Armando Esteban Quito

Nicolás Maduro insistió este jueves en su llamado a los militares de Colombia a unirse al pueblo y la Fuerza Armada venezolana para defender la soberanía «como un solo Ejército», en un contexto marcado por el despliegue militar de Estados Unidos en el mar Caribe, rechazado tanto por el chavismo como por Bogotá.

La Patilla

«Le hice un llamado a los pueblos de Colombia, a los militares de Colombia, a la patria de Colombia a unirse al pueblo de Venezuela, a defender la soberanía como un solo ejército, como un suelo pueblo y hoy ratifico el llamado a la unión para la defensa del derecho a la paz», señaló Maduro en un acto de entrega de las obras de rehabilitación de un sistema de metrocable (teleférico) en Caracas, transmitido por el canal complaciente del régimen Venezolana de Televisión (VTV).

El líder chavista sostuvo que «nadie lo va a sacar» de esa idea, que ya había anunciado el miércoles, porque, añadió, si un día Colombia fuera agredida, Venezuela la defendería sin «dubitación».

Este jueves, el presidente de Colombia, Gustavo Petro, dijo que Maduro no debe dar órdenes a los militares de la nación andina y que la única manera de que estas dos naciones se unan es con «el poder constituyente y la soberanía popular».

«Mientras eso no pase nadie puede dar órdenes al otro Ejército, yo no puedo ordenarle al Ejército de Venezuela nada ni allá pueden darle órdenes al Ejército de Colombia», sostuvo en una rueda de prensa sobre el informe de lucha contra el contrabando y hallazgos de auditorías.

El mandatario colombiano señaló que la única organización armada binacional, «integrada por venezolanos y colombianos, se llama ELN (Ejército de Liberación Nacional)».

Maduro llamó el miércoles a los militares de Colombia a una «unión perfecta» con Venezuela a favor de la soberanía de estas naciones vecinas, cuyos Gobiernos rechazan el despliegue aeronaval estadounidense y sus ataques contra embarcaciones supuestamente cargadas con drogas.

Banderas de paz

Por otra parte, Maduro pidió al pueblo de Estados Unidos «levantar las banderas de la paz», luego de que su homólogo estadounidense, Donald Trump, ordenara bloquear los buques petroleros sancionados que se desplacen desde y hacia el país suramericano.

«Aquí lo que se pretende, con todos estos planes, es un cambio de régimen, y el pueblo de Estados Unidos lo sabe», afirmó el líder chavista.

Maduro indicó que todos los productos que se producen en el país seguirán saliendo al mercado exterior.

La semana pasada, el Comando Sur de EE.UU., que ha atacado a más de 30 botes supuestamente ligados al narcotráfico en el Caribe y el Pacífico oriental, dio un giro en sus operativos en aguas internacionales al incautar el petrolero Skipper, que transportaba crudo venezolano cerca de la costa del país suramericano y fue interceptado bajo una orden judicial.

Trump afirmó este miércoles que Venezuela les quitó los derechos petroleros a las empresas estadounidenses y dijo que los quiere de vuelta, algo que desde el país suramericano han rechazado.

La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, se mostró este jueves dispuesta a convocar a países americanos y de otros continentes para buscar una salida “pacífica” a cualquier conflicto en Venezuela y la región, al reiterar la importancia de oponerse a cualquier “intervención” e “injerencismo”.

El Nacional

En su conferencia matutina, Sheinbaum sostuvo que la postura mexicana responde a «una convicción» y a la Constitución, y planteó que debería ser compartida por los países suramericanos, aun cuando existan diferencias políticas entre gobiernos.

“Nosotros no estamos de acuerdo con intervenciones (…) y estamos a favor de la solución pacífica de los conflictos”, señaló.

Esto, añadió, “más allá del gobierno de (Nicolás) Maduro en Venezuela”, pues sentenció “ese es otro tema”.

“El tema central es el intervencionismo y el injerencismo”, afirmó, sin poner a debate la situación de Venezuela por las críticas a Nicolás Maduro, cuya victoria en las elecciones presidenciales de 2024 ha sido cuestionada por numerosos países de la comunidad internacional.

La mandataria agregó que, ante una eventual disputa, “hay todos los mecanismos establecidos por Naciones Unidas” para encauzar una solución pacífica, con la participación de las partes involucradas.

“Si hay un conflicto, hay todos los mecanismos establecidos por Naciones Unidas para que haya una solución pacífica (…) tienen que participar todas las partes”, afirmó, al recalcar que esa ha sido “la posición de México desde hace mucho tiempo”.

No obstante, aclaró que, hasta ahora, su gobierno no ha recibido peticiones para encabezar gestiones multilaterales, ni tampoco ha establecido comunicación con algún otro gobierno con este fin.

“No hemos recibido ninguna solicitud formal”, apuntó, aunque señaló que hay comunicación a través de la Secretaría de Relaciones Exteriores con Venezuela.

Sus declaraciones se dan luego de que este miércoles la mandataria mexicana urgiera a la ONU “asumir su papel para evitar cualquier derramamiento de sangre” y buscar siempre la solución pacífica de los conflictos.

Sheinbaum insistió en que, en el plano interno, respaldar la no intervención es una obligación legal y política.

“Sería gravísimo que la presidenta de México estuviera de acuerdo con alguna intervención, porque estaría violando la Constitución”, dijo.

Este miércoles, el canciller de Venezuela, Yván Gil, agradeció a la presidenta mexicana por el llamado a las Naciones Unidas, frente a la escalada de tensiones entre Washington y Caracas, en medio del despliegue militar estadounidense sin precedentes en el Caribe y la retórica agresiva del presidente estadounidense, Donald Trump.

Por su parte, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, insistió este jueves en que puede ser una suerte de mediador entre Estados Unidos y Venezuela, a fin de impedir que haya «una guerra» en América Latina.

