Morfema Press

Es lo que es

Antonio de la Cruz

Por Antonio de la Cruz

En el laberinto de contradicciones que sostiene al régimen venezolano, las salidas se van cerrando una a una. El cerco diplomático, económico y legal que enfrenta Nicolás Maduro ya no es retórico: es operativo, silencioso y, en muchos frentes, eficaz. Lejos de la propaganda oficial, lo que ocurre hoy en Venezuela y su entorno no es la prolongación de una dictadura resistente, sino el reflejo de un poder que cede ante la presión y sin soluciones a corto plazo.

La investigación de la Fiscalía chilena ha establecido que la organización criminal conocida como el Tren de Aragua —surgida en Venezuela bajo el amparo de autoridades regionales chavistas— ha operado en el extranjero con instrucciones directas desde la cúpula que tiene secuestrado el país. En concreto, se acusa a Diosdado Cabello de haber ordenado el asesinato del teniente venezolano Ronald Ojeda en Santiago de Chile. Esta vinculación directa entre el crimen organizado y las más altas esferas del cabello-madurismo deja al descubierto una verdad que muchos gobiernos ya habían intuido: el régimen no solo maneja la criminalidad, sino que la utiliza como instrumento de control y expansión.

A esta evidencia se suma un fenómeno de enorme impacto regional: la migración venezolana. Millones de ciudadanos huyen de la miseria y de la represión, y algunos terminan atrapados en redes de tráfico de personas controladas por las mismas estructuras criminales ligadas al cabello-madurismo. No es un fenómeno aislado, sino una consecuencia lógica de un Estado mafioso, colapsado.

El resultado es devastador: miles de venezolanos endeudados por el viaje al Norte y vulnerables, mientras en Washington crece la narrativa que asocia esta migración con riesgos de seguridad nacional.

En este contexto, la empresa Chevron logró una prórroga hasta el 27 de mayo para la liquidación de sus operaciones en Venezuela gracias al lobby petrolero que apeló al pragmatismo político de Washington. Sin embargo, esta continuidad no significa un salvavidas para el régimen, sino una nueva forma de condicionamiento. Estados Unidos está exigiendo, a cambio de cada permiso comercial, concesiones concretas por parte de Maduro: aceptar vuelos de deportación de migrantes, limitar ingresos por exportación de crudo y someter su comercio a fiscalización.

El golpe más reciente no viene desde América, sino desde Asia. Las llamadas “refinerías cafeteras” chinas y la india Reliance, que negocian petróleo venezolano a precios con descuento, han detenido sus compras para abril ante la amenaza del nuevo arancel estadounidense de 25% a los productos de esos países. El mensaje es claro: quien mantenga relaciones con el régimen bolivariano se verá obligado a pagar aranceles en todas sus transacciones comerciales con Estados Unidos a partir del 2 de abril. Y el efecto ya se nota.

Mientras tanto, Rusia —uno de los principales aliados de Maduro en los últimos años— atraviesa un nuevo capítulo en sus negociaciones con Ucrania, facilitadas por Estados Unidos. Para Moscú, Maduro ya no es un aliado prioritario, sino un problema menor en una partida más grande. La pérdida de respaldo de Putin debilita aún más la ya erosionada posición internacional del régimen.

Todo esto ocurre mientras en Venezuela sigue ignorándose la voluntad popular. El 28 de julio de 2024, los venezolanos votaron masivamente por un cambio de gobierno. Pero Maduro, desconociendo ese resultado, permanece atrincherado en el Palacio de Miraflores.

La comunidad internacional, aunque no actúe siempre con celeridad, ha comenzado a responder con inteligencia. No se trata de sanciones abstractas, sino de medidas concretas que exponen las contradicciones del régimen y obligan a tomar decisiones incómodas. Maduro cede porque ya no tiene margen. Acepta condiciones que antes rechazaba. Recibe vuelos que prometió no aceptar. Depende de aliados que ya no garantizan lealtad.

El poder del chavismo-madurismo, que durante años se sostuvo en la narrativa del antiimperialismo y el control territorial, enfrenta ahora una dinámica diferente: una red de presiones que no hace ruido, pero es constante. El desgaste no es inmediato, pero es irreversible.

Y en el centro de todo, la verdad más simple: el pueblo venezolano ya decidió. Lo hizo en las urnas, con claridad. Lo demás es ocupación del poder. Y cada día, mantenerla cuesta más.

Por Antonio de la Cruz

«La democracia es la peor forma de gobierno, excepto todas las demás que han sido probadas«
Winston Churchill

Hace ochenta años, cuando Europa emergía de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial, los líderes aliados se reunieron en Yalta para trazar el mapa del nuevo orden global. El mundo quedó dividido entre la esfera soviética y el bloque occidental, un antagonismo que definiría la Guerra Fría. Hoy, ese mapa se está borrando y redibujando tantas veces que las líneas de conflicto ya no son ideológicas, sino algo más ambiguo: la lucha entre el autoritarismo populista y las democracias liberales.

Muy parecido al análisis que harían Max Weber (1864-1920) y Ernesto Laclau (1935-2014) de este momento. Weber, con su teoría sobre la burocracia y los tipos de dominación, nos recordaría que los populismos contemporáneos –desde Trump hasta Putin– han encontrado en la emoción y el carisma la clave para erosionar las instituciones democráticas. Laclau, por otro lado, nos diría que el populismo no es solo una estrategia de poder, sino una forma de articular demandas insatisfechas en torno a un “significante vacío”: un concepto flexible que puede unir a sectores sociales diversos bajo una narrativa común.

Tomemos a Vladimir Putin y Donald Trump como ejemplos. Aunque uno gobierna con mano de hierro en Moscú y el otro intentó desmantelar el sistema desde Washington, ambos comparten una estrategia común: desafiar el orden liberal y sustituirlo con un modelo en el que la política se basa en la lealtad personal, el desprecio por la burocracia y la movilización de un “pueblo” contra una “élite corrupta”. En el lenguaje de Weber, esto es la transición de una dominación legal-racional (basada en instituciones y reglas) hacia una dominación carismática (basada en la figura del líder como salvador).

Pero el populismo no se limita a la derecha. En América Latina, el chavismo en Venezuela usó la misma lógica que está empleando Trump 2.0: convirtió la democracia en un vehículo para instalar un poder absoluto. Laclau describiría esto como la construcción de una cadena de equivalencias, donde diversas demandas populares –económicas, identitarias, políticas– se agrupan bajo un solo enemigo: el imperialismo, la oligarquía o, en el caso de Trump, el “Estado profundo”.

