanos han acusado a HTS de reprimir las protestas públicas y de abusos contra los derechos humanos. Al Jawlani ha negado estas acusaciones.

HTS ha sido clasificada como una organización terrorista por varios gobiernos en Occidente y Medio Oriente, y por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Debido a los vínculos pasados de Al Jawlani con Al Qaeda, el gobierno de Estados Unidos ofrece una recompensa de US$10 millones por información que conduzca a su captura.

El problema de la actividad política y gubernamental que existe en  muchos países, se debe- entre otras cosas- al hecho que sus  constituciones, a pesar de las formalidades, juramentos y  declaraciones de apego a las mismas, son ignoradas, cuando no  transgredidas. 

Más aún, la profusión o cantidad de constituciones que hemos tenido  en la América Hispana son consecuencia de esa maraña o confusión  entre la acción política y gobierno. Este último, por lo general, desde  el mismo momento de su instauración, piensa -seriamente- en hacerle  retoques, cambios, enmiendas cuando no en la aprobación de un nuevo texto que, por un lado, haga creer que toda la vida del país  comienza con esta nueva administración y, por el otro, y en muchos  casos, dar inicio a ese persistente afán de ampliar los períodos constitucionales y en la “bendita” reelección. 

Venezuela lleva, hasta ahora, una ventaja que a todas luces parece  insuperable. Veinte y tantas constituciones que marcan récord, sobre  todo si hacemos la comparación, por ejemplo, con las llamadas  naciones bolivarianas, vale decir, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia. 

La actividad política, es cierto, tiene entre sus objetivos el acceso al  poder, a ser gobierno o a constituir un polo o centro de opinión y  liderazgo cuando se es oposición. Por supuesto, todo ello es muy  válido y natural en un régimen democrático. Sin embargo, cuando  estos propósitos- obsesivamente – plantean cambios constitucionales solo con miras a dividir (neciamente) la historia o de lograr legalidades  que en el fondo contravienen el sentido, propósito y razón de la Ley 

Suprema, no hay duda que estamos en presencia de un atropello más  a los valores democráticos y al ejercicio de los mismos. 

Muchos gobiernos quebrantan a diario lo que los estudiosos del  derecho constitucional denominan la parte “dogmática”. En otras  palabras, la parte de la constitución que determina las relaciones del  individuo con el Estado. Allí, donde se establecen, por ejemplo, los  derechos ciudadanos, políticos, económicos, individuales, etc. Muchos  gobiernos ignoran, de uno u otro modo, que todos estos derechos son  de obligatoria observancia y forman parte fundamental de la  constitución. 

La actividad política y gubernamental no pueden brincarse a la torera los textos constitucionales. El padecimiento social y, sobre todo, la  violación continua del orden jurídico, constituyen las causas de este  estado de cosas que, en nuestro caso, nos hacen estar en la cola del  progreso, del desarrollo colectivo y de una democracia estable, fuerte  y en vías de alcanzar mayores niveles de libertad y ciudadanía. 

Nos hace falta “emprendedores políticos”. Si, eso que llaman  emprendimiento que en términos sencillos significa innovación,  acometimiento de proyectos, de “echar pa’lante” alguna idea o  determinación. Necesitamos emprendedores o dirigentes políticos que asuman el compromiso de hacer de la gestión pública un asunto  transparente, eficiente y, sobre todo, apegado a la constitución y las  leyes. De todos depende. La esperanza sigue más fuerte que nunca.

«No temo morir, porque sé que el mundo recordará nuestros nombres. En algún lugar, en algún momento, alguien contará nuestra historia y entenderá que no fue en vano.» Carta de Nicola Sacco a su hijo Dante.

«No lamento nada, salvo el dolor que nuestra muerte pueda causar a nuestros seres queridos. Pero estoy en paz, porque sé que nuestras ideas no morirán con nosotros. A través de la injusticia que sufrimos, otros abrirán los ojos. Otros lucharán.» Última declaración de Bartolomeo Vanzetti

En la historia hay episodios que parecen diseñados no para resolver un conflicto, sino para perpetuarlo. Uno de esos casos es el de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, dos inmigrantes italianos que fueron ejecutados en Massachusetts el 23 de agosto de 1927, tras un juicio que, más que justicia, ofreció un espectáculo macabro de prejuicios y propaganda durante seis años y tres meses. Su historia, como todas las grandes tragedias, trasciende el tiempo: no se trata solo de un juicio, sino de un espejo incómodo en el que se refleja lo peor de nuestras sociedades.