«Yo hago política buscando soluciones para los problemas», dijo Lula en una rueda de prensa, en la cual confirmó que, en recientes conversaciones con los presidentes de EE UU, Donald Trump, y de Venezuela, Nicolás Maduro, pidió saber «cómo se puede contribuir para una solución pacífica».

Lula conversó por separado con Trump y con Maduro a inicios de este mes y dijo que, en ambos casos, insistió en que «las cosas no se resuelven con tiros», sino con diálogo político.

«Le dije a Trump que esta es una región de paz, que debe seguir así», declaró para ofrecerse después para «conversar con Venezuela y con otros países para evitar un conflicto armado en nuestra América del Sur».

Lula apuntó que todavía «no entiende» el por qué de la tensión entre Estados Unidos y Venezuela, dijo que no sabe «si es por el petróleo, por los minerales críticos, las tierras raras» o para «derribar a Maduro», pero que lo importante es impedir un aumento de las hostilidades.

«Incluso, estoy pensando que tal vez intente conversar con Trump otra vez para saber cómo es posible contribuir para tener un acuerdo diplomático y no una guerra fraticida», agregó el líder brasileño.

Lula y Trump hablaron por teléfono por última vez el pasado 2 de diciembre para abordar las negociaciones comerciales en curso entre sus países y la lucha contra el narcotráfico en un momento en que EE UU mantiene un amplio despliegue militar en aguas del Caribe y el Pacífico.

Varios buques que transportaban derivados del petróleo desde Venezuela zarparon de la costa este del país escoltados por la Armada venezolana entre la noche del martes y la mañana del miércoles, horas después de que el presidente Trump amenazara con imponer un «bloqueo» a los petroleros sancionados que operaban allí, según datos de seguimiento de buques y tres personas familiarizadas con el asunto.

NY Times

Los buques que transportaban urea, coque de petróleo y otros productos derivados del petróleo desde el Puerto de José se dirigían a los mercados asiáticos, según dos de las personas, que hablaron bajo condición de anonimato debido a la naturaleza delicada del asunto. El régimen venezolano impuso la escolta militar en respuesta a las amenazas de Trump, indicaron.

La tercera persona familiarizada con el asunto, un funcionario estadounidense, afirmó que Washington tenía conocimiento de las escoltas y estaba considerando diversas medidas, pero se negó a proporcionar detalles. No quedó claro de inmediato si los buques figuraban en la lista de buques sancionados por Estados Unidos, lo que los hacía sujetos a la amenaza de bloqueo de Trump.

La petrolera estatal venezolana, PDVSA, declaró el miércoles que los buques vinculados a sus operaciones continuaban navegando «con plena seguridad, apoyo técnico y garantías operativas, en ejercicio legítimo de su derecho a la libre navegación».

El martes por la noche, Trump anunció un «bloqueo total y completo» a los buques cisterna que entraban y salían de Venezuela y que habían violado las sanciones comerciales estadounidenses. Aproximadamente el 40 % de los buques cisterna que han transportado crudo venezolano en los últimos años han sido sancionados por Estados Unidos, según Samir Madani, cofundador de TankerTrackers.com.

Estados Unidos anunció este jueves cargos contra más de 70 miembros de la pandilla de origen venezolano Tren de Aragua, incluidos su jefe, «Niño Guerrero» y sus principales lugartenientes, informó el Departamento de Justicia.

AFP

«Esta nueva serie de cargos en múltiples estados subraya el compromiso inquebrantable de la Administración Trump de restaurar la seguridad pública», aseguró la Fiscal General, Pam Bondi, citada en un comunicado.

Los cargos presentados simultáneamente en los estados de Colorado, Nebraska, Nueva México, Nueva York y Texas muestran toda clase de actividades criminales, desde desvalijar cajeros automáticos, distribuir drogas, secuestros o asesinatos, para lo cual los pandilleros utilizan armas pesadas e incluso explosivos.

«Tren de Aragua es un cartel terrorista que viola nuestras fronteras para traer muerte, drogas y caos a comunidades estadounidenses», acusó el vicefiscal general, Todd Blanche, también citado en el texto.

En el Distrito Sur de Nueva York, el Departamento de Justicia presentó cargos contra Héctor Rusthenford Guerrero Flores, alias «Niño Guerrero», actualmente en fuga, por actuar supuestamente en concierto con el Cartel de los Soles, que el gobierno estadounidense considera que está liderado por el presidente venezolano Nicolás Maduro.

«El Cartel de los Soles es (…) una organización venezolana de narcotráfico compuesta por altos funcionarios del gobierno venezolano que corrompieron las instituciones legítimas de Venezuela para facilitar la importación de toneladas de cocaína a los Estados Unidos», explica el comunicado de esa jurisdicción.

Washington mantiene en vigor una recompensa de cinco millones de dólares por cualquier información que conduzca a la captura de el «Niño Guerrero».

El Tren de Aragua está sometido igualmente a sanciones económicas, para intentar bloquear sus actividades en todo el mundo.

En el Distrito Sur de Texas se presentaron nuevos cargos contra cuatro ayudantes del «Niño Guerrero», entre ellos Yohan Jose Romero, alias «Johan Petrica», y Juan Gabriel Rivas Nunez, alias «Juancho».

Destacan también los cargos de secuestro, tortura y asesinato contra once pandilleros en Nuevo México, que además protagonizaron una balacera en Colorado contra un grupo rival.

Estados Unidos ha presentado cargos contra 260 miembros del Tren de Aragua desde enero de este año, destacó el comunicado.

En el sistema judicial estadounidense, una presentación pública de cargos significa que las autoridades revelan las acusaciones que fueron presentadas ante un gran jurado previamente, tras investigaciones en secreto que pueden durar años.

El presidente de EE UU, Donald Trump, insistió este jueves en que no necesita autorización del Congreso para realizar bombardeos sobre intereses del narcotráfico que estén radicados sobre suelo venezolano, aunque a su vez admitió que no le importaría compartir la información de antemano con el legislativo.

