Morfema Press

Es lo que es

Armando Esteban Quito

El debate televisivo entre la carta oficialista, Jeannette Jara y el timonel republicano, José Antonio Kast, organizado por la Asociación Nacional de Televisión de Chile (Anatel), el último previo al balotaje presidencial este domingo 14.

Biobio

El debate se extendió por dos horas y media y se trataron nueve temas divididos en bloques, en los que no faltaron los dimes y diretes. Los candidatos tuvieron una cantidad de minutos para responder cada pregunta y también hubo preguntas cruzadas y un cierre para que cada uno.

Las reglas fueron estrictas: los candidatos solo podían tener en sus manos un lápiz y un papel y no pudieron utilizar ningún tipo de dispositivo electrónico.

Ante la pregunta «¿Qué le parece el premio Nobel de la Paz para María Corina Machado?» Jara respondió: “Es evidente que hay opiniones distintas respecto de la señora Machado. Yo no la conozco, solo sé lo que llega por la televisión y sé que ha tenido ciertos intentonas golpistas, así como también ha tratado de promover elecciones libres”, agregó la abanderada de Unidad por Chile.

Su declaración fue interrumpida de inmediato por su contendor José Antonio Kast, quien intervino para preguntar: “Perdón, Jeannette. ¿Dijiste que María Corina Machado tuvo una intentona golpista?”.

Ante la consulta de Kast, Jeannette Jara respondió que “bueno, eso es lo que dicen los medios de comunicación. Te estoy explicando las dos cosas, lo que dicen los medios de comunicación y que otros dicen que ha intentado llegar por elecciones al poder”.

Kast se tomó unos segundos antes de abordar el tema y manifestar su posición. El candidato expresó que “el premio que ha recibido María Corina Machado nos enorgullece a todos, porque pone en evidencia que hay un narco dictador en Venezuela que impide la democracia libre“.

El intercambio marcó uno de los momentos más polémicos del debate, centrado en la figura internacional de María Corina Machado.

Un grupo de militantes del gobernante Partido Libertad y Refundación (Libre, izquierda) de Honduras protestó este martes 9 de diciembre en Tegucigalpa en rechazo a los resultados de las elecciones generales y a lo que califica de un golpe electoral «en marcha».

EFE

Los manifestantes, convocados por el expresidente y coordinador general de Libre, Manuel Zelaya, se apostaron frente al estatal Instituto Nacional de Formación Profesional (INFOP), donde funciona el centro de recepción y despacho de material del Consejo Nacional Electoral (CNE).

«Los colectivos de los 23 territorios de Tegucigalpa y Comayagüela deben movilizarse de inmediato al INFOP. Nuestra candidata Rixi Moncada y @PartidoLibre no aceptan los resultados del TREP, fracasado y fraudulento de los 26 audios», dijo Zelaya, quien es esposo y principal asesor de la presidenta Xiomara Castro.

Zelaya agregó que el alcalde de Tegucigalpa, Jorge Aldana, quien busca la reelección y participó en la protesta, «ganó las elecciones y está con las actas en mano, exigiendo el conteo de acta x acta y voto x voto».

«Aquí vamos a permanecer vigilando los votos, para que se cuenten todos de manera pública», dijo Aldana, quien además solicitó a las autoridades electorales un escrutinio especial de la fórmula municipal.

«El código fuente del TREP (sistema de Transmisión de Resultados Preliminares) fue violado y está en marcha un Golpe electoral. Exigimos cárcel para los violadores y sus beneficiarios», enfatizó Zelaya.

El Partido Libre «no reconoce» los resultados de las elecciones por la supuesta «injerencia y coacción» del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien ha expresado su apoyo público al candidato presidencial, Nasry ‘Tito’ Asfura, del conservador Partido Nacional.

Minutos después de la convocatoria de Zelaya, la presidenta del CNE, Ana Paola Hall, solicitó al jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas, Roosevelt Hernández, que «resguarde urgentemente» al personal del ente electoral, el material y las instalaciones del INFOP.

«He solicitado al Jefe del Estado Mayor Conjunto que, en cumplimiento de su mandato constitucional, resguarde urgentemente al personal del CNE, el material electoral de Elecciones Generales 2025 y las instalaciones referidas», subrayó Hall.

Según el último cómputo del CNE, que no varía desde la pasada medianoche, Asfura encabeza los resultados con 1.298.835 votos (40,52 %), contra los 1.256.428 sufragios (39,48 %) del aspirante Salvador Nasralla, del conservador Partido Liberal.

La candidata del Partido, Rixi Moncada, ha quedado relegada a un distante tercer puesto, con 618.448 papeletas (19,29 %), lejos de sus encuestas que daban una ventaja frente a los dos candidatos conservadores.

La líder opositora venezolana María Corina Machado, actualmente en la clandestinidad, se suma a la lista de ganadores del Premio Nobel de la Paz que no pudieron asistir a la ceremonia de Oslo. Varios laureados enfrentaron prisión, prohibiciones de viaje, persecución política o riesgo de represalias, por lo que enviaron representantes o dejaron una silla vacía como señal de protesta.

Por: Sebastián Bruno Martínez – Infobae

A continuación, se detallan los casos documentados por el Comité del Nobel y por los propios familiares y allegados de cada galardonado.

En 2023, la activista iraní Narges Mohammadi celebró su Nobel desde la prisión de Evin, en Teherán. Activistas y familiares confirmaron que Mohammadi, reconocida por su campaña contra el uso obligatorio del hijab y contra la pena de muerte en Irán, permaneció detenida durante la ceremonia.

La activista iraní Narges MohammadiLa activista iraní Narges Mohammadi

Sus hijos gemelos, exiliados en Francia, la representaron en Oslo. Leyeron un discurso que ella había logrado sacar de forma clandestina desde su celda. Mohammadi permaneció encarcelada desde 2021 y obtuvo en diciembre de 2024 una licencia médica temporal, según su entorno. Uno de sus hijos declaró: “Mi madre pidió que su voz llegara a Oslo aunque no pudiera estar presente”.

En 2022, el activista bielorruso Ales Bialiatski tampoco asistió. El fundador de la organización de derechos humanos Viasna cumplía prisión en Bielorrusia y estaba representado por su esposa, Natalia Pinchuk.

El activista bielorruso Ales BialiatskiEl activista bielorruso Ales Bialiatski (AP)

Bialiatski había sido condenado a diez años por “tráfico de divisas”, cargo denunciado por organizaciones internacionales. Pinchuk afirmó en la ceremonia: “Ales continúa su lucha por los derechos humanos desde la cárcel.”

En 2010, la ausencia más simbólica fue la del disidente chino Liu Xiaobo. Condenado a once años por “subversión”, no recibió permiso para viajar. Su silla permaneció vacía en el escenario con el diploma y la medalla. Su esposa, Liu Xia, quedó bajo arresto domiciliario después de anunciarse el premio. Sus hermanos tampoco pudieron salir de China.

El destacado intelectual disidente LiuEl destacado intelectual disidente Liu Xiaobo fotografiado durante una entrevista el 5 de marzo de 1995 (REUTERS/Will Burgess)

Liu, quien participó en las manifestaciones de Tiananmén de 1989, murió en 2017 de cáncer de hígado tras ser trasladado desde la prisión a un hospital. En su discurso leído por el comité, se recordó su frase: “No tengo enemigos y no tengo odio”.

En 1991, Aung San Suu Kyi ganó el Nobel mientras permanecía bajo arresto domiciliario en Myanmar. Aunque tenía permiso para viajar, se negó por temor a que la junta militar le impidiera volver al país. Sus hijos y su esposo la representaron y recibieron el premio.

