Armando Esteban Quito

El atleta ucraniano de skeleton Vladyslav Heraskevych podrá usar un brazalete negro en las competencias de los Juegos de Milán-Cortina, informó el martes el Comité Olímpico Internacional, pero no su casco pintado para conmemorar las vidas de los atletas de su país que murieron en la guerra con Rusia.

AP

El COI calificó la medida como un compromiso.

“Creo que lo que hemos intentado hacer es atender sus deseos con compasión y comprensión”, declaró el martes el portavoz del COI, Mark Adams. “Se ha expresado en redes sociales y durante los entrenamientos y, como saben, no le impediremos que se exprese en las ruedas de prensa, ya que deja la competición en la zona mixta y en otros lugares. Creemos que esta es una buena solución en esta situación”.

Poco después, Heraskevych usó el casco homenaje en su primera de dos carreras de entrenamiento el martes, lo que sugiere que Ucrania ha presentado una apelación. No parecía llevar brazalete negro.

En una carta al Comité Olímpico Ucraniano, el COI declaró que Heraskevych no podría “competir” con el casco personalizado. No se especificó qué está permitido para las carreras de entrenamiento.

Heraskevych dijo que el COI le dijo el lunes por la noche que no podía usar el casco que muestra los rostros de varios atletas ucranianos que han muerto desde 2022 porque los funcionarios olímpicos decidieron que violaba la regla que prohíbe las declaraciones políticas.

La regla 50 de la Carta Olímpica establece en parte que “no se permite ningún tipo de manifestación ni propaganda política, religiosa o racial en ninguna de las instalaciones, sedes u otras áreas olímpicas”.

Heraskevych, que quedó cuarto en el campeonato mundial del año pasado y generalmente se lo considera un candidato a medalla en estos Juegos, tiene más carreras de entrenamiento programadas para el miércoles y se espera que compita en la carrera olímpica de skeleton masculino el jueves.

El COI señaló que ha prohibido los brazaletes en el pasado, pero está dispuesto a hacer una excepción en el caso de Heraskevych. Esta medida del COI no significa que todos los atletas puedan usar brazaletes, y si Heraskevych decide hacerlo, no podrán incluir texto alguno, explicó Adams.

“No queremos que todos lleven un brazalete negro en cada competición”, dijo Adams. “Pero si hay un buen motivo, se considerará debidamente”.

Heraskevych dijo que todavía está presionando para obtener un resultado justo y agregó que ha visto banderas rusas (que se supone que debían estar prohibidas en estos juegos) en las gradas de algunos eventos y se pregunta por qué el COI las permite.

“No infringimos ninguna regla y debería permitírmelo competir con este casco”, declaró Heraskevych a The Associated Press el lunes, antes de que los oficiales ucranianos de deslizamiento se reunieran con un representante del COI y supieran que no se permitiría. “No entiendo cómo este casco pudo haber perjudicado a alguien. Es un homenaje a los atletas, algunos de los cuales fueron medallistas en los Juegos Olímpicos de la Juventud. Eso significa que son parte de la familia olímpica. Formaban parte de esta familia olímpica, así que no entiendo que encontraran una excusa para no hacerlo”.

El patinador artístico Dmytro Sharpar, antiguo compañero de Heraskevych en los Juegos Olímpicos de la Juventud, aparece en el casco, al igual que el boxeador Pavlo Ishchenko, el jugador de hockey Oleksiy Loginov y otros. Algunos, según Heraskevych, murieron en el frente; al menos uno murió mientras intentaba distribuir ayuda a sus compatriotas ucranianos.

El presidente ucraniano, Volodymyr Zelenskyy, intervino en la búsqueda de Heraskevych con una publicación en su página de Instagram en la que decía que quería agradecer al control deslizante por “recordarle al mundo el precio de nuestra lucha”.

Heraskevych, abanderado de Ucrania en la ceremonia inaugural de la semana pasada, exhibió un cartel tras su cuarta y última participación en los Juegos Olímpicos de Pekín 2022 que decía “No a la guerra en Ucrania”. Días después de la finalización de los Juegos, Rusia invadió su país y la guerra ha continuado desde entonces.

La muerte de Kurt Cobain continúa siendo objeto de controversias y discusiones más de 30 años después. El líder de Nirvana fue hallado sin vida el 5 de abril de 1994 en su residencia de Seattle.

Por: Antonela Rabanal – Infobae

Una herida de escopeta en la cabeza y la presencia de una nota manuscrita llevaron a que la versión oficial determinara suicidio.

Sin embargo, un grupo privado de científicos forenses reabrió el caso en el ámbito académico y mediático, señalando la posibilidad de un homicidio cuidadosamente encubierto.

Impulsados por inconsistencias en la investigación original, un equipo liderado por Brian Burnett, especialista en casos complejos, y la investigadora Michelle Wilkins revisó el material forense y la autopsia de Cobain.

Según Wilkins, apenas tres días después de analizar la evidencia, Burnett tuvo una conclusión definitiva: “Esto es un homicidio. Tenemos que hacer algo al respecto”, reportó Daily Mail.

El informe, sometido a revisión por pares y publicado en la International Journal of Forensic Science, presentó diez elementos clave que desafiaron la hipótesis del suicidio.

Entre los principales argumentos figuró la posibilidad de que Cobain fue forzado a consumir una sobredosis de heroína que lo incapacitó, para luego ser asesinado con la escopeta.

El documento sostuvo que los daños observados en cerebro e hígado, así como la apariencia de hipoxia en órganos, “no ocurren en una muerte instantánea por escopeta, sino en una sobredosis prolongada”, según Wilkins.