El Nacional

«No me importaría contárselo (al Congreso), pero no es para tanto. No tengo por qué decírselo, ya está comprobado», dijo Trump en un acto en la Casa Blanca, tras redoblar su presión sobre el gobierno de Nicolás Maduro y advertir que EE UU pronto empezará a realizar ataques sobre «objetivos terrestres» en Venezuela.

El martes, el presidente estadounidense anunció que Washington bloquearía todos los petroleros sancionados que entren o salgan de Venezuela con crudo a bordo y acusó al Ejecutivo venezolano de robar yacimientos y activos petrolíferos estadounidenses, en aparente referencia a las expropiaciones durante el gobierno de Hugo Chávez.

Desde el verano, Trump ha ordenado un despliegue militar masivo en el Caribe con el objetivo de detener el tráfico de drogas, del que también acusa a Caracas, y desde septiembre ha bombardeado más de dos docenas de supuestas narcholanchas, provocando la muerte de alrededor de un centenar de personas.

La afirmación de Trump llega dos días después de una entrevista con la secretaria de Gabinete, Susie Wiles, quien admitió que un despliegue militar en suelo venezolano supondría «la guerra» y que, en ese caso, el presidente requeriría la aprobación del Congreso.

Estados Unidos impuso el jueves sanciones a 29 buques y a las empresas encargadas de su gestión por su presunta participación en la llamada flota en la sombra” de Irán, una red marítima que Washington acusa de exportar crudo y productos petrolíferos para eludir las restricciones internacionales, informó el Departamento del Tesoro.

Infobae

Según la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC), las embarcaciones y compañías sancionadas habrían transportado cientos de millones de dólares en petróleo y derivados iraníes mediante prácticas de transporte engañosas, diseñadas para ocultar el origen real de la carga y los destinos finales de los envíos.

La acción también apunta al empresario egipcio Hatem Elsaid Farid Ibrahim Sakr, cuyas empresas están asociadas a siete de los buques identificados, así como a múltiples compañías navieras vinculadas a la operación, administración o intermediación de estas embarcaciones.

Las sanciones implican el bloqueo de activos bajo jurisdicción estadounidense y prohíben a personas y entidades de Estados Unidos realizar transacciones con los individuos y empresas designados. En la práctica, estas medidas suelen tener un alcance más amplio, ya que bancos, aseguradoras y operadores logísticos internacionales tienden a cortar vínculos para evitar riesgos legales.

El Departamento del Tesoro sostiene que la “flota en la sombra” recurre a tácticas como el apagado deliberado de los sistemas de identificación automática (AIS), transferencias de carga de barco a barco en alta mar, cambios frecuentes de bandera y el uso de documentación falsa para disimular el origen iraní del crudo.

Estas redes se volvieron centrales para Irán tras la retirada de Estados Unidos del acuerdo nuclear en 2018 y la posterior reimposición de sanciones al sector energético, que redujeron drásticamente las exportaciones oficiales del país y limitaron su acceso a mercados formales.

Pese a ello, Teherán ha logrado sostener ingresos petroleros mediante circuitos opacos, intermediarios y flotas de buques que operan fuera de los canales tradicionales, con Asia como principal destino, según datos de seguimiento marítimo y estimaciones de analistas energéticos.

La ofensiva contra la flota iraní se produce además en un contexto en el que Washington ha intensificado acciones similares contra otras economías sancionadas. En el caso de Venezuela, Estados Unidos endureció el control sobre buques y empresas vinculadas a exportaciones de crudo tras revertir parcialmente licencias que habían permitido alivios temporales al sector petrolero.

Como resultado, decenas de petroleros vinculados a cargamentos venezolanos quedaron varados o desviaron sus rutas ante el temor a sanciones, lo que afectó los flujos de exportación y generó tensiones adicionales en la industria energética del país sudamericano.

Fuentes del mercado han señalado que el uso de flotas opacas y empresas pantalla se convirtió en un mecanismo compartido por países bajo sanciones, como Irán, Venezuela y Rusia, lo que ha llevado a Estados Unidos y a sus aliados a reforzar la vigilancia sobre el transporte marítimo global.

Desde Washington, el objetivo declarado es cortar las fuentes de ingresos que, según la Casa Blanca, financian actividades desestabilizadoras y reducen la eficacia del régimen de sanciones. Al mismo tiempo, estas medidas introducen incertidumbre en el mercado petrolero internacional, en un contexto marcado por conflictos geopolíticos y restricciones logísticas.

La ampliación de las sanciones sugiere que Estados Unidos seguirá recurriendo a herramientas financieras y marítimas para presionar a economías sancionadas, apostando a un control más estricto de las cadenas de transporte como complemento clave de su estrategia energética y de política exterior.

El Departamento de Estado de Estados Unidos expresó su respaldo a las recientes reformas económicas implementadas por el gobierno de Rodrigo Paz en Bolivia, destacando la importancia de estas medidas para la estabilidad y el crecimiento económico del país sudamericano.

Infobae

En un comunicado publicado este jueves, la administración de Donald Trump manifestó su apoyo a los esfuerzos bolivianos por fortalecer su economía.

Estados Unidos acoge con satisfacción el anuncio hecho por el Presidente Rodrigo Paz de un importante paquete de reformas económicas destinadas a restablecer la estabilidad, la prosperidad y la inversión en Bolivia después de décadas de políticas fallidas», expresó en un texto firmado por el secretario de Estado, Marco Rubio.

Reconocemos que el camino por delante no será fácil. El pueblo boliviano ha soportado años de estancamiento económico, corrupción y mala gestión. Las reformas anunciadas constituyen un cambio de rumbo necesario que sienta las bases para un futuro más próspero y seguro para todos los bolivianos. Estados Unidos colaborará con el Gobierno de Bolivia para garantizar que estas reformas rindan frutos para el pueblo boliviano lo antes posible“, señaló el escrito.