Venezuela es el caso más ilustrativo de este choque global. Hugo Chávez supo articular el descontento social con una narrativa populista que le permitió consolidar el poder y, a la vez, integrarse en el bloque geopolítico de Rusia, China e Irán. En su momento, esta alianza se justificó en la retórica del antiimperialismo, pero hoy en día, sin una ideología comunista clara, lo que une a estos regímenes es el pragmatismo autoritario: una lógica en la que el poder se conserva a toda costa y la democracia es solo un obstáculo en el camino.

Aquí es donde Weber haría su advertencia: los regímenes autoritarios no solo sobreviven por el carisma de sus líderes, sino porque construyen burocracias eficientes para el control del poder. La maquinaria del Estado chavista-madurista, con su aparato militar y su red de inteligencia dirigida por Cuba, no es solo un capricho ideológico, sino una estructura racionalizada para sostener el régimen. Venezuela, en este sentido, no es un problema solo venezolano; es un nodo dentro de un sistema global de regímenes que han aprendido a gobernar con las reglas de la democracia para destruirla desde adentro.

Entonces, ¿qué significa esto para el mundo democrático? Si la Guerra Fría nos enseñó que el comunismo no era eterno, hoy deberíamos entender que el populismo autoritario tampoco lo es. Pero para combatirlo se necesita más que indignación: se requiere la construcción de un nuevo proyecto hegemónico. Laclau argumentaba que toda lucha política es una batalla por la hegemonía, es decir, por la capacidad de definir qué es el bien común. En Venezuela, por ejemplo, María Corina Machado ha sido el intento más serio de constituir una alternativa democrática que no solo se base en el rechazo al cabello-madurismo, sino en la articulación de una identidad popular que pueda competir con el relato autoritario.

Pero este desafío no es exclusivo de América Latina. En Estados Unidos, Europa y otras democracias, el populismo sigue erosionando instituciones y normas con la promesa de una política más “directa” y menos burocrática. Sin embargo, si algo nos enseña Weber es que la estabilidad de la democracia no puede depender del carisma de un líder, sino de la fortaleza de sus instituciones. Y si algo nos ilustra Laclau es que la democracia no puede ser solo una estructura vacía; debe ser un proyecto que movilice, emocione y ofrezca un horizonte de futuro.

El mundo necesita reconstruir su mapa político luego de 34 años del fin de la confrontación ideológica. No es suficiente con resistir el populismo autoritario; es necesario articular una visión democrática que inspire y convoque. Sin ello, la historia nos enseña que el vacío será llenado por quienes mejor sepan explotar el miedo y la incertidumbre.

El reto es claro: o redibujamos el mapa los demócratas o lo harán los autócratas.

Por Antonio de la Cruz

“En política exterior, Trump es libre de intentar rehacer el mundo, y Estados Unidos podría sufrir una desastrosa pérdida de influencia a manos de China y Rusia antes de que alguien pueda detenerlo”.

The Economist

Las transformaciones geopolíticas, después de la Segunda Guerra Mundial, solían gestarse a fuego lento, con negociaciones interminables y un complejo juego de presiones y contrapesos. Sin embargo, en apenas una semana, la relación entre Estados Unidos, Rusia y Europa ha cambiado de forma tan abrupta que el equilibrio del poder global podría reconfigurarse para las próximas décadas. Lo que comenzó con una llamada entre Donald Trump y Vladimir Putin, el pasado 12 de febrero, ha desembocado en una negociación en Riad que ha dejado en el aire la estabilidad de Europa y el destino de Ucrania.

El mensaje de Washington ha sido inequívoco: la prioridad ya no es contener a Rusia, sino restablecer una relación pragmática con el gobierno de ese país. La rehabilitación de Putin en la escena internacional ha sido rápida y sin concesiones. Tras tres años de aislamiento por la invasión a Ucrania, el Kremlin vuelve a la mesa de negociación sin haber retrocedido un solo centímetro en el terreno ocupado. Más aún, las señales provenientes de la Casa Blanca apuntan a que el apoyo incondicional a Kiev ha terminado. Además, la entrada de Ucrania a la OTAN ha sido descartada, la financiación militar estadounidense ha sido reducida drásticamente y la paz pareciera estar sujeta a la premisa de que Kiev deberá ceder territorio.

Al encuentro en Riad asistieron, por parte de la administración estadounidense, el secretario de Estado, Marco Rubio; el director del Consejo de Seguridad Nacional, Mike Walz, y el enviado especial para Medio Oriente, Steve Witkoff; y en representación del Kremlin el ministro de Exteriores Serguéi Lavrov y los asesores de Vladimir Putin, Yuri Ushakov y Kiril Dmítriev. No hubo nadie del gobierno de Ucrania ni de sus aliados europeos, lo que de cierta manera consolida esta nueva realidad. Algo que en otro momento habría parecido impensable —la exclusión de Europa en la resolución de un conflicto en su propio territorio— es ahora un hecho consumado. La Casa Blanca otorga importantes concesiones a Putin sin exigir garantías tangibles a cambio. Si la meta es alcanzar una paz negociada, la ejecución resulta, en el mejor de los casos, errática y, en el peor, una rendición estratégica.

El impacto ha sido inmediato. Europa, que durante ocho décadas se ha apoyado en la seguridad proporcionada por Estados Unidos, ahora se encuentra en una encrucijada. 

En la Conferencia de Seguridad de Múnich, dos días después de la llamada entre Trump y Putin, el vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance, dejó claro que Washington espera que Europa aprenda a defenderse por sí sola. Francia y Alemania han comenzado a discutir un refuerzo militar conjunto, conscientes de que la era del paraguas de seguridad estadounidense está llegando a su fin. En Bruselas, el temor no es solo el debilitamiento de la OTAN, sino su irrelevancia en un futuro donde Estados Unidos y Rusia podrían redefinir las reglas sin contar con el Viejo Continente.

Mientras tanto, Ucrania se encuentra ante una encrucijada inaceptable: optar por un acuerdo desfavorable o prolongar el conflicto con la esperanza de que un cambio en la dinámica internacional rompa su aislamiento diplomático. La primera opción significaría una derrota estratégica, mientras que la segunda implicaría el riesgo de una escalada. Moscú, con una diplomacia afinada tras décadas de confrontación con Occidente, ha sabido aprovechar la coyuntura. En contraste con el equipo de Trump, formado por negociadores con escaso margen de maniobra, el Kremlin ha logrado avanzar con base en sus intereses sin ceder nada a cambio.

El riesgo de esta estrategia no reside únicamente en lo que implica para Ucrania, sino también en el precedente que establece para otros actores en el escenario global. Si Washington se doblega ante Moscú sin asegurar compromisos ni concesiones, ¿qué evitará que China adopte una postura más agresiva respecto a Taiwán? ¿Qué mensaje se transmite a Irán o a Corea del Norte sobre la efectividad de la presión militar? El equilibrio de poder se fundamenta en la credibilidad y la coherencia, y en este caso, Estados Unidos ha comprometido ambas.