La respuesta del King County Medical Examiner’s Office fue categórica.

Desde la institución se afirmó que la investigación fue exhaustiva, con autopsia completa y colaboración policial, y que solo la aparición de pruebas nuevas y concluyentes justificaría reabrir el caso.

Un portavoz oficial aseguró a Daily Mail que no se presentó evidencia de ese tipo hasta el momento.

La autopsia indicó que el cuerpo de Cobain apareció en el invernadero sobre el garaje, rodeado de elementos dispuestos con precisión.

Wilkins sostuvo que la escena parecía “coreografiada”, con el recibo del arma y de los cartuchos en el bolsillo, y los cartuchos alineados a los pies del cadáver.

Este orden, sumado a otros detalles, fue interpretado como un intento deliberado de reforzar la versión oficial de suicidio.

El informe independiente resaltó varios aspectos anómalos. La limpieza de la escena y del propio cuerpo de Cobain llamó la atención del equipo forense.

Uno de los puntos más citados fue la ausencia de sangre en la mano izquierda, situada junto al cañón del arma, algo inusual en suicidios por escopeta en la cabeza.

Los especialistas afirmaron: “No existe ningún escenario en el que esa mano no esté cubierta de sangre”.

El kit de heroína hallado junto al cuerpo, con jeringas tapadas y utensilios ordenados, resultó otro elemento sospechoso.

Wilkins argumentó que resultaba improbable que alguien bajo los efectos de una dosis diez veces superior a la habitual —como reflejaron los análisis— tuviera la destreza para limpiar y recoger los instrumentos antes de morir.

Además, la escopeta Remington pesaba cerca de tres kilogramos, lo que dificultaría que Cobain, en estado comatoso, pudiera manipularla y accionar el disparo.

La posición del cartucho expulsado tampoco coincidió con el funcionamiento habitual del arma ni con la ubicación del cuerpo.

El equipo replicó la escena y concluyó que, con la mano en el cañón, el arma ni siquiera habría expulsado un cartucho en la posición hallada.

La autenticidad de la nota encontrada junto al cuerpo también fue revisada.

Wilkins distinguió dos partes: la superior, atribuida a Cobain, no mencionaba el suicidio y se enfocaba en aspectos personales y musicales; los últimos renglones, en cambio, presentaron diferencias de caligrafía y tono, lo que sugiere que podrían haber sido añadidos posteriormente.

Otro elemento relevante resultó del análisis de los patrones de sangre: según Wilkins, la gran mancha en el extremo inferior de la camiseta solo se explicó si el cuerpo fue movido, colocando la cabeza hacia abajo después de la muerte.

La ausencia de sangre en otras zonas del torso y en la mano izquierda reforzó la hipótesis de manipulación posterior.

Las solicitudes formales para reabrir el caso fueron rechazadas tanto por la policía de Seattle como por la oficina forense.

Wilkins insistió en que su objetivo no era señalar culpables, sino garantizar transparencia: “Si estamos equivocados, solo pedimos que nos lo demuestren”.

El expediente Cobain ocupó un lugar destacado en discusiones públicas.

La ley venezolana para cerrar veintisiete años de conflicto, violación de derechos humanos, exclusión, partido único y una democracia baldada se discute entre opacidad legislativa, representación restringida y presión internacional. 

Por: Ramón Hernández – El Nacional

En la Asamblea Nacional, la palabra que dominó la primera discusión fue “perdón”. Jorge Rodríguez la pronunció en tono solemne, habló de heridas abiertas y de reconciliación, y presentó la ley como un gesto fundacional para cerrar décadas de confrontación. Fuera del recinto, en cambio, organizaciones de derechos humanos, académicos y familiares de presos políticos seguían sin acceso al texto completo que se estaba votando. La amnistía avanzaba mientras el país apenas comenzaba a enterarse de su contenido. 

El proyecto –bautizado Ley de Amnistía para la Convivencia Democrática– promete clausurar veintisiete años de conflictos, protestas, persecuciones judiciales y episodios de violencia política. Pero se discute en un sistema marcado por inhabilitaciones administrativas, partidos intervenidos por el Tribunal Supremo, registros electorales congelados y millones de venezolanos en el exterior sin voto efectivo. A ese telón de fondo se suma una práctica legislativa que, según juristas y ONG, ha ido relegando los mecanismos de consulta pública que la Constitución exige para normas de alto impacto. 

La presión internacional acelera el pulso. Washington sigue el proceso con la vista puesta en sanciones y petróleo; en Europa se multiplican los contactos discretos; el gobierno presenta la iniciativa como una señal de normalización. Para la sociedad civil, en cambio, la pregunta es más incómoda: si una ley diseñada para cerrar un ciclo autoritario puede nacer sin deliberación abierta, sin auditoría ciudadana y sin garantías claras para las víctimas. En Venezuela, la reconciliación no es una consigna abstracta. Es un procedimiento. Y ese procedimiento, por ahora, sigue en disputa

I. La ley que se discute sin el país 

En el hemiciclo de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez habló de perdón. Lo hizo en tono solemne, invocó heridas abiertas y apeló a la conciencia de los diputados. La sesión transcurría en clave moral: reconciliación, paz, reparación. Afuera, organizaciones de derechos humanos, académicos y familiares de presos seguían sin acceso al texto completo del proyecto en discusión. La ley avanzaba en primera discusión mientras la deliberación pública apenas comenzaba. 