Por último, remarcó: “Aplaudimos los esfuerzos históricos del presidente Paz por abrir Bolivia al mundo, comprometiéndose a implementar reformas significativas para atraer la inversión internacional“.

“La apertura a la inversión, una gestión económica sólida y el respeto al Estado de derecho son esenciales para desarrollar todo el potencial de Bolivia. Funcionarios del gobierno estadounidense se encuentran actualmente en Bolivia buscando facilitar inversiones que fomenten la prosperidad de ambas naciones. Estados Unidos está dispuesto a apoyar la transición de Bolivia y a profundizar nuestra asociación“, concluyó.

El presidente de Bolivia, Rodrigo Paz, declaró este miércoles una “emergencia económica y social” ante la crisis que vive el país, con medidas como el retiro de la subvención de los combustibles e incrementos del salario mínimo nacional y de algunos bonos sociales para proteger “a quienes más lo necesitan”.

En un mensaje televisado, Paz anunció que se emitió un decreto que calificó como una “decisión histórica de salvataje de la patria” que permitirá “actuar rápido, coordinar al Estado y tomar acciones firmes para estabilizar la economía, proteger a las familias bolivianas y crecer produciendo”.

“Asumimos el Gobierno de un país profundamente herido en su economía, en sus reservas, sin dólares, con una inflación creciente, sin combustibles y con un Estado que fue vaciado desde adentro. Bolivia está enferma, la arrasaron como en la guerra. Nos dejaron solos, nos saquearon como país”, aseguró el gobernante.

Paz, que tomó juramento el pasado 8 de noviembre, afirmó que recibió un país con “la peor crisis económica, financiera, social y ambiental” de su historia, con un “déficit gigantesco, reservas internacionales agotadas”, empresas públicas “saqueadas y un Estado convertido en botín por bandidos que gobernaron para sí mismos y no para el pueblo boliviano”.

El mandatario señaló que declaró la “emergencia económica, financiera, energética y social porque Bolivia no podía seguir funcionando con normas de los últimos 20 años”, de los Gobiernos del Movimiento al Socialismo (MAS), de Evo Morales (2006-2019) y Luis Arce (2020-2025).

Hemos tomado una decisión central, proteger el bolsillo del pueblo y dar certidumbre en la energía y en los combustibles, con precios claros y con abastecimiento garantizado”, manifestó Paz y remarcó la importancia de “sincerar” los precios de los hidrocarburos.

En Bolivia, el litro de diésel y gasolina se vende a un precio subvencionado que ronda los 0,53 dólares, que se mantuvo estable hace más de 20 años y que anualmente representa un costo al Estado de más de 2.000 millones de dólares.

El decreto anunciado por el gobernante establece incrementos en los precios de las gasolinas, diésel, kerosene, jet fuel y gas oíl, y mantiene solamente en 22,50 bolivianos (3,23 dólares) el coste de la garrafa o bombona de gas licuado de petróleo (GLP).

La gasolina especial costará 6,96 bolivianos por litro, equivalente a un dólar; la gasolina premium estará a 11 bolivianos (1,58 dólares); el litro de diésel a 9,80 bolivianos (1,40 dólares); la gasolina de aviación a 10,57 bolivianos (1,51 dólares) y el jet fuel a 10,74 bolivianos (1,54 dólares), que regirán por seis meses.

Paz también anunció un “régimen extraordinario de repatriación de capitales con 0% de impuestos”, con el fin de recuperar liquidez y también dijo que se liberarán las exportaciones y se retirará el diésel de la lista de sustancias controladas para facilitar su importación, entre otras medidas.

Además, su Gobierno dispuso que desde el próximo 2 de enero, el salario mínimo nacional subirá un 20%, de 2.750 a 3.300 bolivianos (395 a 474 dólares) y que el monto se revisará a finales del próximo año en base a los “datos reales de inflación” y mediante un diálogo con los trabajadores y empresarios privados.

El presidente sostuvo que el decreto también “tiene un corazón social firme”, pues dispone incrementos de la Renta Dignidad para adultos mayores, de los actuales 300 bolivianos a 500 bolivianos (de 43 a casi 72 dólares) y del Bono Juancito Pinto, un incentivo anual para evitar la deserción escolar, de 200 a 300 bolivianos (de 28,7 a 43 dólares).

Paz justificó que “no es asistencialismo, es ayudar a las familias que quedaron destruidas después del saqueo de los últimos 20 años”.

Tras el mensaje presidencial, se formaron filas largas en las gasolineras y algunos sectores sociales amenazaron con movilizarse en contra del retiro de la subvención.

El lunes, el Ejecutivo presentó una comisión que investigará la supuesta corrupción en el área hidrocarburífera durante los Gobiernos de Morales y Arce, y también denunció un presunto daño económico de 2.595 millones de dólares por empresas y plantas industriales estatales “inviables” impulsadas en ambas administraciones.

El líder opositor y exgobernador del estado Bolívar, Andrés Velásquez, reiteró este jueves que la única solución a la profunda crisis política, económica y social que atraviesa Venezuela es la restauración de la democracia mediante el respeto a los resultados de las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024, en las que, según la oposición, Nicolás Maduro fue derrotado de manera contundente.

MFM

En un mensaje publicado en su cuenta de X (anteriormente Twitter), Velásquez afirmó: «La única e incuestionable solución a la crisis que hoy vive Venezuela es DEMOCRACIA. No hay otra solución que no sea imponer el respeto a los resultados electorales del 28J, donde Maduro fue derrotado por paliza. […] Solución: FUERA MADURO. LIBERTAD!».

El dirigente de La Causa Radical, partido de oposición, insiste en que la actual situación de inestabilidad se originó en lo que califica como un «golpe» para usurpar la voluntad popular expresada en las urnas. La oposición, respaldada por actas electorales recopiladas de manera independiente y verificadas por observadores internacionales, sostiene que el candidato unitario Edmundo González Urrutia obtuvo una victoria amplia, mientras que el Consejo Nacional Electoral (CNE), controlado por el oficialismo, proclamó a Maduro como ganador sin publicar los resultados detallados.

