La tragavenado, por Soledad Morillo Belloso

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Venezuela ha sido el mejor aliado de Estados Unidos cuando ha tenido democracia. Eso, que parece de anteojito, los estadounidenses —convertidos en tutores desde el 3E— parecen no entenderlo, ni siquiera con la evidencia histórica gritándoles en la cara desde hace décadas. No es un problema nuevo: es una resaca que arrastramos desde 1999.

Cuando Venezuela ha tenido democracia —democracia real, con alternancia que respira, con partidos que se pelean pero existen, con prensa que incomoda, con instituciones que funcionan aunque rechinen como puerta vieja— este país ha sido predecible, confiable, estable, productivo. Negocia sin doble fondo, cumple sin chantajes, honra acuerdos sin esconder la mano. No juega a dos bandas ni sirve de plataforma para aventuras geopolíticas ajenas. Con todos sus demonios, se comporta como socio, no como amenaza.

Los estadounidenses tal vez olvidan que fue la Venezuela democrática la que se alineó con ellos en la Guerra Fría; la que sostuvo su estabilidad energética durante décadas; la que actuó como amortiguador político en el Caribe; la que sirvió de contrapeso frente a Cuba; la que mantuvo una diplomacia profesional y respetada. Esa Venezuela era, para ellos, un aliado confiable, de manual.

Y no porque fuera dócil ni sumisa. La democracia simplemente vuelve racional a este país: da lógica a las decisiones, memoria a las instituciones, límites a los gobiernos, coherencia a las alianzas.

Cuando Venezuela es democrática no improvisa amistades con actores que buscan llenar vacíos de poder. No se vuelve santuario de economías ilícitas. No se desborda en migración masiva. No se transforma en agujero negro regional.

Lo que pasó el 3 de enero fue simple y hondo. Y no sé —porque de verdad no sé— si en La Casa Blanca, en el Departamento de Estado y en El Pentágono lo entendieron en su dimensión real. Quizás lo vieron como jugada táctica, como presión, como ajuste en el tablero. Una de tantas incursiones en estos parajes. Pero no fue táctico: fue emocional, histórico, moral.

Los venezolanos de bien —mayoría absoluta, notoria, abrumadora— sentimos alivio. Un alivio duro, contradictorio, casi vergonzoso, pero alivio. Porque por primera vez en mucho tiempo vimos que entendían lo obvio: a Maduro y a su esposa había que sacarlos, procesarlos, llevárselos presos. Después de “El más grande robo de toda nuestra historia” (Maduro se robó las elecciones de 2024), quedó claro que no había futuro con ellos adentro. No había recuperación posible con ellos respirando en Miraflores. No habría país mientras esa pareja de delincuentes siguiera siendo el epicentro del daño.

Y sí: aceptamos —y seguimos aceptando— un tutelaje. Una palabra que raspa nuestra dignidad y recuerda que alguna vez fuimos soberanos y hoy estamos de rodillas. Y nos estamos tragando ese sapo porque aceptamos que el problema es tan gordo, tan profundo, tan metastásico, que solos no podemos. Necesitamos ayuda: músculo, inteligencia, presión, estructura, capacidad de ejecución.

Aceptar ayuda no significa aceptar medias tintas. No significa aceptar soluciones cosméticas. No significa aceptar “transiciones negociadas” que no toquen el carozo. No significa aceptar una democracia de utilería.

Los venezolanos de bien no queremos un país administrado: queremos un país libre. No queremos un país estabilizado: queremos un país reconstruido.
No queremos un país vigilado: queremos un país respirable.

El 3 de enero fue un punto de quiebre porque por primera vez en años sentimos que al fin los Estados Unidos —con todo su poder, su torpeza y su distancia cultural— estaban al fin entendiendo que el problema venezolano no es de gobernabilidad: es de criminalidad estructural. No se resuelve con elecciones vigiladas ni con mesas de diálogo. Se resuelve sacando a quienes destruyeron el país y desmontando el sistema que los sostiene.

El 3E ciertamente respiramos. Respiramos porque alguien con fuerza suficiente parecía dispuesto a hacer lo que nosotros solos no podemos. Respiramos porque la pesadilla mostró grietas. Respiramos porque la ayuda venía con intención, no con diplomacia vacía.

Pero no nos confundamos: el problema no se arregla con soluciones mensas. No se arregla dejando piezas del régimen intactas. No se arregla con convivencias por conveniencia. No se arregla con “estabilidad” sin justicia.

La Venezuela democrática volverá ser funcional para Estados Unidos porque será útil para sí misma. La Venezuela autoritaria, en cambio, es un animal hambriento y violento que muerde, incluso a quien crea que puede domesticarlo con sanciones o acuerdos tibios.

Por eso la fantasía de una Venezuela “estable” sin democracia real es un chiste malo. La estabilidad venezolana solo existe cuando hay democracia. La cooperación confiable solo existe cuando hay democracia. La alianza real solo existe cuando hay democracia. Venezuela solo es viable en democracia.

Todo lo demás es espejismo, ruido, caos administrado, fachada.

Lo que los Estados Unidos quieren —una Venezuela que produzca, que negocie, que no se desborde, que no sea plataforma de potencias rivales— solo es posible si respira políticamente. No es viable con ningún autoritarismo, por más que lo maquillen de orden y luzca engañosamente como un “buen negocio”.

Y, entonces, si lo que quieren es un “buen negocio”, meterse en la cama con una tragavenado no es prudente. La tragavenado es atractiva, paciente, silenciosa. Sabe esperar. Y cuando ataca, aprieta y traga. Siempre. Sin excepción.

El señor Rubio quiere ser presidente. Si logra la candidatura y gana la silla de La Casa Blanca —y si el problema venezolano persiste porque se hayan metido en un túnel absurdo— descubrirá que no solo la confiabilidad energética será un mito (y por los vientos que soplan, el problema con Irán y la guerra Rusia–Ucrania van para largo), sino que esa Venezuela parapeteada y no realmente curada alborotará severamente el vecindario. Porque este país, y la historia reciente lo confirma, cuando no tiene democracia no se queda quieto: se desborda, se fuga, se cuela por las rendijas, se vuelve tormenta y refugio para terroristas, narcotraficantes y delincuentes de todo estilo, color y sabor. De esos que no se andan con juegos. De esos que explotan bombas, que matan gente y que estrellan aviones contra edificios.

Soledad Morillo Belloso
Soledadmorillobelloso@gmail.com

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