Rusia ha tomado la delantera en la primera ronda. Queda por ver si Washington se da cuenta a tiempo, antes de que Moscú consolide completamente su posición. Solo detendrá la invasión si se llega a un acuerdo favorable que incluya la reducción de la presencia militar de la OTAN en Europa, concesiones territoriales por parte de Ucrania y el cese del apoyo militar occidental a Kiev.

Un mundo en el que las potencias no garantizan la seguridad de sus aliados sobre la base de derechos y normas no es únicamente más peligroso, sino que también significa que el orden global, tal como lo conocemos, se reconfigura sin que Occidente disponga de la última palabra.

Por Antonio de la Cruz

“El momento de actuar es ahora. Cada día que pasa sin aumentar la presión es un día que el régimen usa para afianzarse. Esta es una lucha que lideramos los venezolanos, porque nadie va a venir a rescatarnos. Somos nosotros quienes debemos hacer insostenible la dictadura hasta quebrarla definitivamente». 

María Corina Machado

El 28 de julio de 2024, millones de venezolanos salieron a votar en un acto de desafío cívico. La elección fue clara: Nicolás Maduro perdió. Sin embargo, seis meses después, el régimen sigue en el poder, aferrado a un sistema de represión y financiamiento ilícito que ha convertido a Venezuela en un Estado paria.

Muchos se preguntan por qué, si el pueblo ya decidió, el cambio no ha ocurrido. La respuesta es sencilla, pero cruda: para que un régimen autoritario caiga, el costo de mantenerse en el poder debe superar el beneficio de quedarse. Hasta que eso ocurra, Maduro y su círculo seguirán atrincherados.

La clave para las fuerzas democráticas y la comunidad internacional no es simplemente denunciar la ilegitimidad del régimen, sino hacer que su permanencia sea insostenible.

Una encrucijada entre la confrontación y la permanencia 

Maduro ha logrado sobrevivir porque ha mantenido un equilibrio a su favor: el costo de la represión es asumible mientras el régimen siga generando recursos por exportación de hidrocarburos y por vías ilícitas como el narcotráfico, el contrabando de combustibles y los minerales; y también mientras la comunidad internacional no aumente significativamente la presión.

Pero ese equilibrio es frágil. Existen umbrales de presión en los que el costo de seguir gobernando puede volverse demasiado alto. Ahí es donde las fuerzas democráticas y los aliados internacionales deben actuar con alta precisión y coordinación.

Hay dos grandes escenarios posibles:

  • Uno en el que la presión interna y externa se intensifica hasta que el régimen se ve forzado a negociar o a ceder el poder.
  • Otro en el que la oposición funcional opta por la vía de la negociación sin condiciones claras, lo que permite a Maduro perpetuarse bajo un nuevo disfraz de legitimidad.

La historia reciente ha demostrado que apostar por negociaciones sin presión real solo ha servido para que el régimen bolivariano gane tiempo: conferencia nacional por la paz (2014), diálogo mediado por el Vaticano y UNASUR (2016), negociaciones en República Dominicana (2017), proceso de Noruega y Barbados (2019), diálogos en México (2021-2023), Acuerdo de Barbados (2023), negociaciones paralelas con EE.UU. (2024), mesa técnica postprimarias (2024). 

Cómo hacer insostenible la permanencia de Maduro

La presión tiene que ser simultánea y coordinada en varios frentes:

  1. Golpear las finanzas del régimen. No basta con sanciones simbólicas. Se deben cerrar las rutas de financiamiento ilícito provenientes del tráfico de drogas, oro y petróleo. Sin dinero, el aparato represivo colapsa.
  2. Intervención judicial internacional. Procesos ante la Corte Penal Internacional y bloqueos a testaferros del régimen no solo exponen su naturaleza criminal, sino que aumentan la presión sobre figuras clave dentro del madurismo, quienes eventualmente podrían buscar una salida negociada.
  3. Aislamiento diplomático total. América Latina, Europa y Estados Unidos deben enviar un mensaje claro y unificado: no hay reconocimiento posible para Maduro. Las sanciones no pueden ser un simple instrumento de presión, sino una política de Estado con consecuencias económicas directas.
  4. Organización interna y resistencia sostenida. La oposición debe operar con una estructura capilar de movilización silenciosa, que no dependa solo de protestas visibles, sino de acciones de desgaste sistemático que limiten la operatividad del régimen.
  5. Quebrar la cohesión de la Fuerza Armada. Hasta ahora, los militares han evitado intervenir. Pero su dilema es claro: seguir sosteniendo a un régimen en colapso o garantizar su estabilidad futura. La presión debe apuntar a fracturar esa lealtad.

Estos no son elementos aislados. Son piezas de una estrategia que debe ejecutarse simultáneamente.

El momento de actuar es ahora

Maduro juega con el tiempo. Su apuesta es simple: desgastar la resistencia interna y esperar que la comunidad internacional pierda interés. Cada día que pasa sin aumentar la presión es un día que el régimen usa para afianzarse.

Pero su margen es cada vez menor. La nueva crisis económica sigue profundizándose -durante 2024, la moneda venezolana perdió 30.9% de su valor (BCV) y en 2025 la inflación estimada por el FMI es 72%-, las sanciones han reducido su margen de maniobra y la fractura dentro del PSUV es real.

La  pregunta clave no es si el régimen caerá, sino cuándo y en qué condiciones. 

El desenlace no está escrito, pero la lección es clara: los regímenes autoritarios no caen por sí solos. Caen cuando mantenerse en el poder se vuelve imposible.

Por lo tanto, es urgente hacerle pagar el costo a Maduro cuanto antes.

Por Antonio de la Cruz

En política internacional, la seguridad no se negocia, se impone. La administración de Donald Trump ha comprendido que en un mundo de amenazas híbridas y alianzas criminales transnacionales, la diplomacia blanda y la burocracia judicial ya no son suficientes. La reciente orden ejecutiva que clasifica a los cárteles de la droga como organizaciones terroristas transnacionales representa una de las decisiones más trascendentales en la lucha contra el crimen organizado y el terrorismo en las Américas. Es, en esencia, una declaración de guerra contra quienes han convertido el narcotráfico y la violencia en herramientas de desestabilización global.

Esta medida no es simplemente una estrategia de seguridad interna, sino una reconfiguración del orden geopolítico bajo un principio esencial: Estados Unidos no permitirá que el crimen organizado y sus aliados estatales desafíen su poder. Con esta nueva doctrina, Washington no solo cierra las puertas a la negociación con los cárteles, sino que amplía su arsenal de herramientas para eliminarlos con precisión quirúrgica, sin los límites impuestos por la burocracia judicial tradicional.