Aung San Suu Kyi ganóAung San Suu Kyi ganó el Nobel mientras permanecía bajo arresto domiciliario en Myanmar (REUTERS/Jorge Silva)

En el escenario, también se colocó una silla vacía como referencia explícita a su confinamiento. Su familia expresó: “Ella priorizó su compromiso con Myanmar por encima del reconocimiento internacional”.

En 1983, Lech Walesa, dirigente sindical polaco y fundador de Solidaridad, decidió no viajar a Oslo. Temía que las autoridades comunistas le negaran el reingreso a Polonia. Su esposa, Danuta, y uno de sus hijos lo representaron durante la ceremonia.

Lech Walesa, dirigente sindical polacoLech Walesa, dirigente sindical polaco y fundador de Solidaridad (REUTERS)

Walesa indicó mediante un mensaje transmitido por sus allegados: “Mi lugar está con mis compañeros de trabajo en Polonia”.

En 1975, el físico soviético Andréi Sájarov tampoco recibió autorización para viajar. Las autoridades de la URSS le prohibieron salir del país. Su esposa, Elena Bonner, lo representó en Oslo. El Comité del Nobel destacó su “valiente compromiso personal con la defensa de los principios fundamentales de la paz entre los hombres”.

El premio de 1973 tuvo dos ausencias simultáneas. Henry Kissinger y Le Duc Tho habían sido seleccionados tras el acuerdo de alto el fuego en Vietnam. Le Duc Tho rechazó el premio alegando que el cese del fuego no se cumplió.

El físico nuclear soviético disidenteEl físico nuclear soviético disidente Andrei D. Sajarov posaba sonriente tras conocer la noticia de que había sido galardonado con el Premio Nobel de la Paz 1975. EFE/svb./Archivo

Kissinger decidió no viajar para evitar protestas. El comité recordó la explicación oficial de Tho: “La paz aún no se estableció.”

Finalmente, en 1935, Carl von Ossietzky ganó el Nobel mientras estaba preso en un campo de concentración nazi. Había sido detenido tras la redada contra opositores luego del incendio del Reichstag. No pudo recibir el premio.

Posteriormente, un abogado estafó a su familia para quedarse con el dinero del Nobel y fue condenado a trabajos forzados. Von Ossietzky murió en cautiverio en 1938. En declaraciones recuperadas por sus allegados, expresó: “Mi conciencia no me permite callar”.

Las ausencias de estos laureados muestran un patrón: gobiernos que restringen libertades y bloquean a quienes reciben reconocimiento internacional. El caso de Machado se suma a esa lista documentada de impedimentos, censuras y persecuciones que marcaron diversas ceremonias del Nobel de la Paz.

La entrega del Premio Nobel de la Paz 2025 a María Corina Machado, recibido por su hija Ana Corina Sosa Machado en Oslo, se convirtió en un testimonio de la resistencia venezolana y en una reflexión sobre el significado universal de la libertad.

Infobae

En su discurso, leído por su hija, Machado situó el relato en la travesía colectiva de su país.

“He venido a contarles una historia, la historia de un pueblo y su larga marcha hacia la libertad. Esa marcha me trae hoy aquí, como una voz entre millones de venezolanos que se han levantado una vez más para reclamar el destino que siempre les ha pertenecido”, afirmó María Corina Machado en sus palabras.

Machado relató cómo la represión y la división social se convirtieron en herramientas del régimen.

“El régimen se propuso dividirnos: por nuestras ideas, por raza, por origen, por la forma de vida. Quisieron que los venezolanos desconfiáramos unos de otros, que nos calláramos, que nos viéramos como enemigos. Nos asfixiaron, nos encarcelaron, nos mataron, nos empujaron al exilio”, afirmó.

El reconocimiento fue dedicado a los protagonistas anónimos de la resistencia: “A los millones de venezolanos anónimos que arriesgaron sus hogares, sus familias y sus vidas por amor. Ese mismo amor del que nace la paz, el que nos sostuvo cuando todo parecía perdido y que hoy nos une y nos guía hacia la libertad. A ellos pertenece este honor. A ellos pertenece este día. A ellos pertenece el futuro”, proclamó María Corina Machado en Oslo.

Discurso de aceptación de la ganadora del Premio Nobel de la Paz de 2025 Maria Corina Machado
Representada por Ana Corina Sosa Machado

Oslo, 10 de diciembre de 2025.
Sus Majestades, Altezas Reales, distinguidos miembros del Comité Nobel, ciudadanos del mundo, mis queridos venezolanos:

He venido a contarles una historia, la historia de un pueblo y su larga marcha hacia la libertad. Esa marcha me trae hoy aquí, como una voz entre millones de venezolanos que se han levantado una vez más para reclamar el destino que siempre les ha pertenecido.

Venezuela nació de la audacia, moldeada por una fusión de pueblos y culturas. De España heredamos una lengua, una fe y una cultura que se hermanaron con nuestras raíces ancestrales indígenas y africanas. En 1811 escribimos la primera constitución del mundo hispano, una de las primeras constituciones republicanas de la Tierra. Allí afirmamos una idea radical: que cada ser humano posee una dignidad soberana. Esa constitución consagró la ciudadanía, los derechos individuales, la libertad religiosa y la separación de poderes.

Nuestros antepasados cargaron la libertad sobre sus hombros. Cruzaron un continente entero, desde las orillas del Orinoco hasta las alturas del Potosí, convencidos de que la libertad nunca está completa si no es compartida. Desde el principio creímos en algo tan simple como inmenso: que todos los seres humanos nacen para ser libres. Esa convicción se convirtió en el alma de nuestra nación.

En el siglo XX nuestra tierra floreció. En 1922, durante nueve días, se produjo el Reventón de La Rosa, en Cabimas, Estado Zulia, y de allí manaron el petróleo y grandes posibilidades. En tiempos de paz, convertimos esa riqueza repentina en un motor de conocimiento y de imaginación. Con el ingenio de nuestros científicos erradicamos enfermedades, fundamos universidades de prestigio mundial, museos y salas de conciertos, y enviamos miles de jóvenes venezolanos a estudiar en el exterior, confiando en que sus mentes libres regresarían a transformar el país. Nuestras ciudades se llenaron con el arte cinético de Soto y de Cruz-Diez. Forjamos acero, aluminio e hidroelectricidad, demostrando que Venezuela era capaz de construir todo lo que se atreviera a soñar.

También fuimos refugio. Abrimos los brazos a migrantes y exiliados de todos los rincones del mundo: españoles que huían de la guerra civil, italianos y portugueses escapando de la pobreza y las dictaduras, judíos que dejaban atrás el Holocausto, chilenos, argentinos y uruguayos que huían de los regímenes militares, cubanos que repudiaban el comunismo y familias enteras de Colombia, Líbano y Siria que buscaban la paz. Les dimos hogar, escuela y seguridad, y todos ellos se hicieron venezolanos.

Esta es Venezuela.

Construimos una democracia que se convirtió en la más estable de América Latina, desatando toda la fuerza creadora de la libertad.

Pero incluso la democracia más fuerte se debilita cuando sus ciudadanos olvidan que la libertad no es algo que debamos esperar, sino algo a lo que debemos dar vida. Es una decisión personal, consciente, cuya práctica cotidiana moldea una ética ciudadana que debe renovarse cada día.

La concentración total de la renta petrolera en manos del Estado generó incentivos perversos y le dio al poder gubernamental un control inmenso sobre la sociedad, que terminó traduciéndose en privilegios, clientelismo y corrupción.

Yo tuve la fortuna de crecer junto a un padre que dedicó su vida a construir, a crear y a servir. De él aprendí que amar a Venezuela significa asumir la responsabilidad de su destino; sin embargo, como sociedad no supimos hacerlo a tiempo.

