Morfema Press

Es lo que es

Antonio de la Cruz

Por Antonio de la Cruz

En el dinámico escenario geopolítico entre Estados Unidos y Venezuela, la victoria de Donald Trump podría significar un cambio radical en la política exterior estadounidense hacia el régimen de Nicolás Maduro. Con el reconocimiento internacional de Edmundo González Urrutia como presidente electo de Venezuela y la tensión que ha surgido en la interacción con figuras influyentes como Elon Musk, la relación entre Trump y Maduro puede analizarse desde la modelación de conflictos, basados en las estrategias y los  posibles resultados.

La teoría de la decisión interactiva, usada para estudiar decisiones estratégicas en escenarios de conflicto o cooperación, proporciona un marco claro para entender las opciones del nuevo inquilino de la Casa Blanca  y el ocupante de Miraflores. En esta partida de ajedrez diplomático, cada movimiento responde no solo a sus propios intereses, sino a las acciones y reacciones de aliados, enemigos y de la comunidad internacional. De acuerdo con esta óptica, se identifican varios puntos fundamentales que podrían definir el futuro de Venezuela y de las relaciones entre ambas naciones.

La mascarada de formas: poder vs resistencia

Trump encarna el rol del «héroe pragmático», comprometido con proteger la seguridad nacional de Estados Unidos y reforzar su imagen de líder fuerte y decidido. Su reelección -cuatro años después- está cargada de simbolismo para su base de votantes, quienes ven en él una figura que, sin miedo al conflicto, se enfrenta a cualquier régimen que amenace la paz  estadounidense. Su promesa de mantener a Estados Unidos seguro y a la región en calma exige confrontar al régimen de Maduro, quien, por su parte, también ha construido una narrativa que exalta la resistencia.

Maduro, en respuesta, intenta apropiarse de la retórica de Trump con el lema «Hacer Grande a Venezuela«, buscando proyectar una imagen de apertura y conciliación con el nuevo gobierno estadounidense. Sin embargo, sus alianzas estratégicas con el régimen de los ayatolás y su retórica antiimperialista sugieren que, en realidad, persiste una postura de resistencia. Maduro quiere presentarse como un líder dispuesto a la cooperación, pero su discurso es tan pragmático como lo es el de Trump: en el fondo, su prioridad es la preservación de su régimen frente al poder absoluto el poder absoluto que los republicanos obtuvieron el 5 de noviembre.

Reconocimiento de Edmundo González Urrutia: una estrategia de suma cero

La victoria de González Urrutia en las elecciones venezolanas del 28 de julio marcó un hito en la política venezolana, al abrir un nuevo frente de legitimidad de origen contra el régimen de Maduro. Esto puede entenderse como un escenario de suma cero, donde cualquier ganancia en legitimidad para González Urrutia representa una pérdida directa para Maduro. Trump, al reconocer al diplomático como presidente electo, incrementa las probabilidades de socavar la estabilidad de la dictadura. Desde la perspectiva de Maduro, su respuesta óptima sería fortalecer sus alianzas internacionales, especialmente con actores que puedan contrarrestar la influencia del magnate en la región. Sin embargo, si Estados Unidos logra consolidar un consenso global, multilateral, en torno a la presidencia de González Urrutia, Maduro podría verse forzado a aceptar una negociación para una transición democrática. 

Alianza Maduro-Irán: suma negativa

La estrecha relación entre Maduro con el régimen de los ayatolás se convierte en un factor de riesgo, tanto para Estados Unidos como para la estabilidad regional. Este es un escenario de suma negativa, donde el conflicto podría tener un costo alto para la dictadura bolivariana. Trump podría reimponer la política de máxima presión y coordinar una estrategia regional para aislar aún más al régimen venezolano, mientras que el jefe del PSUV podría usar su relación con Irán como herramienta de negociación. Sin embargo, una escalada en esta tensión solo aumentaría los costos de Maduro en el poder y profundizaría el aislamiento de Venezuela, alejando cualquier posibilidad de una salida democrática y estable para el país.

Conflicto personal con Elon Musk: señalización y disuasión

En un giro inesperado, la disputa entre Maduro y Elon Musk escaló a tal punto de que puede influir en las decisiones diplomáticas de la nueva administracion estadounidense, convirtiéndose en una trama de señalización, donde cada declaración pública envía un mensaje a los otros actores. 

En la figura de Elon Musk, Trump tiene un asesor influyente con poder sobre la narrativa pública y el apoyo a sus decisiones estratégicas, lo cual fortalece la confrontación y ofrece al próximo presidente de Estados Unidos una ventaja para mantener presión sobre Maduro, intensificando su narrativa de amenaza y deslegitimación. 

La amistad de Trump con Putin: negociación cooperativa

La relación entre Donald Trump y Vladimir Putin podría abrir una oportunidad inesperada para una solución negociada en Ucrania y Venezuela. Si ambos líderes logran alinear sus intereses, podría producirse un acuerdo que incluya: territorios ucranianos ocupados por fuerzas rusas y la salida de Maduro de Miraflores, especialmente en un contexto donde Estados Unidos enfrenta una crisis migratoria exacerbada. Esta relación se presenta como una partida de negociación cooperativa, en el que Trump y Putin podrían llegar a un acuerdo mutuamente beneficioso que facilite una transición en Venezuela. Esto pondría a Maduro en una posición de vulnerabilidad, limitando sus opciones y forzándolo a aceptar términos que probablemente no serían los más favorables para él.

Conclusión: la estrategia de Maduro en el escenario geopolítico

Desde la perspectiva de la modelización de conflictos, la reelección de Trump en el escenario geopolítico sitúa a Maduro en una posición de desventaja estratégica.

Factores como el reconocimiento de González Urrutia, la alianza con Irán, el enfrentamiento con Elon Musk y la relación entre Trump y Putin sugieren un cambio en la balanza de poder que amenaza al régimen de Maduro. Para el heredero de Chávez, la única respuesta sostenible a largo plazo sería negociar, reconociendo que la democracia representa la voluntad del pueblo y debe ser respetada, evitando así un conflicto directo que podría acarrear mayores pérdidas si se juramenta ante su Asamblea Nacional el 10 de enero de 2025.

Si Maduro sigue enfrentando cada desafío con una estrategia de confrontación, el equilibrio de poder en el escenario de la política internacional lo podría dejar sin aliados esenciales y con un margen de maniobra muy reducido. En este contexto, y según los principios del análisis estratégico, su táctica óptima sería intentar un acuerdo con las fuerzas democráticas que garantice su salida de la forma menos costosa posible, preservando su futuro político o, al menos, evitando un desenlace fatal. En el gran tablero geopolítico, Trump 2.0 plantea a Maduro una última apuesta: negociar o perder. 

Por Antonio de la Cruz

«El poder y la violencia son opuestos; donde uno gobierna absolutamente, el otro está ausente. La violencia aparece cuando el poder está en peligro, pero si se deja seguir su curso, termina por hacer desaparecer el poder».

Hannah Arendt

La derrota electoral de Nicolás Maduro en las elecciones del 28 de julio de 2024 marca un punto de inflexión en la dinámica política venezolana. Lo que pudo haber sido un escenario propicio para una transición hacia una democracia, se ha convertido en una crisis de legitimidad de origen para el régimen de Maduro. Al analizar la situación, resulta evidente que la estructura criminal que ocupa el Palacio de Miraflores se encuentra en modo de supervivencia, obligando a sus miembros a adoptar decisiones estratégicas de alto riesgo que, aunque buscan prolongar su mandato a corto plazo, siembran las semillas de su propia caída.

El dilema del poder fragmentado

El primer movimiento clave en esta lucha es el reconocimiento tácito del fracaso electoral. Para Maduro y sus aliados no solo se trató de una derrota en las urnas, sino también de un fracaso en la gestión de la narrativa poselectoral. Incapaces de ocultar los verdaderos resultados, expuestos tanto por el Comando con Venezuela como por el Centro Carter, el régimen ha generado un escenario de incertidumbre informativa, tanto para las fuerzas democráticas como para los propios seguidores de Maduro.