Nicola Sacco era zapatero; Bartolomeo Vanzetti, pescador. Ambos compartían más que un origen humilde: eran inmigrantes y anarquistas, etiquetas que, en los EE.UU., de los años veinte, los convertían en sospechosos permanentes. Fueron acusados de robo y asesinato en un asalto a una fábrica de calzado en South Braintree, Massachusetts. Pero lo que siguió no fue una investigación rigurosa, sino un juicio cuyo resultado parecía decidido antes de empezar.

En el tribunal, lo que realmente se juzgaba no era su culpabilidad, sino su identidad. El fiscal, Frederick Katzmann, no necesitó pruebas contundentes para condenarlos; le bastó con su procedencia y sus ideas. “Eran italianos, anarquistas y extranjeros, ¿qué más hace falta saber?”, parecía decir el sistema judicial estadounidense. Durante el juicio, la evidencia balística fue confusa, los testigos contradictorios y las coartadas ignoradas. Sin embargo, el juez Webster Thayer, cuya imparcialidad era tan ficticia como su peluca, se mostró implacable: Sacco y Vanzetti eran culpables porque no podían ser otra cosa.

Lo fascinante —y trágico— del caso es cómo convirtió a Sacco y Vanzetti en símbolos. Los dos hombres eran, ante todo, seres humanos comunes, con virtudes y defectos, pero el juicio los transformó en mártires de una causa global. A lo largo de los años veinte, manifestaciones masivas se extendieron desde Nueva York hasta Buenos Aires, desde París hasta Tokio. Intelectuales como Albert Einstein y H.G. Wells alzaron la voz; escritores como John Dos Passos y Upton Sinclair denunciaron la farsa judicial. Incluso en su carta al tribunal, Bartolomeo Vanzetti escribió con una dignidad que desarma: «He sufrido porque soy radical, y de seguro he sufrido más por ser italiano».

En el estilo de los mejores cuentos kafkianos, el caso de Sacco y Vanzetti no tiene resolución satisfactoria. Su ejecución no cerró el debate, sino que lo avivó. Para algunos, sigue siendo un ejemplo de cómo la justicia puede prostituirse ante el poder y los prejuicios. Para otros, es un recordatorio de la fragilidad de la democracia frente a las ansiedades sociales: en la Norte América de los años veinte, la Revolución Rusa aún resonaba como un eco amenazante, y los inmigrantes eran chivos expiatorios ideales.

Se podría decir que el caso de Sacco y Vanzetti no se trata de la verdad, sino del relato. El relato oficial, el de su culpabilidad, no sobrevivió al tiempo, pero el relato de su injusticia se ha vuelto inmortal. En ese sentido, la historia no pertenece a los jueces que los condenaron, sino a quienes no dejan de preguntarse: ¿y si hubieran sido inocentes? Al final, la grandeza del caso no está en el veredicto, sino en la imposibilidad de olvidarlo.

Y quizás ahí reside la auténtica justicia: Sacco y Vanzetti murieron, pero no callaron. Su legado sigue vivo, no porque fueran héroes, sino porque eran humanos. Humanos que, como todos, soñaban con un futuro mejor, aunque ese futuro los excluyera. Y, en última instancia, es esa humanidad —no la culpa, ni la inocencia— lo que los ha hecho eternos.

Una radiografía de la injusticia

En «La historia inacabada de Sacco y Vanzetti» (1977), Louis Joughin y Edmund M. Morgan resumen el núcleo del caso con una frase de una lucidez casi aterradora: «El juicio de Sacco y Vanzetti no fue solo un caso criminal, sino una radiografía de una nación atrapada entre el miedo al extranjero y la necesidad de justicia.» No se puede leer esta afirmación sin sentir el peso de una paradoja que aún nos concierne: un sistema diseñado para impartir justicia puede convertirse, bajo determinadas circunstancias, en un instrumento de miedo y exclusión.

Joughin y Morgan no se limitan a diseccionar el caso judicial; lo transforman en un espejo incómodo de una época, una década en la que Estados Unidos, una nación construida sobre la inmigración, miraba con recelo a los recién llegados. En los años 20, el miedo al extranjero no era un sentimiento abstracto, sino una fuerza tangible, convertida en política y ley. Los anarquistas eran vistos como enemigos del orden establecido; los italianos, como una amenaza cultural. Sacco y Vanzetti eran ambas cosas, y eso los convirtió en los culpables ideales mucho antes de que se pronunciara el veredicto.

La tesis de Joughin y Morgan es sencilla, pero devastadora: lo que se juzgó no fueron los actos de Sacco y Vanzetti, sino su identidad. El tribunal no examinó pruebas; examinó acentos, orígenes y creencias. La xenofobia no fue solo el contexto del juicio, sino su motor. El miedo al extranjero, alimentado por un clima de paranoia y crisis social, se filtró en las palabras del fiscal, en los titulares de la prensa, en la mirada de los jurados.