La escena condensaba una paradoja que atraviesa todo el proceso. La iniciativa –bautizada Ley de Amnistía para la Convivencia Democrática– promete cerrar un ciclo de persecuciones políticas y abrir una etapa de normalización institucional. Pero se tramita en un sistema marcado por inhabilitaciones administrativas, partidos intervenidos judicialmente, registros electorales congelados y una diáspora sin voto efectivo. A eso se suma una práctica legislativa que, según juristas y ONG, ha relegado los mecanismos de consulta que la Constitución consagra. 

La filtración de artículos centrales intensificó el debate. El proyecto incluye una amnistía amplia para delitos políticos y conexos cometidos entre 1999 y 2026; excluye formalmente crímenes de lesa humanidad, homicidio intencional, narcotráfico y corrupción grave; ordena la extinción de procesos y la eliminación de antecedentes en determinados casos. El Gobierno presentó el texto como un paso histórico hacia la reconciliación. Las organizaciones civiles respondieron con cautela: exigieron conocer el articulado íntegro, reclamaron audiencias públicas y advirtieron que una norma sin desmontaje del aparato legal represivo ni garantías de no repetición corre el riesgo de convertirse en un instrumento de impunidad. 

Ese choque –discurso reconciliador frente a procedimiento cuestionado– define el corazón del debate. No se trata solo de a quién beneficia la ley ni de cuántos presos podrían salir en libertad. La discusión toca una pregunta más profunda: si una norma que aspira a cerrar un ciclo autoritario puede nacer sin deliberación ciudadana en un país donde la representación política se ha ido estrechando. 

Mientras en la tribuna parlamentaria se hablaba de sanar heridas, fuera del recinto se acumulaban interrogantes concretos: quiénes podrán participar en la consulta anunciada; qué organizaciones serán escuchadas; si se revisarán las leyes que hoy sostienen la persecución política; si habrá mecanismos de reparación para las víctimas; si las inhabilitaciones desaparecerán o seguirán administrándose caso por caso. La reconciliación, aquí, no es una consigna. Es un procedimiento. 

Con el texto todavía incompleto en manos de la opinión pública, el debate se desplazó del plano simbólico al terreno técnico. La pregunta dejó de ser quién hablaba de perdón y pasó a ser qué decía exactamente la ley que se estaba votando. 

II. La ley en sus propios términos 

El debate público sobre la amnistía dejó de ser abstracto cuando comenzó a circular el texto íntegro del proyecto aprobado en primera discusión. El documento, de trece artículos, no se limita a proclamar reconciliación: construye un sistema jurídico completo para extinguir procesos, anular condenas, borrar registros administrativos y cerrar solicitudes de extradición relacionadas con conflictos políticos ocurridos durante más de veinticinco años. 

Desde su primer artículo, la ambición es explícita. La norma concede una “amnistía general y plena” a todas las personas procesadas o condenadas por delitos políticos o conexos cometidos entre el 1 de enero de 1999 y el 30 de enero de 2026, siempre que los hechos se inscriban en una lista cerrada de episodios de violencia política. No se trata de una cláusula abierta al pasado reciente: el período cubierto coincide casi exactamente con toda la era chavista. 

El artículo 6 enumera diez ciclos concretos: el golpe de Estado de abril de 2002; el paro petrolero de 2002–2003; disturbios de 2004; protestas de 2007; violencia tras la elección presidencial de 2013; las protestas de 2014 y 2017; los eventos de 2019; y los hechos ocurridos durante la campaña presidencial de julio de 2024. Esa enumeración cumple dos funciones. Por un lado, delimita temporalmente los casos cubiertos. Por otro, convierte a la ley en una operación retrospectiva de gran escala: una tentativa de clausura judicial de casi todos los momentos críticos del conflicto político venezolano en el último cuarto de siglo. 

El texto incorpora, sin embargo, una lista de exclusiones que el oficialismo presenta como garantía de alineamiento con el derecho internacional. El artículo 7 deja fuera violaciones graves de derechos humanos, crímenes de lesa humanidad y de guerra, homicidio intencional, narcotráfico –cuando la pena mínima supere los nueve años– y delitos contra el patrimonio público. 

En apariencia, la cláusula responde a los límites fijados por tratados internacionales y por la Constitución. Su formulación, sin embargo, deja abiertas varias zonas de litigio. La norma no define quién determina cuándo un hecho constituye una “violación grave” ni cómo se resolverán causas mixtas, en las que una imputación política convive con delitos comunes. Tampoco especifica qué estándar probatorio se usará para excluir a un beneficiario. En un sistema judicial cuestionado por su autonomía, ese margen interpretativo adquiere peso político. 

El efecto jurídico de la amnistía es particularmente amplio. El artículo 8 ordena la extinción “de pleno derecho” de acciones penales, administrativas, disciplinarias y civiles en curso; incluye procedimientos judiciales, medidas cautelares, presentaciones periódicas, prohibiciones de salida del país y hasta solicitudes de extradición. El lenguaje no deja dudas: una vez aplicada, la ley no solo libera personas, sino que cierra expedientes en múltiples jurisdicciones y elimina consecuencias accesorias de los procesos. 

La operación continúa en el artículo 11, que obliga a organismos policiales, militares y administrativos a borrar de sus archivos los registros y antecedentes vinculados a hechos amnistiados. La limpieza documental no es secundaria: afecta bases de datos internas, historiales judiciales y registros de seguridad que durante años han condicionado viajes, empleos y trámites civiles. 

El procedimiento para aplicar la norma se concentra en el artículo 9. La decisión de otorgar la amnistía recae en tribunales de control o de juicio, a solicitud del Ministerio Público o del propio afectado. Esos jueces deberán verificar si el caso encaja en los supuestos legales y dictar el sobreseimiento o, en caso de condenas firmes, emitir “sentencias de reemplazo” que anulen las anteriores. 