Cuando comprendimos cuán frágiles se habían vuelto nuestras instituciones, ya era tarde. El cabecilla de un golpe militar contra la democracia fue elegido presidente, y muchos pensaron que el carisma podía sustituir el Estado de derecho.

Desde 1999, el régimen se dedicó a desmantelar nuestra democracia: violó la Constitución, falsificó nuestra historia, corrompió a las Fuerzas Armadas, purgó a los jueces independientes, censuró a la prensa, manipuló las elecciones, persiguió la disidencia y devastó nuestra biodiversidad.

La riqueza petrolera no se usó para liberar, sino para someter. Se repartieron lavadoras y neveras en televisión nacional a familias que vivían sobre pisos de tierra, no como símbolo de progreso, sino como espectáculo. Apartamentos destinados a la vivienda social se entregaban a unos pocos como recompensa condicionada a la obediencia.

Y entonces llegó la ruina: una corrupción obscena, un saqueo histórico. Durante los años del régimen, Venezuela recibió más ingresos petroleros que en todo el siglo anterior. Nos lo arrebataron todo.

El dinero del petróleo se convirtió en un arma para comprar lealtades en el exterior, mientras el Estado se fusionaba con el crimen organizado y con grupos terroristas internacionales.

La economía colapsó más de un ochenta por ciento, la pobreza superó el ochenta y seis por ciento, y nueve millones de venezolanos se vieron obligados a huir.

No son solo cifras; son heridas abiertas.

Pero más profundo y corrosivo que la destrucción material fue el método calculado para quebrarnos por dentro. El régimen se propuso dividirnos: por nuestras ideas, por raza, por origen, por la forma de vida. Quisieron que los venezolanos desconfiáramos unos de otros, que nos calláramos, que nos viéramos comos enemigos. Nos asfixiaron, nos encarcelaron, nos mataron, nos empujaron al exilio.

Han sido casi tres décadas de lucha contra una dictadura brutal, y lo hemos intentado todo: diálogos traicionados, protestas multitudinarias reprimidas, elecciones manipuladas. La esperanza se derrumbó, y con ella se fue apagando la fe en que algo pudiera cambiar. La posibilidad de un cambio se volvió una ingenuidad o una locura.

Y, sin embargo, desde lo más hondo de ese abismo, un paso que parecía pequeño, casi burocrático, desató una fuerza que cambió el rumbo de nuestra historia. Decidimos, contra todo pronóstico, realizar una elección primaria, un acto de rebelión improbable. Decidimos confiar en la gente.

Para reencontrarnos, recorrimos el país por carretera y por caminos de tierra, en una Venezuela sin gasolina, con apagones diarios y con las comunicaciones colapsadas.

Sin recursos, sin publicidad y sin medios de comunicación dispuestos a mencionar nuestros nombres, avanzamos armados únicamente de convicción. El boca a boca se convirtió en nuestra red de esperanza y se extendió más rápido que cualquier campaña, porque el deseo de libertad seguía vivo dentro de nosotros.

La migración forzada, que buscaba fracturarnos, terminó uniéndonos en torno a un propósito sagrado: reunir a nuestras familias en nuestra tierra.

Muchos abuelos me confesaron que su mayor miedo era morir sin conocer a sus nietos vivían en el exterior. Niñas, con voces demasiado tenues para tanto dolor, me pedían que trajera de vuelta a sus madres y hermanos dispersos por el mundo. Nuestro dolor se unió en un solo latido: traer a nuestros hijos de regreso a casa.

Y, como si ese amor compartido abriera caminos, comenzaron a ocurrir pequeños milagros.

En mayo de 2023, durante un acto de campaña en el pueblo de Nirgua, se me acercó una maestra llamada Carmen. Me contó que había visto allí a su jefa de calle, una operadora del régimen que decide, casa por casa, a quién se le da una bolsa de comida y a quién se castiga con el hambre.

Sorprendida, Carmen le preguntó: “¿Qué haces aquí?” Y la mujer le respondió: “Mi único hijo, que se fue a Perú, me pidió que viniera hoy. Me dijo que, si ustedes ganan, él regresará. Dime qué tengo que hacer.” Ese día, el amor venció al miedo.

Dos semanas después llegamos a Delicias, un pequeño caserío tomado por la guerrilla colombiana y por el narcotráfico, donde ni una gallina puede venderse sin permiso de los criminales. Ningún candidato había estado allí desde 1978. Mientras subíamos la montaña, vi banderas de Venezuela ondeando en cada una de aquellas humildes casas. Pregunté, ingenuamente, si era un día de fiesta nacional. Alguien me susurró: “No. Aquí la bandera se mantiene escondida. Sacarla es peligroso. Hoy la gente la alzó para darte las gracias por atreverte a venir. Tú te irás, pero nosotros nos quedamos, marcados.” Ese día, familias enteras confrontaron a los grupos armados que dominaban sus vidas. Y cuando cantamos juntos el himno nacional, la soberanía renació en la forma de un coro frágil y desafiante. Ese día, el coraje venció a la opresión.

Nuestros encuentros se transformaron en reuniones íntimas de miles de personas, donde nos abrazábamos, llorábamos y rezábamos. Comprendimos que nuestra lucha iba mucho más allá de una elección. Era una lucha ética, por la verdad; una lucha existencial, por la vida; y una lucha espiritual, por el bien.

Faltaba menos de un año para la elección presidencial, y nuestro deber era unir a todas las fuerzas democráticas y recuperar la confianza en el voto. Con las primarias lo logramos. Fue un esfuerzo cívico y autogestionado que levantó una red ciudadana en todo el país, como nunca antes en Venezuela.

Así fue como, el 22 de octubre de 2023, contra todo pronóstico, Venezuela despertó.

La diáspora, que ya era un tercio de la nación, reclamó su derecho a votar. El hijo que se fue votó junto a la madre que se quedó, y las filas se extendían por cuadras mientras las papeletas de votación se agotaban. Confiamos en la gente, y la gente volvió a confiar en nosotros.

Lo que comenzó como un mecanismo para legitimar liderazgos se transformó en el renacer de la confianza de un país en sí mismo. Ese día recibí un mandato, una responsabilidad que trascendía cualquier ambición personal. Entendí el profundo peso de la tarea que me había sido confiada.

Pero el régimen, amenazado por esa verdad, me prohibió postularme a la presidencia. Fue un golpe duro, pero los mandatos no pertenecen a las personas, pertenecen al pueblo. Entonces salimos a buscar a quien pudiera tomar mi lugar.

Edmundo González Urrutia, un diplomático sereno y valiente, dio un paso al frente. El régimen creyó que no representaba una amenaza. Subestimaron la determinación de millones de ciudadanos, una sociedad plural, que desde la riqueza de su diversidad se unió en torno a un propósito común. Comunidades, partidos políticos, sindicatos, estudiantes y sociedad civil trabajaron juntos para que se escuchara la voz de la nación.

Faltaban tres meses para el día de la elección, y pocos conocían nuestro candidato.

Además, no bastaba con obtener los votos; había que defenderlos. Durante más de un año habíamos estado construyendo la infraestructura para hacerlo: seiscientos mil voluntarios en treinta mil centros de votación, aplicaciones para escanear códigos QR, plataformas digitales y centros de llamadas desde la diáspora. Desplegamos escáneres, antenas de Starlink y computadoras escondidas en camiones de frutas para llegar a los rincones más remotos del país. La tecnología se convirtió en una herramienta para la libertad.

Las sesiones de entrenamiento se hacían en secreto, al amanecer, en salones prestados por las iglesias, en sótanos y en cocinas, con materiales impresos que cruzaban el país de mano en mano, como si se tratara de una operación de contrabando.