El resultado fue un juicio que, más que buscar la verdad, pareció confirmar los prejuicios de una sociedad al borde del pánico. Esa es la radiografía a la que aluden Joughin y Morgan: un país que, enfrentado a sus propios temores, eligió proyectarlos sobre dos inmigrantes italianos, dos anarquistas cuya culpabilidad nunca se probó, pero cuya condena resultó inevitable.

Joughin y Morgan no escriben desde la indignación, sino desde el rigor analítico. Pero el efecto de su libro es devastador porque, al reconstruir el caso, desnudan una verdad incómoda: el juicio de Sacco y Vanzetti fue mucho más que un error judicial; fue un acto de injusticia deliberada, un reflejo de los peores instintos de una sociedad atrapada entre su fe en la justicia y su incapacidad para aplicarla sin prejuicios. Una lección que, como ellos mismos advierten, sigue siendo urgente. Porque las tensiones que definieron ese juicio no han desaparecido; solo han cambiado de forma y de víctimas.

El caso, como también señala Oliver Todd en su ensayo «Sacco y Vanzetti: La ejecución de dos inocentes» (1997), no fue un juicio en el sentido tradicional del término. Más bien, fue un escenario donde se representaron los miedos y prejuicios de una nación en crisis. «Sacco y Vanzetti no fueron solo víctimas de un error judicial, sino mártires de una lucha más grande contra la intolerancia y el miedo,» escribe Todd, enmarcando el caso como un espejo de la paranoia que dominaba a Estados Unidos en la década de 1920. Aquella era una nación desgarrada por conflictos internos: la inmigración masiva, el temor al anarquismo, la sombra de la Primera Guerra Mundial. En ese contexto, Sacco y Vanzetti no fueron dos hombres juzgados, sino dos símbolos condenados por su origen y sus ideas.

Todd describe con minuciosidad cómo el sistema judicial estadounidense, en teoría un baluarte de la justicia, se convirtió en una maquinaria de condena. «No se juzgaba a Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, se juzgaba su origen, su lengua, sus ideas.» En esta frase se resume la esencia de lo que Todd denuncia: un proceso que no se basó en pruebas concluyentes, sino en prejuicios profundamente arraigados. En lugar de ser protegidos por la ley, los acusados fueron traicionados por un sistema que les negó la presunción de inocencia.

El juez Webster Thayer, encargado del caso, emerge como la figura trágica de esta farsa judicial. Todd lo describe como un hombre cuya parcialidad era tan evidente que transformó su tribunal en un escenario teatral: «El juez Thayer no ocultaba su desprecio por los acusados; su tribunal no era una sala de justicia, sino un teatro de la condena.» Bajo su dirección, las pruebas, ya de por sí débiles, se manipularon para sostener una narrativa de culpabilidad que nunca se probó.

Sin embargo, lo que diferencia el análisis de Todd de otros relatos es su atención a la humanidad de Sacco y Vanzetti. A través de sus cartas, sus declaraciones y su dignidad frente a la muerte, Todd rescata a los hombres detrás de los nombres. «No nos quejamos por nosotros mismos, sino por aquellos que seguirán siendo oprimidos después de nosotros,» dijo Vanzetti antes de su ejecución. En estas palabras, Todd encuentra no solo un testimonio de su inocencia, sino también un grito de resistencia contra un sistema que los condenó por lo que representaban, no por lo que hicieron.

En el vasto y sombrío panorama de la historia judicial estadounidense, pocos episodios han dejado una marca tan indeleble como el caso de Sacco y Vanzetti. Es un relato teñido de prejuicios, un juicio no de hechos, sino de identidades. En sus páginas resuenan los ecos de una nación desgarrada por el miedo y la intolerancia, y en sus márgenes se percibe el pulso opaco de una justicia mancillada por la parcialidad.

Era una época en la que la sombra de la xenofobia se extendía como un manto de niebla sobre los Estados Unidos. Los inmigrantes, portadores de acentos extranjeros y esperanzas ajenas, eran mirados con desconfianza. En este escenario, Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, dos hombres de origen italiano, fueron arrestados, no solo por su supuesta participación en un robo y asesinato, sino también por el delito silencioso de ser extranjeros y anarquistas.

El juicio que siguió no fue, como señalaron Joughin y Morgan, una búsqueda imparcial de la verdad, sino un ritual sombrío donde «las palabras ‘anarquista’ e ‘inmigrante’ resultaron más condenatorias que cualquier evidencia material». En este tribunal, la ley, otrora baluarte de justicia, se había convertido en un espejo oscuro de los temores colectivos.