La amenaza híbrida: narcotráfico, terrorismo y regímenes hostiles

Durante años, se ha tratado al narcotráfico como un problema de seguridad pública, con enfoques que priorizan la persecución judicial y la cooperación policial. Pero la realidad es que los cárteles ya no son simples organizaciones criminales; han evolucionado en estructuras híbridas, que combinan el tráfico de drogas con terrorismo, financiamiento ilícito y una preocupante interconexión con regímenes hostiles a Estados Unidos.

Aquí es donde la administración Trump ha dado un golpe de autoridad. No solo ha identificado a los cárteles mexicanos, la Mara Salvatrucha y el Tren de Aragua como amenazas transnacionales, sino que ha señalado explícitamente a Venezuela, Cuba y Nicaragua como actores estatales que colaboran con estas redes ilícitas. Con ello, la seguridad nacional de Estados Unidos se redefine bajo un principio esencial: cualquier país que albergue, financie o colabore con estos grupos será tratado como una amenaza existencial.

La inclusión del Cártel de los Soles, vinculado a la cúpula del régimen de Nicolás Maduro, en esta lista de objetivos estratégicos es prueba de que la política de apaciguamiento ha terminado. No se trata de una simple declaración simbólica: hay órdenes de captura, recompensas multimillonarias y, más importante aún, la capacidad de actuar fuera del marco de las restricciones judiciales tradicionales. 

El falso dilema de la soberanía: México y la seguridad regional

En este nuevo orden de seguridad resulta llamativa la resistencia de México a la clasificación de los cárteles como organizaciones terroristas. Tanto Andrés Manuel López Obrador como su sucesora, Claudia Sheinbaum, han insistido en que esta medida atenta contra la soberanía mexicana. Pero, ¿desde cuándo la eliminación de grupos criminales que asesinan, trafican y secuestran es un problema de soberanía?

El verdadero dilema aquí no es la soberanía, sino la voluntad de actuar. El gobierno de México ha demostrado una preocupante pasividad frente a la violencia descontrolada, lo que ha convertido al país en un territorio de expansión del crimen transnacional. Con o sin su cooperación, la seguridad de Estados Unidos no estará sujeta a la inacción de terceros.

La estrategia de Trump es clara: quien no actúe contra el crimen, se convierte en parte del problema. La seguridad de la región no puede depender de la retórica diplomática ni del cálculo político de mandatarios que temen tomar decisiones firmes.

Una nueva estrategia de acción: de la persecución judicial a la eliminación estratégica

Históricamente, Estados Unidos ha enfrentado el crimen organizado a través de procesos judiciales prolongados, extradiciones y acuerdos bilaterales. Pero los cárteles han aprendido a jugar con las reglas del sistema garantista, utilizando la burocracia legal para prolongar juicios, negociar reducciones de pena y operar desde las sombras.

Trump lo sabe. Por eso, la nueva clasificación de estas organizaciones como terroristas cambia las reglas del juego. Los cárteles y sus líderes ya no serán tratados como criminales ordinarios, sino como objetivos estratégicos que pueden ser neutralizados por cualquier medio necesario.

No es un escenario hipotético. Estados Unidos ya ha aplicado este modelo en la guerra contra el terrorismo, con operaciones de precisión quirúrgica como la eliminación de Qasem Soleimani en Irán. Si el terrorismo islámico justificó acciones militares directas, ¿por qué no habría de aplicarse el mismo criterio a cárteles que han causado miles de muertes dentro y fuera de Estados Unidos?

Este enfoque también pone fin a las negociaciones con estos grupos. Durante la administración de Joe Biden, altos funcionarios como Juan González mantuvieron contactos con Nicolás Maduro, legitimando indirectamente su régimen. Bajo la nueva doctrina de Trump, este tipo de acercamientos son impensables: Estados Unidos no negocia con terroristas, los elimina.

Fortaleza en la seguridad: el pilar de la Doctrina Trump

El principio que guía esta política es claro: la seguridad de Estados Unidos se sostiene sobre la fortaleza, no sobre la concesión. Frente a un mundo donde las amenazas ya no son solo militares, sino transnacionales y asimétricas, la única respuesta viable es la acción directa, sin burocracia y sin restricciones innecesarias.

Esta no es solo una estrategia de seguridad, sino una declaración de principios sobre el liderazgo estadounidense. Mientras administraciones anteriores han titubeado frente a la expansión del crimen organizado, la administración Trump está estableciendo un nuevo estándar: el orden se impone, no se negocia.

Si otros gobiernos deciden ignorar esta amenaza es su problema. Pero Estados Unidos no permitirá que el crimen y sus aliados sigan operando con impunidad.

Con esta política, Trump ha redefinido el paradigma de la seguridad nacional: fuerza, determinación y acción sin concesiones. En un mundo donde el crimen y el terrorismo operan sin límites, la única respuesta posible es el poder sin restricciones.

Estados Unidos está listo para asumir ese desafío. Los demás, que tomen nota.

Por Antonio de la Cruz

Desde hace años, la relación entre el gobierno de Estados Unidos y el régimen de Nicolás Maduro ha seguido un patrón que, lejos de debilitar la dictadura venezolana, la ha consolidado. Lo que a primera vista parecen errores de cálculo de la administracion Biden o simples tácticas dilatorias de Maduro, en realidad responden a una lógica clara: un equilibrio de poder en el que el dictador y sus aliados siempre salen ganando. Entender este juego es clave para cambiar las reglas y abrir paso a la democracia.

Venezuela: Un Estado capturado por el crimen

En cualquier país democrático, el gobierno y los ciudadanos establecen un pacto social: el Estado brinda seguridad y bienestar, mientras los ciudadanos cumplen con sus deberes cívicos. En Venezuela, ese pacto desapareció hace años. Maduro ha convertido al país en un botín de guerra para un grupo de poder que se sostiene a base de represión y saqueo de los recursos públicos. En lugar de garantizar bienestar, el régimen ha hecho de la miseria y el miedo herramientas de control.

Los venezolanos, por su parte, han respondido de dos maneras: sometiéndose a las reglas del sistema autoritario o huyendo del país en masa. La migración de más de ocho millones de venezolanos no es un simple fenómeno social; es la consecuencia directa de un modelo donde quedarse en Venezuela se ha vuelto inviable para millones de personas.

La crisis migratoria: Un escape sin retorno

Cada vez que un venezolano cruza la frontera, el régimen de Maduro gana. ¿Por qué? Porque la migración masiva no solo reduce la presión interna contra el régimen, sino que además se convierte en una herramienta de chantaje ante la comunidad internacional. Entre más desesperada es la crisis migratoria, mayor es la presión sobre países como Estados Unidos, Colombia y Brasil para encontrar soluciones que, en muchos casos, terminan beneficiando a la dictadura.