Finalmente llegó el día de la elección, el 28 de Julio 2024. Antes del amanecer ya había filas que daban la vuelta a las cuadras, y en el aire se sentía una esperanza temblorosa y contenida. Nuestro sistema de seguimiento en tiempo real mostraba una participación creciente en cada estado y en cada pueblo. Luego comenzaron a llegar las actas electorales, la prueba sagrada de la voluntad del pueblo: primero por teléfono, luego por mensajes, después en fotografías, más tarde escaneadas y finalmente llevadas a pie, en moto, en mula o incluso en canoa.

Llegaban desde todas partes. La verdad emergía por doquier, mientras miles de ciudadanos arriesgaban su libertad para proteger aquellas actas.

Frente a la irrupción de nuestra victoria abrumadora, el régimen emitió una orden desesperada: los soldados debían expulsar a nuestros testigos de los centros de votación e impedir que recibieran las actas originales a las que tenían derecho por ley. Pero los soldados desobedecieron.

Edmundo González ganó con el sesenta y siete por ciento de los votos, en cada estado, ciudad y pueblo. Todas las actas contaban la misma historia. En cuestión de horas logramos digitalizarlas y publicarlas en una página web, para que el mundo entero pudiera verlas.

La dictadura respondió aplicando el terror. Dos mil quinientas personas fueron secuestradas, desaparecidas o torturadas. Marcaron sus casas, tomaron a familias enteras como rehenes. Sacerdotes, maestros, enfermeras, estudiantes: todos perseguidos por compartir un acta electoral. Crímenes de lesa humanidad, documentados por las Naciones Unidas; terrorismo de Estado, usado para enterrar la voluntad del pueblo.

A más de doscientos veinte adolescentes detenidos tras las elecciones los electrocutaron, golpearon y asfixiaron hasta forzarlos a decir la mentira que el régimen necesitaba difundir: que habían sido pagados por mí para protestar. Mujeres y adolescentes encarceladas siguen hoy sometidas a esclavitud sexual, obligadas a soportar abusos a cambio de una visita familiar, una comida o el simple derecho a bañarse.

Aun así, el pueblo venezolano no se rinde.

Durante estos dieciséis meses en la clandestinidad hemos construido nuevas redes de presión cívica y de desobediencia disciplinada, preparándonos para una transición ordenada hacia la democracia.

Así llegamos hasta el día de hoy, en el que resuena el clamor de millones de venezolanos que ya sienten cercana su libertad.

Este premio tiene un significado profundo: le recuerda al mundo que la democracia es esencial para la paz. Y lo más importante, el principal aprendizaje que los venezolanos podemos compartir con el mundo es la lección forjada a través de este largo y difícil camino: si queremos tener democracia, debemos estar dispuestos a luchar por la libertad.

La libertad se conquista cada día, en la medida en que estemos dispuestos a luchar por ella. Esa es la razón por la cual la causa de Venezuela trasciende nuestras fronteras. Un pueblo que elige ser libre no solo se libera a sí mismo, sino que contribuye con toda la humanidad.

Solo es posible alcanzar la libertad cuando decidimos no vivir de espaldas a nosotros mismos; cuando afrontamos la verdad, por dura que sea; cuando el amor a lo que realmente importa nos inspira el coraje necesario para perseverar y prevalecer. Solo al alcanzar esa coherencia interior, esa integridad vital, logramos estar a la altura de nuestro destino. Solo entonces llegamos a ser quienes realmente somos y podemos vivir una vida que valga la pena vivir.

En esta larga y dura travesía, los venezolanos hemos ganado certezas del alma, verdades profundas que le han dado un sentido trascendente a nuestras vidas y que nos preparan para construir un gran futuro en paz.

Por eso la paz es, en última instancia, un acto de amor. Y ese amor ya ha puesto en marcha nuestro futuro.

Venezuela volverá a respirar. Abriremos las puertas de las cárceles y veremos salir el sol a miles de inocentes que fueron encarcelados injustamente, abrazados al fin por quienes nunca dejaron de luchar por ellos. Veremos a las abuelas sentar a sus nietos en sus piernas para contarles historias, no de héroes lejanos, sino del valor de sus propios padres. Veremos a nuestros estudiantes debatir con pasión, sin miedo, con sus voces al fin libres. Volveremos a abrazarnos, a enamorarnos, a oír nuestras calles llenas de risas y de música.

Todas las alegrías simples que el mundo da por sentadas volverán a ser nuestras.

Mis queridos venezolanos, el mundo ha quedado maravillado por lo que hemos logrado. Y pronto presenciará una de las imágenes más conmovedoras de nuestro tiempo: el regreso de los nuestros a casa.

Yo estaré allí, nuevamente, en el puente Simón Bolívar, en la frontera con Colombia, donde una vez lloré entre los miles que se iban, para recibirlos de vuelta a la vida luminosa que nos espera. Porque, al final, nuestro viaje hacia la libertad siempre ha vivido dentro de nosotros. Estamos regresando a nosotros mismos. Estamos regresando a casa.

Permítanme rendir homenaje a los héroes de este camino. A nuestros presos políticos, a los perseguidos, a sus familias y a todos los que defienden los derechos humanos. A quienes nos protegieron, nos alimentaron y lo arriesgaron todo por cuidarnos. A los periodistas que se negaron a callar. A los artistas que llevaron nuestra voz al mundo. A mi equipo extraordinario, a mis maestros, a mis compañeros activistas políticos y sociales. A los líderes del mundo que nos acompañaron y defendieron nuestra causa. A mis tres hijos, a mí papá adorado, a mi mamá, a mis tres hermanas y a mi valiente y querido esposo, quiénes me han sostenido durante toda mi vida.

Y, sobre todo, a los millones de venezolanos anónimos que arriesgaron sus hogares, sus familias y sus vidas por amor. Ese mismo amor del que nace la paz, el que nos sostuvo cuando todo parecía perdido y que hoy nos une y nos guía hacia la libertad.

A ellos pertenece este honor. A ellos pertenece este día. A ellos pertenece el futuro. Seguimos de la mano de Dios.

El presidente del Comité Noruego del Nobel, Jørgen Watne Frydnes, acusó el miércoles a una red de regímenes autoritarios y grupos aliados —incluidos Cuba, Rusia, Irán, China y Hezbollah— de proporcionar al régimen venezolano de Nicolás Maduro los medios para fortalecer su aparato de control y represión.

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Durante la ceremonia de entrega del Premio Nobel de la Paz 2025 a la líder opositora venezolana María Corina Machado, Frydnes destacó cómo los regímenes autocráticos están aprendiendo unos de otros y compartiendo herramientas de coerción.

“Los regímenes autoritarios aprenden unos de otros. Comparten tecnologías y sistemas de propaganda,” afirmó Frydnes en su discurso en el Ayuntamiento de Oslo.

“Detrás de Maduro están Cuba, Rusia, Irán, China y Hezbolá, que proporcionan armas, sistemas de vigilancia y vías de supervivencia económica. Hacen que el régimen sea más robusto y más brutal,” sentenció Frydnes ante los asistentes.

La aseveración fue parte de un discurso en el que Frydnes condenó la situación de Venezuela, calificándola de Estado “brutal y autoritario” sumido en una profunda crisis humanitaria y económica. El Comité documentó una larga lista de abusos y violaciones de derechos humanos, incluyendo casos de tortura sistemática y la detención de más de 200 menores tras las elecciones de 2024.

Frydnes lamentó que la comunidad internacional a menudo diera la espalda a los venezolanos que luchan por la democracia. Mencionó que algunos observadores se aferraron a “viejas narrativas” al ver a Venezuela como una lucha contra el imperialismo o como una competencia entre superpotencias, cometiendo una “traición moral a quienes de hecho viven bajo este régimen brutal.”