Ante los ojos del Tribunal, las pruebas balísticas presentadas por la fiscalía fueron un teatro de sombras, más inconsistentes que reveladoras. «El caso contra Sacco y Vanzetti se sostuvo sobre un edificio de suposiciones más que de certezas», escribieron los autores, y cada palabra evocaba una imagen de un juicio en el que la verdad había sido sacrificada en el altar de la conveniencia.

Cada testimonio que se presentaba, cada fragmento de evidencia, era un eco distante de la realidad, manipulado para encajar en una narrativa que ya había decidido su desenlace. Así, el juicio avanzó como un río oscuro, arrastrando consigo la credibilidad del sistema judicial.
¿Acaso se juzgaba a dos hombres, o más bien a sus ideas y su origen? Los rostros de Sacco y Vanzetti, marcados por la fatiga de interminables días de acusaciones, parecían proyectar una súplica muda, no solo por sus vidas, sino por un juicio justo.

El público, enardecido por el espectáculo mediático que se tejía en torno al caso, los condenó mucho antes de que el juez pronunciara su sentencia. Las palabras de los periódicos, cargadas de veneno y prejuicio, envolvieron a la nación en una narrativa que convertía a los acusados en monstruos antes de que pudieran demostrar su humanidad.
Cuando finalmente se ejecutó la sentencia, los cuerpos de Sacco y Vanzetti cayeron en el silencio eterno, pero sus nombres resonaron más allá del tribunal y de la prisión. «Paradójicamente», reflexionaron los autores, «la injusticia cometida contra ellos otorgó a sus nombres una inmortalidad que la justicia no habría garantizado».

En las calles de Massachusetts y en los rincones más lejanos del mundo, su muerte se convirtió en un símbolo. La ejecución no apagó sus voces; las amplificó, convirtiéndolas en un grito persistente que exigía justicia para los oprimidos y los vulnerables.
«La historia de Sacco y Vanzetti no terminó con la ejecución; comenzó allí, como un recordatorio perpetuo de los peligros de la intolerancia». Estas palabras finales de Joughin y Morgan reverberan como un eco siniestro, un aviso de que las cicatrices de la injusticia no se borran fácilmente.

En el manto oscuro de aquella tragedia, se dibuja un recordatorio para todas las generaciones: mientras la justicia se vea empañada por el prejuicio, las sombras de Sacco y Vanzetti continuarán acechando. Y en cada rincón donde el poder pretenda aplastar la verdad, su historia volverá a contarse, como un espectro eterno que nos mira desde el abismo del tiempo.

Y así, como un poema interrumpido, como una melodía incompleta, la historia de Sacco y Vanzetti permanece. No en los libros de historia, sino en el alma misma de quienes aún creen en la fuerza redentora de la justicia.

Al reflexionar sobre el legado de Sacco y Vanzetti, Oliver Todd recuerda que sus nombres, que en vida fueron sinónimo de amenaza, se transformaron tras su muerte en emblemas de resistencia. «Hoy, los nombres de Sacco y Vanzetti son símbolos de resistencia; su muerte no fue en vano,» concluye Todd, sugiriendo que, aunque no podemos corregir los errores del pasado, sí podemos aprender de ellos.

La memoria herida: Sacco y Vanzetti en la literatura y el arte

Hay historias que se niegan a morir. Historias que, como heridas abiertas, se convierten en obsesiones colectivas, en símbolos que atraviesan generaciones. El caso de Sacco y Vanzetti es una de esas historias, y el compendio «Sacco y Vanzetti en la literatura y el arte» (2007), un mapa de su inmortalidad cultural. En sus páginas, varios autores diseccionan con rigor académico y pasión contenida las representaciones artísticas del caso: novelas, películas, obras de teatro y canciones que, lejos de limitarse a narrar los hechos, han transformado esta tragedia en un espejo de las luchas y contradicciones humanas.

No se trata solo de recordar a Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, aquellos inmigrantes italianos que, en 1927, murieron en la silla eléctrica tras un juicio plagado de prejuicios y errores. Se trata de lo que ellos significan: el miedo al otro, el poder aplastante de los sistemas judiciales, la endeblez de la verdad. Cada representación artística del caso, desde la poderosa balada de Joan Baez hasta las páginas inquietantes de Howard Fast, no es solo un homenaje; es también una interrogación incómoda: ¿cuántos Sacco y Vanzetti siguen muriendo en silencio hoy?

Sin duda, hay historias que el tiempo debería borrar. Historias que, como el juicio y ejecución de Sacco y Vanzetti, duelen tanto que parecieran gritar para ser olvidadas. Sin embargo, el arte, con su obstinación poética y su memoria colectiva herida, ha hecho justo lo contrario. En cada poema, cada lienzo, cada escena de teatro y cada nota musical que evoca a estos dos inmigrantes italianos, se perpetúa no solo el recuerdo de su tragedia, sino el simbolismo universal de su injusticia.