No se crea ninguna comisión independiente, ni un órgano mixto con participación social, ni un panel internacional de supervisión. El artículo 12 asigna al Ministerio de Justicia del Ejecutivo la tarea de desarrollar mecanismos para asegurar el cumplimiento de la ley. La arquitectura es cerrada: todo el circuito –evaluación, ejecución y seguimiento– queda dentro del aparato estatal existente. 

La Exposición de Motivos refuerza la narrativa política del proyecto: habla de paz, pluralismo, reconciliación y rechazo a la venganza; invoca el Estado democrático y los derechos humanos; promete cerrar ciclos de confrontación. Pero no incorpora compromisos operativos en materia de reparación a víctimas, comisiones de esclarecimiento, reforma de cuerpos de seguridad ni revisión de leyes represivas. Es una declaración de principios, no un programa de transición. 

Ese contraste –ambición retrospectiva amplia y ausencia de dispositivos paralelos de verdad y reparación– es uno de los ejes más sensibles del debate. La ley no se limita a liberar personas: redefine el tratamiento jurídico de un cuarto de siglo de conflicto político y lo hace mediante procedimientos controlados por el propio Estado que produjo esos procesos. 

La arquitectura jurídica del proyecto abrió una discusión inmediata que iba más allá de sus efectos penales. El foco se trasladó al modo en que se estaba tramitando una norma de alcance histórico y a los estándares constitucionales que rigen ese proceso. 

Lea la nota completa siguiendo este enlace a El Nacional

«No hay transición con represión, no hay transición sin Estado de derecho y sin libertades plenas».
María Corina Machado

Nos preguntamos cuánto perdurará el pragmatismo que hoy marca pauta en el destino del país. Desde luego que es un asunto a considerar por sus alcances, expectativas creadas y por la meta trazada a partir del 3 de enero, encargos mediante. Es una suerte de novela publicada por entregas con varios capítulos pendientes. El ritmo arrollador de los hechos está generando, para los inescrupulosos fratelli, asombrosas deslealtades y peligrosas alianzas de ocasión. En sus propias palabras, se encuentran en “estado de sospecha” ante los suyos y extraños. 

Esas mismas circunstancias, imponen un what for what para determinar lo que subyace realmente en las entrañas de este “rodrigato”. Supervivencia, sometimiento, impunidad, poder, manipulación, proyección, traición y engaño forman parte de una laxa enumeración de claves, que materializarían su frenética aspiración de convertirse en futuros referentes electorales como medio idóneo para lavar sus espantosos pecados. Apelan, por tanto, a los peores recursos: al creador de “La Tumba”, golpista y magnicida fallido en La Carlota el 4F, para sustituir a un ministro de la “defensa” devenido en cronista del 3 de enero. Todo de la mano del incalumniable ZP, experto mediador en fechorías internacionales. En el negado caso que tamaño despropósito cobre vida, sería demasiado pragmatismo, presidente Trump. 

En este lado: derechos humanos, petróleo, poder, justicia, democracia y libertad son, entre otros, términos protagónicos contenidos en la doctrina que precisa sus objetivos en las fases de la estabilización, recuperación y transición; hasta hace poco, un planteamiento teórico tan inimaginable como lo ha sido su propia ejecución. Su implementación está revestida con un manto que las preserva e impone sin alardes, solo concediéndole a los encargados de turno que finjan iniciativas e indulgencias. Aunque tragando grueso, lo harán esos mismos que por libre arbitrio decidieron adueñarse del país, no para desarrollarlo en beneficio del bien común sino para esquilmarlo a su antojo. No para garantizar los derechos humanos sino para conculcarlos con sus persecuciones, torturas y encarcelamientos, aun “vivitas y coleando” como se desprende de las artimañas de recapturas y retrasos en la excarcelación de presos políticos civiles y militares. Son esos mismos que en paralelo proponen reconciliaciones eufemísticas, piden perdones tácticos y están afanados en cumplir la tarea impuesta para tener la buena pro de la administración republicana, abrigando segundas intenciones.

Nada, absolutamente nada ocurre, ni ocurrirá, sin que sea tamizado por quienes realmente lograron quebrar en buena hora esta hegemonía demoníaca de 26 largos años, y prevén con MCM un futuro de libertades y democracia, que garantice la efectiva vigencia de un Estado de derecho, en el que rija la separación e independencia de los poderes públicos, en el que se tutele con celo el ejercicio del poder. Hacia allá vamos, juntos consolidaremos esa legitimación democrática, ese es nuestro por qué y para qué, es nuestro leitmotiv. Solo así se alcanzará la seguridad jurídica indispensable para el desarrollo pleno de una Venezuela productiva  para beneficio de todos. 

Víctor A. Bolívar
X: @vabolivar

La forma subrepticia en que Jorge Rodríguez ha tramitado la anunciada Ley de Amnistía revela, una vez más, la naturaleza fraudulenta que caracteriza a la cúpula oficialista. No se trata de un simple vicio procedimental, sino de una práctica política sistemática: el uso del lenguaje jurídico y político para encubrir la arbitrariedad y la negación del Estado de derecho.

En abierta violación de la Constitución y del Reglamento Interior y de Debates, se inició la discusión de un proyecto de ley sin que los diputados tuvieran acceso al texto íntegro. Acto seguido, se abrió un apurado proceso de consulta pública sobre un documento que no ha sido formalmente publicado, mientras se exige a los consejos legislativos y municipales del país que avalen un contenido que desconocen. Hasta el momento, no existe publicación oficial; solo circula un borrador difundido en redes sociales por un diputado ajeno a la directiva. Este proceder tiene un solo nombre: fraude legislativo.