El presidente del Comité Nobel instó directamente al presidente Maduro a “aceptar los resultados electorales y renunciar a su cargo,” sentando así las bases para una “transición pacífica hacia la democracia.” Este llamamiento fue recibido con un prolongado aplauso de los dignatarios y líderes mundiales presentes, que incluyeron a los reyes Harald V y Sonia de Noruega, el líder opositor Edmundo González, y los presidentes de Argentina, Javier Milei; de Panamá, José Raúl Mulino; y de Paraguay, Santiago Peña.

Discurso del Presidente del Comité Noruego del Nobel Jørgen Watne Frydnes

Oslo, a 10 de diciembre de 2025.
Sus Majestades,
Sus Altezas Reales,
Señora Machado, Premio Nobel de la Paz,
Excelencias,
Distinguidos invitados,
Señoras y señores.

Samantha Sofía Hernández, una adolescente de 16 años, el mes pasado fue brutalmente secuestrada por hombres enmascarados de las fuerzas de seguridad del régimen de Maduro. La sacaron de la casa de sus abuelos. No sabemos dónde se encuentra actualmente, probablemente en uno de los centros de internamiento de la dictadura. Puede que esté con su padre, quien en enero desapareció sin dejar rastro.

¿Cuál fue su pecado?

Su hermano era soldado, pero se negó a seguir las órdenes del régimen de cometer actos brutales contra la población.

Por ese delito, toda la familia debe ser castigada.

A Juan Requesens se le ordena girarse lentamente hacia la cámara. Las imágenes lo muestran de pie, en ropa interior, cubierto de heces y con la mirada perdida y confusa. Supuestamente había confesado haber planeado un golpe de Estado.

Pero, por supuesto, no había pruebas. El día antes de ser detenido, Juan compareció ante la Asamblea Nacional. Dio un discurso en el que repetía una frase clave; una promesa a su país y a sí mismo: «Yo me niego a rendirme.»

Alfredo Díaz, líder opositor y exalcalde, fue sacado de un autobús el pasado mes de noviembre y arrojado a las profundidades de El Helicoide, la mayor cámara de tortura de América Latina. Un preso político más, en una larga lista. Esta semana se ha conocido la noticia de su muerte. Otra vida perdida. Otra víctima del régimen.

Estas historias no son únicas. Esta es Venezuela de hoy. Es como el régimen venezolano trata a sus propios ciudadanos. A una hermana. A un estudiante. A un político. Cualquiera que aún crea en decir la verdad en voz alta puede desaparecer violentamente en un sistema creado específicamente para erradicar esa creencia.

Samantha, Juan y Alfredo no eran extremistas. Eran venezolanos comunes y corrientes que soñaban con libertad, democracia y derechos.

Por ello, les arrebataron la vida.

Este régimen ni siquiera perdona a sus niños. Más de 200 menores fueron detenidos tras las elecciones de 2024. Las Naciones Unidas documentaron lo que sufrieron de la siguiente manera:

Bolsas de plástico apretadas sobre sus cabezas.

Descargas eléctricas en los genitales.

Golpes al cuerpo tan brutales que les dolía respirar.

Violencia sexualizada.

Celdas tan frías que provocan intensos temblores.

Agua potable contaminada, llena de insectos.

Gritos a que nadie acudió para poner fin.

Un niño yacía en la oscuridad susurrando el nombre de su madre, una y otra vez, con la esperanza de que ella no creyera que estaba muerto.

Un joven de 16 años finalmente regresó a casa, tan devastado por las descargas eléctricas y los golpes que no podía abrazar a su madre sin sentir un dolor agudo en todo el cuerpo. Durante meses, se asustaba con cada ruido y apenas dormía. Por la noche se despertaba sobresaltado, convencido de que los soldados habían regresado para reanudar sus ataques.

Mientras estamos aquí sentados en el Ayuntamiento de Oslo, hay personas inocentes encerradas en celdas oscuras en Venezuela. No pueden oír los discursos de hoy, solo los gritos de los presos que están siendo torturados.

Así es como los poderes autoritarios intentan aplastar a quienes se alzan en defensa de la democracia. Las Naciones Unidas han declarado que estos actos constituyen crímenes de lesa humanidad.

Este es el régimen de Nicolás Maduro.

Venezuela se ha convertido en un Estado brutal y autoritario sumido en una profunda crisis humanitaria y económica. Mientras tanto, una pequeña élite en la cúspide, protegida por el poder, las armas y la impunidad, se enriquece.

A la sombra de esta crisis, miles de mujeres y niños se ven empujados hacia la prostitución y la trata de personas. Las hijas simplemente desaparecen. Los niños se convierten en objetos de comercio en manos de delincuentes que ven la desesperación humana como una oportunidad de negocio.

Una cuarta parte de la población ya ha huido del país, lo que supone una de las mayores crisis de refugiados del mundo.

Quienes se quedan viven bajo un régimen que silencia, acosa y ataca sistemáticamente a la oposición.

Venezuela no está sola en esta oscuridad. El mundo va por mal camino. Los regímenes autoritarios están ganando terreno.

Tenemos que plantearnos la incómoda pregunta:

¿Por qué nos resulta tan difícil preservar la democracia, una forma de gobierno concebida para proteger nuestra libertad y nuestra paz?

Cuando la democracia pierde, el resultado es más conflicto, más violencia, más guerra.

En 2024 se celebraron más elecciones que en ningún otro año anterior, pero cada vez menos son libres y justas. El poder de la ley se usa de forma indebida. Se silencia a los medios libres. Los críticos son encarcelados.

Cada vez más países, incluso aquellos con una larga tradición democrática, están derivando hacia el autoritarismo y el militarismo.

Los regímenes autoritarios aprenden unos de otros. Comparten tecnologías y sistemas de propaganda. Detrás de Maduro están Cuba, Rusia, Irán, China y Hezbolá, que proporcionan armas, sistemas de vigilancia y vías de supervivencia económica. Hacen que el régimen sea más robusto y más brutal.

Y, sin embargo, en medio de esta oscuridad, hay venezolanos que se han negado a rendirse. Los que mantienen viva la llama de la democracia. Que nunca ceden, pese al enorme coste personal. Ellos nos recuerdan constantemente lo que está en juego.

Muchos de ellos están hoy aquí con nosotros:

El presidente electo de Venezuela, Edmundo González Urrutia.

Carlos, el poeta.

Claudia, la activista.

Pedro, el catedrático universitario.

Ana Luisa, la enfermera.

Corina, la abuela.

Antonio, el político de oposición.

María Corina, la ganadora del premio Nobel de la Paz.

En el núcleo de la lucha por la democracia brilla una simple verdad: la democracia es más que una forma de gobierno. Es también la base para una paz duradera.

Millones de venezolanos lo saben.

Año tras año, estudiantes, sindicatos, periodistas, organizaciones empresariales y ciudadanos de a pie se han movilizado en oleadas de resistencia.

Han llenado las calles en señal de protesta. Cuando les arrebataron sus votos, hicieron sonar cacerolas. Cuando la vigilancia estatal se vuelve ineludible, susurran.

Personas de todo el espectro político – desde comunistas hasta conservadores – se han alzado para desafiar al régimen. La oposición ha probado una estrategia tras otra.

A lo largo de todo esto han dicho: No luchamos por venganza, sino por justicia.

Por la inviolabilidad de las urnas. Por la democracia. Por la paz.

Pero les responden que esas cosas son imposibles. Que fracasarán.

Y cuando los venezolanos pidieron al mundo que prestara atención, les dimos la espalda.

Mientras perdían sus derechos, su alimento, su salud y su seguridad – y, finalmente, su propio futuro – gran parte del mundo se aferró a sus viejas narrativas. Algunos insistían en que Venezuela era una sociedad igualitaria ideal. Otros solo querían ver en ella una lucha contra el imperialismo. Otros más optaron por interpretar la realidad venezolana como una competencia entre superpotencias, pasando por alto el valor de quienes buscan la libertad en su propio país. Todos estos observadores tienen algo en común: la traición moral a quienes de hecho viven bajo este régimen brutal.