Tensión internacional y represión interna

El llamado de Velásquez se produce en medio de una escalada de tensiones entre el gobierno de Maduro y la administración de Estados Unidos bajo el presidente Donald Trump, quien ha intensificado la presión con despliegues militares en el Caribe, incautaciones de activos petroleros y amenazas de acciones más directas contra lo que califica como narcotráfico vinculado al régimen venezolano.

Por su parte, la líder opositora María Corina Machado, galardonada con el Premio Nobel de la Paz 2025, ha salido recientemente del escondite para recibir el reconocimiento en Oslo y ha afirmado que la transición democrática es «irreversible». Machado, quien se reunió con González Urrutia (actualmente en el exilio), ha abogado por una salida pacífica y ordenada, aunque el régimen mantiene una feroz represión, con cientos de presos políticos y denuncias de violaciones a los derechos humanos documentadas por la ONU.

Maduro, quien asumió un nuevo mandato en enero de 2025 pese al rechazo internacional, ha rechazado cualquier negociación que implique su salida inmediata y ha movilizado a sus bases para defender el «legado chavista». Sin embargo, analistas señalan que el aislamiento regional crece, con pérdidas de aliados tradicionales y un éxodo masivo que supera los ocho millones de venezolanos.

Velásquez, conocido por su crítica constante a la corrupción y los abusos del poder, ha recibido apoyo masivo en redes sociales de sectores opositores, aunque también respuestas polarizadas de simpatizantes del gobierno. Su mensaje resuena en un país agotado por la hiperinflación, la escasez y la emigración forzada, donde la demanda de cambio democrático se mantiene como el principal reclamo ciudadano.

La comunidad internacional, incluyendo la Unión Europea y varios gobiernos latinoamericanos, continúa reconociendo a González Urrutia como el presidente electo legítimo, mientras persiste la incertidumbre sobre una posible resolución negociada o una escalada mayor en los próximos meses.

A medida que los activos militares estadounidenses se acumulan en el Caribe y la presión diplomática sobre el régimen de Nicolás Maduro se intensifica, dos visiones marcadamente diferentes del futuro de Venezuela dominan los debates políticos. La primera prevé una transición democrática fluida: Maduro dimite, Edmundo González asume la presidencia que obtuvo en julio de 2024 y Venezuela se reincorpora a la comunidad de naciones democráticas. La segunda evoca el espectro de Libia: un Estado colapsado y fracturado por la guerra civil, con facciones armadas compitiendo por territorio y sumiendo al país en un caos peor que la estabilidad autocrática.

Por: José Ramón Morales Arilla – Journal of Democracy

Ambos escenarios son analíticamente imprecisos. El primero ignora la profunda decadencia institucional que ha provocado el chavismo. El segundo plantea una analogía que se derrumba al ser examinada con detenimiento. Comprender cómo será realmente la transición venezolana —y prepararse en consecuencia— requiere ir más allá de estos marcos convenientes para examinar las condiciones específicas que pueden configurar una Venezuela post-Maduro.

¿Por qué Venezuela no es Libia?

La analogía con Libia se ha convertido en un atajo retórico para quienes advierten contra un cambio de régimen, pero malinterpreta fundamentalmente el contexto venezolano. La caída de Libia en un prolongado conflicto civil se produjo tras el colapso de un régimen altamente personalista que había vaciado las instituciones nacionales y concentrado el poder coercitivo en redes de seguridad leales. En una sociedad con importantes divisiones regionales, tribales y locales, esto dejó sin una estructura estatal creíble y unificada capaz de gestionar la transición. Tras la caída del coronel Muamar el Gadafi en 2011, milicias con bases territoriales diferenciadas, basadas en ciudades, regiones, tribus e ideologías, compitieron por llenar el vacío y apoderarse de los recursos estatales, consolidando un orden fragmentado y violento.

Venezuela no comparte ninguna de estas características. El país no presenta divisiones étnicas ni religiosas que puedan sustentar facciones armadas rivales. No existe separatismo regional, división sectaria ni estructura tribal que proyecte una posible fragmentación militar. La sociedad venezolana es notablemente homogénea precisamente en las dimensiones que impulsaron la desintegración de Libia. Las fuerzas armadas del país, a pesar de su corrupción y politización, siguen siendo una institución nacional y jerárquica, en lugar de un mosaico de milicias regionales. El deseo de cambio lo sostiene una mayoría decisiva que se extiende por todo el territorio, tras la victoria de Edmundo González en las elecciones de julio de 2024 en todos los estados del país y en el 90 % de los 335 municipios.

Pero quizás lo más fundamental es que la guerra civil libia requirió múltiples coaliciones armadas con una capacidad coercitiva comparable entre sí. Venezuela hoy solo cuenta con una fuente de poder coercitivo abrumador: el estamento militar y de seguridad, que hasta la fecha se mantiene leal al régimen de Maduro. El poder de la oposición se deriva enteramente de su legitimidad democrática y apoyo popular: no cuenta con milicias, insurgencia armada ni bastiones territoriales. El equilibrio de poder es extremadamente asimétrico: un bando tiene votos, mientras que el otro tiene armas. Esta configuración puede generar, y ha generado, represión, pero no puede generar una guerra civil en ningún sentido significativo.

Por todas estas razones, el escenario libio —a menudo invocado por analistas y reiteradamente amenazado por el régimen de Maduro— es altamente improbable como resultado de una transición en Venezuela. Sin embargo, estos mismos factores que actúan en contra de un escenario como el de «Libia en el Caribe» también dificultan que los militares rompan con el régimen. Dicha ruptura es precisamente lo que un marco de justicia transicional bien diseñado debería buscar inducir.