«El arte no se limita a contar historias; construye memorias y reinterpreta las verdades de la historia,» dice el libro «Sacco y Vanzetti en la literatura y el arte». Y con razón. Donde los tribunales fallaron, los poetas fueron los primeros en alzar la voz. Edna St. Vincent Millay transformó la crudeza de sus condenas en belleza lírica, gritando aquello que la justicia calló. Porque, como el libro señala con precisión, «en cada verso que les dedicaron, hay más humanidad que en las páginas de sus juicios.»

Pero el arte no solo reacciona, también imagina. La narrativa histórica, en obras como la de Howard Fast, se atrevió a completar las piezas faltantes, reconstruyendo no solo los hechos, sino las emociones que los documentos oficiales omitieron. «La novela se atrevió a imaginar lo que los documentos oficiales omitieron,» y, en ese proceso, convirtió a Sacco y Vanzetti en algo más que víctimas: los transformó en símbolos de resistencia.

El teatro y la música no se quedaron atrás. «El escenario se convierte en un tribunal paralelo, donde el público es el jurado,» señala el libro al analizar el teatro de Michael Gold, que no busca resolver el caso, sino enfrentarnos a nuestra propia humanidad. Y luego está la música, ese lenguaje universal que no argumenta, pero conmueve. Joan Baez y Ennio Morricone encapsularon la esencia de esta tragedia en «Here’s to You», recordándonos que el dolor y la indignación también pueden ser cantados.

Finalmente, el cine llegó para ser testigo. Giuliano Montaldo, con su película «Sacco e Vanzetti» (1971)utilizó la cámara como un arma contra el olvido, porque, como señala el libro, «en el cine, las lágrimas del espectador son el testimonio de la injusticia sufrida.»

Y aquí estamos, décadas después, hablando de ellos. Sacco y Vanzetti ya no son hombres; son metáforas de la lucha por la dignidad. Cada representación artística de su historia es, como dice este libro imprescindible, «un acto de memoria contra el olvido.» Porque el arte no solo retrata el mundo; lo desafía. No solo nos invita a recordar, sino a reflexionar sobre nuestras propias miserias, y quizá, solo quizá, a transformar la realidad.

El libro no se limita a celebrar estas obras como arte comprometido, sino que las examina con mirada crítica, mostrando cómo cada interpretación transforma el caso en algo más. En la literatura, Sacco y Vanzetti han sido héroes, mártires y símbolos abstractos. En el cine, han sido víctimas, figuras casi bíblicas que encarnan el sacrificio. En las canciones, sus nombres resuenan como un grito de protesta, un himno contra la injusticia.

Pero lo más fascinante del compendio es que no deja de insistir en una idea esencial: el arte no solo recuerda, sino que reescribe. La historia de Sacco y Vanzetti no pertenece al pasado; sigue viva porque el arte la reinventa, porque su injusticia sigue siendo actual, porque aún no hemos aprendido las lecciones que deberíamos haber aprendido de su tragedia.

Al final, este libro no es solo un análisis de la representación artística de un caso histórico. Es, en el fondo, una reflexión sobre la memoria y el poder del arte. Sobre cómo las historias nos sobreviven y, en su persistencia, nos obligan a enfrentarnos a nosotros mismos. Sacco y Vanzetti murieron en 1927, pero su historia sigue aquí, más viva que nunca. Porque hay heridas que no se cierran, porque hay preguntas que nunca dejamos de hacernos. Y porque, como este libro demuestra, el arte es el único tribunal donde la justicia siempre está por venir.

La última palabra de Sacco y Vanzetti: Justicia en el abismo

La literatura se construye con preguntas, no con respuestas. Y pocas historias generan más preguntas, más rabia, más desamparo que la de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, dos inmigrantes italianos ejecutados en Estados Unidos en 1927 por un crimen que probablemente no cometieron. Pero su tragedia no radica únicamente en el hecho de su ejecución injusta, sino en el testimonio que dejaron: unas cartas que son, a un tiempo, un grito desgarrador y un monumento a la dignidad.

Hay momentos en que las palabras, lejos de ser un simple medio de comunicación, se convierten en una forma de inmortalidad. Esto ocurre con las últimas cartas de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, escritas desde la celda de la muerte. Estas cartas, redactadas con la certeza de un final inminente, no son únicamente testamentos personales, sino monumentos a la dignidad humana. En ellas se condensa no solo el drama de sus vidas, sino también el de una época marcada por la intolerancia, el miedo y la injusticia.