Actores externos como la comunidad internacional e internos como las facciones dentro de la estructura del poder perciben la vulnerabilidad del régimen, lo que genera incentivos para desafiarlo. No obstante, la respuesta de Maduro ha sido cerrar filas, rodeándose de incondicionales y realizando cambios en la cúpula del poder. Y a todos  envía el mensaje de que cualquier disidencia será castigada.

Se observa aquí un clásico juego de poder dentro del régimen, donde la influencia es una suma cero: a medida que un grupo gana poder (como el liderado por Alex Saab), otro lo pierde (como el de Delcy Rodríguez). Estas dinámicas internas generan equilibrios inestables, pues cada facción dentro del chavismo calcula sus movimientos con base en la capacidad de Maduro para mantenerse en el poder. Aunque la guerra de facciones debilita al régimen, también obliga a cada actor a alinearse con la dirección actual para evitar ser purgado.

Alineación forzada: la estrategia de coordinación del madurismo

La decisión de Maduro de eliminar cualquier espacio para las facciones internas, exigiendo una alineación total con su figura, es una jugada que asegura su control a corto plazo, pero plantea riesgos a futuro. La estrategia de coordinación que ha impuesto se basa en una premisa sencilla: “O estás conmigo o estás contra mí”. Este intento de resolver el problema de la fragmentación dentro del PSUV obliga a todos los actores a cooperar bajo una misma estrategia para evitar represalias. Sin embargo, esta cooperación forzada genera desconfianza interna y lleva a muchos a adoptar estrategias mixtas, apoyando a Maduro en apariencia mientras buscan alternativas en las sombras.

Este tipo de purga interna genera un ambiente de información imperfecta, en el que los actores no tienen conocimiento de todas las decisiones, lo que les hace no confiar en sus colegas. La ambigüedad creciente en el conflicto político podría prolongar temporalmente el control de Maduro; pero, a corto plazo, socava la unidad del régimen y alimenta el descontento popular.

La reorganización del aparato represivo: una lucha de suma negativa 

El siguiente paso del régimen fue intensificar el uso del aparato represivo como método de dominación. Decisión a la que se suma la sustitución de los directores de los organismos de inteligencia civil (Sebin) y militar (DGCIM). En este contexto, la administración de Maduro emplea una estrategia de suma negativa, donde el uso intensivo de la fuerza reduce el bienestar colectivo y aumenta el costo de la represión, tanto para el régimen como para la población. La detención de miles de ciudadanos, incluidos menores de edad, bajo acusaciones de terrorismo y sin garantías procesales, ha exacerbado las divisiones sociales y provocado una reacción mundial más contundente, que se anexan a los casos de crímenes de lesa humanidad que están siendo estudiados en la Corte Penal Internacional. 

Para los actores internos en el aparato represivo, este es el dilema del prisionero. Si cooperan con las purgas de Maduro, pueden evitar la detención a corto plazo, pero contribuyen a la erosión de la estabilidad a mediano plazo. Si no cooperan, se arriesgan a ser purgados ellos mismos. Este dilema crea un equilibrio inestable dentro de las instituciones de seguridad, lo que pone en riesgo la capacidad del régimen de continuar utilizando la represión como herramienta de control. generando el efecto contrario: la deslealtad interna.

Diosdado Cabello y la estrategia de coalición

La entrada de Diosdado Cabello como ministro de Interior, Justicia y Paz, consolidando su control sobre los cuerpos de seguridad, refleja un juego de coaliciones dentro del chavismo. En términos de teoría de juegos, Maduro y Cabello son jugadores que han decidido cooperar para maximizar sus posibilidades de supervivencia. Sin embargo, esta cooperación se basa en un frágil equilibrio, donde cualquier traición por parte de Cabello podría desestabilizar el régimen.

Cabello, al consolidar su posición en el gobierno, ha adoptado una estrategia de amenazas contra cualquier posible disidente, tanto dentro como fuera del chavismo. Este tipo de estrategia asegura la estabilidad de la coalición a corto plazo, pero las tensiones internas persisten, lo que podría llevar a una crisis si las circunstancias cambian.

Un régimen basado en la fuerza: la lucha asimétrica

Maduro y sus aliados han dejado de lado cualquier pretensión de hegemonía social, adoptando un enfoque basado exclusivamente en el uso de la fuerza. Esta es una estrategia asimétrica en la que el régimen cuenta con los recursos coercitivos del Estado, mientras que la oposición y la sociedad civil dependen de la lucha no violenta y de la presión internacional para desafiar al régimen. Esta asimetría podría prolongar el mandato de Maduro, pero también incrementa el riesgo de una crisis de legitimidad irreversible.

La falta de legitimidad de origen y el uso excesivo de medidas coercitivas debilitan la estructura del régimen. Ante este panorama, el gobierno busca normalizar la situación mediante una estrategia de desgaste, esperando que el descontento del ciudadano se disipe mientras reprimen cualquier manifestación. No obstante, la experiencia histórica demuestra que los sistemas políticos sustentados meramente en la fuerza tienden a desmoronarse cuando su capacidad represiva se ve mermada y las alianzas que los respaldan comienzan a fragmentarse.

Conclusión: una lucha de final abierto

El chavismo, bajo el liderazgo de Nicolás Maduro, está inmerso en una lucha por la supervivencia caracterizada por tensiones internas, disputas por el poder y una represión intensificada. Comprender cómo estas dinámicas están moldeando las decisiones de los actores clave, y cómo la falta de legitimidad y la dependencia de la fuerza crean un equilibrio inestable, es esencial para prever el desenlace de esta crisis.

El régimen ha logrado mantener el control por el momento, pero la gestión de las expectativas entre la oposición, la comunidad internacional y los grupos disidentes dentro del PSUV indica que este equilibrio inestable no perdurará. El futuro del régimen está en juego, y solo el costo de seguir en el poder determinará si continuará apostando por la represión o si buscará una salida negociada a esta crisis fundamental.

Es el momento para que los militares y colaboradores de Maduro escojan su jugada final. Apostar por la soberanía popular y facilitar una transición política no solo es la opción más legítima, sino también la más estratégica para garantizar su propio futuro. De lo contrario, corren el riesgo de quedar atrapados en un país donde las reglas ya no los favorecen.

El tiempo está corriendo.

Por Antonio de la Cruz

“Las fakes news se propagan más fácilmente cuando las personas que defienden la verdad son judicializadas [llamándolas terroristas] o cuando son reprimidas”.

Anne Applebaum 

La historia reciente de Venezuela nos ha presentado un escenario crítico en el que los valores democráticos y los derechos humanos han sido sistemáticamente erosionados. Sin embargo, la lucha por la libertad sigue vigente, liderada por María Corina Machado, símbolo de resistencia y valentía, quien ha logrado lo que muchos consideraban imposible: movilizar al pueblo venezolano para desafiar abiertamente al régimen autoritario de Nicolás Maduro. Hoy, en un contexto global en el que la democracia enfrenta amenazas desde varios frentes, resulta indispensable analizar este proceso bajo un marco que permita comprender su relevancia y potencial transformador.

Para ello usaremos la Ventana de Overton. Este modelo permite entender cómo las ideas políticas se desplazan entre lo impensable y lo políticamente aceptable. En el caso venezolano, lo que antes fue considerado una quimera –el fin del régimen de Maduro a través de elecciones– pasó a ser un escenario realista y cada vez más aceptado, no solo en Venezuela, sino en la comunidad internacional. Este cambio, sin embargo, no es automático. Es el resultado de un proceso en el cual actores clave, como María Corina Machado, Edmundo González Urrutia y el propio pueblo venezolano, han transformado la narrativa, moviendo los parámetros del consenso social hacia una nueva normalidad democrática.

El punto de partida: lo impensable

Hace apenas unos años, la idea de que la oposición venezolana pudiera organizarse de manera efectiva y desafiar al régimen de Maduro parecía imposible. El escepticismo no solo reinaba entre los propios venezolanos, sino también entre la comunidad internacional. En Europa y América Latina, la narrativa dominante era que el régimen de Maduro se mantendría indefinidamente en el poder, sostenido por la represión interna y la fragmentación de la oposición.