La Casa Blanca y el error de negociar con un mentiroso

Desde la administración de Joe Biden, Estados Unidos ha intentado negociar con Maduro con la esperanza de que ceder en sanciones económicas traería elecciones libres. Pero esta estrategia parte de una premisa equivocada: que Maduro tiene algún interés en dejar el poder. La historia ha demostrado lo contrario. Cada vez que el régimen ha recibido concesiones, ha traicionado sus promesas sin enfrentar consecuencias serias.

Maduro no negocia en buena fe. Para él, cada diálogo es una oportunidad para ganar tiempo, aliviar la presión internacional y seguir fortaleciéndose. Mientras tanto, Washington se ha quedado atrapado en un ciclo de falsas esperanzas y concesiones unilaterales.

La migración como arma política

Maduro ha aprendido a usar la crisis migratoria como un arma. Cuando le conviene, permite que miles de venezolanos huyan hacia Estados Unidos. Cuando necesita algo de la Casa Blanca, promete controlar el flujo migratorio. Así, ha convertido a los migrantes en fichas de un juego en el que el único ganador es su régimen.

El petróleo: El salvavidas de la dictadura

Las sanciones petroleras impuestas por Estados Unidos fueron un golpe duro para Maduro. Sin embargo, en un intento por estabilizar los mercados energéticos tras la invasión rusa a Ucrania, la administración Biden relajó las restricciones y permitió que empresas como Chevron operaran en Venezuela. El resultado: más ingresos para el régimen sin ninguna garantía de cambio político.

El dinero del petróleo, en lugar de mejorar la calidad de vida de los venezolanos, ha servido para fortalecer la estructura represiva del Estado y mantener la lealtad de los militares y las élites corruptas.

Rusia, Irán y la peligrosa influencia extranjera

El régimen de Maduro no está solo en este juego. Rusia e Irán han encontrado en el país bolivariano un aliado estratégico para desafiar la influencia de Estados Unidos en América Latina. Desde el financiamiento hasta la cooperación militar, estos actores han consolidado su presencia en la región, convirtiendo a Venezuela en un peón dentro de un conflicto geopolítico más amplio.

El caso de Irán es particularmente preocupante. La construcción de fábricas de drones en Venezuela y los vínculos con grupos extremistas como Hezbollah no solo representan una amenaza para la estabilidad regional, sino que también obligan a Estados Unidos a destinar recursos para contener esta expansión.

Cómo cambiar el juego

El actual equilibrio de poder beneficia a Maduro y a sus aliados. Si se quiere restaurar la democracia en Venezuela, es necesario replantear las estrategias actuales. Algunas medidas clave incluyen:

  1. Eliminar la información asimétrica: No más negociaciones basadas en promesas sin garantías. Estados Unidos y la comunidad internacional deben exigir compromisos verificables antes de conceder cualquier alivio, frente a un Estado capturado por una organización criminal. 
  2. Aumentar el costo de la traición: Cada incumplimiento de Maduro debe tener consecuencias inmediatas y significativas.
  3. Romper la dependencia económica del régimen: Cualquier flujo de dinero hacia el Estado venezolano debe estar condicionado a avances concretos en derechos humanos y democracia. En todo caso, volver a la politica de máxima presión.
  4. Contrarrestar la influencia extranjera: Se necesita una política más firme de la nueva administracion frente a la presencia de Rusia, Irán y Hezbollah en Venezuela.

La estrategia de “esperar y ver” ha demostrado ser un fracaso. Si la comunidad internacional realmente quiere cambiar el destino de Venezuela, es hora de asumir que el juego actual solo fortalece a la organización criminal de Miraflores y que, para restaurar la democracia, hay que cambiar las reglas que hasta ahora han beneficiado a la dictadura. 

Por Antonio de la Cruz

“Nunca te rindas, nunca, nunca, nunca, nunca – en nada, grande o pequeño, grande o mezquino – nunca te rindas excepto ante las convicciones del honor y el sentido común. Nunca cedas ante la fuerza; nunca cedas ante el aparentemente abrumador poderío del enemigo».

Winston Chruchill

La crisis en Venezuela ha alcanzado un punto crítico. Nicolás Maduro, cada vez más aislado y dependiente de un entorno de represión y corrupción después del 10E, enfrenta unas fuerzas democráticas fortalecidas y una comunidad internacional que busca una transición pacífica. Sin embargo, detrás de los titulares y las condenas, lo que realmente definirá el futuro del país es la estrategia: ¿quién será capaz de moverse con mayor astucia en este entorno de alta incertidumbre?

Maduro ha apostado todo a un modelo que mezcla coerción, dependencia de una economía ilícita y un control absoluto sobre las fuerzas armadas. Este equilibrio, aunque estable a corto plazo, es frágil. Las fracturas internas entre sus aliados, el desgaste de la población y la presión internacional están creando un entorno cada vez más volátil. Si algo ha demostrado la historia reciente es que una dictadura puede resistir durante años, pero cuando el equilibrio se rompe, el cambio es rápido y decisivo.

Frente a esta realidad, cualquier actor que aspire a influir en el desenlace de la crisis debe actuar con un pensamiento estratégico claro. No se trata solo de aumentar la presión sobre el régimen ni de esperar pasivamente a que colapse. Se trata de coordinar acciones -desde la Corte Penal Internacional hasta la suspensión de las licencias petroleras- que provoquen las fracturas internas necesarias para debilitar a Maduro, mientras se prepara el terreno para una transición ordenada que evite el caos.

La clave está en reconocer que Maduro no es el único actor relevante en esta crisis. Las fuerzas armadas, lideradas por Vladimir Padrino López, y figuras como Diosdado Cabello son fundamentales en el sostenimiento del régimen. Al mismo tiempo, la oposición, encabezada por María Corina Machado y el presidente electo Edmundo González Urrutia, tiene una oportunidad real de liderar el cambio, pero solo si logra mantenerse cohesionada y evita las fracturas internas que históricamente han propiciado la permanencia del régimen autoritario. 

Desde el exterior, Estados Unidos y sus aliados internacionales también tienen un papel crucial. La estrategia no puede limitarse solo a sanciones económicas y condenas diplomáticas. Es necesario un enfoque coordinado y dual que combine presión e incentivos. Las sanciones deben dirigirse a los familiares y colaboradores de figuras clave del régimen, pero también deben existir garantías de seguridad para aquellos que estén dispuestos a negociar una salida. Al mismo tiempo, la comunidad internacional debe fortalecer al presidente electo con apoyo técnico y financiero, permitiéndole establecer la alternativa al régimen. Asimismo, se hace necesario implementar el principio de la Responsabilidad de Proteger y la Carta Democrática de la OEA como mecanismos para hacer frente a las persistentes y graves violaciones de derechos humanos y el golpe de Estado, los cuales han socavado la voluntad popular y los fundamentos democráticos del país bolivariano. Esta estrategia dual busca restaurar la integridad del proceso democrático y salvaguardar los derechos fundamentales de los ciudadanos venezolanos.