Sacco, el zapatero, y Vanzetti, el pescador, sabían que sus muertes no serían el cierre de un capítulo, sino el comienzo de una historia. Y esa conciencia atraviesa sus palabras, cargándolas de un significado que trasciende lo personal. “Hijo mío, quiero que siempre recuerdes que tu padre murió con valor y con una sonrisa en los labios porque sabía que no había hecho ningún mal”, escribe Sacco a su pequeño Dante. Es una frase que duele, no por lo que dice, sino por lo que implica: el intento desesperado de un padre por proteger a su hijo de la carga de un legado injusto.

Pero hay algo más: en esas palabras no solo late la voz de un padre amoroso, sino también la de un hombre que se niega a doblegarse. Sacco, condenado por un crimen que no cometió, no se despide con amargura, sino con una mezcla de serenidad y desafío que resulta profundamente conmovedora. Su muerte, parece decirnos, no es una derrota, sino un acto de resistencia.

Por su parte, Vanzetti escribe con una intensidad casi mística. Su carta, menos íntima que la de Sacco, es un manifiesto de principios. “Si pudiera vivir mil vidas más, volvería a elegir este camino. Estoy orgulloso de morir por una causa justa.” Estas palabras son el corazón de Vanzetti: una declaración de fidelidad no solo a sus ideales anarquistas, sino también a su humanidad. En ellas no hay miedo, solo una especie de redención anticipada, como si su muerte, lejos de ser el fin, fuera el punto de partida de algo más grande.

Estas cartas no son discursos políticos, pero están cargadas de política. Sacco y Vanzetti no fueron condenados por lo que hicieron, sino por lo que representaban: inmigrantes, pobres, anarquistas. En el Estados Unidos de la década de 1920, esos tres elementos eran una sentencia de muerte. Y ellos lo sabían. “No nos quejamos por nosotros mismos, sino por aquellos que seguirán siendo oprimidos después de nosotros”, escribió Vanzetti. Esta frase es, quizás, la más devastadora de todas, porque encapsula la conciencia de su destino y la transforma en una advertencia.

En sus cartas finales, Sacco y Vanzetti no intentan redimir sus nombres; intentan, más bien, redimir a quienes vienen después. En su declaración final ante el tribunal, Vanzetti afirmó: “No estoy sufriendo por un crimen, sino por ser quien soy”. Este reconocimiento de que la injusticia no radica en un acto, sino en una identidad, es lo que convierte su historia en un símbolo.

Sin embargo, reducir estas cartas a simples manifiestos políticos sería traicionar su profundidad. En ellas hay también una ternura innegable, un amor que desafía incluso a la muerte. Sacco, despidiéndose de su esposa Rosa, escribe: “Te amo más de lo que nunca podré expresar, y este amor me da fuerzas para enfrentar lo que viene”. Es una frase que humaniza al hombre detrás del símbolo, recordándonos que Sacco no es solo un mártir, sino un esposo, un padre, alguien capaz de sentir y temer.

En última instancia, las cartas de Sacco y Vanzetti son mucho más que palabras escritas desde el corredor de la muerte: son una lección sobre cómo enfrentar la injusticia sin perder la dignidad, sobre cómo aceptar la mortalidad sin renunciar a la vida. En ellas resuena no solo el dolor de dos hombres, sino también la esperanza de que sus muertes sirvan para algo más.

Como escribió Vanzetti en su última carta: “Nuestra muerte no será en vano; nuestra memoria vivirá en la lucha de los que vengan después de nosotros.” Y tenía razón. Porque, casi un siglo después, seguimos hablando de ellos, seguimos leyendo sus palabras y seguimos recordando su historia. Y mientras lo hagamos, Sacco y Vanzetti no habrán muerto del todo.

José Luis Farías

La líder de las fuerzas democráticas de Venezuela, María Corina Machado, envió un mensaje que le da la vuelta al mundo.

La Patilla

“Derrotamos al régimen y vamos a cobrar nuestra victoria”, escribió Machado en sus redes sociales.

Machado ha reiterado en otras oportunidades que está viendo a Maduro “más débil, más aislado y más fracturado en sus propias estructuras internas”, porque explicó que “se están matando” entre las distintas facciones que conforman el sistema de poder.

“Son los síntomas de una estructura en su fase terminal”, afirmó la líder nacional, pero que también “es el momento de mayor peligro” por “su carácter criminal”.

La situación de los trabajadores en Venezuela no puede calificarse sino de “paupérrima”, debido a las condiciones en que estos se encuentran hoy en día, según el abogado especialista en materia laboral, Ramón López. Para nadie es un secreto que la nación ocupa el último lugar en el ranking salarial de Latinoamérica, con sueldos por debajo, incluso, de Cuba y Haití.