En este contexto, el coraje de figuras como María Corina fue decisivo para cambiar la percepción pública. Su capacidad para movilizar a las fuerzas democráticas y mantener una postura firme frente a la represión permitió que la idea de una alternativa democrática dejara de ser una fantasía y comenzara a ser vista como un proyecto viable.

De lo radical a lo aceptable: la resistencia latente

El proceso de extender la frontera de lo políticamente viable no se detiene en cambiar percepciones, sino en transformar lo que era radical en algo aceptable. A medida que las fuerzas democráticas comenzaron a consolidarse y el régimen de Maduro mostró sus debilidades, el discurso que plantea un cambio político en Venezuela pasó de lo radical a lo plausible. El propio pueblo venezolano demostró su valentía al acudir masivamente a las urnas, desafiando la maquinaria del régimen. Este acto, profundamente democrático, fue un golpe directo al corazón del madurismo, que subestimó la voluntad de los ciudadanos.

La narrativa del escepticismo ha sido reemplazada por una nueva realidad: el pueblo venezolano ha demostrado estar listo para el cambio. Esta idea ha ganado fuerza y hoy muchos, en Europa y América Latina, ven con claridad que el cambio es posible. El régimen de Maduro, lejos de consolidarse, ha intensificado la represión, lo cual es un síntoma de su fragilidad y desesperación.

Lo sensato y popular: el llamado a la solidaridad internacional

A medida que se desplazan los márgenes de lo admisible, el apoyo a la democracia en Venezuela no solo se ha vuelto aceptable, sino también sensato y popular. La narrativa ya no se centra únicamente en que los problemas internos de Venezuela son un asunto ajeno, que se puede resolver de manera local, sino que apela a la solidaridad internacional, particularmente desde Europa y Estados Unidos. Aquí, el discurso político ha pasado a incluir comparaciones con el apoyo a Ucrania ante la invasión de Putin, cuestionando cómo es posible que Occidente defienda con firmeza la soberanía de un país frente a la agresión externa, pero mantenga una posición tibia respecto al pueblo venezolano que lucha por los valores occidentales dentro de sus propias fronteras.

El Partido Popular de España ha sido recientemente claro en este aspecto, al destacar que la mayoría del pueblo español apoya firmemente a los demócratas en Venezuela. Sin embargo, el desafío no es solo retórico. Es imperativo que los gobiernos europeos y latinoamericanos reconozcan formalmente la victoria de la oposición y actúen en consecuencia. De lo contrario, corren el riesgo de quedar atrapados en una narrativa tibia y equidistante que ha permitido que el régimen de Chávez-Maduro se mantenga en el poder durante más de dos décadas.

Lo político: la denuncia de Maduro y el camino hacia la justicia

El siguiente paso en este proceso es la acción política concreta y coordinada con las fuerzas democráticas. No basta con reconocer la legitimidad de la oposición venezolana, es necesario actuar para defenderla. Aquí, el llamado es claro: la comunidad internacional debe llevar a Nicolás Maduro ante la Corte Penal Internacional por sus crímenes contra la humanidad. Esta medida, que antes se consideraba radical, se mueve dentro del espectro de ideas tolerables y es vista no solo como aceptable, sino como una política necesaria e inevitable.

En este sentido, la denuncia en contra de Maduro no es solo una cuestión de justicia, sino una estrategia para acelerar la transición democrática en Venezuela. Al intensificar la presión internacional, los gobiernos democráticos pueden debilitar aún más al régimen y ofrecer una salida al pueblo venezolano que ya ha demostrado su disposición a luchar por la libertad.

Conclusión: el futuro de la democracia en Venezuela

El desplazamiento de los márgenes de lo admisible en Venezuela es un ejemplo claro de cómo las ideas políticas pueden transformarse a lo largo del tiempo, pasando de lo impensable a lo políticamente factible. El liderazgo de María Corina Machado, Edmundo González Urrutia y la determinación del pueblo venezolano han sido fundamentales para este proceso. Hoy, la posibilidad de una Venezuela democrática está más cerca que nunca.

Sin embargo, esta transformación no puede ocurrir en el vacío. La comunidad internacional, y en particular Estados Unidos, Argentina, la ONU, la OEA, la Unión Europea y en particular España, tienen un papel crucial en este proceso. El reconocimiento del triunfo de la soberanía popular, el apoyo a la denuncia de Maduro ante la Corte Penal Internacional y el fortalecimiento de la presión diplomática son pasos esenciales para consolidar el cambio en Venezuela.

La historia ha demostrado que la libertad y la democracia nunca se entregan de manera gratuita. En Venezuela, el pueblo ha pagado un alto precio en su lucha por estos ideales. Ahora, corresponde a la comunidad internacional estar a la altura de las circunstancias y apoyar activamente la transición hacia un futuro democrático.

Por Antonio de la Cruz

«Los criterios ESG se han convertido en el principal instrumento para medir la sostenibilidad real en el ámbito de las organizaciones empresariales y sus grupos de interés”.
CaixaBank

La presencia de Chevron en Venezuela ha generado una serie de dinámicas que afectan no solo los intereses económicos de la multinacional estadounidense, sino también la política exterior de la administración Biden-Harris y la estabilidad del régimen de Nicolás Maduro. Este escenario plantea un entramado complejo en el que actores con intereses divergentes buscan maximizar sus beneficios mientras mitigan sus riesgos. Las implicaciones de estas interacciones incluyen la permanencia en el poder de quien ha sido acusado de narcoterrorismo y corrupción por parte del gobierno de Estados Unidos, así como la defensa de los derechos humanos y la democracia, junto con los desafíos en torno a la responsabilidad corporativa y la transparencia.

Chevron es actualmente la única petrolera estadounidense que mantiene operaciones significativas en Venezuela, a través de cuatro empresas mixtas en las que tiene participaciones minoritarias junto con Pdvsa: Petropiar, Petroindependencia, Petroindependiente y Petroboscán. Su rol en el país la posiciona en el epicentro de un conflicto de intereses que involucra tanto consideraciones económicas como políticas.

La política de «máxima presión»

La legitimidad de Nicolás Maduro como presidente de Venezuela se vio gravemente cuestionada tras las elecciones presidenciales de 2018. Su toma de posesión el 10 de enero de 2019 fue rechazada por más de 50 países, entre ellos Estados Unidos, además de organizaciones internacionales como la OEA y el Grupo de Lima, a excepción de México. En respuesta, la administración Trump (2016-2020) adoptó una estrategia de “máxima presión” para debilitar al régimen, imponiendo sanciones económicas mediante la Orden Ejecutiva 13884. Esta orden prohibía a ciudadanos y empresas estadounidenses cualquier tipo de interacción con el gobierno de Maduro.

No obstante, Chevron recibió una licencia especial que le ha permitió continuar operando en Venezuela, aunque con limitaciones. En abril de 2020, el Departamento del Tesoro renovó dicha licencia con una restricción de las actividades a lo esencial para mantener operaciones mínimas, lo cual redujo su producción diaria a 60.000 barriles.

Flexibilización pragmática

Con la llegada de Biden a la presidencia, la política de «máxima presión» se recalibró en busca de un enfoque más pragmático. El gobierno de Estados Unidos optó por flexibilizar algunas sanciones con la esperanza de fomentar una solución negociada a la crisis venezolana. En este contexto, Chevron recibió en octubre de 2022 la Licencia General 41 (LG41), que le ha permitido aumentar la producción de crudo, perforar nuevos pozos y exportar petróleo venezolano.

Este nuevo marco no está regido por la Ley Orgánica de Hidrocarburos de 2006, sino por la «ley antibloqueo» aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente de Maduro en 2020, la cual es considerada ilegítima por la administración estadounidense. Así, mientras el gobierno Biden-Harris estableció en la licencia impedir que el régimen de Maduro obtuviera ingresos de las ventas de petróleo de Chevron a las refinerías del Golfo (PADD3); en la práctica, estos ingresos siguen entrando al país mediante el pago de impuestos, regalías y otros conceptos.