Si solo apoyas a quienes comparten tus opiniones políticas, no has entendido ni la libertad ni la democracia. Sin embargo, muchos críticos se quedan ahí. Ven que las fuerzas democráticas locales cooperan, por necesidad, con actores que les desagradan y utilizan eso como justificación para negarles su apoyo. Así anteponen las convicciones ideológicas a la solidaridad humana.

¿Cómo debemos considerar a aquellos que dedican toda su energía en buscar defectos en las difíciles decisiones que han debido tomar los valientes defensores de la democracia, en lugar de reconocer su valentía y su sacrificio, o de preguntarse cómo podemos también nosotros contribuir a la lucha contra la dictadura?

Es fácil aferrarse a los principios cuando lo que está en juego es la libertad de otros. Pero ningún movimiento democrático actúa en circunstancias ideales. Los líderes activistas deben enfrontar y resolver dilemas que quienes observamos desde fuera podemos permitirnos ignorar. Quienes viven bajo una dictadura a menudo tienen que elegir entre lo difícil y lo imposible. Sin embargo, muchos de nosotros – desde una distancia segura – esperamos que los líderes democráticos de Venezuela persigan sus objetivos con una pureza moral que sus adversarios jamás muestran. Esto no es realista. Es injusto. Y revela una ignorancia de la historia.

Muchos de los que se han subido a este estrado para recibir el Premio Nobel de la Paz, entre ellos Lech Walesa y Nelson Mandela, conocían bien los dilemas del diálogo.

En los sistemas autoritarios, el diálogo puede conducir a mejoras, pero también puede ser una trampa. El diálogo se utiliza a menudo para ganar tiempo, generar división y controlar la agenda. María Corina Machado ha participado en procesos de diálogo por años. Nunca ha rechazado el principio de hablar con la otra parte, pero sí ha rechazado los procesos vacíos.

La paz sin justicia no es paz.

El diálogo sin verdad no es reconciliación.

El futuro de Venezuela puede tomar muchas formas. Pero el presente es uno solo, y es horroroso.

Por eso la oposición democrática en Venezuela debe contar con nuestro apoyo, no con nuestra indiferencia o, peor aún, con nuestra condena. Cada día, sus dirigentes deben elegir un camino que realmente esté a su alcance, no el camino de las ilusiones.

Apoyar el desarrollo democrático es apoyar la paz.

Pero desde el anuncio del Premio Nobel de la Paz de este año, se ha planteado la cuestión: ¿La democracia realmente conduce a la paz?

Los resultados de la investigación son contundentes, y la respuesta es afirmativa. No porque la democracia sea perfecta, sino porque sus propios mecanismos hacen que la guerra sea menos probable.

Las democracias cuentan con válvulas de seguridad: medios de comunicación libres, estructuras de reparto del poder, tribunales independientes, organizaciones de la sociedad civil y elecciones que permiten cambiar de liderazgo sin recurrir a la violencia. En este entorno político, las opiniones divergentes no son una amenaza que deba ser sofocada, sino una ventaja.

En una democracia, un líder que ignora los hechos puede ser sustituido en las próximas elecciones. En un régimen autoritario, el líder se mantiene en el poder y reemplaza a todos aquellos que dicen verdades incómodas. La lealtad pasa a ocupar el lugar de la realidad y se toman decisiones peligrosas en la oscuridad. La guerra siempre tiene un alto costo, pero en los regímenes autoritarios no son los líderes quienes pagan el precio más alto. Por eso las democracias casi nunca van a la guerra entre sí, a diferencia de lo que ocurre con más frecuencia con los Estados autoritarios.

El mandato de Nicolás Maduro en Venezuela demuestra por qué. Los conflictos se resuelven por la fuerza bruta y no mediante la negociación. El resultado es una sociedad en la que millones de personas se ven obligadas a guardar silencio, con consecuencias que no se detienen en la frontera. La inestabilidad, la violencia y la destrucción sistemática de las instituciones del país han afectado a toda la región, y un país vecino ha sido amenazado con una invasión militar. Venezuela demuestra – con dolorosa claridad – que el autoritarismo no solo destruye la sociedad desde dentro, sino que también propaga la inestabilidad más allá de sus fronteras.

La democracia no es, obviamente, una garantía de paz, pero es el sistema más eficaz del que disponemos para prevenir la violencia y el conflicto.

Este razonamiento suele suscitar un contraargumento bien conocido: que la democracia en sí genera disturbios y conflictos, que reclamar la libertad es peligroso. Se trata de una afirmación antigua. Los líderes autoritarios la han utilizado durante generaciones para justificar su permanencia en el poder. Hoy, además, refuerzan ese argumento con desinformación y propaganda, dos de sus armas esenciales.

Señoras y señores:

Como ciudadanos en una democracia tenemos el deber de ser críticos con nuestras fuentes de información. Deben saltar las alarmas cuando las opiniones que expresamos sean idénticas a las difundidas por uno de los sistemas de desinformación más manipuladores del mundo. Porque, en ese caso, no solo estamos difundiendo información, sino la propaganda estratégica de un dictador.

¿Qué hemos de pensar cuando leemos que es la oposición venezolana la que amenaza al país con la guerra, que el movimiento democrático es quien desea una invasión? ¿Cuando se invierte por completo el relato y las víctimas son tildadas de agresores? Esta es la versión de la realidad que el régimen de Maduro ofrece al mundo: que su régimen es el garante de la paz. Pero una paz basada en el miedo, el silencio y la tortura no es paz; es sumisión presentada como estabilidad.

No, el origen de la violencia no son los activistas democráticos. Proviene de quienes están en la cúspide del poder y se niegan a cederlo. No fue Nelson Mandela quien hizo violenta a Sudáfrica, sino la represión del régimen del apartheid contra las demandas de igualdad. No fueron los grupos de oposición quienes iniciaron las encarcelaciones en Bielorrusia, las ejecuciones en Irán – o la persecución en Venezuela. La violencia emana de los regímenes autoritarios cuando arremeten contra las demandas populares de cambio.

La paz y la democracia no pueden separarse sin que ambas pierdan su significado. La paz duradera requiere un Estado de derecho, la participación política y el respeto por la dignidad humana.

Antes de poder debatir nuestras discrepancias políticas, debemos establecer algún tipo de democracia. Sin ella, no hay una distinción significativa entre derecha e izquierda, no existe una forma legítima de discrepar, ni una auténtica vida política.

La democracia no es un lujo prescindible.

No es un adorno que se coloca en una estantería.

La democracia es trabajo arduo.

Es acción y negociación.

Es una obligación viva.

Los instrumentos de la democracia son los instrumentos de la paz.

Nos reunimos hoy, por lo tanto, para defender algo mucho más importante que cualquiera de los dos lados de una división política o ideológica. Nos reunimos para defender a la propia democracia, el fundamento mismo sobre el que descansa una paz duradera.

Cuando la gente se niega a renunciar a la democracia, también se niega a renunciar a la paz. Quien entiende profundamente esta verdad es María Corina Machado.

Como fundadora de Súmate, una organización dedicada a construir democracia, María Corina Machado dio un paso al frente para defender elecciones libres y justas hace ya más de dos décadas. Como ella misma lo expresó: “Fue una elección de votos sobre balas”.

A través de sus responsabilidades políticas y de su labor en diversas organizaciones, ha alzado la voz en favor de la independencia judicial, los derechos humanos y la representación popular. Ella ha dedicado años de trabajo a la libertad del pueblo venezolano.