Incentivos para romper con el régimen

La lógica estratégica de la amnistía diferenciada  —ofrecer un margen limitado de «salvoconducto para el exilio protegido» a los culpables de los crímenes más graves, a la vez que extiende una amnistía nacional amplia a un grupo más amplio de miembros del régimen— cumple un propósito crucial que va más allá de facilitar las deserciones individuales. Crea las condiciones para que las fuerzas armadas, como institución unificada, puedan facilitar la transición.

Consideremos la alternativa: si los oficiales militares creen que cualquier transición implica el enjuiciamiento de todos los participantes del régimen —desde los peores violadores de derechos humanos hasta los oficiales de bajo rango que obedecieron órdenes y explotaron sus cargos para beneficio propio—, entonces el incentivo de todos será apoyar la supervivencia del régimen. Ante el riesgo existencial, los militares seguirán apoyándolo como única esperanza de supervivencia. La coalición entre los altos mandos políticos y los militares se mantendrá unida porque el destino de todos dependerá de la continuidad del statu quo.

Una amnistía diferenciada rompería esta lógica. Los oficiales cuya conducta no alcanza un umbral de responsabilidad penal claramente definido pueden esperar, racionalmente, permanecer en el país con sus carreras, pensiones y familias intactas, siempre que contribuyan a la transición en lugar de obstaculizarla. A los líderes del régimen cuyos delitos superan ese umbral —los responsables de crímenes de lesa humanidad— se les puede ofrecer una única y cuidadosamente delimitada oportunidad de exiliarse, protegidos por sólidas garantías internacionales. Para la gran mayoría de los oficiales, esto introducirá un nuevo cálculo: podrán empezar a comprender que sus intereses difieren de los de las figuras más comprometidas del régimen. Podrán visualizar un futuro en la Venezuela posterior a la transición, no como criminales perseguidos, sino como participantes en la reconstrucción del país. Esa visión les permitirá adaptarse al cambio en lugar de resistirse a él y, fundamentalmente, les permitirá adaptarse como institución.

Aquí es donde la división del trabajo entre los actores internacionales y nacionales se vuelve esencial. La oposición no puede garantizar de forma creíble un exilio seguro para quienes no se benefician de la amnistía. Esa función recae en los socios internacionales con capacidad para ofrecer salvoconducto a exiliados protegidos. Los países dispuestos a acoger a estas personas, en condiciones que les impidan socavar el nuevo orden democrático pero las protejan de una mayor rendición de cuentas, deben garantizar la logística de la salida y la credibilidad del acuerdo.

Pero la amnistía más amplia —que abarca la corrupción, la manipulación electoral y la complicidad cotidiana que conlleva el sostenimiento de un régimen autoritario— debe provenir de los propios venezolanos, especialmente del legítimo presidente electo Edmundo González y de la líder opositora María Corina Machado. Esta oferta debe ser pública, detallada e inequívoca. No puede esperar al momento de la transición; debe presentarse ahora, mientras los miembros del régimen aún evalúan sus opciones. Este compromiso es autoejecutable, ya que el nuevo gobierno necesitará la aquiescencia y la cooperación de los oficiales militares, burócratas y operadores políticos amparados por el acuerdo de amnistía. Esto permitirá a los funcionarios militares y civiles realizar cálculos prospectivos sobre su lugar en la Venezuela postransición y actuar en consecuencia hoy.

El escenario de turbulencia

Incluso si la transición tiene éxito —si Maduro y otros líderes del régimen comprometido se marchan, el ejército se retira y González asume la presidencia—, es muy improbable que Venezuela se convierta en una democracia pacífica de la noche a la mañana. La evaluación honesta de la situación es que el resultado probable de una transición se encuentra a medio camino entre Libia y la utopía: llamémoslo el «escenario turbulento».

Veinticinco años de chavismo han comprometido profundamente el panorama de seguridad del país. Mucho antes de la crisis actual, el régimen cultivó un denso ecosistema de actores armados no estatales como herramientas de control y generación de ingresos. Grupos guerrilleros colombianos —el ELN y las disidencias de las FARC— operan abiertamente en territorio venezolano, con la aquiescencia y, a menudo, la colaboración del régimen. Colectivos armados , bandas carcelarias y mafias mineras controlan importantes porciones del territorio. El Cártel de los Soles —la red de narcotráfico que involucra a altos mandos militares— ha penetrado profundamente las instituciones militares y estatales.

Una transición democrática no disolverá automáticamente estas estructuras. Algunos grupos —especialmente aquellos cuyo poder depende del clientelismo del régimen, el acceso a rentas controladas por el Estado o la impunidad por crímenes del pasado— verán la democratización como una amenaza directa. Otros podrían temer razonablemente que un nuevo gobierno democrático coopere con socios internacionales para desmantelar sus operaciones. Comandantes individuales, operadores de nivel medio y remanentes del aparato de seguridad del chavismo podrían quedar al margen de los acuerdos de transición, incapaces o reacios a aceptar el exilio, excluidos de la amnistía o rechazando la perspectiva de un gobierno democrático al que se oponen por razones ideológicas. Estas personas podrían retirarse a zonas remotas e intentar organizar la resistencia insurgente contra el nuevo gobierno.

Este escenario turbulento no equivale a la fragmentación apocalíptica que sufrió Libia, pero tampoco constituirá la restauración fluida de la democracia liberal. En cambio, se asemejará a lo que Venezuela y gran parte de América Latina han vivido en las últimas décadas: un gobierno democrático que enfrenta persistentes desafíos armados por parte de actores no estatales (ya sean ideólogos o criminales) que se aprovechan de las debilidades institucionales y la limitada capacidad del Estado para resistir la consolidación de un orden político constitucional-democrático.

Aprendiendo de la historia de Venezuela y de la región

Venezuela ya se ha enfrentado a este desafío. En la década de 1960, la joven democracia se enfrentó a una insurgencia guerrillera de extrema izquierda respaldada por la Cuba de Fidel Castro. Las fuerzas armadas y el gobierno democráticamente elegido del partido de centroizquierda Acción Democrática encontraron una causa común a pesar de sus prolongados conflictos, y la insurgencia fue contenida gradualmente mediante una combinación de presión militar, apertura política y desmovilización negociada. El período democrático de cuarenta años de Venezuela, con todas sus fallas, surgió de ese turbulento comienzo.