El incremento en la producción y exportación de petróleo genera divisas cruciales para el régimen, lo que a su vez le permite mantener el control social y político, además de la represión interna. El más reciente informe de la ONU ha señalado que en Venezuela se vive una represión «sin precedentes».

El dilema de la transparencia

El contexto actual puede analizarse a través de la teoría de juegos. Chevron y Pdvsa se encuentran en un equilibrio subóptimo en el que ambos actores maximizan sus beneficios a corto plazo. Chevron mantiene una operación rentable y evita sanciones más severas, mientras que el régimen de Maduro asegura ingresos necesarios para mantenerse en el poder. Esta situación se asemeja a un dilema del prisionero, donde ambas partes prefieren colaborar en la opacidad, aun cuando esto conlleva altos costos reputacionales a largo plazo.

Para Chevron, los beneficios financieros son evidentes. Durante los primeros siete meses de 2024, las ventas de crudo venezolano generaron ingresos brutos de más de 2.470 millones de dólares. Además, la empresa ha suministrado productos esenciales a Venezuela, como nafta, gasolina, y lubricantes automotrices, indispensables para mantener su producción de petróleo y una parte para el oficialismo. No obstante, esta estrategia pone en riesgo la reputación de Chevron, especialmente en un contexto global donde los inversores y accionistas exigen cada vez más el cumplimiento de los estándares ESG (ambientales, sociales y de gobernanza).

El rol de los accionistas

Un actor fundamental en esta dinámica son los accionistas de Chevron, muchos de los cuales son grandes fondos de inversión de Estados Unidos y Reino Unido. Estos inversores enfrentan su propio dilema del prisionero: presionar a Chevron para que cumpla con los estándares ESG podría reducir las ganancias a corto plazo, pero ignorar la falta de transparencia en sus operaciones en Venezuela podría tener consecuencias reputacionales y financieras a largo plazo.

La creciente presión internacional para el cumplimiento de normativas ESG, sumada al deterioro de las condiciones en Venezuela, podría obligar a Chevron a cambiar su estrategia. Si los accionistas internacionales comienzan a exigir mayor responsabilidad y transparencia, los incentivos empresariales podrían cambiar. Asimismo, si las autoridades regulatorias estadounidenses o internacionales endurecen su postura, Chevron se vería forzada a reconsiderar su papel en Venezuela.

Conclusión

La relación entre Chevron y el régimen de Maduro es un delicado equilibrio donde la opacidad es la clave. Sin embargo, este equilibrio es insostenible a largo plazo. A medida que los estándares ESG se consolidan en el mundo empresarial y los inversores demandan mayor responsabilidad, Chevron deberá decidir si sigue maximizando sus beneficios a corto plazo o si asume un rol más activo en la promoción de la transparencia y la rendición de cuentas.

Para la administración Biden-Harris, la política de flexibilización de sanciones ha demostrado tener limitaciones. Cualquier enfoque futuro hacia Venezuela debe ir más allá de las sanciones individuales. Estados Unidos necesita liderar un esfuerzo multilateral que combine sanciones más estrictas con una presión diplomática renovada para aislar al régimen de Maduro.

El fracaso en Venezuela representaría no solo una mayor tragedia humanitaria, sino también una pérdida significativa para la credibilidad de Estados Unidos en la región. Si el gobierno norteamericano no actúa con mayor firmeza, corre el riesgo de perder influencia en América Latina, dejando el campo libre para potencias como China y Rusia, que constituyen una amenaza creciente para la seguridad estadounidense.

Chevron, sus accionistas, la administración estadounidense y la comunidad internacional deben coordinar sus esfuerzos para facilitar una transición democrática en Venezuela, garantizando el respeto a la voluntad popular y dejando de financiar al régimen de Maduro. Las decisiones que se tomen hoy no solo podrían afectar los precios del combustible, sino que definirán el futuro de la democracia y los derechos humanos en América Latina y el Caribe.

Por Antonio de la Cruz

Serenidad, coraje y firmeza”.
María Corina Machado

Venezuela se encuentra en una encrucijada histórica. El pueblo ha hablado en las urnas y, a pesar de las tácticas de represión y miedo empleadas por el régimen de Nicolás Maduro, la demanda de cambio es clara e irreversible. Con más de 7 millones de votos, la ciudadanía ha dejado claro que su deseo es la democracia, la libertad y, lo más importante, la reunificación familiar en un país que ha sido devastado por el exilio forzado de millones de venezolanos. Hoy, más que nunca, la lucha por la libertad debe ser intensificada, dentro y fuera de nuestras fronteras.

El liderazgo de María Corina Machado ha sido fundamental en este proceso, al frente de un movimiento ciudadano que muchos consideraban imposible en un contexto de represión y desesperanza. Su equipo, algunos de los cuales han sido encarcelados por el régimen, ha demostrado un coraje y una dedicación incuestionables. A ellos, y a todos los venezolanos que participaron en esta gesta democrática, se les debe un reconocimiento eterno. Son los verdaderos héroes de la libertad y los nuevos conquistadores de la democracia en Venezuela.

A pesar de esta victoria, el régimen de Maduro ha intensificado sus ataques en un intento desesperado por mantener el control. Desde la acusación de «terrorismo» y «traición a la patria» contra figuras opositoras hasta la persecución judicial y el acoso diplomático, Maduro ha mostrado su verdadero rostro: el de un líder debilitado que, en lugar de escuchar, opta por sofocar el clamor popular con violencia y tácticas de guerra psicológica.

La reciente orden de arresto contra Edmundo González Urrutia, seguida por el asedio a su abogado y la presión sobre la Embajada de Argentina en Caracas, son solo algunos de los ejemplos más recientes de las acciones desesperadas del régimen. Estas medidas, lejos de demostrar fortaleza, revelan la creciente debilidad de un gobierno que sabe que ha perdido el apoyo del pueblo. A esto se suma la filtración de noticias sobre el fiscal de la Corte Penal Internacional -su cuñada fue contratada para defender a Maduro ante la CPI- y el exilio del presidente electo, acciones que buscan intimidar a la oposición y frenar el proceso de transición democrática.

En medio de este panorama, la ciudadanía debe entender que estas tácticas no son más que los últimos estertores de un régimen que se desmorona. La persecución, el miedo y la represión son herramientas que Maduro y compañía han usado con eficacia durante años, pero hoy, más que nunca, estas son percibidas por el pueblo y la comunidad internacional como lo que realmente son: actos de un gobierno que está llegando a su fin.

En un intento de aparentar control, el sucesor de Chávez ha dicho que el exilio del presidente electo se realizó para “garantizar la paz de la nación”. Sin embargo, esta afirmación es solo una cortina de humo para encubrir la verdad: el juego democrático en Venezuela no ha terminado. El régimen está debilitado y cada paso que da en su afán de mantenerse en el poder no hace más que acelerar su propia caída.

A pesar de las adversidades, la lucha por la libertad y la democracia en Venezuela continúa, tanto dentro como fuera del país. El exilio temporal del presidente electo no es una derrota, sino una estrategia para mantener viva la causa democrática en el escenario internacional. Mientras tanto, María Corina Machado y su equipo permanecen en el país, liderando la coordinación interna y fortaleciendo la resistencia ciudadana.

La lucha por la liberación de los presos políticos, la justicia y la restauración de la democracia en el país está lejos de terminar. El régimen puede intensificar su represión, pero el pueblo venezolano ha demostrado que no será silenciado. Cada día que pasa, Maduro está más débil y la esperanza de un futuro libre y democrático está más cerca.

Este es el momento de no rendirse. La transición hacia una Venezuela libre está en marcha, y todos aquellos que sueñan con un país donde la justicia y la libertad prevalezcan deben redoblar sus esfuerzos.

La estrategia implícita es la resistencia latente. Aunque no haya manifestaciones visibles en las calles, existe una rabia subterránea que puede desbordarse en cualquier momento, esperando el tiempo adecuado para actuar. Nos encontramos en una especie de juego de desgaste, donde Maduro y su régimen, sin legitimidad de origen, continúan hundiéndose, mientras Edmundo González Urrutia permanece como presidente electo, esquivando el «jaque al rey» en esta partida de ajedrez político.