Sin embargo, no basta con centrarse en el presente. Un verdadero pensamiento estratégico implica anticipar el futuro. El fin de la organización criminal instalada en Miraflores no garantiza una transición exitosa. Si algo nos enseñaron las experiencias de Oriente Medio y África del Norte durante la Primavera Árabe es que cuando un régimen colapsa sin un plan claro de transición, el resultado suele ser el caos. Venezuela no puede darse ese lujo. Es vital que el nuevo gobierno presidido por Edmundo González Urrutia y la comunidad internacional acuerden desde ahora un plan de contingencia para manejar el día después. La estabilización política, la recuperación económica y la reconstrucción de las instituciones serán tareas titánicas que solo podrán llevarse a cabo con el apoyo coordinado de todos los actores involucrados.

El camino hacia la democracia en Venezuela será largo y arduo -hay que desmontar un Estado mafioso-, mas no imposible. La oportunidad está ahí y el desenlace dependerá de quien logre concretar mejor sus estrategias en este complejo tablero. Maduro está empleando su última carta. Las fuerzas democráticas tienen la oportunidad de abrir una nueva etapa en la historia del país, pero solo si el pueblo sigue unido y aprovecha el momento con inteligencia y audacia, como en la fábula de Tío Conejo (el pueblo) y Tío Tigre (el régimen). 

La comunidad internacional debe comprender que la crisis en Venezuela trasciende sus fronteras. El desenlace de esta situación tendrá repercusiones profundas, que afectarán la estabilidad de toda la región y sentarán un precedente crucial sobre la resiliencia de la democracia bajo circunstancias adversas. Permitir que el régimen de Maduro continúe sin consecuencias podría desencadenar una serie de efectos negativos en otros países latinoamericanos. Para evitar este escenario, es imperativo que la comunidad global supere la retórica vacía y adopte medidas concretas. Se requiere un compromiso genuino con los principios y las libertades fundamentales, similar al observado durante la Guerra Fría contra el comunismo, para abordar eficazmente esta crisis y salvaguardar los valores democráticos en la región.

La encrucijada en la que se encuentra Venezuela exige algo más que voluntad: exige visión. No es momento de reacciones impulsivas, sino de decisiones calculadas y bien pensadas. El desenlace de esta crisis será un reflejo de la calidad de las estrategias que se adopten hoy. Si el objetivo es devolverle a los venezolanos su derecho a vivir en democracia, entonces la estrategia debe ser tan sólida como lo es la determinación del pueblo venezolano de recuperar su libertad.

Por Antonio de la Cruz

“Toda guerra se basa en el engaño. Cuando estés preparado para atacar, ha de parecer que no estás en posibilidad de hacerlo; cuando te halles reuniendo tus fuerzas, ha de parecer que estás inactivo; cuando estés cerca, hazle creer al enemigo que estás lejos; cuando estés lejos, hazle creer que estás cerca”.

Sun Tzu

En los últimos años, la percepción de Rusia como una potencia temible ha dominado los titulares. Sin embargo, el colapso del régimen de Bashar al-Assad en Siria y el estancamiento de la invasión a Ucrania sugieren que esta imagen de fortaleza es, en gran medida, una ilusión. Vladimir Putin y Nicolás Maduro enfrentan profundas debilidades económicas, militares y políticas que socavan su capacidad para proyectar poder tanto en el escenario global como en sus respectivos países.

Fortaleza disfrazada de debilidad

Las potencias mundiales, como jugadores de ajedrez, toman decisiones basadas en la percepción de las capacidades de sus oponentes. Putin ha buscado proyectar una imagen de fuerza para disuadir desafíos a su influencia. Pero, ¿qué ocurre cuando esa fuerza es solo una fachada?

Un ejemplo ilustrativo es el de un jugador de póker que aparenta tener una mano poderosa para intimidar a sus rivales, aunque sus cartas sean mediocres. De manera similar, Putin ha mantenido una reputación de potencia militar y económica, incluso mientras enfrenta problemas internos severos.

Señales de un régimen debilitado

1 Fracaso en Siria y Ucrania

Rusia ha sido el principal patrocinador de Siria durante cinco décadas, invirtiendo recursos enormes para sostener a los Al-Assad en el poder. Sin embargo, el colapso del régimen muestra la incapacidad de Moscú para proteger a sus aliados estratégicos. En Ucrania, la guerra se ha convertido en un costoso estancamiento, con pérdidas masivas de tropas y equipo militar.

2 Problemas internos

La economía rusa, cada vez más orientada a sostener su maquinaria de guerra, enfrenta graves presiones. La inflación alcanza el 9%, y los gastos militares consumen 40% del presupuesto federal. Incluso Gazprom, el gigante energético ruso, registró pérdidas en 2023 por primera vez en dos décadas.

3 Dependencia de aliados poco fiables

Putin ha recurrido a Kim Jong-un, tercer líder supremo Corea del Norte, para apoyo militar, una medida que refleja desesperación. Al mismo tiempo, sus relaciones con aliados tradicionales, como Armenia, se han deteriorado debido a su incapacidad para respaldarlos frente a amenazas externas.

El efecto dominó en regímenes autoritarios

La debilidad de Rusia tiene consecuencias que trascienden sus fronteras, impactando a regímenes autoritarios que dependen de su respaldo. Venezuela, bajo la tiranía de Nicolás Maduro, es un ejemplo claro. Con la pérdida de capacidad de Rusia para influir globalmente, Maduro enfrenta mayores desafíos para mantener su narrativa de fortaleza y controlar el poder interno.

En este contexto, el régimen de Maduro ha recurrido a estrategias desesperadas para desviar la atención y consolidar su control. Un ejemplo reciente es el supuesto «ataque» o conspiración en el Internado Judicial Rodeo I, donde están encarcelados varios militares emblemáticos considerados símbolos de resistencia. Este falso positivo busca culpar a la oposición, incluyendo a líderes democráticos como Edmundo González Urrutia y María Corina Machado, mientras crea una excusa para justificar represión interna.

El falso positivo como herramienta de control

El supuesto operativo «antiterrorista» en el Rodeo I sería una maniobra del régimen para proyectar control frente a la opinión pública, mientras enfrenta un deterioro de su apoyo externo y crecientes presiones internas. Con esta estrategia, Maduro podría declarar un estado de emergencia, justificar medidas represivas y, potencialmente, atacar a los rehenes protegidos en la Embajada de Argentina.

Por qué Putin insiste en aparentar fuerza

En el juego de las percepciones, la imagen importa tanto como la realidad. Admitir una derrota en Ucrania o mostrar debilidad interna significaría para Putin no solo perder su posición global, sino también su control doméstico. Por eso, Rusia sigue apostando fuerte en el tablero internacional, aunque el costo sea insostenible.