La lectura del primer borrador confirma las peores sospechas. Es un texto incompleto y peligroso, diseñado más para lavar la imagen del régimen que para cerrar esta tragedia y desmontar el aparato represivo construido durante más de dos décadas. El proyecto consta de apenas trece artículos y restringe su ámbito de aplicación a diez momentos específicos de la vida política reciente, calificados de manera sesgada como «violencia política». Se mencionan desde el golpe de 2002 y el paro petrolero, hasta los ciclos de protesta de 2014, 2017, 2019 y las manifestaciones post-electorales de 2024.

Esta delimitación no es fortuita. Al circunscribir la amnistía a episodios estigmatizados por el discurso oficial, el poder busca reafirmar su narrativa de criminalización de la disidencia, en lugar de reconocer la existencia de una persecución política estructural.
Más grave aún es lo que el proyecto excluye. Quedan fuera quienes han sido judicializados bajo la Ley Simón Bolívar, la Ley contra el Odio y otros instrumentos de represión vigentes. Tampoco se contempla la derogatoria del marco legal que hace posible la persecución; al mantener estas leyes, se deja la puerta abierta para nuevas detenciones. El proyecto no garantiza el retorno seguro de los exiliados, no levanta las inhabilitaciones políticas ni establece mecanismos de reparación integral para las víctimas. Es, en esencia, una amnistía sin verdad, sin justicia y sin garantías de no repetición.

Debe subrayarse que esta amnistía no es automática. Su aplicación debe ser solicitada individualmente y queda sujeta a una verificación judicial, manteniendo la discrecionalidad en manos del mismo sistema que ejecutó la persecución. Se subordina la libertad de los presos políticos al arbitrio de sus propios carceleros. Es fundamental acordar el cese del proceso penal de forma directa o, en su defecto, la intervención de jueces ad hoc cuya imparcialidad sea incuestionable.

Por otra parte, la propuesta busca proteger a quienes, desde el sistema de justicia, han participado en la criminalización de ciudadanos inocentes, ignorando la prohibición expresa de amnistía para tales delitos. El artículo 29 de nuestra Constitución es taxativo:

«Las violaciones de derechos humanos y los delitos de lesa humanidad serán investigados y juzgados por los tribunales ordinarios. Dichos delitos quedan excluidos de los beneficios que puedan conllevar la impunidad, incluidos el indulto y la amnistía».

Todo ello convierte esta propuesta en un instrumento insuficiente para una verdadera reconciliación nacional. La sociedad democrática —desde sectores académicos, sociales y religiosos— ha presentado propuestas para transformar este proyecto inicial. Esperamos que dichos cambios se incorporen.

Exigimos la liberación inmediata de todos los presos políticos, la derogatoria del «derecho penal del enemigo» y el desmontaje del sistema represivo. Lo demás es simulación. Y Venezuela ya ha pagado un precio demasiado alto por las simulaciones.

César Pérez Vivas
Lunes, 9 de febrero de 2026

El senador republicano Rick Scott envió este lunes un mensaje directo a la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, y al ministro del Interior, Diosdado Cabello, tras la nueva detención del dirigente opositor Juan Pablo Guanipa, ocurrida pocas horas después de haber sido excarcelado.

El Nacional

A través de un video difundido en sus redes sociales, el legislador norteamericano por el estado de Florida recordó que Washington y Caracas habían acordado la liberación de todos los presos políticos como parte de los compromisos recientes entre ambos países.

“Lo arrestaron nuevamente. Ese no era el trato. El trato es que ustedes liberen a todos los presos políticos, que colaboren con Estados Unidos y que detengan la represión… ¡Los estamos observando!”, afirmó.

Scott alertó sobre la rapidez con la que Guanipa fue detenido de nuevo tras ser excarcelado el domingo, en un contexto en el que el gobierno venezolano había liberado a opositores luego de exigencias de Estados Unidos.

La ley de Amnistía—aunque oculta acomodos a la propia coalición aun dominante—es un instrumento que le dará base sustantiva a la Casa Blanca para exigir inmediatez en la liberación de presos políticos

ORLANDO VIERA-BLANCO
10/02/2026

En el debate venezolano persiste una premisa tan seductora como peligrosa: la idea que la caída de un régimen criminal además de autoritario debe conducir de manera inmediata, automática, al restablecimiento pleno del Estado de derecho, la vigencia integral de los DDHH, la instalación democrática y la sustitución total de las élites del antiguo poder. Qué más quisiéramos. Pero las cosas no pasan como uno las desea, sino como las ordenan las circunstancias.

Esta narrativa—aunque normativamente atractiva—no resiste el contraste con la historia ni con la teoría política comparada […] Las transiciones no son idealistas, esto es, una transición que rompe con el antiguo régimen a “mesa limpia”, sustituyendo el mal por el bien o el autoritarismo por la institucionalidad democrática, ipso iure.

El problema no es lo que aspiramos sino su desconexión con la naturaleza real de las transiciones desde un poder criminal inédito, que controla territorio, economía, FFAA y redes internacionales ilícitas.

El tema no es ‘hágase el estado’ y por arte de magia, emerge la ética, el derecho, la justicia y la paz. Antes toca desarrollar una fase de autoridad y reforma bajo control coercitivo y de mando que garantice orden y obediencia. A eso fue la Sra. Laura Dogu a Venezuela. Más que una Jefa de Misión Diplomática de EEUU, es la verdadera Jefa Interina. Eso lo llaman realpolitik.