Las elecciones presidenciales de 2024 fueron un factor decisivo en la elección de la galardonada con el Premio de la Paz de este año. María Corina Machado fue la candidata presidencial de la oposición y la voz unificadora de la esperanza en el país. Cuando el régimen bloqueó su candidatura, el movimiento podría haberse derrumbado, pero ella brindó su apoyo a Edmundo González Urrutia y la oposición se mantuvo unida.

La oposición logró encontrar un terreno común en la exigencia de elecciones libres y de un gobierno representativo. Este es el fundamento mismo de la democracia: nuestra disposición compartida a defender los principios del gobierno del pueblo, incluso cuando discrepamos en las políticas. En un momento en que la democracia está bajo amenaza en todo el mundo, es más importante que nunca defender este terreno común.

Cientos de miles de voluntarios se movilizaron por encima de las divisiones políticas. Fueron formados como observadores electorales y utilizaron la tecnología de nuevas maneras para documentar cada etapa del proceso electoral. Hasta un millón de personas vigilaron los centros de votación en todo el país. Subieron las actas de escrutinio, fotografiaron las actas y aseguraron copias antes de que el régimen pudiera destruirlas. Defendieron esa documentación con sus propias vidas y luego se aseguraron de que el mundo conociera los resultados de la elección.

Fue una movilización de base sin precedentes en Venezuela y, probablemente, en el mundo entero. Ciudadanos y ciudadanas de a pie, de todos los ámbitos de la vida, llevaron a cabo un trabajo sistemático y de alta tecnología de documentación en un clima de amenazas, vigilancia y violencia.

Los esfuerzos de este movimiento democrático, tanto antes como después de las elecciones, fueron innovadores y valientes, pacíficos y profundamente democráticos.

La oposición obtuvo apoyo internacional cuando sus dirigentes hicieron públicos los resultados del escrutinio recogidos en los distintos distritos electorales del país, que demostraban que la oposición había ganado por un margen claro.

Pero el régimen lo negó todo. Falsificó los resultados electorales y se aferró al poder, recurriendo a la violencia.

Durante el último año, la señora Machado se ha visto obligada a vivir en la clandestinidad.

Pese a las graves amenazas, ha permanecido en el país, siendo una fuente de inspiración para millones de personas.

Recibe el Premio Nobel de la Paz de 2025 por su incansable labor en la promoción de los derechos democráticos del pueblo de Venezuela y por su lucha para lograr una transición pacífica y justa de la dictadura a la democracia.

Durante mucho, mucho tiempo, la oposición en Venezuela ha recurrido a todas las herramientas de la democracia para sostener su campaña civil pacífica. A lo largo de los años, la señora Machado y sus aliados se han visto obligados a adaptarse y cambiar de tácticas. Han utilizado casi todos los instrumentos democráticos: desde el boicot electoral cuando el sistema estaba demasiado corrompido, hasta la participación cuando pequeños resquicios en el proceso lo permitían. Han intentado el diálogo, la organización, la movilización y una extensa labor de documentación electoral.

La señora Machado ha solicitado atención, apoyo y presión internacionales, no una invasión de Venezuela.

Ha exhortado a la población a defender sus derechos por medios pacíficos y democráticos.

Las investigaciones sobre la paz lo demuestran claramente: la movilización no violenta a gran escala figura entre los métodos más eficaces para lograr un cambio político en una dictadura. Cuando una población se moviliza, la comunidad internacional ejerce una fuerte presión y las fuerzas de seguridad se abstienen de utilizar la violencia contra la población, puede alcanzarse un punto de inflexión.

Como líder del movimiento democrático en Venezuela, María Corina Machado es uno de los ejemplos más extraordinarios de valentía civil en la historia reciente de América Latina.

El Premio Nobel de la Paz de este año cumple con los tres criterios establecidos en el testamento de Alfred Nobel.

En primer lugar, la oposición venezolana ha logrado unir movimientos políticos, organizaciones de la sociedad civil y ciudadanos comunes con un objetivo común: el restablecimiento de la democracia. Reunir a grupos diversos que anteriormente se oponían entre sí equivale, en la actualidad, a lo que Alfred Nobel denominó la celebración de congresos por la paz.

En segundo lugar, el movimiento democrático de Venezuela se ha opuesto a la militarización de la sociedad impulsada por el régimen. Dicho régimen ha armado a miles de grupos, ha autorizado a bandas paramilitares a cometer abusos y ha invitado a fuerzas militares extranjeras al país, acelerando así la militarización. Al documentar los abusos y exigir rendición de cuentas, la oposición busca fortalecer la autoridad democrática civil y reducir la influencia de las armas. Esto priva a los criminales y a las milicias afines al régimen de su armamento y autonomía, cumpliendo así con el criterio de Nobel de promover la paz mediante el desarme.

En tercer lugar, la verdadera fraternidad o hermandad – la que Alfred Nobel imaginó – requiere de la democracia. Solo cuando las personas pueden elegir a sus líderes y expresarse sin temor puede arraigar la paz, ya sea dentro de una sociedad o entre países. La democracia constituye la forma más elevada de fraternidad y el camino más seguro hacia una paz duradera.

Por lo tanto, hoy, aquí, en esta sala – con toda la solemnidad que acompaña al Premio Nobel de la Paz y a esta ceremonia anual – diremos aquello que más temen los líderes autoritarios:

Su poder no es permanente.

Su violencia no prevalecerá sobre un pueblo que se levanta y resiste.

Señor Maduro:

Debe aceptar los resultados electorales y renunciar a su cargo.

Debe sentar las bases para una transición pacífica hacia la democracia.

Porque esa es la voluntad del pueblo venezolano.

María Corina Machado y la oposición venezolana han encendido una llama que ninguna tortura, ninguna mentira y ningún miedo podrán apagar.

Cuando se escriba la historia de nuestra época, no serán los nombres de los gobernantes autoritarios los que destaquen, sino los nombres de quienes se atrevieron a resistir.

Quienes se mantuvieron firmes frente al peligro.

Quienes siguieron adelante cuando otros se rindieron.

Carl von Ossietzky.

Andréi Sájarov.

Nelson Mandela.

A lo largo de su dilatada historia, el Comité Noruego del Nobel ha rendido homenaje a mujeres y hombres valientes que se han alzado contra la represión, que han llevado la esperanza de libertad a las celdas, a las calles y a las plazas públicas, y que con sus actos han demostrado que la resistencia puede cambiar el mundo.

Hoy le honramos a usted, María Corina Machado.

Rendimos también homenaje a todos quienes esperan en la oscuridad.

A todos quienes han sido detenidos y torturados, o han desaparecido.

A todos quienes siguen manteniendo la esperanza.

A todos aquellos en Caracas y en otras ciudades de Venezuela que se ven obligados a susurrar el lenguaje de la libertad.

Que nos escuchen ahora.

Que sepan que el mundo no les da la espalda.

Que la libertad se acerca.

Y que Venezuela volverá a ser un país pacífico y democrático.

Que amanezca una nueva era.

Acompáñanos en esta transmisión histórica. Hoy presenciamos la entrega del Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado, un reconocimiento que marca un antes y un después para la lucha democrática venezolana.

En este live estaremos cubriendo: 🇳🇴 La ceremonia oficial desde Oslo 🎤 Los discursos y mensajes más importantes del evento 📡 Reacciones en tiempo real 📰 Análisis de lo que significa este Nobel para Venezuela y para el mundo 🗣️ Participación del chat y comentarios en vivo.

La capital noruega fue escenario la noche de este martes 9 de diciembre, de una serie de eventos simbólicos y culturales en honor a la líder de las fuerzas democráticas venezolanas, María Corina Machado, en la antesala de la ceremonia prevista para este miércoles 10 de diciembre, fecha en la que recibiría el Premio Nobel de la Paz.