El final del régimen está escrito; lo que queda ahora es asegurarnos de que el proceso de transición sea pacífico, justo y, sobre todo, inevitable.

Dios bendiga a Venezuela y a su pueblo. Juntos lo vamos a lograr.

Por Antonio de la Cruz

“La capacidad de responder con una represalia es más útil que la habilidad de resistir un ataque y que la amenaza de una represalia incierta es más eficaz que una amenaza precisa”

Thomas Schelling

En Venezuela, quienes fueron rechazados en las recientes elecciones por más de 70% de los electores mantienen el poder no solo a través de la represión o la manipulación política. En su núcleo, el régimen de Nicolás Maduro es un tablero de ajedrez donde cada participante mueve sus piezas con cautela, sabiendo que un solo error podría desencadenar un colapso total. Desde una perspectiva de teoría de juegos aplicada a escenarios de conflicto, la situación actual en el país se parece más a una guerra silenciosa, en la cual la estrategia y la anticipación son tan cruciales como la fuerza.

Nicolás Maduro: el rey en jaque

Maduro, aunque sigue siendo el presidente, se encuentra en una posición de vulnerabilidad. Su control sobre el país ha sido cuestionado tras la reciente pérdida de apoyo popular y la necesidad de ceder poder a otros actores dentro del régimen. El heredero de la corporación criminal, elegido por Chávez bajo la influencia de La Habana, en lugar de Diosdado Cabello (miembro del golpe del 4F y presidente de la Asamblea Nacional en 2012-2016) y Rafael Ramírez (el zar petrolero), se encuentra cada vez más aislado y debilitado. Ante esta situación, ha adoptado una estrategia clásica de supervivencia: repartir el poder entre los cabecillas de la banda delictiva para mantener la asociación que sostiene al Estado mafioso -la semana pasada se incautaron 7,4 toneladas de cocaína: 3 en Maiquetía y 4,4 en la frontera con Guyana-. Pero en este juego, cada concesión que hace el ocupante de Miraflores es una señal de su creciente debilidad. Ha cedido el control de la economía a los hermanos Rodríguez y ha entregado la seguridad interna a Diosdado Cabello, en un intento desesperado por comprar su permanencia en la silla presidencial.  

Sin embargo, esta jugada podría ser su caída. En teoría de juegos esto se asemeja a una partida en la que el actor principal, bajo presión, cede demasiado terreno, dejando sus piezas más valiosas expuestas. Luego del golpe de Estado a la soberanía popular, el poder de Maduro quedó fracturado, con unas fisuras que muestran su vulnerabilidad. Cada movimiento que hace debe ser calculado para evitar que sus cómplices se pongan en su contra y esa es una apuesta cada vez más difícil de manejar, que ha hecho más inestable su posición.  

Cabello: el jugador en ascenso

Diosdado Cabello emerge como un jugador ambicioso, que ansía tener el dominio del régimen. Con el reciente acceso al Ministerio del Interior y Justicia, el hombre del mazo ha asegurado una posición de ventaja que le permite controlar las fuerzas de seguridad del país. Su estrategia para eventualmente desafiar a Maduro de manera más directa es el fortalecimiento de su base de poder, mediante el control del PSUV, la Guardia Nacional Bolivariana, la Policía Nacional y el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin). Ha empezado a sustituir a figuras clave dentro del ministerio por oficiales de la Guardia Nacional, estableciendo una estructura de poder que le es leal.

Sin embargo, cada movimiento de Cabello lo acerca más a un conflicto abierto con otros miembros clave, en particular con Vladimir Padrino López. Es relevante mencionar los 3.000 kg de cocaína que cruzaron la frontera con Colombia y llegaron a Maiquetía. Pasaron por las alcabalas sin ser detectados, lo que sugiere que estarían bajo la protección del Cartel de los Soles. Tanto es así, que el fiscal del régimen ha permanecido en silencio al respecto.

El de Cabello es un juego de suma cero: cada avance que hace en el control de las fuerzas de seguridad es un retroceso para Vladimir Padrino López, el ministro de Defensa que hasta ahora ha sido el patrón en la estructura militar del régimen. El teniente ha dado señales de que se está preparando para un golpe decisivo, que en su momento deje por fuera al general de los cuatro soles, pasando a retiro, y después a Maduro, si sobrevive el 10 de enero 2025. 

Vladimir Padrino López: el rey sin corona

Vladimir Padrino López, el ministro de Defensa y hombre fuerte de la FANB, ha sido un pilar de estabilidad para Maduro durante los últimos 10 años. Sin embargo, su posición se ve amenazada por el ingreso de Cabello al ministerio. El general debe decidir si continúa apoyando a Maduro o si alinea sus intereses con el nuevo ministro del Interior –quien le tiene facturas por el pase a retiro de toda su promoción (1987) en 2020, entre otras– para asegurar su futuro en un régimen que cada vez va a estar más aislado. Esta decisión es crítica, pues podría desencadenar un conflicto interno en el seno del poder militar.

En consecuencia, el ministro de la Defensa está atrapado en un dilema. En la teoría de juegos, su situación se asemeja al dilema del prisionero: si coopera con Cabello y Maduro podría mantener su posición temporalmente; pero si percibe que está siendo desplazado, podría actuar por su interés propio, tal vez buscando apoyo dentro de las fuerzas institucionales de la FANB para contrarrestar a Cabello. Esta jugada, sin embargo, podría desencadenar un conflicto interno que sería demoledor para la narcotiranía si decide, por ejemplo, presentar el sobre N° 1 de cada mesa electoral que ratificaría el triunfo de Edmundo González Urrutia.  

La comunidad internacional: una espada de Damocles 

Mientras tanto, los actores internacionales, como Estados Unidos y la Unión Europea, observan de cerca. Las sanciones económicas y la presión diplomática actúan como una espada de Damocles sobre los miembros del régimen. En este contexto, las fuerzas contra Maduro, liderada por figuras como María Corina Machado y Edmundo González Urrutia, buscan aprovechar cualquier fisura dentro del narcorégimen para aumentar la máxima presión interna y externa.

Las sanciones dirigidas a figuras clave de la organización criminal, así como a sus familias, tienen el potencial de desestabilizar aún más el ya frágil equilibrio de poder. Si alguno de estos miembros clave percibe que su futuro está en riesgo, podría decidir traicionar al resto de la banda en un intento por salvarse a sí mismo y a los suyos, lo que aceleraría el colapso del régimen.

En este juego, los actores internacionales son como jugadores externos –“no mirones de palo”- que pueden influir en el resultado, pero no controlan directamente el tablero. La teoría de juegos sugiere que la intervención externa es decisiva si llega en el momento justo, cuando las tensiones internas están en su punto más alto.

Un juego de alto riesgo con final incierto

La situación en Venezuela es un juego de guerra silenciosa, donde cada movimiento es crucial y cada jugador es consciente de los riesgos. Nicolás Maduro, Diosdado Cabello, los hermanos Rodríguez y Vladimir Padrino López están atrapados en un juego de estrategia de alto riesgo, en el que la cooperación es frágil y la traición siempre es una posibilidad.

En este escenario, el futuro de Venezuela es incierto. Si bien el equilibrio actual puede mantenerse a corto plazo, la probabilidad de un colapso aumenta con cada movimiento que debilita la coalición en el poder. Las tensiones internas, combinadas con la máxima presión externa, podrían desencadenar un cambio drástico en cualquier momento.

La pregunta que queda es si estos jugadores clave serán capaces de mantener su equilibrio precario o si, como en muchas partidas de ajedrez, uno de ellos cometerá un error fatal que alterará para siempre el curso de la historia de Venezuela. En este juego de poder, la guerra silenciosa continúa y el desenlace aún está por escribirse.

Conclusión: la hora de la verdad

Venezuela se encuentra en un punto crítico, atrapada en un juego de poder donde cada movimiento puede desencadenar un desenlace catastrófico. Nicolás Maduro, Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López están jugando una partida de ajedrez con el futuro de la nación en riesgo. Pero en este tablero, la cooperación es tan frágil como la confianza que los mantiene unidos. La teoría de juegos nos enseña que en situaciones de alta tensión, un solo error puede ser fatal y Venezuela está peligrosamente cerca de ese punto de quiebre.