La transición no es un acto moral, es un proceso de poder

La historia enseña otra cosa. Las transiciones reales no comienzan con el estado de derecho; terminan aspirando a él y consagrándose, después de un largo proceso de purga y decantación.

Decantar el poder criminal en procura de una restauración institucional no es tema de “soplar y hacer botellas”. Mucho daño le hacen a Maria Corina quienes manejando una narrativa crítica a la Casa Blanca, venden como ingrávidas pompas de jabón, la instalación de derechos; Edmundo, Machado y democracia. Con qué alas vuela el jilguero decía el poeta [sic]—!¡Con el voto del pueblo! me responderían. A ellos les digo: está dispuesto el pueblo a inmolarse—una vez más—por la defensa de ‘La Constitución’ o a salir a trabajar—con seguridad—por la vida, por sus hijos, por su estómago?

Reeditar historias de peleas desiguales—aun con un régimen amenazado y asustado—no genera obediencia popular. La república saneada viene, pero antes es necesario un inevitable proceso de síntesis y reducción.

Uno de los errores conceptuales más frecuentes consiste en equiparar transición política con la restauración inmediata del orden constitucional. En Venezuela primero se deben dar las condiciones para un proceso real de relegitimación de los poderes, que arrancará con un proceso constituyente. Pero antes es necesario rehabilitar a una sociedad desmembrada devolviendo la esperanza con libertad sí, pero también con luz, comida, agua, trabajo y medicinas. La normalización del estado no se decreta.

La literatura clásica de la “tercera ola” de democratización—Samuel P. Huntington—ya advertía que la transición no es la democracia, sino apenas el tránsito desde un régimen hacia otro, cuyo desenlace no está garantizado. Huntington fue explícito: “Muchas transiciones fracasan, se estancan o derivan en híbridos autoritarios. La democratización no es un destino inevitable, sino una posibilidad condicionada por correlaciones de poder, pactos élite y control efectivo del aparato coercitivo del Estado”.

La Jefe de Misión Diplomática de EEUU en Venezuela—la Señora Laura Dogu—fue al país a poner sobre la mesa su Table d’Hôte, su mesa servida, para que se paren y dejen de comer cuando ella disponga.

No es un asunto ético: es poder, control y autoridad [realpolitik]

Thomas Carothers—uno de los grandes críticos del “paradigma de transición”—fue todavía más contundente: “el supuesto de que todos los regímenes autoritarios “transitan” hacia la democracia liberal es una ilusión normativa”. En la práctica, la mayoría de los países quedan atrapados en zonas grises donde conviven instituciones formales con prácticas autoritarias heredadas.

Venezuela no es la excepción, es un caso extremo. Y ese es el desafío: lograr un cambio real desde un estado ausente y criminal a un estado democrático, sin morir en el intento por creer cándidamente que los derechos se restauran a partir de silogismos de cuatro patas [falaces].

En el realpolitik, la vida y el poder tienen otro guión. Hay variables o hipótesis que no aparecen en los libros de Harvard o Columbia…como capos de droga, carteles o grupos terroristas convertidos en amos y señores de los poderes públicos. Poco o nada sobre este supuesto puede leerse en Linz [Dinámicas de quiebre y consolidación democrática]; O’Donell [Democracias delegativas]; Alfred Stepan [Rol del estado y militares en procesos de transición] o Dankwart Rustow [Transitions to Democracy].

Si invito revisar las lecturas de Laureano Vallenilla Lanz, y su Cesarismo Democrático [ideal del gendarme necesario]; Margarita Lopez Maya [investigadora sobre el chavismo]; Elizabeth Burgos [Historiadora, antropóloga, detractora del régimen cubano] o Javier Corrales [How Venezuela Transitioned to Authoritarianism].

El poder en Venezuela fue vaciado de moral pública y de control institucional. La primera tarea—por imposible—no es una ruptura y mesa limpia con el régimen que se apoderó del Estado. El primer acto es la recuperación de la autoridad y el respeto a un orden superior, al cual temerle si se equivocan o desobedecen.

El chavismo tardío—especialmente en su fase madurista—no es sólo un régimen autoritario. Es un ecosistema de poder criminalizado, donde confluyen: control militar del territorio, economías ilícitas (oro, narcotráfico, contrabando); captura del aparato judicial, redes transnacionales de evasión y financiamiento y una lógica de supervivencia que no reconoce límites institucionales. Pretender que un sistema así se disuelve mediante una proclamación de legitimidad constitucional es confundir legalidad con poder real.

La libertad de los presos políticos no está fuera de la fase de estabilización sugerida por EEUU. Tampoco el ‘Table d’hôte’ excluye la protección de los derechos de propiedad o la erradicación de la persecución política.

La ley de Amnistía—aunque oculta acomodos a la propia coalición aun dominante—es un instrumento que le dará base sustantiva a la Casa Blanca para exigir inmediatez en la liberación de presos políticos, regreso a casa de exiliados e incluso, participación de la oposición en funciones del poder público. Que no emerja impunidad, por supuesto es el fin. De ello ya se encargarán las instituciones, los ciudadanos y sobre todo, las víctimas, en una Venezuela reconstituida.

Max Weber advirtió hace más de un siglo que el Estado se define por el monopolio legítimo de la coerción. Cuando ese monopolio es capturado por una red criminal, la legitimidad sin control es simbólica, no operativa. De allí surge una verdad incómoda: existen autoridades legítimas que no controlan el Estado, por lo que exigirles resultados institucionales plenos equivale a condenarse al fracaso. El primero en comprenderlo, es el líder.