La Patilla

Los actos se desarrollaron bajo un ambiente de recogimiento, música y velas, como homenaje a la lucha por la libertad en Venezuela, de acuerdo con publicaciones del Comando Nacional de Campaña de María Corina Machado y Edmundo González en su cuenta oficial de X.

Uno de los momentos más destacados de la noche fue el concierto “Candlelight for Peace”, donde la emblemática pieza musical “Venezuela” fue interpretada en un salón iluminado por decenas de velas.

Según la publicación del comando político, el evento estuvo cargado de emotividad: “Entre velas, música y memoria, Venezuela encuentra un respiro, un símbolo y una promesa: la libertad también se escucha, y esta noche suena más fuerte que nunca”.

El acto fue descrito en redes como un homenaje a la figura de María Corina Machado y a “la lucha de los venezolanos”, bajo el lema “La luz que suena a libertad”.

El periodista y ciberactivista hispanovenezolano, Luis Carlos, también reportó en su cuenta de X que Oslo “elevó sus luces” en honor a quienes luchan por la democracia, la justicia y la paz, destacando que este año el protagonismo fue para los venezolanos.

Por su parte, la periodista venezolana Idania Chirinos compartió imágenes del cierre de la jornada, señalando que la venezolana Gabriela Montero, tocó en un piano las notas del Himno Nacional de Venezuela, provocando un “carrusel de emociones y lágrimas” entre los asistentes.

De acuerdo con los mensajes difundidos, la expectativa está centrada en la ceremonia de este miércoles 10 de diciembre, que ha sido calificada como un día “histórico” por seguidores y simpatizantes de la dirigente venezolana.

En los reportes compartidos en redes sociales se ha señalado que Machado estaría prevista a recibir el galardón en persona, tras permanecer aproximadamente un año en la clandestinidad en Venezuela, en medio de la persecución política del régimen de Maduro.

Importantes figuras políticas del mundo, también estuvieron presentes en esta actividad especial, en homenaje a María Corina Machado y la lucha de los venezolanos por la libertad del país, entre ellos: Marta Lucía Ramírez (ex vicepresidenta de Colombia), Cayetana Álvarez de Toledo (miembro del Congreso de los Diputados de España), María Elvira Salazar (congresista republicana de EEUU), Iván Duque (expresidente de Colombia) entre otros muchos más.

El exalcalde metropolitano de Caracas Antonio Ledezma afirmó este miércoles ante la ausencia de María Corina Machado en Oslo para recoger el premio Nobel de la Paz, que a la líder opositora venezolana la quieren «cazar», «desaparecer» y «liquidar».

EFE

«En Venezuela lo que hay es una lucha de líderes democráticos como Edmundo González y María Corina Machado contra una mafia. Y esta mafia, esta corporación criminal aliada con el narcotráfico, con el terrorismo, están cazando, como se dice literalmente, como si fuera un conejo, como si fuera una liebre, como si fuera un báquiro, quieren cazar a María Corina Machado, la quieren desaparecer y eso lo sabe la comunidad internacional», dijo el opositor venezolano a EFE en el Grand Hotel de Oslo.

Para Ledezma, «lo normal en cualquier país del mundo es que una persona premiada con el Premio Nobel de la Paz pudiera salir con todos los honores».

«No, a María Corina la están buscando y no es para darle un ramo de flores. La están buscando para liquidarla», insistió.

En Venezuela, a diferencia de España, añadió, no hay debates políticos ni adversarios.

«No pierdo la esperanza de poder ver a María Corina, yo bien llegué a Oslo a eso», dijo por otra parte, al afirmar que la líder opositora «es capaz de lograr lo imposible».

Al mismo tiempo aseguró que «haga lo que haga María Corina, va a tener la comprensión de todos los venezolanos y de la comunidad internacional, porque al fin y al cabo está de primero su compromiso de liberar a Venezuela».

«Y ella sí sabía, tenía la angustia, de que si lograba poner un pie afuera, estaba también de antemano pensando: ‘¿Cómo voy a volver a poner un pie adentro?’, agregó Ledezma, al señalar que para la líder opositora es «irrenunciable regresar a Venezuela para seguir encabezando la lucha de clandestinidad».

A falta de más detalles, señaló que «simplemente María Corina ha tenido el deseo de estar en Oslo y, al mismo tiempo, el compromiso de no abandonar la lucha en el territorio nacional».

Unas doscientas personas participaron el martes en una concentración impulsada por media docena de organizaciones noruegas contra la concesión del Nobel de la Paz a la opositora venezolana.

Los “zurdos prepago” son una constante en cualquier situación que sea anti Trump y Occidente, y la entrega del Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado no es la excepción.

El salario mínimo en Venezuela llegó este martes a medio dólar por mes, según el tipo de cambio del Banco Central de Venezuela (BCV), un monto que se complementa con bonos gubernamentales de hasta 160 dólares, pagados a la tasa del día del organismo emisor a empleados públicos y sin incidencia en el cálculo de beneficios laborales.

EFE

El dólar se ubicó este martes en 262 bolívares, la moneda nacional, de acuerdo con la tasa oficial del BCV.

El salario mínimo, que sí incide en beneficios laborales como vacaciones, liquidación y utilidades, se mantiene en 130 bolívares desde marzo de 2022, cuando equivalía a unos 30 dólares al mes.

Sin embargo, es «prácticamente imposible» vivir con este monto en Venezuela, dijo a EFE un economista, quien pidió el anonimato y apuntó que los venezolanos recurren a bonos, remesas y ayudas para subsistir.

¿Es posible aumentar el salario mínimo?

A juicio del economista, la pregunta correcta no es qué se hace con un salario mínimo tan bajo en Venezuela, sino que está pasando en la economía para que no se pueda aumentar.

«Por su propia inercia, la economía venezolana no puede soportar salarios altos porque su productividad es baja y sus costos operativos son altos», explicó el experto.

Además, indicó que aumentar el salario mínimo es «inviable» por dos razones: por el volumen de empleados públicos y pensionados dependientes del Estado versus los ingresos de Venezuela.

En este sentido, señaló que la nómina pública a cargo del régimen asciende a alrededor de 5.545.000 empleados -según cifras de la asociación civil Transparencia-, a los que se suman más de 4.500.000 pensionados -de acuerdo con la ONG Provea-, quienes reciben medio dólar al mes, ya que la pensión equivale al salario mínimo.

Por tanto, aumentar el salario a 250 dólares al mes para todas esas personas, por ejemplo, «excedería con creces la totalidad de los ingresos por exportación petrolera y recaudación tributaria» de Venezuela.

«No hay suficientes recursos estatales pare elevar el salario mínimo a esas magnitudes», sentenció el economista, quien cree que, sin embargo, podría aumentarse sobre niveles actuales, dado los mayores ingresos estatales respecto a años anteriores.

Sin embargo, no proporcionó una cifra, al argumentar que ello «depende de la situación fiscal gubernamental, para la cual -advirtió- no existen estadísticas confiables publicadas».

Bonos gubernamentales

En los últimos años, el régimen chavista ha mantenido el salario mínimo sin aumentos, pero ha incrementado sus bonos, que defiende como «una estrategia novedosa para combatir la guerra económica, el bloqueo y las sanciones», así como para «evitar la inflación».

Los bonos gubernamentales a empleados públicos están compuestos por uno de alimentación, de 40 dólares, y otro llamado «ingreso de guerra económica», de 120 dólares.

Provea ha insistido en que, según la Constitución, el Estado venezolano «tiene la obligación de garantizar un ingreso suficiente para una vida digna, ajustado periódicamente al costo de la canasta básica», cuyo costo fue en abril de 503,73 dólares, de acuerdo a los últimos datos disponibles de la organización Centro de Documentación y Análisis de la Federación Venezolana de Maestros (Cendas-FVM).

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