No obstante, las amenazas rusas, como el uso de armas nucleares, no son una demostración de fortaleza, sino un reconocimiento implícito de su fragilidad. Si Rusia estuviera ganando, no necesitaría recurrir a tales medidas.

Cómo debe responder Occidente

El Occidente también juega en este tablero global y enfrenta decisiones clave: ¿mantener la presión o buscar un acuerdo rápido? La respuesta está en entender que la debilidad de Rusia y de sus aliados puede ser explotada para lograr desenlaces favorables sin caer en concesiones innecesarias. Esto implica:

1 Incrementar la presión económica: Las sanciones han debilitado significativamente la capacidad de Rusia para financiar su guerra. Intensificarlas podría acelerar su deterioro interno.

2 Apoyar a Ucrania con firmeza: El apoyo militar y financiero continuo es esencial para evitar que Rusia obtenga cualquier tipo de ventaja territorial o política.

3 Evitar concesiones precipitadas: Permitir a Rusia «salvar la cara» podría interpretarse como una señal de debilidad para otros adversarios potenciales, como China.

En el caso de Venezuela, evitar la concreción del falso positivo requiere:

1 Denunciar las irregularidades en el Rodeo I: Visibilizar el uso de estas estrategias como herramientas de represión.

2 Movilizar a la comunidad internacional: Alertar sobre posibles violaciones de derechos humanos y buscar apoyo diplomático.

3 Evitar provocaciones: Responder con cautela para no brindar al régimen excusas para intensificar la represión.

El futuro del equilibrio global

El equilibrio global no se define solo por las acciones de un actor, sino por las estrategias colectivas y las percepciones que estas generan. Putin puede seguir apostando a la imagen de potencia global, pero las cartas sobre la mesa sugieren que su poder está mermando rápidamente. Occidente debe capitalizar esta vulnerabilidad para reconfigurar el balance de fuerzas, manteniendo una postura firme y coordinada.

El mensaje es claro: Rusia no es tan fuerte como parece, y entender esto es clave para responder con estrategias que aseguren un futuro más estable y seguro. Al mismo tiempo, la tiranía de Maduro también enfrenta un «efecto dominó» derivado de esta debilidad. Su aparente fortaleza oculta un punto de quiebre y maniobras desesperadas como el falso positivo podrían ser su última carta para aferrarse al poder.

Por Antonio de la Cruz

«Nunca cedas, nunca cedas, nunca, nunca, nunca, nunca, en nada, sea grande o pequeño, grande o insignificante, nunca cedas, excepto por convicciones de honor y sentido común».
Winston Churcill

El 10 de enero de 2025 no es solo una fecha en el calendario político venezolano. Representa un punto de inflexión para un pueblo que ha demostrado resiliencia, coraje e inteligencia en su lucha por la democracia. Más allá de ser un evento constitucional, esta fecha simboliza el triunfo del poder ciudadano el 28J y el desafío de traducir ese logro en un cambio real. Sin embargo, para lograrlo, la narrativa que guía las fuerzas del cambio debe ser clara, contundente y proactiva. En este sentido, las estructuras semióticas de Greimas nos ofrecen una herramienta esencial para entender cómo construir y activar esta narrativa.

La confrontación como un relato épico

En cualquier historia épica, los héroes enfrentan no solo fuerzas externas, sino también conflictos internos que amenazan con socavar su misión. En el caso de Venezuela, el héroe colectivo es el pueblo, liderado por figuras como María Corina Machado, que actúa como un «adyuvante» clave en esta narrativa. El objeto de deseo no es otro que cobrar el triunfo electoral del 28J, un destino que se percibe alcanzable, pero que requiere superar tanto la represión del régimen como el derrotismo interno.

El modelo de análisis estructural nos recuerda que cada construcción narrativa posiciona conceptos opuestos y complementarios. En este caso, el éxito se opone al fracaso, pero entre ambos se encuentran la acción y la pasividad. Mientras que el régimen de Maduro intenta imponer una narrativa de inevitabilidad y parálisis, las fuerzas democráticas impulsan un relato en el que la acción (resistencia) es no solo posible, sino también inevitable.

Superar el derrotismo opositor

Uno de los mayores obstáculos no es el régimen, sino el derrotismo predeterminado que ha permeado a lo largo de años de represión y desinformación. Como ha señalado María Corina Machado, esta actitud de anticipación al fracaso –»no habrá primarias», «no dejarán inscribir candidatos», «no podremos cobrar la victoria»– actúa como un enemigo interno que desmoviliza y desmoraliza. Es hora de transformar esta narrativa desde la raíz.

Las fuerzas democráticas han recorrido un camino que refuerza el optimismo y la confianza en la acción colectiva. Aquí, el relato desempeña un papel crucial: el entusiasmo por lo que se logró desde las primarias hasta el 28J debe ser posicionado como la alternativa natural al derrotismo que el régimen totalitario quiere infundir. Cada paso hacia la toma de posesión de Edmundo González Urrutia como presidente no solo debe percibirse como un imperativo necesario, sino también como una acción moralmente justa y estratégicamente acertada.

Construir un contrato narrativo

El pueblo venezolano y los grupos de oposición tienen un «contrato narrativo» -acuerdo o pacto implícito que se establece entre los actores- implícito: la confianza en que los líderes y los ciudadanos garantizarán que la victoria electoral del 28 de julio se traduzca en el cumplimiento del mandato que emanó del pueblo. Este contrato no puede ser traicionado por las partes. La narrativa debe reforzar que cada uno es un actante clave en esta historia, que su acción, por pequeña que parezca, es esencial para construir un desenlace exitoso.

El 10 de enero no es un punto final, sino un momento clave en un proceso continuo. Cada día hasta esa fecha –y cada día después si no se concretara la juramentación– debe ser visto como una oportunidad para avanzar en la defensa de la soberanía popular. Aquí radica el poder de la narrativa: transformar una fecha en un símbolo de acción y continuidad.

Prepararse para el conflicto

El relato también debe reconocer el antagonismo inevitable. Como bien señala María Corina, Maduro no entregará el poder fácilmente. Pero esto no debe ser motivo de parálisis, sino un incentivo para fortalecer la estrategia. El análisis de los símbolos nos recuerdan que los valores se construyen dentro de la narrativa: la resistencia del régimen, lejos de ser un obstáculo insuperable, puede ser presentada como un indicador de que su tiempo se agota y de que la acción colectiva está teniendo impacto.

Un llamado a la acción

El estudio de significados deja claro que la lucha venezolana es tanto narrativa como política. Para ganar, el pueblo y la oposición deben alinear sus valores, motivaciones y estrategias en torno a una narrativa de esperanza, acción y resiliencia. No podemos permitir que el derrotismo sea el protagonista de esta historia.