La historia real de las transiciones: pactos, coexistencia y ambigüedad

Las transiciones exitosas del siglo XX y XXI no fueron limpias, rápidas ni moralmente puras. En España la transición pactada—posterior a 1975—es frecuentemente idealizada, pero fue todo menos rupturista. El franquismo no fue desmontado de inmediato. Se transformó desde adentro. Las élites administrativas, militares y judiciales permanecieron en gran medida intactas durante años. El llamado Pacto del Olvido no fue una claudicación moral, sino una decisión estratégica para evitar una recaída en la guerra civil.

No sugiero un pacto del olvido. Los tiempos son otros. Lo que queremos subrayar es que los actos de justicia no se ejecutan en un movimiento sino se edifican en varios tiempos, donde los derechos emergen, se solapan y se consagran, progresivamente.

En Chile Augusto Pinochet se fue, pero no se fue del todo. El dictador abandonó la presidencia en 1990, pero conservó el mando del Ejército y luego un escaño vitalicio en el Senado. La transición chilena fue negociada, gradual y profundamente imperfecta, pero evitó el colapso económico y la violencia estructural.

En Sudáfrica la verdad y la justicia fue una victoria a medias. Nelson Mandela entendió algo esencial: sin coexistencia con sectores del antiguo poder blanco, Sudáfrica se incendiaba. La Comisión de Verdad y Reconciliación no fue justicia plena; fue justicia posible.

Mandela tuvo que negociar con el partido blanco, apoyado por agentes externos. Hoy el agente externo—EEUU—ni negocia ni delega.

No es negar los DDHH. Es saber que la estabilidad precede a la justicia por lo que sin orden no hay derecho.

Reconocer que los DDHH son prioritarios no implica garantizarse desde el día uno, porque su acatamiento supone depurar los quiebres internos. Esta es la tensión central que el discurso idealista se niega a admitir. Ya lo dijo Rubio. El poder no se cocina a voluntad y en minutos, como en un microondas.

Hannah Arendt advertía que los derechos, en ausencia de un marco estatal funcional, se convierten en abstracciones. Los DDHH requieren Estado y el Estado requiere control territorial, coerción legítima y estabilidad económica mínima.

En Venezuela, una “caída y mesa limpia” del régimen—sin orden, sin coexistencia, sin gradualismo—abriría un vacío de poder con alto potencial de violencia, fragmentación armada y colapso económico. El caos no es una fase moralmente superior; es el terreno fértil del autoritarismo peor.

Aquí emerge la crítica al presidente Donald Trump —y por extensión, a la línea Rubio—por haber tolerado, negociado o instrumentalizado actores del régimen no-democrático venezolano. Pero esta crítica parte de un error conceptual: la realidad política no es moralista o normativista; es posibilista.

Hans Morgenthau lo explicó con crudeza: la política internacional no se rige por postulados absolutos sino por la gestión del poder y la prevención de males mayores. Kissinger—heredero de esa tradición—fue todavía más claro: “Order precedes justice. Justices has meaning only within an established framework of order. [La estabilidad precede a la justicia; sin orden, no hay derecho].

Desde esta óptica EEUU no legitima ni real ni moralmente al régimen de Caracas, sino que lo controla y lo dirige para alcanzar una transición sostenible que no sea saboteada.

Trump–Rubio: pragmatismo duro frente al mito de la transición instantánea que es un salto al estancamiento eterno

La política hacia Venezuela en la nueva era [Trump] marca un giro de la retórica maximalista a una gestión pragmática del conflicto. Marco Rubio entendió que el régimen no caería por colapso interno, que las sanciones son un instrumento más y que la transición es posible [en Venezuela] imponiendo una fase inicial de estabilización y orden.

Esta visión no supone absolver crímenes ni renunciar a la justicia transicional. Venezuela no enfrenta una transición épica, moralmente satisfactoria y fundacional. Enfrenta una transición sucia, difícil, incompleta y estratégicamente disruptiva y atípica. No entenderlo supone un salto al estancamiento perpetuo.

Exigir una transición perfecta es paradójicamente, garantizar la no transición. La historia demuestra que los regímenes criminales no se disuelven por exhortación ética, sino por reconfiguración gradual del poder, pactos incómodos y coexistencias temporales. La justicia no desaparece; se difiere. El derecho no se abandona; se reconstruye.

La transición venezolana no fracasará por falta de legitimidad, sino por exceso de purismo. La política no es un tribunal; es una ingeniería de poder. Como escribió Raymond Aron, la historia no juzga intenciones, juzga consecuencias y ya lo dijo Kissinger.

Venezuela no necesita una transición viable en lo legalista sino sostenible y posibilista para restablecer, controlar y sobrevivir el Estado, que es gestión de poder.

Nuestra transición será inédita como lo son los condicionantes que anteceden. No es normativa, es realista, por lo que el reencuentro, el regreso a casa y la paz, no será poesía, sino un camino bien andado. No es mesa limpia. Es mesa servida [Table D’Hote]; es realpolitik.

Abogado. Ex Embajador de Venezuela en Canadá.
@ovierablanco
vierablanco@gmail.com

El hijo de el líder de la oposición venezolana, Juan Pablo Guanipa, confirmó que su padre se encuentra en su residencia en la ciudad de Maracaibo, capital del estado Zulia, donde cumplirá arresto domiciliario tras ser detenido el pasado domingo, horas después de su excarcelación.

La Patilla

Además informó que su padres tiene un grillete electrónico, prohibición de declarar a los medios, prohibición de salida en redes sociales, es decir menos libertades que las iniciales.