La región también ha aprendido duras lecciones sobre contrainsurgencia y construcción del Estado. A pesar de las consecuencias negativas de intentar erradicar los campos de coca desde el aire, el Plan Colombia también demostró que la cooperación internacional sostenida para fortalecer la capacidad del Estado puede reducir drásticamente la capacidad operativa de los grupos armados . Una Venezuela democrática podría, por primera vez en años, acceder al tipo de asistencia en seguridad, cooperación de inteligencia y apoyo institucional que el chavismo impidió. Dicho apoyo, adaptado a la situación principal de Venezuela (no es un centro de producción de drogas, sino una ruta de envío de drogas) y centrado en consolidar la gobernanza democrática a través de un Estado capaz de contener la insurgencia, proporcionaría una ayuda sólida al nuevo gobierno democrático.

Fundamentalmente, cualquier insurgencia posterior a la transición carecería de las bases políticas y sociales que sustentan los movimientos guerrilleros desestabilizadores. Las FARC de Colombia se basaron originalmente en quejas genuinas sobre la desigualdad en la propiedad de la tierra y la exclusión política; la resistencia del Viet Minh y posteriormente del Viet Cong se alimentó del nacionalismo y el sentimiento anticolonial, así como de la ideología comunista con apoyo popular; innumerables otras insurgencias se alimentaron de la exclusión real o percibida del poder político. ¿Cuál sería la bandera de una insurgencia chavista posterior a la transición? ¿Regresar a un régimen que destruyó la economía , exilió a ocho millones de ciudadanos y perdió una elección presidencial por cuarenta puntos, en todo el territorio venezolano ? Dichos movimientos pueden causar violencia, pero tendrían dificultades para reclamar legitimidad y reclutar a amplios segmentos de la sociedad. Ciertamente podrían plantear problemas de seguridad, pero al carecer de una alternativa para gobernar con algún poder de persuasión, sería improbable que se convirtieran en una amenaza existencial.

El caso de la imperfección

La comparación pertinente para orientar las decisiones ahora no es la que enfrenta el temor a una guerra civil con la esperanza de una democracia tocqueviliana de la noche a la mañana. La disyuntiva, más bien, es entre una transición democrática turbulenta pero real y el statu quo de autocracia, colapso económico , emigración masiva y continuo sufrimiento general. Según ese criterio, incluso una transición imperfecta supondrá una enorme mejora.

Un gobierno democrático en Caracas, incluso uno que deba lidiar con la guerrilla y las redes criminales arraigadas, podrá impulsar reformas económicas, acceder a financiamiento internacional y comenzar a reconstruir las instituciones destruidas. Podrá crear las condiciones para que millones de venezolanos en el extranjero comiencen a regresar a su país para participar en la reconstrucción. Podrá buscar la verdad y la justicia en nombre de las víctimas de crímenes de lesa humanidad, mediante procesos legales legítimos en lugar de la violencia revolucionaria. Y podrá brindar a los venezolanos lo que les ha faltado durante al menos una década: un gobierno que derive su autoridad del consentimiento de los gobernados.

El miedo a la inestabilidad posterior a la transición no debería ser un argumento en contra de ella. Una democracia deficiente que lucha contra la insurgencia y el crimen organizado no sería el peor resultado. El peor resultado sería la perpetuación de una dictadura brutal que destruyó una nación otrora próspera y que otorga sus recursos y posición geoestratégica al crimen organizado y a los peores actores internacionales. La posibilidad real de resistencia al gobierno democrático debería ser un argumento para preparar y gestionar la transición con prudencia. Lograr la transición y minimizar la resistencia requerirá una combinación de presión externa y vías de escape diferenciadas con garantías internas y externas. Este enfoque matizado de amnistía, que puede influir en los cálculos de los miembros del régimen hoy en día, no es una concesión moral a la impunidad, sino una vía para lograr y consolidar el retorno a la democracia.

El camino a seguir para Venezuela se encuentra entre Libia y la utopía. Reconocer esa realidad —y planificar el complicado y difícil, pero mucho mejor, camino intermedio— es esencial para la oposición, para Estados Unidos y para la comunidad internacional. El objetivo no es una transición perfecta, sino exitosa. Si los venezolanos logran un gobierno elegido por ellos para llevar adelante la difícil, pero posible, labor de reconstrucción, eso sería un logro suficiente.

José Ramón Morales-Arilla es profesor investigador de la Escuela de Posgrado de Gobierno y Transformación Pública del Tecnológico de Monterrey. Obtuvo su doctorado en Políticas Públicas en la Universidad de Harvard.

“Los regímenes autoritarios aprenden unos de otros. Comparten tecnologías y sistemas de propaganda. Detrás de Maduro están Cuba, Rusia, Irán, China y Hezbollah, proporcionando armas, sistemas de vigilancia y recursos de supervivencia económica. Hacen que el régimen sea más robusto y más brutal”.

Por: Héctor Schamis – Semana

Son palabras de Jørgen Watne Frydnes, presidente del Comité Noruego del Nobel, pronunciadas en la entrega del Premio Nobel de la Paz 2025 a María Corina Machado. Nunca mejor dichas, por la ocasión, por la profundidad moral de los conceptos y por la precisión del diagnóstico. Como si hubieran sido escritas por la propia María Corina, expresan un replanteo doctrinario más que saludable. El mundo debe escuchar. La denuncia con nombres propios deja claro quiénes son los enemigos de la paz, en Venezuela y en todas partes.