La Patilla

El régimen de Nicolás Maduro, a pesar llamarse “obrerista” y defensor de la clase trabajadora, mantiene el mismo salario mínimo desde marzo de 2022, es decir, 130 bolívares. Para ese momento este monto equivalía a unos 30 dólares mensuales. Ese salario a la tasa del Banco Central de Venezuela, del 5 de diciembre de 2024, solo equivale a 2,70 dólares.

Dada la dolarización de facto que vive el país, algunos comercios paga a sus empleados en moneda estadounidense o su equivalente en bolívares, pero la gran mayoría remuneran a sus trabajadores con montos que apenas alcanzan para comprar alimentos. A pesar de la mala paga, los trabajadores son sometidos a horarios esclavizantes de 12 horas diarias y apenas un día libre a la semana.

Tal es el caso de quienes laboran en abastos y supermercados asiáticos, más conocidos como “los chinos” que, por ejemplo, en el caso de Maturín, el promedio que gana un trabajador a la semana oscila entre 38 y 40 dólares. Quienes laboran en este tipo de establecimientos no cuentan con un contrato colectivo, vacaciones o pago de utilidades, muy a pesar de estar contemplado en la Ley Orgánica del Trabajo, los Trabajadores y las Trabajadoras (Lottt) que el chavismo modificó en el año 2012.

Según establece el artículo 173 de la Lottt, la jornada laboral de un trabajador debe ser de cinco días a la semana, ocho horas diarias, que no podrá exceder de las 40 horas semanales, por lo que el empleado tendrá derecho a dos días de descanso continuos y remunerados.

Según datos de la agencia Bloomberg Línea, en julio de este año, Venezuela ocupaba el último lugar de los países de Latinoamérica por tener el salario mínimo más bajo, posición que mantiene, pues actualmente ronda los 2,70 dólares mensuales.

No obstante, en la práctica, la realidad es muy distinta: quienes laboran en supermercados asiáticos, apenas tienen un solo día libre a la semana y el promedio de una jornada diaria es de 12 horas, sin que reciban pagos por horas extras ni nocturnas.

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Andrea Estefany Berríos Martínez, una mujer de 28 años nacida en el estado Táchira, se encontraba en Estados Unidos hacía algunos meses cuando le diagnosticaron leucemia lifoblástica. El desafortunado diagnóstico de los médicos fue que le quedaban 2 semanas de vida, por lo que le recomendaron buscar a sus seres queridos.

El Pitazo

La dura batalla contra su enfermedad se transformó en el deseo de volver a reunirse con su familia, especialmente con su único hijo, Kirwin, de 9 años.

Durante los últimos días de su vida, Andrea Berríos concentró sus fuerzas en volver a Venezuela, algo que parecía imposible, pues había perdido su pasaporte y el trámite del salvoconducto exigido por el gobierno de Nicolás Maduro para ingresar al país estaba llevando mucho tiempo.

Su conmovedora historia hizo que varios influencers buscaran la manera de ayudarla a cumplir su último deseo y, después de todos los trámites de migración, logró llegar al municipio tachirense de Palmira, reseña el medio La Nación.

Andrea Berríos arribó a Palmira hace 10 días para estrechar en sus brazos a su pequeño hijo, quien al verla cruzar las puertas de salida corrió a entregarle un ramo de flores.

Su último deseo se hizo realidad, pudo reencontrarse con su familia en sus últimos días de vida. Murió en el Hospital Dr. Patrocinio Peñuela Ruiz de San Cristóbal, Táchira, a las 2:30 a.m. de este 6 de diciembre.

Neuralink, empresa fundada por Elon Musk, avanza en la carrera de los implantes cerebrales. Además de conectar máquinas con el cerebro de pacientes, Musk ha anunciado un gran adelanto en su proyecto de devolver la visión a personas ciegas con Blindsight. Neuralink compite con otros proyectos de largo recorrido como Synchron que recientemente ha conseguido que un paciente con ELA utilice su mente para controlar a Alexa de Amazon.

El Español

La Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) ha otorgado la etiqueta de innovación a Blindsight. El dispositivo experimental «permitirá ver incluso a aquellos que han perdido ambos ojos y su nervio óptico», ha dicho Musk en una publicación en su red social X.

Blindsight es el segundo producto implantable que está desarrollando la empresa después de Telepathy. Este último es el implante que Neuralink ha colocado en dos pacientes hasta ahora, con el objetivo de otorgarles la capacidad de controlar máquinas con la mente. Aunque el primer intento sufrió complicaciones tras la operación, el segundo paciente, afectado de una lesión en la médula espinal, ha puesto a prueba esta tecnología jugando a videojuegos y aprender a diseñar objetos 3D.