El equilibrio precario que sostiene al régimen podría romperse en cualquier momento, dejando al país en una encrucijada histórica. Los jugadores: Maduro, Cabello, Padrino, Rodríguez, y Comunidad Internacional deben elegir con cuidado, porque el próximo movimiento podría no solo decidir su destino personal, sino también el futuro de millones de venezolanos. En este juego de poder, la hora de la verdad se acerca y el mundo observa expectante si Venezuela encontrará una salida democrática o caerá en un régimen totalitario. Dependerá de quien cometa el error. Para ganar esta guerra silenciosa, las fuerzas democráticas tendrán que mantener la serenidad y el coraje, además de tener firmeza y sabiduría.

Por Antonio de la Cruz

Un ejército victorioso gana primero y entabla la batalla después;
un ejército derrotado lucha primero e intenta obtener la victoria después”.
Sun Tzu

En el complejo panorama político internacional, pocos conflictos contemporáneos ilustran de manera tan clara un «juego de guerra» como la crisis en Venezuela. Este marco analítico permite desentrañar las dinámicas de poder y los movimientos estratégicos de los actores involucrados, revelando tanto las intenciones que guían sus acciones como las posibles consecuencias de sus decisiones.

El conflicto venezolano es protagonizado por tres actores clave con intereses profundamente divergentes. En primer lugar, el régimen de Nicolás Maduro, que ha manipulado el proceso electoral y ha utilizado el Tribunal Supremo de Justicia y la judicialización política con el objetivo de perpetuar su poder. Esta estrategia es un clásico ejemplo de la política autoritaria, en la que las elecciones no son más que una herramienta para mantener una fachada de legitimidad mientras se reprime cualquier desafío real.

Frente a Maduro, las fuerzas democráticas venezolanas, liderada por figuras como María Corina Machado y Edmundo González Urrutia, desempeñan el papel del desafiante. Su misión ha sido clara: documentar y denunciar las irregularidades del proceso electoral para deslegitimar al régimen, no solo ante el pueblo que salió a votar el 28J y conoce el contenido de las actas de escrutinio que Maduro y todos los poderes “serviciales” han querido ocultar, sino ante la comunidad internacional, lo que traería como consecuencia el reconocimiento de los resultados electorales y el apoyo necesario para lograr el cambio deseado. Sin embargo, la lucha de la oposición es ardua, impulsada por la verdad, la disciplina y el amor. A pesar de la organización y movilización ciudadana, tanto dentro como fuera del país, corre el riesgo de ser silenciada o marginada si el respaldo internacional no es contundente.

El tercer actor en este escenario es la comunidad internacional, con un enfoque particular en la administración Biden-Harris. A pesar de su capacidad para influir significativamente en la situación a través de sanciones y presión diplomática, hasta el momento ha preferido estar detrás de bambalinas, dejando a los gobiernos de México, Colombia y Brasil liderar la solución sobre el golpe electoral a la soberanía popular. Esta actitud genera incertidumbres sobre su compromiso con la restitución de la democracia en Venezuela, especialmente en un contexto donde cada día que se pasa gobernado por Maduro, el sufrimiento del pueblo venezolano se profundiza.

Ante un rechazo tan abrumador, incluso en regiones que eran bastiones del chavismo, el candidato a la reelección se apuró en cumplir lo que había advertido de que no entregaría el poder ni por las buenas ni por las malas. Para distraer la atención de lo ocurrido montó una ópera bufa y acudió al TSJ para robarse la elección, intimidar y violar los derechos humanos, pero la oposición demuestra su ilegitimidad de origen con la presentación de las actas e informes de los observadores del Centro Carter y la ONU. Sin embargo, la respuesta de la comunidad internacional ha tenido, hasta ahora, un enfoque más flexible y abierto al diálogo, reflejando una aprensión comprensible a las posibles repercusiones de una línea dura, como el aumento en la migración venezolana. Este temor, aunque válido, no puede justificar la inacción frente a una dictadura con mano de hierro en Venezuela.

Al analizar los posibles movimientos estratégicos, se observan varias opciones. Maduro seguiría endureciendo las medidas represivas y buscaría fortalecer sus alianzas internacionales con actores como Rusia o China para contrarrestar las sanciones de Occidente. La oposición, por su parte, intensificaría sus esfuerzos para seguir movilizando a la comunidad internacional y la lucha no violenta, formando coaliciones contra el madurismo más amplias tanto dentro como fuera del país y utilizaría la desobediencia civil para aumentar la presión interna. Mientras tanto, la comunidad internacional, especialmente Estados Unidos y sus aliados, enfrenta un dilema crucial: escalar la presión sobre el régimen de Maduro mediante sanciones individuales y económicas más severas, como la revocación o suspensión de la licencia de Chevron; o continuar con una postura moderada, preocupados por el supuesto impacto de las medidas que podría desencadenar una crisis migratoria masiva.

Cada una de estas opciones conlleva riesgos significativos. Mantener la represión y el control social engrosaría la lista de crímenes de lesa humanidad del régimen de Maduro y afectaría directamente sus fuentes de financiamiento como consecuencia de la caída de la exportación de “crudo de sangre”. Ante esta realidad buscaría la ayuda de regímenes dictatoriales como Rusia, China e Irán. Para la oposición, la falta de un apoyo internacional contundente podría acabar consolidando el poder de Maduro que está en sus últimas etapas, habiendo perdido contacto con la realidad. Por último, para Estados Unidos y sus aliados, un fracaso del aumento de la presión desataría una crisis migratoria de gran escala, pero la inacción perpetuaría la crisis humanitaria y la desestabilización regional.

La comunidad internacional debe adoptar una estrategia más contundente, similar a la empleada contra Putin cuando invadió Ucrania en febrero de 2022. Debería realizar un «ataque preventivo», en forma de sanciones severas para evitar un mayor deterioro de la situación en Venezuela. No obstante, este enfoque no está exento de riesgos, entre ellos una posible escalada del conflicto y consecuencias humanitarias no deseadas. Sin embargo, la alternativa de dejar pasar podría ser aún más peligrosa, beneficiando a Maduro y aumentando la miseria de la población venezolana.

La situación en Venezuela es, sin duda, un conflicto de alta complejidad en el que las decisiones de cada actor tienen consecuencias estratégicas profundas. En la defensa de la soberanía popular, el tiempo es crucial y la inacción solo perpetuará la crisis. La comunidad internacional debe actuar oportunamente con determinación y firmeza para restituir la democracia en Venezuela y reafirmar la esperanza de un pueblo que ha sido sistemáticamente privado de su derecho a un futuro libre y próspero. La libertad y la democracia en Venezuela no son solo un objetivo demandado por la gran mayoría del pueblo venezolano -67% votó por un cambio-, sino una necesidad urgente para evitar un desastre humanitario aún mayor. Repito, la inacción no es una opción.

Por Antonio de la Cruz

Hemos dicho basta y echado a andar
Ya son demasiados que la pasan mal,
en un mundo herido, en un tiempo fatal.
Hemos dicho basta y echado a andar,
con el fuego en el pecho, sin miedo al final.
Hemos dicho basta y echado a andar,
con el grito en el viento y la fuerza de amar
«
Inspirado en la canción “Hemos dicho basta” de Tiemponuevo, 1971

En un régimen totalitario, el miedo es una constante. Sin embargo, la respuesta que se tiene ante él define la esencia de la resistencia. En Venezuela, la sociedad ha aprendido a transformar el miedo en acción, mostrando una resiliencia que ha sido clave para mantener viva la lucha democrática. Luego del triunfo de Edmundo González Urrutia en las urnas el pasado 28 de julio, la represión ha alcanzado niveles sin precedentes, con más de 1.400 detenidos y más de 2 decenas de muertos. Ahora ni siquiera es que sean aprehendidos en la calle por reclamar sus derechos; el desespero ha hecho que encapuchados y sin orden alguna vayan a las casas de los testigos electorales y los secuestren para tratar de acallar una verdad que los atormenta. Pues bien, sorprende que en lugar de replegarse, como sería lógico en un entorno tan hostil, los ciudadanos que aspiran a un cambio (70% del país) han plantado esta vez cara a los violentos y han actuado con inteligencia, con estrategias que han tomado a aquellos desprevenidos. ¿No tienen miedo los venezolanos? Claro que sí, pero no han permitido que los paralice.