Pues Occidente no siempre tuvo similar firmeza ante ellos. No siempre entendió que el apaciguamiento no es sinónimo de paz, sino que, más bien, son antónimos. La historia lo demuestra. Mientras sus tanques recorrían las calles de Budapest y Praga, la Unión Soviética organizaba una variedad de “conferencias internacionales de paz”. Eran transmitidas en 70 idiomas por Radio Moscú, el instrumento oficial de propaganda del Partido Comunista durante la Guerra Fría. Europa era su audiencia.

Hoy Rusia está presente en Venezuela con equipamiento militar, asesores en espionaje y mercenarios de Wagner. Maduro lo retribuye apoyando a Rusia en la guerra contra Ucrania. Cuba, por su parte, no solo apoya la agresión rusa, también ha enviado un contingente de combatientes. Desde los años sesenta, Cuba ha sido la usina distribuidora de Moscú para el Tercer Mundo. Sus intervenciones militares en África, el Caribe y América Latina eran racionalizadas como “solidaridad revolucionaria” con movimientos anticoloniales. Pamplinas, Venezuela llevaba más de un siglo y medio de vida independiente cuando guerrillas venezolanas y tropas cubanas desembarcaron en la playa de Machurucuto, en mayo de 1967, con el objetivo de tomar el poder.

En cierto sentido, aquel intento de ocupación y toma del poder se concretó más tarde, con el chavismo. Desde entonces, el control aeroportuario, la confección del padrón electoral, la documentación ciudadana y la contrainteligencia militar, incluyendo la tortura de los oficiales en cautiverio, pasaron a estar en manos de oficiales cubanos. Cuba no solo está “detrás de Maduro”, está a su alrededor: su custodia está conformada por militares cubanos. Sin Cuba, Maduro habría caído hace tiempo.

Asimismo, si Cuba está detrás de Maduro, y el Comité del Nobel lo expresa con diáfana claridad, es improbable que hubiera otorgado hoy el premio al acuerdo entre el Estado colombiano y las Farc como en 2016, acuerdo patrocinado por el régimen cubano y negociado en La Habana. Pues, además, tampoco se logró dicha paz. Europa, en general, ha sido inconsistente en relación con Cuba y Venezuela, especialmente la socialdemocracia escandinava. Les ha creído su retórica progresista, soslayando que se trata de regímenes totalitarios, de partido único y que llevan seis décadas en el poder el primero y 27 años el segundo. Nada de eso es progresismo; el Comité Noruego del Nobel lo deja claro hoy.

El Acuerdo de Diálogo Político y Cooperación (PDCA) entre la Unión Europea y Cuba ilustra el punto. Firmado en diciembre de 2016 y aprobado por el Parlamento en julio de 2017, dicho acuerdo financia proyectos por cientos de millones de dólares, muchos de ellos canalizados a través de agencias vinculadas a instituciones militares.

Ello redunda en más recursos para la élite militar; o sea, más violaciones de derechos humanos. Todos los Estados de la UE han ratificado dicho acuerdo, excepto Lituania. En 2023, el gobierno de Suecia expresó la necesidad de revisar el acuerdo en virtud de las continuas acciones represivas del Estado cubano.

Irán y Hezbollah, la organización paraestatal del régimen teocrático, también están detrás de Maduro. Un reciente informe de inteligencia producido por agencias federales estadounidenses revela un esquema de triangulación entre China, Venezuela e Irán. Describe una arquitectura financiera y logística diseñada por el chavismo para permitir a Irán lavar dinero y eludir sanciones. El resultado ha sido un flujo continuado de recursos que incluso habría contribuido a sostener el programa nuclear iraní.

Venezuela, bajo el chavismo, ha actuado como plataforma operativa de Teherán en América Latina. Ello ha incluido a organizaciones como Hezbollah y Hamás. Si bien con presencia en varios puntos críticos de la región, en ningún país del hemisferio la penetración del terrorismo yihadista ha llegado tan alto en la estructura del Estado como en Venezuela.

El día 10 de diciembre pasado, el “Consejo de Derechos Humanos” de la República Islámica de Irán se pronunció con motivo del aniversario de la Declaración Universal, exigiendo a la comunidad internacional que abandone los “enfoques políticos y de doble rasero” y cumpla de manera “real e imparcial” con sus obligaciones en esta materia.

El día 12, mientras María Corina Machado participaba en Oslo en diversos eventos relacionados con su premio, el régimen iraní encarceló a Narges Mohammadi, ciudadana iraní y ganadora del Nobel de la Paz 2023. Golpeada durante su arresto, fue trasladada al hospital. Si el hecho es vil, el mensaje político es infame.

Este Nobel de María Corina, y las contundentes palabras del presidente del comité, constituyen una reivindicación. Una reformulación doctrinaria que permite distinguir entre retórica y realidad, entre paz y apaciguamiento. Una suerte de “nunca más” a otorgarle el beneficio de la duda a dictadura alguna, regímenes que han demostrado sobradamente su naturaleza criminal. Los venezolanos en Oslo sentían alivio, se sentían reconocidos como nunca antes y su lucha finalmente legitimada por la comunidad internacional.

Tantos años enfrentando una frívola descalificación ideológica; la lucha de María Corina ha sido siempre por principios. Considerada de “extrema derecha”, cuando al mismo tiempo su gesta ha sido por la más fundamental forma de progresismo: la igualdad ante la ley. No ha sido una lucha por posiciones ideológicas, sino por valores: la libertad, el debido proceso, los derechos humanos y la soberanía popular expresada en el voto. El Comité del Nobel hoy lo reconoce y lo comunica al mundo. Sobre todo, lo comunica a la política exterior europea. Enhorabuena.

América Latina es tierra de democracias frágiles y dictaduras criminales. Las democracias no cooperan entre sí como deberían. Las dictaduras —Cuba, Nicaragua y Venezuela— lo hacen como rutina. Por eso el Nobel a María Corina es la esperanza de todo un continente. Es la ilusión que genera en todo aquel enfrentando a una dictadura. Es el poder pensar, tal vez sentir, que la libertad y la democracia no están tan lejos después de todo.

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