«Estamos emocionados  pero mi padre tiene menos libertad que el domingo, y no normalizar el hecho que porque ahora esta en casa todo esta bien, sigue habiendo una injusticia que se cometió, sigue habiendo un secuestro que ocurrió, no puede quedarse sin hablarse de eso, sigue habiendo una medida que supuestamente fue violada por él, y no es el caso porque él no violó su libertad inicial».

Sobre su salud 

El hijo recalcó que se encuentra muy bien de salud y que durante su cautiverio él se alimentó bien. Él esta bien es estos momentos.

“Él está fuerte, es inquebrantable. Está mas fuerte que nunca (…) el gobierno de EEUU se ha portado a la altura de la situación. Le agradecemos mucho»

Llama a seguir luchando por la liberación de todos los presos políticos: «Miedo tenemos todos, pero tenemos que seguir peleando para poder vivir libres». «pero si eso es lo que va a comandar nuestro accionar y nadie habla y sale, nadie se va a enterar de que vivimos en una dictadura».

El nuevo escenario de Juan Pablo Guanipa: Puntos clave de la medida

Vigilancia Tecnológica: El uso del dispositivo electrónico asegura un monitoreo constante de su ubicación, restringiendo su movilidad y simbolizando una «cárcel invisible».

Silencio Forzado: La prohibición de hablar con la prensa busca neutralizar su influencia en la opinión pública, cortando su principal canal de comunicación con los ciudadanos.

Impacto Político: Estas medidas se interpretan como un intento de desarticular el liderazgo opositor sin recurrir necesariamente a un encarcelamiento en recinto penitenciario, pero logrando un efecto de aislamiento similar.

Economistas estiman que el Servicio Nacional Integrado de Administración Aduanera y Tributaria (Seniat) tendrá un rol más determinante en la gestión fiscal del Ejecutivo Nacional, ya que la dependencia de la tributación interna será clave para que el Gobierno pueda utilizar recursos con mayor discrecionalidad.

Banca y Negocios

Ante esta situación cabe esperar que los procedimientos de inspección se incrementen en función de optimizar la captación de recursos en un contexto económico que, de acuerdo con estimaciones recientes, será más positivo incluso en sectores económicos con desempeños más rezagados en los últimos años.

En este sentido, el abogado, licenciado en Contaduría Pública y experto en planificación fiscal y financiero, Raúl Gil Arias, publicó en su cuenta de Instagram, los cuatro mayores riesgos tributarios que corren las empresas en este período.

El experto señala que hay cuatro errores u omisiones que los empresarios no se pueden dar el lujo de cometer sin exponerse a fuertes costos sancionatorios.

Máquinas fiscales desactualizadas

Gil Arias señala que emitir facturas en sistemas no homologados por el Seniat «o con memoria de auditoría llena» es causa de clausura inmediata.

El riesgo en este caso es la exposición a entre cinco y 10 días de cierre y «multas pecunarias severas», por lo que el experto recomienda verificar semanalmente que las máquinas fiscales reporta la data correctamente al servidor del Seniat.

Mal cálculo en pagos mixtos

Si el comercio cobra bolívares y divisas en una misma transacción, el Impuesto a las Grandes Transacciones Financieras (IGTF), cuya alicuota es de 3%, debe aplicarse únicamente a la porción en moneda extranjera.

«Cobrar de más es una percepción indebida; cobrar de menos es una omisión. Ambos generan reparos fiscales y multas calculadas sobre el tributo dejado de percibir», aclara el experto Raúl Gil Arias.

Cartelera fiscal y Registro Único de Información Fiscal (RIF) vencido

A juicio de Gil Arias, este es el error más común y el más fácil de sancionar, dice Gil Arias. «Tener el RIF desactualizado o no exhibir las últimas declaraciones del ISLR y el IVA en un lugar visible es una infracción formal automática».

En este caso, las multas se producen en el momento de la vista de los inspectores y sin prórrogas.

La sugerencia de Gil Arias es lógica: mantener vigentes estos documentos (incluyendo el cartel de Sujeto Pasivo Especial, si aplica), por lo que hay que llevar un control sobre las fechas de vencimiento de estos documentos, así como mantener un control sobre el cumplimiento de todos los deberes formales.

Retenciones del IVA fuera de plazo

Esta condición aplica a los sujetos pasivos especiales, ya que son agentes de retención. «No declarar y enterar estas retenciones en las fechas exactas del calendario se tipifica como como defraudación».

El riesgo de no pretar atención a este deber formal es exponerse a pagar intereses moratorios y sanciones de hasta 500% del monto no enterado.

La sugerencia del especialista y asesor Raúl Gil Arias es evitar «financiar su operación con dinero del Estado».

El atleta venezolano Nicolás Claveau-Laviolette realizó este martes la prueba de sprint clásico en esquí de fondo, que marcó el inicio de sus actividades en los Juegos Olímpicos de Inviernos, celebrados en Milano-Cortina.

Mundo UR

Claveau, tercer esquiador más joven de la competición, finalizó el kilómetro y medio de distancia con un tiempo de 3:47.29, ubicándose en el puesto 88 de la clasificación.

«Estaba muy difícil, pero estoy contento y la próxima carrera es el viernes y creo que será mejor para mí», señaló el atleta en un video publicado en su cuenta de Instagram.

El oriundo de Lechería, estado Anzoátegui, es el sexto criollo que participa en dicha competición y el primero en hacerlo en la categoría de esquí de fondo.

La prueba fue dominada por el noruego Johannes Klæbo, quien dejó el cronómetro en 3:03.37, seguido del estadounidense Ben Ogden con 3:09.88.

La prueba de esquí de fondo, categoría 10 kilómetros, se llevará a cabo este viernes desde Tesero Cross – Country Stadium.

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