Ante la nueva crisis presidencial que ha captado la atención internacional se vuelven a retomar las negociaciones para buscar una solución. Sin embargo, como en ocasiones anteriores, el optimismo que rodea estas conversaciones es cauteloso, y por buenas razones. La participación de los gobiernos de México, Brasil y Colombia, así como de Estados Unidos, ha sido clave en esta nueva negociación, pero los resultados concretos siguen siendo esquivos. Nicolás Maduro ha traicionado los acuerdos desde 2014, ganando tiempo para seguir en el poder.

Entonces, es esencial examinar el contexto y las dinámicas en juego para comprender por qué esta vez no se han logrado cambios significativos hasta ahora. Primero, la falta de independencia judicial en Venezuela ha sido un obstáculo insuperable. Informes de la ONU y la Corte Penal Internacional han documentado sistemáticamente la colusión entre jueces y fiscales. Lo que socava cualquier intento de resolver la crisis de legitimidad de origen mediante un dictamen de la Sala Electoral del Tribunal Supremo de Justicia. Esta realidad plantea preguntas fundamentales sobre la efectividad de las negociaciones si el sistema judicial al que recurrió Maduro luego de haber sido proclamado ganador el 29 de julio en la madrugada está corrompido hasta la raíz.

Además, la comunidad internacional debe reconocer que, en esta oportunidad, la crisis en Venezuela no es simplemente un caso de fraude electoral, sino que tiene todas las características de un golpe de Estado a la soberanía popular. Esta distinción es crucial porque cambia el enfoque de la solución: no se trata solo de repetir elecciones bajo supervisión internacional o conformar un gobierno de coalición, como propuso el presidente de Brasil, Lula da Silva, sino de restaurar el orden democrático y constitucional en un país donde se ha concentrado todo el poder en manos de una banda criminal que ocupa Miraflores.

La Organización de Estados Americanos, aunque ha tenido un papel activo, enfrenta un desafío significativo dado que el régimen de Maduro ha rechazado su legitimidad. A pesar de ello, la OEA tiene una responsabilidad clara y legal de hacer cumplir la Carta Democrática Interamericana, un compromiso que va más allá de la mera pertenencia formal de un país a la organización. Este marco jurídico internacional impone obligaciones a todos los Estados miembros, y su incumplimiento no debe ser tolerado, independientemente de las maniobras diplomáticas del régimen venezolano.

La postura de países clave como Brasil y Colombia también debe ser reevaluada. Si bien han participado en las negociaciones, lo han hecho más como acompañantes que como verdaderos facilitadores. Esta postura pasiva podría tener consecuencias devastadoras, no solo para Venezuela sino también para la región, dado el potencial aumento de la migración masiva si la crisis política no se resuelve -más del 40% de los venezolanos piensa en emigrar, según la más reciente encuesta de Meganálisis-. Es imperativo que estos países comprendan que la estabilidad regional está en juego y que asumir un papel más activo en la defensa de la democracia en Venezuela no es solo un deber moral, sino también un interés estratégico.

Asimismo, la administración Biden-Harris debe recalibrar la política de sanciones. Ante la decisión de Maduro de mantenerse en el poder a costa de lo que sea, incluso derramamiento de sangre, las medidas deben ser aplicadas por las democracias de Occidente, a tenor de las que impusieron a Rusia cuando invadió a Ucrania, desde sacarlo del sistema SWIFT hasta suspender la compra de crudo de sangre. Las exportaciones de petróleo de Venezuela son insignificantes, en el suministro mundial equivalen a 0,7% y de las importaciones totales de Estados Unidos 2,6%; y en cuanto a la producción mundial corresponde el 0,8% y del total de Estados Unidos 6%. Pero para el régimen de Maduro las divisas por exportaciones son indispensables para mantener el aparato represivo y el control social de la población.

Otra acción fundamental que contribuye con la presión al régimen a aceptar los resultados del 28 de julio es que de una vez por todas el fiscal de Corte Penal Internacional emita órdenes de detención contra los responsables de los presuntos crímenes de lesa humanidad porque, con este ejemplo, las fuerzas armadas no obedecerían la orden de reprimir un pueblo sin armas que reclama la validez del triunfo de Edmundo González Urrutia.

Cabe destacar el papel de los militares en este contexto. El hecho de que permitieron la entrega de las actas electorales al cierre de las mesas sugiere que hubo desobediencia de los miembros del Plan República a la orden impartida por el CNE de retenerlas, lo que evidencia un quiebre en el apoyo militar a Maduro. Esto indica que hubo fisuras en el supuesto apoyo monolítico a Maduro esa noche y podría ser un indicio de que un importante sector castrense está del lado de la soberanía popular. Y la comunidad internacional debe estar atenta a estas señales para apoyar una transición pacífica y democrática en Venezuela.

Por otro lado, uno de los logros más significativos de este proceso electoral ha sido la superación de la polarización. La sociedad venezolana, que durante años estuvo dividida en partes más o menos iguales, ha encontrado un punto de unión en su deseo de libertad, 7 de cada 10 venezolanos. Este proceso es crucial para la reconstrucción de la democracia en Venezuela. La creación de un movimiento transversal, de abajo hacia arriba, que rechaza la humillación y se cohesiona en torno a valores universales como la dignidad humana y la igualdad ante la ley, ha sido clave para este logro.

La presión internacional, aunque necesaria, no es suficiente. Es crucial que la oposición mantenga una narrativa unificada y precisa. En el pasado, la diversidad de voces ha llevado a mensajes contradictorios, debilitando su capacidad para movilizar tanto a la comunidad internacional como a la población interna. Ahora, con un liderazgo cohesionado alrededor de Edmundo González Urrutia y María Corina Machado, existe una contra-narrativa poderosa que desafía la propaganda del régimen de Maduro y está movilizando tanto a los venezolanos como a los actores internacionales en la lucha por la restauración democrática.

En conclusión, la comunidad internacional se encuentra en una encrucijada crítica en su respuesta a la crisis venezolana que ha alcanzado un punto álgido, en el que las dinámicas internas y externas se entrelazan en un complejo entramado de legitimidad, resistencia y poder. Las negociaciones actuales, aunque necesarias, deben ir acompañadas de una comprensión profunda de las dinámicas internas del país y de un compromiso firme con la defensa de la democracia y los derechos humanos. Occidente debe asumir un papel más activo y decisivo, reconociendo que la crisis nacional no es solo un problema electoral, sino una manifestación en rechazo de un golpe de Estado a la soberanía popular, que requiere una respuesta integral y coordinada. La estabilidad de la democracia en la región y la dignidad del pueblo venezolano dependen de ello.

“La fe es la certeza de lo que se espera, la prueba de lo que no se ve”.

Hebreos 11:1 

En un país donde la esperanza y la fe son necesarias para enfrentar los desafíos diarios, la frase «Mano, tengo fe» ha emergido como un símbolo de unidad y resiliencia. Originada como un meme en 2020 y popularizada entre los seguidores de la Vinotinto durante las eliminatorias para el Mundial de Fútbol 2026, esta expresión ha trascendido las barreras del deporte para convertirse en una herramienta poderosa en el ámbito político.

En los evangelios se relata cómo Jesús, en su propia tierra, no pudo realizar milagros debido a la falta de fe de su gente. Este hecho no solo sorprendió al Hijo de Dios, sino que también subraya una verdad esencial: los hechos extraordinarios y maravillosos, así como la transformación que pueden causar, están profundamente ligados a la fe de las personas. Hoy, Venezuela se encuentra en una encrucijada similar a la del Señor, donde creer en el cambio es crucial para el futuro. Y, en este contexto, la figura de María Corina Machado emerge como un símbolo de esa esperanza y humildad necesaria para la transformación de Venezuela.