El 10 de enero está más cerca de lo que parece, pero su importancia no radica únicamente en la fecha misma. Hoy, mañana y cada día que sigue es una oportunidad para actuar, para demostrar que la fuerza moral, la legitimidad, la resiliencia y la audacia de un pueblo organizado son más fuertes que cualquier tiranía.

En este relato, el destino aún no está escrito, pero la historia nos ha enseñado que la acción colectiva y una narrativa clara pueden transformar el curso de los acontecimientos. Si todos asumimos nuestro papel en esta épica, Venezuela va a avanzar hacia el futuro que merece: un país de libertad y democracia.

Por Antonio de la Cruz

En la noche que me envuelve,
negra, como un pozo insondable,
le doy gracias al Dios que fuere
por mi alma inconquistable. (…)
Ya no importa cuán estrecho haya sido el camino,
ni cuántos castigos lleve a mi espalda:
soy el amo de mi destino,
soy el capitán de mi alma”.
Invictus, William Ernest Henley

En Venezuela, los presos políticos no son solo víctimas de un terrorismo de Estado; son piezas clave de un juego estratégico cuidadosamente diseñado por el régimen de Nicolás Maduro. Desde el incremento masivo de detenciones arbitrarias hasta la liberación calculada de algunos pocos, la dinámica no es espontánea ni improvisada. Es un tablero donde el régimen utiliza el sufrimiento humano como un comodín para distraer, negociar y perpetuar su poder.

Sin embargo, esta confrontación, por más brutal y cínica que parezca, no es unidireccional. El bloque opositor y la comunidad internacional desempeñan un papel crucial, aunque a menudo subestimado, en la construcción de una contranarrativa y en la acción coordinada. Al incorporar herramientas de análisis estratégico, es posible comprender mejor esta dinámica y explorar cómo las fuerzas democráticas pueden emplear estos enfoques para inclinar la balanza a favor de la justicia y el Estado de derecho.

Tablero estratégico de Maduro

La administración de Maduro opera una represión reiterada con dos objetivos centrales: mantener el control político y minimizar los costos externos (sanciones, aislamiento internacional, protestas internas). Cada acción, desde la detención de ciudadanos inocentes hasta la liberación de algunos rehenes (presos políticos), responde a sus planes.

El régimen, al liberar a unos pocos detenidos después de las muertes de Jesús Manuel Martínez Medina (testigo de mesa), conocido como «Manolín» y el activista Edwin Santos no busca justicia ni reconciliación. La liberación es una táctica de distracción. Maduro y Cía. piensan que este gesto disminuirá la presión pública y atenuará las críticas internacionales. No se trata de un cambio de narrativa, sino de una manipulación deliberada de las percepciones y expectativas de quienes los desafían.

Sin embargo, este cálculo no elimina las contradicciones de quienes controlan el poder.
Mientras liberan a 10% de los rehenes, mantienen a más de 1.600 inocentes detenidos de forma arbitraria. Este movimiento ilustra una puerta giratoria, en el que las liberaciones son una pantalla simbólica que oculta la perpetuación de la represión. El régimen de Maduro no negocia desde la debilidad, sino desde un control cuidadosamente calibrado de las narrativas nacionales e internacionales.

La respuesta opositora y el conflicto narrativo

La oposición, tanto en Venezuela como en el exterior, enfrenta un dilema estratégico. Si bien ha logrado visibilizar el abuso sistemático de los derechos humanos, su capacidad de alterar el equilibrio de poder es limitada por factores como la asimetría del poder y la falta de recursos sostenidos para presionar al régimen.

Desde la perspectiva de los significados, Maduro presenta las liberaciones de presos como «gestos de humanidad» que buscan sostener una narrativa aparente de justicia. Para el bloque opositor, estos hechos son un símbolo del sufrimiento humano, terrorismo de Estado y evidencian una profunda degradación institucional. La verdadera disputa radica en quién logra controlar la percepción pública.

El modelo del cuadrado de oposiciones nos permite desglosar estas tensiones:

Libertad vs Control: Mientras los presos políticos buscan su liberación, el régimen utiliza su cautiverio como una herramienta de amenaza y negociación.
Justicia vs Represión: La oposición exige justicia, pero enfrenta una represión sistemática que convierte la esperanza en un recurso político escaso.

Las fuerzas democráticas deben entender que la narrativa no es secundaria; es el campo de batalla.

El caso de Manolín y Santos, que murieron por negligencia médica bajo custodia y por la violencia del régimen, respectivamente, tienen un poder simbólico que trasciende las cifras. Representan no sólo la tragedia de la gran mayoría de venezolanos, sino la opresión estructural de un sistema que judicializa a los disidentes.

Estrategias para cambiar el juego

Para alterar el equilibrio actual, la oposición y la comunidad internacional deben adoptar un enfoque más sofisticado y coordinado, como:

Aumentar los costos del régimen:
Las sanciones internacionales deben ampliarse, siendo específicas y dirigidas hacia individuos clave del sistema represivo. Esto aumenta los costos del régimen al mismo tiempo que refuerza la narrativa de que la comunidad internacional no es cómplice.

Ampliar la narrativa de los derechos humanos y crímenes de lesa humanidad:
Cada caso individual, como el de Manolín, debe ser convertido en un símbolo de la lucha por la libertad. Estos casos tienen el potencial de movilizar no solo a los venezolanos, sino también a la diáspora y la opinión pública internacional.

Crear expectativas estratégicas:
Las fuerzas democráticas pueden influir en las decisiones del régimen al generar expectativas creíbles de que las represalias y la justicia internacional serán inevitables si no se producen cambios significativos.

Construir coaliciones activas:
El presidente electo y las fuerzas democráticas deben trabajar con organizaciones no gubernamentales de derechos humanos, tanques de pensamiento, grupos internacionales y gobiernos aliados para aumentar la presión coordinada. Una narrativa común puede amplificar el impacto de las denuncias y evitar que el régimen divida las voces críticas.

Conclusión: la puerta giratoria de la tiranía

El régimen de Nicolás Maduro utiliza a los presos políticos como piezas en un tablero de poder, pero en esta lucha no es invulnerable. Cada movimiento de la tiranía revela sus prioridades y temores, proporcionando oportunidades para desafiarlos en sus propios términos.

La clave está en cambiar las reglas de la confrontación. La comunidad internacional tiene la capacidad de cambiar el rumbo de los acontecimientos, pero requiere unidad de propósito y acción, y una estrategia basada en principios y lecciones aprendidas versus intereses y dilación.

Esto implica no solo denunciar, sino también actuar con precisión estratégica y controlar la narrativa. Solo así se podrá transformar el sufrimiento de todo el pueblo -no solo los presos políticos- en una fuerza que exponga las debilidades de quienes usurpan el poder y acerque a Venezuela a un futuro de justicia y libertad.

WP Twitter Auto Publish Powered By : XYZScripts.com
Scroll to Top