La FDA otorga la etiqueta de innovación a aquellos dispositivos médicos que brindan tratamiento o diagnóstico de afecciones potencialmente mortales. El objetivo de esta etiqueta es acelerar el desarrollo y la revisión de estos prototipos que se encuentran actualmente en desarrollo.

Aunque de Blindsight no hay mucha información aún, los implantes presentados por la empresa consisten en un chip que procesa y transmite señales neuronales que podrían transmitirse a dispositivos como una computadora o un teléfono. «Si la corteza visual está intacta, permitirá incluso a quienes han sido ciegos de nacimiento ver por primera vez», continúan explicando Elon Musk en su perfil de X. «Para establecer las expectativas correctamente, la visión será al principio de baja resolución, como los gráficos de Atari, pero con el tiempo tendrá el potencial de ser mejor que la visión natural y permitirle ver en longitudes de onda infrarrojas, ultravioleta o incluso de radar, como Geordi La Forge».

[Las claves de Neuralink, el polémico proyecto de chips cerebrales que Elon Musk ha probado en un humano]
Esas cualidades que Musk compara con las del personaje de la serie de ciencia ficción, Stark Trek, de convertirse en realidad, serán una posibilidad del futuro a largo plazo. En el desarrollo de este chip es necesaria una fase de ensayo con varios pacientes para evaluar su dispositivo en un estudio que se estima que tardará varios años en completarse, según los detalles de la base de datos de ensayos clínicos del gobierno de EEUU, informa Reuters.

Neuralink anima en su anuncio a quienes quieran probar la tecnología a apuntarse a su programa de pacientes, pero, por el momento, su web solo busca personas con cuadriplejia que puedan probar Telepathy. La FDA todavía debería dar la aprobación para hacer pruebas con humanos con Blindsight como ocurrió con el otro implante de la empresa a principios de año.

El asedio sistemático por parte del Régimen de Nicolás Maduro a la embajada de Argentina en Caracas, actualmente bajo custodia del gobierno de Brasil, a través de los Agentes del DAET y del SEBIN, implica no solo una violación al principio de Derecho Internacional Público de inviolabilidad de las sedes diplomáticas, sino además una violación al Derecho Internacional Humanitario y al propio derecho humano al Asilo Político de Magallí Meda, Claudia Macero, Pedro Urruchurtu, Humberto Villalobos, Omar González y Fernando Martinez Mottola, integrantes todos del círculo más cercano de la líder María Corina Machado reconocida recientemente con el Premio Sájarov a la Libertad de Conciencia, entre otros.

El Régimen de Maduro durante el asedio a la embajada, no solo ha cortado los servicios básicos de electricidad y agua potable, sino ahora agrega también a sus métodos de acoso y violencia, la limitación al acceso a los alimentos, generando además el terror entre los vecinos del sector donde se encuentra la residencia de la embajada, al confiscar ilegalmente tres de las casas aledañas, al limitar el acceso a las calles aledañas, con miras a perfeccionar la persecución. Prácticas de Terrorismo de Estado solo comparables a las sufridas por el pueblo europeo durante las invasiones de la Alemania Nazi.

En vista a la grave violación a los derechos humanos a la que están expuestos los asilados en la embajada de Argentina, es moralmente impostergable para la Santa Sede, que particular a través de Monseñor Pietro Parolin, Secretario de Estado del Vaticano y de Monseñor Alberto Ortega Martín, Nuncio Apostólico en Venezuela, en ejercicio de sus deberes pastorales y apostólicos, exijan al Régimen de Maduro el inmediato cese del asedio a la embajada de Argentina (país natal del Papa Francisco vale recordar), y la emisión inmediata con carácter de urgencia de los salvoconductos necesarios para la salida pacífica del país de los compañeros asilados.

Sabemos que, hasta ahora, quienes se han pronunciado (como siempre lo han hecho y el pueblo católico venezolano lo agradece), es la Conferencia Episcopal Venezolana. Para los no católicos: el concierto de Obispos de las Diócesis de Venezuela. Pero consideramos fundamental, repetimos, la propia intervención de la Santa Sede, por su alcance diplomático universal.

Con igual ímpetu, como venezolanos y católicos, solicitamos asimismo a la Iglesia Católica y a los gobiernos democráticos del mundo que están del lado de la Libertad, la Justicia y los Derechos Humanos, aboguen por la liberación de todos los presos políticos. Vale recordar que todas las voces de influencia en el mundo son responsables por omisión, ante la sistemática violación de los derechos humanos en Venezuela.

¡LIBERTAD YA PARA TODOS LOS PERSEGUIDOS POLÍTICOS EN VENEZUELA!

Miami, 7 de diciembre de 2024.

Edgard Simón Rodríguez

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