María Corina, la líder de las fuerzas democráticas después de las primarias del 22 de octubre, ha contagiado a lo largo y ancho del país esa confianza tremenda que tiene en el cambio que conducirá al país a la prosperidad. Su lucha incansable contra una tiranía se asemeja a la batalla espiritual que requiere fe en tiempos de adversidad. Como Jesús enseñó, la verdadera fe no se trata de esperar milagros fáciles, sino de confiar profundamente en la justicia y la verdad, a pesar de las dificultades.

La humildad y la debilidad son conceptos que el mundo político a menudo rechaza, asociándolos con la derrota. Sin embargo, como nos recuerda san Pablo, la verdadera fortaleza consiste en vencer el temor y huir de la temeridad. María Corina Machado encarna esta enseñanza al reconocer abiertamente las debilidades y desafíos que enfrenta, no como signos de fracaso, sino como oportunidades para fortalecer su fe y su determinación de que “vamos a ganar”.

La líder de Vente Venezuela ha mostrado una clara conciencia de su lugar en la lucha por la libertad del país, comprendiendo que su papel, aunque significativo, es solo una parte del gran movimiento por el cambio que demanda la soberanía popular. Su humildad ante la magnitud del desafío es lo que la mantiene firme y centrada en sus objetivos.

Jesús, desde su nacimiento en un pesebre hasta su sacrificio en la cruz, es el ejemplo supremo de poder en la debilidad. Del mismo modo, el liderazgo de María Corina Machado no se basa en la fuerza bruta o el poder político convencional, sino en la fortaleza moral e integridad para enfrentar una lucha espiritual entre el bien y el mal. Su capacidad para permanecer firme en sus convicciones, a pesar de la persecución y las dificultades, es un testimonio de su compromiso con los principios de justicia y libertad.

El sacrificio de Jesús en la cruz es un acto de redención universal, un recordatorio de que el verdadero poder reside en el sacrificio por el bien de los demás. María Corina ha demostrado una disposición similar a sacrificar su seguridad personal y su bienestar por el futuro del país, lo que deja en evidencia su compromiso profundo con la redención y el bienestar colectivo.

Además, la Eucaristía, donde Jesús se manifiesta en formas humildes de pan y vino, nos enseña que la verdadera grandeza a menudo se encuentra en lo más simple. Así, el liderazgo de Machado, aunque a menudo desestimado por sus oponentes, representa una fuerza poderosa.

María Corina Machado nos recuerda que en tiempos de desesperación y lucha es precisamente este convencimiento de que sí se puede la que lo que conduce a una transformación real.

A tres domingos de la elección presidencial, la confianza en María Corina marca la diferencia entre la desesperación y la resiliencia. «Mano, tengo fe» no es solo una frase; es el reflejo de la tenacidad del pueblo venezolano, una manifestación de que esta vez se acabó el miedo y la unidad no tiene otra salida que la victoria. Este lema fortalece el tejido social y cultural de la nación que, a pesar de las adversidades, sigue creyendo en un futuro mejor, de la mano de Edmundo González y María Corina.

Al final del día, «Mano, tengo fe» es más que una simple consigna; se ha transformado en un grito de lucha, un recordatorio de que, juntos, los venezolanos podemos enfrentar cualquier desafío que se nos presente el 28 de julio.

Nuestra confianza en que lograremos el cambio que ansía todo el pueblo debe ser proclamada con la misma convicción con la que rezamos el Credo. Es en esta unidad que encontraremos la fuerza que nos permitirá superar los desafíos para reconstruir el país. En el liderazgo de María Corina Machado vemos un ejemplo vivo de cómo la fe, la humildad y la determinación pueden allanar el camino hacia el renacimiento de Venezuela.

“Mano, tengo fe”.

Por Antonio de la Cruz

Las últimas encuestas revelan que menos del 20% de los venezolanos desean que Nicolás Maduro continúe en Miraflores. Además, el madurismo ha alcanzado su punto más bajo desde que llegó al poder, con una brecha de 15 puntos por debajo de las fuerzas democráticas. Estas encuestas también muestran que la intención de voto a favor de Maduro apenas supera el 11% en valores absolutos, mientras que María Corina Machado obtiene 26%.

Por otra parte, María Corina ha despertado una oleada de apoyo que también se refleja en las encuestas. En junio, la intención de voto hacia su candidatura registraba un aumento de 110% desde febrero y 45% en comparación con el mes anterior.

Además, aquellos venezolanos que habían perdido la confianza en los líderes de las fuerzas democráticas, debido a la frustración por los fracasos anteriores en lograr un cambio en Miraflores, vuelven a albergar esperanzas para superar la angustia generada por la revolución bolivariana. Según 86% de los venezolanos, esta revolución ha traído consigo una baja calidad de vida, desesperanza, separación familiar y pobreza.

Los desafíos existenciales de la inflación, las largas filas para obtener gasolina y los continuos cortes de los servicios públicos, sumados a un salario mínimo miserable, agotan la energía diaria del venezolano y se convierten en una especie de “muro mental” aparentemente insuperable.

En este sentido, la propuesta de María Corina sobre la “dimensión existencial y espiritual” de la lucha ha logrado despertar nuevamente la emotividad en torno al qué y el por qué de una transición democrática, ordenada y solvente, en la que los sentimientos encuentran su manifestación en el pensamiento racional.

En Alemania, unos días después de la caída del muro, los alemanes occidentales reían de felicidad, anticipando el anhelado reencuentro con sus seres queridos y la reunificación de su país. Mientras tanto, en la Alemania Oriental, aquellos que habían vivido bajo el yugo opresivo del régimen soviético proclamaban con convicción que el muro nunca caería, que sería una presencia eterna en sus vidas. A pesar de que el muro se encontraba en proceso de derrumbe, para ellos, su caída resultaba inconcebible, pues se hallaba arraigado en su cultura de sumisión, impidiéndoles aceptar su inminente destino.

Ante un régimen que se ha propuesto “por las buenas y por las malas” quedarse eternamente en el poder y obstaculizar cualquier intento para impedírselo, surge siempre la misma pregunta: ¿Cómo salimos de esto? La respuesta no es otra que con ideas y propuestas nítidas, claras, diciendo la verdad, aunque sea difícil de aceptar. Que lo que crees lo creas porque lo vives como una certeza incuestionable.

La narrativa del madurismo, que proclama que está aquí para quedarse, ha creado una realidad en la que nos sentimos bloqueados, incapaces, incompetentes e inseguros, aunque en nuestro interior tengamos los recursos necesarios para enfrentarlo.

La líder de Vente Venezuela describe un camino para superar este bloqueo. En primer lugar, es crucial unir al país en torno a un propósito y una acción comunes. Luego, debemos interactuar con los aliados regionales del régimen, educándolos sobre la importancia de tener elecciones libres, justas, competitivas y verificables. A continuación, debemos emprender un proceso de negociación para lograr un cambio real, en contraposición a mantener el statu quo actual. Por último, debemos alinear a los actores con intereses en Venezuela para impulsar la recapitalización del país, generando progreso y desarrollo en el ámbito social.

En este nuevo ciclo político es fundamental consolidar la narrativa de la reunificación familiar, la derrota de Maduro y el comienzo de una transición ordenada en nuestro país, a través de la cual nuestra mente construye el autoconcepto y cómo afecta esto a las distintas dimensiones de nuestro acontecer diario. A medida que crecemos internamente, iremos transformando gradualmente el miedo en confianza. Es así como surge la verdadera magia del ser humano: crecer desde adentro para poder aportar valor no solo a nuestra propia vida, sino también a la acción colectiva.

No vivimos en un país normal. Hay hambre, represión, exilio, persecución y prisión. Se necesitará una gran fuerza para la reinstitucionalización democrática de nuestra nación. La corrupción no se erradica por consenso, ni se negocia con las mafias. Nunca se lo suelta negociando fuerza. El mejor plan del mundo tendrá que defenderse en las calles. No podemos permitirnos hacerlo a medias. Ha llegado el momento de generar cambios estructurales profundos y hacer lo que nunca se ha hecho. Dejar atrás el socialismo.

Reunificación familiar, la derrota de Maduro e inicio de la transición.

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